CAPÍTULO 69
Del mercader de Vingardia
E l mercader, distraído, guardaba los frascos de miel en una canasta, cuando me planté delante de su puesto. Ni me miró, solo gruñó algo en enano, de mala gana.
—No hablo aberraki —dije—. Así que espero que eso no sea un insulto. Ya tienes bastantes números para que te toque el premio de morirte hoy.
—Ya me marchaba. Vuelve otro día —respondió secamente, sin levantar la cabeza. Me había oído, pero no me había escuchado. O no habría dicho aquello sin más, después de mi amenaza.
—Dime una cosa, mercader, ¿te marchas a por más gusanos con los que intentar matarme?
Giró la cabeza, muy despacio. Primero me atisbó con el rabillo del ojo; luego, de frente, por un segundo. Soltó la canasta de golpe, los frascos se quebraron contra el suelo y la miel corrió por todas partes. Él echó a correr también.
— Qué manía tiene la gente de salir corriendo. —Resoplé.
Salté por encima del tenderete y fui tras él.
Trató de escabullirse por la parte trasera de los puestos, sorteando cajas, canastas y carros.
Lanzando algunos hacia atrás con el propósito de entorpecerme, pero yo los esquivaba con agilidad.
Los otros mercaderes y compradores soltaban gritos de asombro.
Algunos nos increpaban. No me paraba a pedirles perdón.
Era una persecución por un mercado, ¿qué esperaban?
¿Que tuviéramos cuidado? Desde luego que no habían leído muchas persecuciones en los libros de los bardos.
El tipo era veloz, así que corrí todo lo rápido que me daban las piernas. Y aunque estas respondían bien, la cabeza me estaba matando. Notaba la sangre bombear en las sienes y una fuerte presión en el cráneo. Sin embargo, no podía dejar que escapase.
Volcó una jaula con una especie de gallinas de color azul. Pasé en medio de sus revoloteos, de su nube de plumas. Algunas se me metieron en la boca y en la nariz. Escupí y me las quité.
Él giró la cabeza y se echó a reír.
—¡Ríete, gusano! Tú no tragarás plumas, tragarás tu sangre.
Volvió a mirarme, aquella vez con cara de susto, sin dejar de correr.
—¡Eh, patas largas! —gritó un enano, que se puso en mi camino—. ¡¿Os habéis vuelto locos!?
—¡Apártate!
No lo hizo, así que lo salté, a punto de cambiarle el peinado con las botas. Vociferó en su idioma, creo que llamó a la guardia. Pues, aunque no entendí una palabra, sonó como si lo hiciera.
Al final de la plaza, terminados los puestos, había tres posibilidades de huida para el mercader.
Derecha, hacia una bocacalle. Izquierda, continuando el cuadrado de la plaza.
Y en diagonal, cruzándola. Sin embargo, no alcancé a ver con claridad qué sentido tomó, porque se cruzó otro maldito carro, lleno de canastas.
Me paré y solté una maldición.
—Ha ido a la derecha, Málakor.
Panceta estaba a mi lado. Tenía la lengua fuera, signo de una reciente carrera.
—¿Qué haces aquí? Vete, esto no es seguro.
—Ayudarte. Ese tipo ha ido a la derecha. Hay un callejón estrecho, y en las cercanías he visto deambular a dos asesinos. Si lo sigues, te harán una encerrona.
—No es una encerrona si voy precavido. No tengo miedo. Yo también quiero encontrarme con ellos. Y ellos van a encontrarse con alguien también allí: la muerte.
—Gof! Saldrá mal. ¿Quién me va a dar comida si te matan?
—Di que sí, las prioridades claras, ¿eh? —Reí—. Panceta, ve con Háchpirey, no te preocupes por mí.
—Ni ladrar.
No tenía tiempo para discutir, así que eché a correr, con él a la zaga.
Llegamos a un callejón estrecho, sin salida, con apenas un farol iluminándolo.
Las casas que lo rodeaban parecían almacenes.
