CAPÍTULO 70 #2
Se lanzó hacia mí, buscó un hueco por el que atacar, pero estoqué con el palo y tuvo que moverse hacia atrás para esquivarlo.
No obstante, fue rápido como para retomar la posición sin que pudiera golpearlo.
Intentó un segundo ataque. Un tercero. Daga en mano.
Pensé que terminaría por lanzármela y por arrancarse la otra sin importar el dolor, pero sus planes fueron otros.
Por suerte para mí, los intuí por cómo se movió.
Aprovechó una de mis estocadas para agarrar el palo desde el interior, rodeándolo con la mano.
Tiró de mí. Lo más juicioso habría sido soltarlo, pero yo estaba preparado.
Esquivé su daga y lo agarré por el antebrazo, con la mano derecha, mientras que la izquierda mantenía el palo sujeto, a pesar del dolor punzante del brazo.
Ya estábamos casi pegados, así que, antes de que pudiera reaccionar, le di con la rodilla en el lateral de la suya.
Se encogió ahogando una maldición, aquello le había dolido. Eso siempre dolía.
Solté el palo. Y la palma de mi mano izquierda, completamente plana, endurecida, fue a parar contra su nariz, en un golpe desde abajo.
Algo crujió cuando impacté en ella. Dalig soltó dos cosas entonces.
El palo, que rodó por el suelo, y un grito de dolor.
Eso último también lo solté yo. Mas no podía rendirme.
Así que aproveché para golpearle con el codo en el pecho.
Lo hendí con fuerza. Tanto que sentí su esternón.
El brazo me crujió. El dolor me subió a la cabeza.
Tenía que aguantar, tenía que terminar con aquello.
Él se quedó sin respiración, con los ojos bien abiertos, llorosos. Se llevó la mano libre a la cara. La sangre le caía a chorreones por la nariz.
Su debilidad me dio la oportunidad de cogerlo del antebrazo y retorcérselo hasta hacer al asesino doblarse sobre sí mismo.
Tenía su nuca a mi merced. Un golpe y habría muerto en segundos.
Sin embargo, recordé lo de la justa retribución de Derian y ese maldito de Azskar, y pensé que sería poético administrársela a él.
Pero había algo que necesitaba preguntarle antes:
—Quizá, si me dices cómo se llega a Hérenthor, cuál es el camino en esta maraña de túneles, sea compasivo contigo y tu muerte sea menos dolorosa.
—No lo sé.
—Mientes.
Le empujé la cabeza hacia abajo, con fuerza, y levanté la rodilla. Se encontraron, por decirlo así, a medio camino. Su alarido inundó el callejón.
—Si no me lo dices, probarás tu propia medicina. Te gusta estampar cabezas, ¿no? Estamparé la tuya hasta que hables o calles para siempre.
Se echó a reír a burlonas carcajadas.
—Tú no eres capaz de algo así. Jamás matarías así a un hombre.
—¿Acaso eres algo parecido a eso? —Apreté el agarre—. Ni siquiera eres una bestia. Ni un monstruo. Eres mucho peor .
Golpeé otra vez. El dolor se le derramó por la garganta y la sangre; se vertió sobre mi pierna.
—Para, ¡por favor!
—¿Cuántas veces has escuchado eso mismo y no te has detenido? ¿Qué te hace pensar que tus vanas súplicas me detendrán? Habla de una puñetera vez. ¿Cómo se llega a ese lado de la superficie?
—No lo sé —tosió, esputando sangre—, solo los elfos oscuros lo saben, y solo aquellos a quienes eligen conocen los caminos. Azskar, él lo sabe.
—Entonces no me sirves para nada.
Volví a golpearlo. Él gritó, se removió, pero sin fuerzas suficientes ya para soltarse. Lo tiré al suelo con desprecio y este sustituyó a mi rodilla.
—¿A que ya no te parece tan divertido estando al otro lado? Voy a mataros a todos. No pararé hasta que no quede de Ledaria ni el solo recuerdo —dije con furia, mientras machacaba su cráneo una y otra vez.
La rabia corría por mis venas y diluía el dolor.
Porque, cuando le aplastaba la cabeza contra el suelo, pensaba en Azskar.
En que era la suya. Aquella sangre desbordada me parecía la de ese malnacido y sentía sed de más.
Quería notar su cráneo quebrándose. Ver su rostro desfigurado; sus sesos esparcidos.
Más sangre de aquel ledarita hasta que no quedase nada de él.
Esa ansia destructiva me hizo volver a la realidad de golpe y soltar su cabeza de igual modo.
Como si me quemase. Igual que el colgante, que refulgió en mi pecho.
—Málakor.
¿De dónde venía esa voz? ¿Era él? No…, imposible, él estaba ya más que muerto.
—Málakor, por todos los dioses, ¿qué sucede? Siento una angustia horrible venir de ti. Oscuridad incluso, ¿por qué?
Anamkha.
Di unos pasos atrás. Mareado. Miré a todas partes, pero no la vi. Clavé entonces la mirada en mis manos: llenas de heridas, sangre y restos del asesino. Despavorido, el corazón se me paró. No podía dejar que ella me viera así, ¿qué pensaría de mí ?
—Estoy bien, pelirroja, déjame.
—No…
—Por favor, estoy bien. Hablaremos más tarde.
No dijo más, y yo contemplé de nuevo los signos de la destrucción a mis pies. Lo que había hecho con ese ledarita era inhumano.
—Yo no soy esto —murmuré.
Pero los asesinos me volvían exactamente eso. Un ser tan horrible como ellos. Porque la venganza no entiende de tibiezas. No es fría como dicen algunos. Es pura ira, y la ira se alimenta de fuego. La sangre llama a más sangre. El odio, a más odio. Y el fuego…
El fuego no se apaga con más fuego. El fuego se apaga con agua.
—Y yo soy hijo del agua. No puedo ser como ellos —musité.
Horrorizado ante lo que mi ira había causado, con el dolor del brazo agujereando cada fibra de mi ser, corrí hasta Panceta.
El perro ya no gemía. Cuando lo cogí en brazos, estaba laxo.
Quedó en el suelo un charco de abundante sangre.
Sin embargo, si restaba en él aunque fuese un hilo de vida, haría lo que fuera por salvarlo.
Recuperé mis dagas y abandoné el callejón, con la angustia encogiéndome el pecho y las manos llenas de sangre de esos malnacidos… y de mi peludo amigo. Tenía que avisar a alguien antes de que nadie más viera el dantesco espectáculo del callejón y no pudiera volver a dormir en paz en toda su vida.