Málakor 3 CAPÍTULO 71
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CAPÍTULO 71

De inmunidad y funerales

H abía una multitud a las puertas de la casa de Arbelina.

Todos con ramos de musgo en las manos y flores extrañas que nunca había visto.

Algunos, en los escalones, esperaban para entrar.

Igual que me había sucedido mientras corría por las calles, se giraron para mirarme con asombro y terror.

Tenía sangre por todas partes. Y lo que no era sangre.

Abrieron un pasillo para dejarme, cuchicheando.

Dentro de la casa, volví a ser observado del mismo modo, pero continué.

En el salón principal encontré más gente, reunidos alrededor del cuerpo de Arbelina.

En la mesa, tendida sobre cojines, la enana llevaba un vestido blanco y dorado.

Tenía una expresión de serenidad en el rostro y tres monedas, quizá de plata, sobre él.

Una cubriéndole la boca, otra entre cada ojo y una tercera en la frente.

Bruman estaba a su lado. Ya no lloraba, pero el desconsuelo seguía en su gesto.

También estaban cerca de él Trori, Quiri, unos cuantos chiquillos y otro montón de enanos que había visto en la boda.

Pestañeé pesadamente. Por un momento me pareció que estuviera en un extraño sueño del que fuera a despertar.

Sin embargo, era real. Estaba en el funeral de Arbelina, herido, con las ropas manchadas de sangre y con el cadáver de Panceta en brazos. Consternado por mi propia violencia.

Solo quería encerrarme en algún lugar en el que tratar de salir de aquel estado.

Sin embargo, antes necesitaba hablar con las sanadoras, para ver si podían hacer algo por el perro.

Mis heridas me daban igual a esas alturas.

Aunque, para hacerlo, tenía que cruzar el salón, pero si Bruman me veía con ese aspecto en el funeral de su mujer, Aberrak sería mi tumba.

Estaba a punto de dar la vuelta, de buscar ayuda más allá de esa casa, cuando, al fondo, vi a Háchpirey.

Leyla estaba junto a él. Sus ojos se encontraron con los míos.

Tan bonitos como siempre. Revestidos de un brillo que ni la tristeza de estar en tan aciago evento podía borrar.

Quise correr y abrazarla hasta que me hiciera sentir que no habría más sangre que derramar.

Aunque aún quedasen ríos por verter sobre la faz de todos los lugares que pisase.

Pero, si hacía eso, perturbaría aún más la solemnidad del momento.

Ella movió los labios. Quizá pronunció mi nombre. Luego le dijo algo a Háchpirey en el oído. Cuando el bardo me miró, el terror le dominó la expresión. Hizo amago de dar un paso hacia mí, pero se detuvo. Seguramente con el mismo pensamiento que me frenaba de correr hacia ellos.

—Ey. —La voz de Airyne se coló en mis oídos y su mano tiró de la mía—. Ven, salgamos de aquí.

Me dejé llevar por ella entre la gente, hasta la cocina. Las sanadoras, entre ellas Virna, preparaban caldo caliente, infusiones o comida para los visitantes. Me miraron del mismo modo que los demás.

—Dejad de mirarlo así y haced algo —regañó Airyne—. ¿No veis que está herido? ¡Y el perro también!

—Está muerto —musité.

Salieron de su asombro y Virna se puso a dar órdenes. Retiraron a toda prisa cuanto había en la superficie de las mesas que ocupaban el espacio central. Luego, pusieron a Panceta sobre una de ellas.

—No, Málakor, está vivo —dijo Virna, con voz ilusionada.

—Está vivo. —Dos lagrimones, gordos como uvas, me surcaron las mejillas.

—Sí, pero prepárate para lo peor, patas largas, no sé si le queda mucho tiempo.

Se me cortaron las lágrimas, porque aquella verdad fue un soplo de aire ardiente, una llama que me abrasó, de esas que todo lo secan.

Un vértigo me sobrevino y perdí el equilibrio, pero pude verlas, aunque fuera un instante, arremolinadas en torno a Panceta.

Airyne y otras sanadoras me ayudaron a tumbarme en otra mesa.

A toda prisa, me desnudaron de cintura para arriba.

O más bien rajaron la camisa para acceder a las heridas con la mayor rapidez posible.

Clavé la mirada en el techo y aspiré profundamente.

La angustia y el dolor me oprimían los pulmones.

—Tengo que avisar a la guardia, Virna. He dejado unos regalos ensangrentados en uno de los callejones cercanos al mercado.

—Una de las chicas se encargará de avisarlos —dijo ella—. Respira profundamente. Vamos a curarte.

Las sanadoras hicieron y deshicieron conmigo.

Me lavaron, limpiaron las heridas y las cosieron hábilmente.

Aunque estaba acostumbrado a los puntos de sutura, recibirlos siempre era un calvario.

Entretanto, la rubia se apoyó en una pared, a mi lado.

Cuando conseguí sacar a mi mente de ese estado entre tinieblas, y acordarme de dónde estaba, la miré de reojo. Ella me observó bastante tranquila.

—¿Han sido los asesinos? —preguntó.

—Sí, pero ya están muertos.

Virna soltó un suspiro de alivio.

—Más que muertos, diría yo, a juzgar por cómo traes las ropas —dijo.

—Eso que había en las mangas de tu camisa… ¿era el cerebro de alguien? —silbó Airyne.

