CAPÍTULO 71 #2
—Los enanos llevarán a Arbelina a las Fuentes de Piedra para que disponga también de agua para su forja. Lo harán una vez al día, cada día, hasta que el funeral termine. —Virna me tendió la taza—. Bebe, te ayudará con el dolor.
Entre ella y Airyne me ayudaron a incorporarme un poco. La piel de las heridas se me tensó con el movimiento, arrancándome un quejido, y el cerebro debió de apretárseme contra las paredes craneales, porque dolió como si lo hiciera.
Bebí aquel líquido, que sabía entre agrio y salado.
—¿Por qué todos los remedios están siempre tan asquerosos? —dije, aguantando las ganas de escupirlo.
—Cuanto más malo esté, más cura. Eso decía Arbelina —contó Virna, nostálgica.
La mataelfos le dirigió una sonrisa cariñosa. Cerré los ojos y volví a recostarme. Todo me daba vueltas. Noté los pequeños dedos de la sanadora sobre las vendas del brazo izquierdo.
—Este brazo tuyo, patas largas…, más vale que vayas buscando una forma de protegerlo cuando pelees, o necesitarás que te crezca uno nuevo, como si fueras una catartija. Busca un buen escudo enano, te protegerá de los golpes.
—¿Has llevado escudo alguna vez? —me preguntó Airyne.
—Aprendí de pequeño a usarlo, pero tendría que practicar de nuevo.
—Pues deberías hacerlo. Mañana iremos a buscarte uno. Y una espada.
—No sé con qué voy a pagarlo. No tengo monedas enanas.
—Háchpirey sí. Las cogió de los bolsillos de un puntiagudo, me dijo. Y una buena cantidad, ¿sabes? Como para vivir holgadamente un par de meses en la ciudad y comprar unas cuantas armas. Esos malditos elfos saquean a todos los enanos que matan.
Recordé al bardo rebuscando entre las ropas de aquel elfo.
Qué avispado era. Siempre me sorprendía con algo.
Por eso se había ofrecido a pagar los desperfectos, porque tenía monedas enanas.
O quizá las que llevábamos de la financiación de Ardacia, al ser de oro, servían allí.
No tenía la menor idea. Ya me lo diría él .
—Tengo que verlo. Y a Leyla —dije sin fuerzas—. A Medora. A Xelirian. Dime, ¿el chiquillo está bien?
—Está bien, sí. En su dormitorio. Y los verás. Muchacha —señaló a Airyne con la cabeza—, ayúdame a cambiarlo de sitio. Necesitamos la mesa para seguir trabajando.
Entre la rubia y ella me acomodaron en una silla junto al fuego. Lo agradecí, prefería estar sentado. En esa postura no sentía que la cosa que Virna me había dado a beber se me subía a la garganta.
—Descansa un poco y espera a que se inicie la primera procesión. La casa se despejará entonces —indicó la sanadora—. Te daremos ropa limpia y comida. Hay caldo en el fuego, y no le queda mucho para estar listo.
—¿Y Panceta? ¿Se salvará?
—No lo sé —contestó la enana, y se apartó para enfrascarse en sus quehaceres.
Airyne se acercó un poco más a mí y me ofreció su manzana. Negué con la cabeza, tenía el estómago cerrado. Ella le dio un bocado mientras se encogía de hombros.
—¿Dónde está tu amigo el duende?
—A Gris no le gustan los funerales. Está en casa de otros amigos míos.
—¿A quién le gustan los funerales?
La imagen del de Brianna me llegó con fuerza a la mente y tomé aire para no desesperarme ante tan amargo recuerdo.
—A nadie, pero a los duendes mucho menos. —Suspiró—. Tengo otra buena noticia que darte, Málakor. De regreso del mercado, Háchpirey ha pagado a un guardia para que llevase un mensaje a palacio. La reina ha contestado inmediatamente. También me recibirá. ¿No es asombroso?
—¿Asombroso? En absoluto. Es el secretario del pulecoronas del reino más grande e importante de Luara.
No se puede esperar menos de él que se le abran todas las puertas.
Hasta las de gente que no ha pisado Ardacia en su vida, como será el caso de la reina.
Incluso los que no tienen una puerta pondrían una solo para abrírsela.
Ella rio levemente .
