CAPÍTULO 70
De la sangre que llama a la sangre
F urioso, me puse en pie y los encaré. Habría querido seguir prestando atención a Panceta, pero si no ponía el ojo en los asesinos, acabaría muerto también.
Y no podría salvarlo. Eran dos, a apenas veinte pasos de mí.
Con sus ropas negras y sus dagas en la mano.
Apestaban a veneno. A uno de ellos lo reconocí, además de por la voz, pero no recordaba su nombre.
Solo que le gustaba golpear la cabeza de la gente contra cualquier cosa hasta que les aplastaba el cráneo y dejaban de respirar.
Y, si dejaban de respirar antes de lo primero, seguía haciéndolo igualmente.
El segundo no estaba en mi memoria. Debía de ser alguien que hubiera llegado al servicio de Derian después de marcharme yo.
Pero los dos me miraban con la misma sed de sangre. Supe que aquello no iba a ser fácil.
—Os sacaré las tripas por lo que le habéis hecho a mi amigo.
—Hola, Málakor, cuánto tiempo sin vernos —dijo el que yo conocía, situado en la parte izquierda. El mismo que había herido a Panceta.
—¿Dando un paseo por los túneles ahora que ya no tenéis isla en la que pudriros ni rata que os dé órdenes en ella?
—Siempre tan ingenioso —respondió el mismo—. Recuerdo aquel día en la taberna de Fred en el que me metiste la cabeza en un barril de dalig. Casi me ahogas. Dijiste que así me mejoraría el aliento.
Pensé en llamarlo Dalig a partir de ese momento, porque no iba a preguntarle su nombre, me importaba una mierda.
—Y te ha mejorado. —Di un paso hacia ellos.
Él escupió a su lado, con desprecio, y avanzó un paso también, a la par que el otro.
—Aberrak es una ciudad limpia, por favor, compórtate —regañé socarrón—. ¿Quién es tu amigo? No lo conozco .
—Me llamo Jolbar. —Avanzó otro paso—. Tú mataste a mi padre. Lo dejaste desangrándose como un animal.
—He dejado desangrándose a mucha gente, así que déjate de teatro y dime quién era el desgraciado que infestó a tu madre con su semilla.
—Roan. Roan era mi padre.
Me reí a carcajada limpia.
—Ah, vaya, una bonita reunión familiar entonces. ¿Sabes que existe una posibilidad de que los hijos hereden las enfermedades de los padres? Y él murió por la enfermedad de la daga cerca del corazón. No sé si la conoces, pero es letal. Igual te pasa lo mismo.
Soltó un gruñido rabioso.
—Vas a morir, Málakor.
—Sí, ya me han dicho eso más veces. ¿Cuándo vamos a empezar con esto? Las charlas me aburren. Y tengo cosas que hacer.
Como salvar a Panceta, cuyos gemidos resonaban en el callejón, provocándome un sudor frío por el miedo a que muriese.
Hicieron girar las dagas en las manos.
—Aún recuerdo cómo se hacía eso. —Imité su gesto—. No os hagáis los presumidos. Es patético.
—Dagas knegaritas. Tú sí que eres patético. Deberían caérsete las manos por llevarlas. Espera, ya se te cayó un dedo, ¿será por eso? Ah, no, Azskar te lo cortó. —Dalig rio socarrón, a la par que el otro—. Nosotros vamos a cortarte la cabeza y a llevársela en bandeja.
—Qué despliegue de humor. Casi me dan ganas de aplaudirte, pero en esa cara de idiota que tienes.
Soltó el aire entre los dientes, con el labio superior levantado.
Nos miramos en silencio, estudiando las intenciones del otro.
Yo estaba jodido, no me iba a engañar, tenía a dos asesinos cerrándome el paso, con un muro tras la espalda.
Delante del cual había un cadáver. Y no tenía con qué protegerme en caso de que me lanzasen alguno de los cuchillos que llevaban.
Cuatro cada uno, los adiviné bajo sus ropas.
Seguramente sería lo primero que harían, aprovechando su ventaja .
Si me lanzaba a escalar el muro, sucedería lo mismo.
Necesitaba, urgentemente, algo con lo que protegerme.
Y sabía con qué. Uno tiene que usar cualquier cosa que le sirva en una pelea, aunque no sea muy correcto hacerlo.
En esa clase de enfrentamientos solo hay una regla: sobrevivir. Cualquier cosa vale para conseguirlo.
Envainé una daga, necesitaba una mano libre. Fruncieron el ceño, extrañados, y sus manos se movieron un poco. Me preparé. Cada uno lanzó un cuchillo, pero como lo había visto venir, me adelanté a sus movimientos y me agaché para esquivarlos.
A la par que me inclinaba hacia el suelo tiré del mercader con fuerza y rapidez.
Él iba a ser mi escudo. Los cuchillos rebotaron en la pared y cayeron lejos; unos segundos volaron hacia mí.
El vendegusanos se los comió, uno literalmente, porque se le hendió en la boca.
El otro se le clavó en el pecho. Iba con tanta fuerza que el cadáver se sacudió.
Lanzaron dos cuchillos más y volví a cubrirme con el cadáver.
Gruñeron con disgusto. Sonreí. Ese mercader me iba a ser más que útil después de todo.
