Málakor 3 CAPÍTULO 68
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CAPÍTULO 68

De amenazas y viejos amigos

M iré a todas partes: ni un atisbo de algo amenazante.

Los enanos estaban a lo suyo y el mercader vendía sus mieles.

Tenía que conversar con él, largamente, pero con la cicatriz volviendo a abrasarme como hacía tiempo que no, no quería dejar a Hach y al niño solos.

Debía llevarlos antes a la casa. No es que hubiera lugar seguro en Aberrak si había asesinos cerca, aunque al menos me quedaría más tranquilo.

—Háchpirey, pide el pescado para llevar. Nos vamos.

El bardo se levantó al punto, notó en mi voz que opinar lo contrario no era una opción. Mientras él cumplía con lo pedido, me quedé muy cerca de Xelirian, escudriñando mi alrededor.

—¿Qué buscas exactamente? —me preguntó Panceta.

—Asesinos. Como esos de los que te hablé.

—Te ayudaré a buscar.

Se alejó de nosotros, perdiéndose entre la multitud, antes de que pudiera decirle que no se moviese.

Un grupo de enanos pasó cerca, riendo a carcajadas. Los seguí con la mirada, no había nada extraño en ellos. Iba a apartar la vista cuando, detrás de ellos, vi a Gris. Si el duende estaba por allí, seguramente Airyne también.

Noté unos pasos a mi espalda. Saqué la daga y, rápidamente, me giré. La punta quedó a escasos centímetros del vientre de la mataelfos.

—Vaya recibimiento, eh. Ni en Lerok me lo darían igual. —Alzó las manos en señal de rendición.

—No te acerques jamás así, y menos por mi espalda. —Guardé la daga, mientras miraba con desconfianza a todas partes—. Y aún menos en un mercado lleno de gente.

—Solo iba a darte una sorpresa.

—No me gustan las sorpresas .

Airyne se sentó en uno de los bancos, frente a nosotros, y miró a Xelirian. Pasó de tener una expresión jovial a restallarle el instinto asesino en las pupilas. Él le devolvió una mirada falta de temor.

—Este niño… es de los túneles —soltó ella.

—Claro, en los túneles estamos —dije—, ¿de dónde iba a ser?

—No. Me refiero a que es un puntiagudo. Los huelo a distancia.

Miré impaciente al bardo, pero en el puesto había mucha gente y estaba guardando cola. Chasqueé la lengua y volví la vista hacia ella.

—Deja de mirarlo así, Airyne, no vas a hacerle nada.

—¿Por qué no? —masculló cruzándose de brazos.

—Es mi protegido.

—¿Un chiquillo puntiagudo? —Se echó a reír con incredulidad—. Estás loco.

—Puede, pero es mi locura, así que no te metas.

Apretó el mentón, le estaba costando digerir mi petición. Inclinó el cuerpo un poco sobre la mesa, para mirarme más de cerca. No, más bien para amenazarme más de cerca.

—Podría dar la voz de alarma y se echarían encima de él. Lo colgarían.

Miré a Xelirian por el rabillo del ojo; parecía distraído en jugar con las raspas del pescado. Adopté la misma postura que la rubia. No iba a arredrarme por muy mataelfos sanguinaria que fuese.

—Podrías, pero entonces le diría a todos que mataste al príncipe de Lerok, y acabarías como el niño, colgada, ¿quieres sentir el aire fresco en las plantas de los pies, Airyne Ordom?

Movió la mandíbula de un lado a otro, la boca algo abierta, los ojos airados, puestos en los míos con determinación. Pensé que sacaría un arma y me la pondría en la garganta, pero terminó echándose hacia atrás.

—Si supieras lo que me hizo, tú también lo habrías matado.

No recuperé la posición. Como tampoco perdí la perspectiva de lo que pasaba a mi alrededor, aunque estuviera hablando con ella .

—Si supieras lo que le han hecho a este niño, no querrías matarlo. Además, supera de una vez lo que te hizo ese infiel, a todos nos han jodido en el amor.

—Ojalá fuera solo eso. Esa es la parte de la historia que cuento, Málakor. Si contase el resto, la mayoría de la gente se horrorizaría al saber de lo que su príncipe era capaz. Su príncipe —dijo con burlón desprecio—, el brillante estudiante, el honorable entre los futuros médicos de Lerok.

—Mira, Airyne, he escuchado muchas historias turbias, así que puedo escuchar la tuya. Pero, antes, aclárame una cosa: ¿por qué iba un príncipe a estudiar nada? Esos se tiran a la bartola a verlas venir.

—Es la tradición en Lerok. —Levantó el puño derecho y fue sacando dedos conforme enumeraba—: El Heredero porta la Corona y la Espada.

El Segundo Hijo, la Gracia Divina. El Tercero, la Copa de la Salud.

—Cerró la mano y dio un golpe en la mesa—.

Pero él solo portaba la más abisal de las negruras en su alma.