No había signos de vida en ellas más que cajas, sacos y utensilios rotos amontonados en los laterales, cerca de la entrada.
El mercader llegó hasta el fondo y se detuvo delante de la pared que lo cerraba. Se dio la vuelta, mirándome con expresión fría.
—El ratón ha caído en la trampa —dijo.
—El ratón ya sabía que era una trampa.
Desenvainé las dagas y caminé hacia él. Mis pasos retumbaron en aquel callejón oscuro y silente.
Él miró a Panceta, que avanzaba a mi lado, gruñéndole. Luego clavó la mirada en todas partes, sobre los tejados, hacia las ventanas, tras mi espalda.
—No vas a ver a tus amigos —dije.
—Claro que los veré. Vienen. Sé que vienen.
—No he dicho que no vengan. He dicho que tú no los vas a ver.
Frunció el ceño, pero pronto comprendió el significado de mis palabras, porque tragó saliva y oteó un lugar por el que huir.
—¿Quién es el ratón ahora, vendegusanos? —Avancé hacia él, con las dagas listas para rajarle la garganta.
—¡Socorro! —gritó, y dijo algo más en lengua enana, quizá otra señal de auxilio.
—Si vuelves a gritar será lo último que hagas.
—No, no…, ¡por favor!, no me hagas daño. Y-yo solo seguía órdenes. —Pegó la espalda contra la pared—. No tenía más opción. Ellos me obligaron. Por favor, no me hagas nada.
—Sí, ya me sé ese cuento. La última vez que estuve en un callejón con un perrito de los asesinos, también suplicó. En vano.
Su respiración se volvió más agitada; estaba ya a solo tres pasos de él.
—Dijeron que vendrían. Que no dejarían que me hicieras nada.
—Eres doblemente tonto. Tonto por traerme hasta aquí pensando que saldrías vivo de este callejón.
Y tonto por creer en las promesas de los asesinos.
Están hechas de mentiras, mercader, desde que se forman en su mente hasta que salen de sus labios.
Y, cuando flotan en el aire, se vuelven sangre. La sangre de quienes las creen.
Los labios le temblaron.
—Te…, te daré dinero, deja que me vaya.
—Tu sucio dinero no me serviría ni para limpiarme el culo, escoria. Además, no querría nada que viniera de los labios del responsable de la muerte de una inocente.
—La enana. —Agachó la mirada—. No pensé que ella…
—No, si pensar no piensas mucho. —Di un paso más hacia él.
Interpuso las palmas de las manos, como si así pudiera frenarme. Panceta se pegó a él, gruñéndole más.
—Dile a tu perro que no me muerda, ¡por los dioses!
—Mi perro no va a morderte, porque se envenenaría.
—Seguro que sí. Apesta a maldad.
—Además, ¿en nombre de qué dioses suplicas, malnacido? ¿De esos oscuros a los que sirven tus señores? No tengo nada que ver con ellos, así que tus súplicas serán en vano.
—¡Te diré cuando quieras! —clamó desesperado—. Quién me lo ordenó, quién puso el gusano en la miel, pero ¡déjame huir!
Obviamente, no iba a dejarlo irse de rositas; sin embargo, él no lo sabía.
—Está bien. Desembucha.
—¿Y me dejarás ir?
—Te lo prometo.
Oí unos pasos fuertes. Él llevó la mirada más allá del final del callejón, a mi espalda. Pensé que lo vería sonreír, pero en su rostro solo hubo miedo, además de la decepción.
—Los guardias enanos están cerca —dijo Panceta—. Sus pasos retumban de un modo particular.
—La guardia se acerca, tienes dos minutos para contarme lo que sepas, mercader, o te rajo la garganta.
—No vendrán. Mis amigos los habrán despistado. Te matarán, muchacho, y dentro de una hora o dos, los guardias encontrarán tu cadáver.
Mastiqué la saliva.
—Estás agotándome la paciencia. Dos minutos, vendegusanos, o el cadáver que encontrarán será el tuyo.
Ni un segundo tardó en empezar a largar.