—Bueno, la reina es una gran diplomática, además de guerrera. Tiene un carácter amable, aunque duro si es necesario. Espero que tu amigo logre ganársela. Creo que podría conseguir grandes cosas si lo hiciera.
Conversamos, arropados por el trajín de la cocina.
El sonido de los cubiertos, los platos y las bandejas; el crepitar del fuego.
De las indicaciones que se iban haciendo unas a otras.
Ellas estaban a lo suyo y nosotros a lo nuestro.
Salían con bandejas de comida y bebida, regresaban a por más.
Un par de ellas hervían mis ropas sucias en agua puesta al fuego de la gran chimenea.
—¿Y para qué quieres verla tú?
—Necesito un salvoconducto para cruzar unos túneles que están custodiados por los enanos.
—¿Algún príncipe que matar al otro lado?
Se echó a reír. Aún teníamos pendiente esa conversación.
—No. No hay príncipes que matar. Pero he de volver a Ítaro cuanto antes, y hay demasiados elfos en los demás túneles.
—Nunca pensé que para la mataelfos fuera un reto cargarse a unos cuantos puntiagudos.
—No son unos cuantos. Son cientos de ellos —anotó ceñuda—. Y han cerrado los pasos que tenía pensado usar. No sé en qué momento me pareció que quedarme en los túneles era una buena idea.
—Apuesto a que pensaste que a los de Lerok no se les ocurriría buscarte aquí.
—Sí, eso pensé. Antes de llegar aquí, estuve en la mar un tiempo.
Fue divertido, pero los de Lerok me encontraron y tuve que huir de nuevo.
Ahora debo regresar a casa. —Restalló en su mirada la necesidad imperante de hacerlo—.
Arriesgaría hasta el último palmo de mi pellejo por buscar a mi familia.
No me importa lo que me pase después. Pondré en sus manos la fortuna que he conseguido para que puedan empezar una nueva vida lejos de Lerok.
—Su semblante adoptó un aire esperanzado—.
Quizá Háchpirey pueda ayudarme a llevarlos a Ardacia.
Creo que allí serían muy felices. Mi madre es una costurera excelente y a mi hermanito le gusta mucho la música.
Sería hermoso librarlo de tener que ingresar en el ejército de Lerok. Así podría dedicarse a cantar .
Sonreí a la par que ella. La vida estaba hecha de sueños y cada uno tenía los suyos. Hasta la ladrona mataelfos.
—¿Y tu padre?
—Trabaja en la biblioteca de la ciudad. Se le dan bien los libros. Háchpirey me dijo que en Ardacia hay más que en ninguna parte.
—En su casa están, más o menos, la mitad.
Airyne rio sabiendo que exageraba. Luego soltó un largo suspiro. En él iban esos sueños.
—Los sacaremos de Lerok. —Sentía de verdad que quería tenderle una mano—. Iré contigo y te ayudaré.
Me miró extrañada.
—¿Y por qué ibas a hacer eso?
—Porque no pude sacar a mi madre de Ledaria a tiempo. No podré vivir con ella los sueños de una nueva vida. No querría que tú no pudieras vivir los tuyos.
—¿Y qué más te dan mis sueños a ti? Nos conocimos ayer, como quien dice.
—¿Y qué más te daba a ti un tipo herido en la cabeza? Podrías haberme dejado morir.
Elevó la mirada al techo.
—No soy así.
—Pues yo no soy de los que escuchan a alguien que les ha salvado la vida hablar de proteger a su familia y se queda de brazos cruzados.
Bajó la mirada y la clavó en la mía. Poco a poco, volvió a sonreír, y me dio un amistoso golpe en el hombro con el puño.
—Eres un tipo peculiar. A veces pienso que podrías exterminar a toda una ciudad y al rato me parece que en realidad la librarías de todos sus males y la protegerías para siempre.
—Dio el último bocado a la manzana y lanzó al fuego el corazón—.
Pero las personas estamos hechas de contradicciones. Me caes bien, Arben.
—Tú también me caes bien, Ordom.
Las sanadoras nos miraron y sonrieron. Virna se sacudió las manos, mirando a Panceta con gesto satisfecho .
—Este grandullón peludo no perderá más sangre por esa herida, desde luego que no. Ahora solo nos queda dejarlo descansar.
—¿Eso significa que se recuperará? —pregunté temeroso.