Vi la pérdida y el dolor en sus pupilas. Y, en su aura, la tristeza y la venganza.

—El Cuarto, la desgracia —intervino Xelirian, con voz enigmática, lo que me hizo mirarlo—. Por eso, los reyes de Lerok asesinan a sus cuartos hijos cuando nacen. Y si son bastardos, en el mismo vientre de sus madres.

Sentí un estremecimiento. Lerok no me parecía un sitio en condiciones al que ir, por más que tuviera buenos cítricos.

—Si siempre he dicho que los pulecoronas no están muy bien.

—Pulecoronas. —Airyne rio mientras sacudía la cabeza—. ¿Por qué quieres proteger a este niño?

—¿Y tú por qué mataste realmente al príncipe de Lerok?

—¡Ya traigo el pescado! —anunció Hach con voz alegre. Dejó un par de envoltorios grasientos y humeantes en la mesa, mientras miraba a Airyne con curiosidad—. ¿Puedo preguntar quién nos acompaña?

—La misma que os acompañará a la casa de sanación. —Me puse en pie—. Airyne Ordom, ladrona, comedora de ojos y mataelfos.

El bardo contrajo el rostro de un modo tan gracioso, que Xelirian y la rubia rieron. Ella más que él, claro .

—Airyne Ordom, la mataelfos. —El bardo le tendió la mano cuando salió de su asombro—. Eso quedará bien en las Crónicas . Málakor me habló de vos, pero no me dio esos detalles. Necesito que me contéis cuáles han sido vuestras hazañas.

—Tutéame, pelirrojo —dijo ella, y respondió al saludo enérgicamente—. Supongo que eres el amigo de Málakor que andaba muriéndose por el príncipe de los venenos.

—El mismo. Háchpirey Tredembaun. —Y le dijo todos sus títulos.

—¿Escribes todo eso en el membrete de las cartas? —Rio a mandíbula batiente—. Tu tinta se gastará rápido.

—Su tinta la paga el rey —dije con apremio—. Marchaos ya, tengo asuntos que resolver.

—¿Te fías de que los lleve? ¿Después de lo que te he dicho?

—¿Qué te ha dicho? —El bardo nos miró de hito en hito.

—Se han amenazado mutuamente —dijo Xelirian.

—De ella no lo sé, pero eso es muy propio de Málakor. —Hach suspiró resignado—. No me sorprende.

Miré a Airyne tan serio que surgió en algún diccionario mi cara al lado de la acepción de la palabra.

—Si valoras en algo tu vida, lo harás, Ordom. Los acompañarás y protegerás si algo los amenaza.

—¿El qué exactamente? —quiso saber ella.

—Asesinos de Ledaria.

Por el gesto de Airyne, supe que era consciente de que no hablaba de asesinos cualquiera. Los conocía.

El bardo miró a todas partes y se pegó más a Xelirian. Le puso las manos encima de los hombros, como si así pudiera protegerlo de cualquier cosa.

—¿Esos cuervos están por aquí? —Ella escudriñó también alrededor.

La cicatriz seguía picándome, así que asentí.

—Sí, y voy a dar con ellos.

—Los odio. Casi tanto como a los elfos. Así que, si sois su objetivo, no dejaré que os toquen. Ni siquiera… —Miró al niño. Con disgusto, agregó—: Ni siquiera a él.

—Muy bien. Ahora, haz lo que te digo. Y estaré en deuda contigo.

La rubia asintió. Xelirian fue a coger el pescado, pero puse la mano en medio.

—Podrían haberlo envenenado.

—Soy inmune a todos sus venenos —dijo el niño—. Y tengo hambre.

—Es imposible que la tengas después de todo lo que has comido.

Xelirian miró a Hach, que le había dicho aquello, y negó con la cabeza. Cogió el pescado y echó a andar, seguido de Airyne.

—¿Dónde está Panceta? —preguntó el bardo.

—No lo sé, pero vete de una vez. Él sabe volver a casa de Arbelina. Tened cuidado, por favor.

—Tú eres el que corre peligro, amigo mío. Por favor, regresa sano y salvo.

—¿Te pondrás a cantar cuando regrese? Porque si me dices que sí, prefiero que me apuñalen.

—Entonces cantaré en tu funeral —bromeó con un guiño travieso.

Con igual gesto, dije:

—Supongo que no me queda más remedio que regresar sin un rasguño.

—Supones bien. —Rio, me palmeó el hombro y, sin más dilación, fue tras ellos.

En la cabeza de cualquiera cabría preguntarse por qué dejé al bardo y al niño en manos de la mataelfos.

En primer lugar, porque si hubiera querido matarme, lo habría hecho en los túneles.

Nos había ayudado a Medora y a mí; hasta me había curado.

En segundo, porque no era una asesina. No al menos de Ledaria.

La cicatriz no me había picado antes estando cerca de ella.

Y, en tercer lugar, porque no podía perder más tiempo: el mercader ya recogía su tenderete, dispuesto a irse.