La miré de reojo, pero no dije nada. Caminó hacia una alacena y sacó de un cesto una fruta similar a una manzana.

Tras limpiársela en la blusa, le dio un sonoro mordisco.

Al verla, recordé a Anamkha. Me pregunté qué habría pensado de mí si me hubiera visto obrar con tanta violencia, perdido en esa sed de sangre.

¿Qué haría si supiera que había pertenecido al despiadado Gremio de Asesinos y Ladrones de Ledaria? ¿Seguiría pensando que era la persona adecuada para recuperar su tierra? ¿O me consideraría un criminal? Un ser cegado por la venganza.

—¿Quieres que te dé una buena noticia, Málakor? Medora ha despertado, pero está en la cama. —Airyne me sacó de mis pensamientos—. Estas muchachas no la dejan salir de ella.

—No debe salir aún. Está débil. —Virna atendía la herida de mi brazo—. Esto huele a veneno a leguas. Veneno de siemprenoche. Así lo llaman los criminales patas largas.

Corrió hasta un mueble de cristal que contenía muchos frascos y rebuscó en ellos.

—Crece en las cuervas de Ledaria —dije.

—He oído hablar de ese veneno en Lerok —anotó Airyne.

—¿Hasta allí han llegado los asesinos de Ledaria? —pregunté.

—Hasta allí. Tienen una sede clandestina en los bajos fondos.

La sangre de la cabeza de la hidra de Derian había goteado e infectado otras tierras.

—Malditos sean… —mascullé—. Virna, puedes ahorrarte el antídoto. Soy inmune a ese veneno.

—¿Inmune? —Arrugó su chata nariz.

—Sí, me crie en Ledaria, en el sitio en el que hacen esos venenos. Nos los suministraban en pequeñas dosis hasta que generábamos inmunidad.

—Eso es muy peligroso, una gota de más, un descuido, y podríais haber muerto —expresó con disgusto.

—Al que daba las órdenes le importaba poco si moríamos en el proceso.

Soltó algo en enano que sonó a maldición.

Luego me extendió por todo el brazo izquierdo una plasta fría de tacto acuoso y color verde.

Me dolía el solo contacto y apreté los dientes.

Tratando de sobrellevarlo, fijé la mirada en Panceta.

Estaba deseando que se moviera, que dijera algo.

Que me contase a cuántos gatos había perseguido en su vida.

Lo que fuese. No soportaba la idea de haberlo sacado de Ardacia, salvándolo de morir colgado, para que ahora muriese allí, por culpa de esos malditos asesinos.

Por mi culpa, realmente. Si no me hubiera querido ayudar…

—¿Ha dicho algo? —pregunté cuando pude—. Medora.

—Sí, que no recuerda nada de lo que pasó —contestó Airyne—. Que entró en la habitación, vio como un fogonazo en su mente y perdió la consciencia. Cuando la recuperó, estaba ya en la cama.

Mi pensamiento de que no parecía ella no estaba alejado de la realidad. No había sido dueña de sus actos.

—Es la magia de los propagadores. —La voz de Virna se ensombreció—.

Es muy fuerte y nadie que conozcamos puede enfrentarse a ella.

Por eso, vuestra amiga se desmayaría nada más entrar en la habitación.

—Empezó a vendarme el brazo y tuve que apretar los dientes otra vez para canalizar el dolor—.

Lo que nos deja con la incógnita de cómo espantasteis a ese propagador.

—Arbelina le lanzó una piedra… y se fue —dije entre dientes.

Airyne levantó las cejas y llevó la mirada al suelo. Hasta ella sabía que eso era mentira.

—Mira, patas largas, pensábamos que había sido tu amiga, con magia de la superficie, la que había hecho huir al propagador —soltó Virna, con gesto desconfiado—, pero ella no recuerda nada, así que vais a tener que dar muchas explicaciones al respecto cuando el funeral de Arbelina pase. Y más vale que sean convincentes.

—Estoy diciendo la verdad.

—No estás diciendo la verdad. —Me apretó más de la cuenta la venda.

Quejándome, me llevé la mano al hombro. Ella aflojó mientras chasqueaba la lengua, me palmeó el muslo y se alejó de la mesa.

—Bueno, tienes seis días para armar esas explicaciones, Málakor —dijo la mataelfos—. Es lo que duran los funerales en Aberrak.

—¿Seis días? Nunca he oído de funerales tan largos.

—Como seis fueron los días que nuestro señor Eressar tardó en construir su gran forja —dijo Virna, mientras vertía en una taza un líquido blanco y humeante, parecido a la leche—. Ella ha de construir la suya al mismo tiempo para ofrecérsela a Eressar cuando llegue a su reino; aunque no estará sola.

Por un momento pensé que iban a ofrecerse en sacrificio tres personas para acompañarla, pero la enana agregó:

—Pagará a tres ayudantes en el mundo entre los mundos. Uno por cada moneda que hemos colocado en su rostro. La de la boca, para aquel que pondrá el metal. La de los ojos, para aquel que pondrá el fuego. La de la frente, para aquel que pondrá el aire.

El bardo seguro que ya sabía aquello y estaría entusiasmado con tal historia. Tendría muchas cosas que escribir sobre aquel viaje. Yo, desde luego, había luchado con todas mis fuerzas para que no escribiese mi muerte .