—Fueron los elfos oscuros. —Se mordió los labios—. Ellos me obligaron a poner el gusano en la miel y a vendérselo a la enana. Los asesinos trabajan con ellos.
—No digas que te obligaron, eres su siervo. Seguro que, si miro debajo de tus ropas, encuentro su marca. El Ojo de Narqania.
—El chiquillo te lo ha dicho. —Soltó una risa sardónica—. Azskar sabe que está contigo. Irá a buscarlo y os matará a los dos. A ti porque te odia y a él por traidor.
—No le tengo miedo. Ni a él ni a sus gusanos. Ni a sus pactos oscuros. Antes de que vuelva a poner una mano en el niño, se la cortaré. Y seguiré cortándole cosas hasta que no quede de su cuerpo más que el mero recuerdo de lo que fue.
—Inténtalo si puedes. Verás que no eres capaz. Azskar es intocable.
—Aún no lo conozco y ya lo odio. —Panceta soltó un bufido.
—¿Dónde está? —le pregunté al mercader.
—Eso no lo sé.
Le puse la punta de la daga en la garganta. Trató de echar la cabeza hacia atrás, sin éxito, y miró el filo con ojos aterrorizados.
—Sí lo sabes. ¿Dónde está?
Dudó, con la vista puesta en la daga y las gotas de sudor recorriéndole la frente. Empujé la punta un poco más hacia él.
—En la Ciudad Maldita.
No tenía la menor idea de dónde estaba eso, pero, con ese nombre, no sería un lugar con campos de margaritas y bardos cantando al amor.
—¿Y dónde está esa ciudad?
—Solo sé que está en Ítaro. —Vio que iba a presionarlo más y rompió en súplicas—. Por favor, eso es todo lo que sé. Solo quiero irme. Deja que me vaya.
Volví a escuchar pasos. Y aquella vez no eran de los guardias enanos.
Sonaban en los tejados. Eran de dos asesinos.
La cicatriz me ardía. Quería hacerle más preguntas, pero no tenía tiempo.
Como tampoco intención de dejarlo vivir.
Por más que dijera que se marcharía, podría revolverse contra mí cuando llegasen los asesinos.
Sería un problema. Menor, pero un problema.
—Me has prometido que me dejarías escapar. Permite que me vaya antes de que lleguen. Sabrán que te he contado cosas. Lo sabrán. Siempre lo saben.
—Sí, te lo he prometido, pero ¿no te han dicho tus amigos asesinos quién soy antes de que confabulases con ellos para matarme?
Negó con la cabeza.
—Pues deberían haberte contado que un día me llamaron Málakor de Ledaria. Fui un asesino. Y, como te he dicho, nunca debes creer en las promesas de un asesino.
En sus pupilas rezumó el pavor de la muerte próxima. Fui compasivo con él. El corte en la garganta fue limpio. Su cuerpo se escurrió pegado a la pared, hasta caer a mis pies. La sangre llenó sus ropajes y la muerte le veló la mirada.
Panceta ladró, me pareció que con entusiasmo.
—¿Estás celebrando que lo he matado?
—Se merece estar muerto. Por lo que le hizo a…
Un silbido cortó el aire y el perro calló de golpe. Se desplomó, soltando un gemido.
—¿¡Panceta?! —Me acuclillé a su lado—. ¿¡Qué demonios…!?
Tenía clavado un cuchillo en el costado. La sangre se vertía de su herida, mientras él gemía. Debí de ponerme blanco como un nicho de cal, porque sentí que la mía había dejado de moverse por mi cuerpo.
—Duele… Duele mucho…
—No te pongas nervioso, te sacaré de aquí y te curarán. Ya lo verás. No te muevas, o se moverá el cuchillo y sangrarás más. Mantén la calma, todo irá bien.
Escuché dos golpes secos a mi espalda. Y una voz que guardaba en mis recuerdos, de mis días en Ledaria, dijo:
—Siempre he odiado a los perros. Sobre todo cuando ladran. Son tan molestos que, si no los mato, no me quedo contento.