Cargué hacia ellos, con él delante de mí y el hombro derecho apoyado en su espalda. Un cuchillo pasó cerca de mi cabeza, pero la agaché a tiempo. El otro iba directo a mis piernas; di un paso al lado y seguí corriendo hasta ellos.
Astutamente, se movieron a los flancos, como si mi intención fuera arrollarlos.
Pero no lo era. Y no se lo esperaban. Antes de llegar a ellos, hice amago de seguir, pero lancé a Dalig el cadáver encima, con tanta fuerza que el peso y el impacto lo hicieron caer de espaldas.
Lo escuché quejarse, debía de haberse golpeado la cabeza, lo que me alegró.
Apenas me dio tiempo a verlo tratar de levantarse, porque el otro me atacó por el flanco derecho.
Lanzó una estocada con la daga hacia mi costado.
Me eché hacia atrás y di un paso rápido al lateral, encontrando su dorso al descubierto.
Mi daga, en mi mano derecha, fue directa a su carne y cortó primero y profundamente.
Tomé la otra con la izquierda, a toda prisa.
Trató de frenarme, mientras soltaba un alarido de rabia o de dolor, no supe distinguirlo, pero fui más rápido y clavé la daga en su costado.
Di con algo duro, hueso probablemente, lo que frenó mi ataque y me hizo doblar el brazo para encajarla .
Él soltó un quejido espantoso. Boqueó esputando sangre.
Mis músculos se quejaron y noté un fuerte calambre.
Mi brazo izquierdo no estaba bien y yo seguía dándole problemas.
Sin embargo, me resistía a no usar las dos manos, más aún cuando tenía amenazas como aquellas.
El dolor se hizo cada vez más fuerte, hasta quemar.
«Al menos he matado a uno», pensé para consolarme.
No me dio tiempo a sacar la daga, encastrada con demasiada fuerza, porque Dalig estaba casi encima de mí.
La solté y di un paso atrás. Y otro. Y otro.
Él avanzaba hacia mí lanzando ataques rápidos, violentos.
Recortaba la distancia ferozmente, trataba de clavarme la daga.
A la par, con la mano libre, intentaba atraparme y acercarme a él.
No pude pensar en nada más que en esquivarlo.
En desviar sus ataques con mi daga, una y otra vez, mientras sorteaba otros y retrocedía a toda prisa sin ver dónde ponía los pies. Un paso en falso y caería de espaldas.
Cuando logré encontrar un resquicio desprotegido en él, ataqué.
Conseguí cortarle en el hombro, pero él, sin quejarse, me lanzó una respuesta inmediata.
La hoja de su daga fue directa a mi brazo izquierdo.
Solo me rajó, porque lo aparté a tiempo y bruscamente, para que no la clavase.
Un dolor punzante me recorrió desde el antebrazo hasta la cabeza.
Empecé a sentirme aturdido. Fijarme tan atentamente en todos los movimientos de su frenético ataque, me había desestabilizado.
La sangre corrió por mi brazo hasta la mano, manchó la ropa.
Esa daga estaría envenenada, pero yo era inmune a ese veneno.
Seguramente. Quizá. Daba igual, tenía que seguir peleando.
Huir no era una opción. Desde luego que no.
Tenía que salir de allí con Panceta en brazos, para que alguien lo curase.
Si es que no estaba muerto ya y no me había dado cuenta.
Agucé el oído y escuché un gemido de su parte. No sabía si aguantaría mucho más.
Dalig volvió a castigarme con sus ataques frenéticos.
Sonreía como si tuviera la partida ganada.
Se notaba que tenía mucha más experiencia que el otro, que apenas había durado haciéndome frente.
Pero ese cabrón revientacabezas me había pillado desprevenido y me estaba costando tomarle ventaja.
Necesitaba lanzarle algo. Sin embargo, no tenía más que la daga. Y quizá no sería suficiente .
Advertí, por el rabillo del ojo, que nos acercábamos al inicio del callejón. A esa zona en la que estaban apilados los trastos. Esa era mi oportunidad.
Cuando estuve al lado, le arrojé a Dalig la daga con cuidado de no hacer un lanzamiento en falso.
Se le clavó en el hombro, hasta la guarda.
Él dio un paso atrás, llevándose la mano a ella.
Para cuando volvió a mirarme, un saco iba directo a su cabeza.
Estaba lleno de patatas de Aberrak, qué sé yo, pero pesaba.
Trastabilló unos pasos y aproveché para coger un palo que estaba partido, con largas astillas en la punta.
Aunque apenas medía un metro, era una buena distancia para interponerla entre él y yo.
Dirigí la parte de las astillas hacia Dalig mientras el asesino retomaba la posición de ataque.
—Espero que tengas unas buenas pinzas para sacarte estas astillas —le dije, con la respiración entrecortada.
—Eso será si me alcanzas con ellas, estúpido —soltó entre dientes.
—¿Estúpido? Dime algo más original, anda, dale un poco de emoción a nuestro romántico encuentro.
Se llevó la mano a la empuñadura de mi daga, con la intención quizá de sacársela y usarla como arma, pero, cuando quiso dar un tirón, el dolor debió de ser insoportable porque se frenó.
—Mejor así, no quiero que te desangres antes de que te mate yo.
—Cállate de una vez.