CAPÍTULO 67
De todos los reinos
T anto Hach como Xelirian descubrieron los detalles de las calles de Aberrak con el mismo asombro en la mirada.
Aunque, como era de esperar, el bardo era mucho más expresivo.
Costaría sacar al niño de su encierro mental, pero aquel paso significaba mucho.
Mi amigo, no obstante, intentaba tenerlo siempre atento a algo, señalándole esto o aquello.
Xelirian llevaba la cara empolvada por no sé qué sustancia, un sombrero que le quedaba enorme, para taparle las orejas picudas, y unas ropas blancas.
Miraba sin cesar a todas partes que él indicaba.
A menudo se encogía de hombros, callaba; sin embargo, los ojos le brillaban aunque fuera un poco.
A veces, comentaba o hacía preguntas sobre lo que era nuevo para él, que venían siendo todas las cosas buenas que nos rodeaban.
Panceta, a cada tanto, se perdía entre la multitud en busca de algo que le llamaba la atención. Soltaba algún ladrido alegre o de asombro, gruñía a algún gato, perseguía a uno de esos pájaros verdes, se relamía con el olor a comida.
Por la ciudad corría el rumor de la muerte de Arbelina a manos de un hechicero elfo; los guardias iban de aquí para allá en frenética búsqueda.
Partidas de enanos sin librea también andaban buscándolo, empuñando sus hachas de hierro, con los ojos oscurecidos por la venganza.
Atisbé a un grupo de enanos llorar y abrazarse; a una mujer colgar un pendón negro en su ventana.
De algún lugar llegó el sonido de un cuerno que tocó siete veces en un ritmo prolongado y uniforme.
En algún momento se darían cuenta de que era mentira, de que ningún aberraki había visto a nadie de aquellas características. Por mucho que uno se escude en las sombras, hay ojos avispados que lo ven todo.
No obstante, traté de disfrutar del paseo, de no pensar en el estado de Medora o de Leyla.
Parecía que no fuéramos a estar todos juntos de nuevo, siempre faltaba alguien.
También me traía de cabeza qué era lo que le había pasado a la maga.
Esos gestos, esos ojos, esas palabras. Ella había expulsado a la amenaza, y yo jamás la había visto así.
Dudaba, de hecho, que ni ella misma se hubiera visto así nunca.
Al fin, llegamos a una plaza llena de puestos a la vera del río. Todos cubiertos de coloridos toldos. Un elemento extraño en Aberrak, porque ni hacía sol ni llovía, pero a los enanos debían de gustarles.
El aire olía como en todos los mercados; en eso de vender cosas, los enanos no eran muy diferentes a los de Luara, pues gritaban sus productos con igual entusiasmo y potencia de voz.
—Serizum ! —oí decir a uno—. Serizum quaroak!
—Seda, vendo seda —dijo Háchpirey.
—¿Qué dices, bardo?
—Eso es lo que ha dicho ese vendedor. —Lo señaló con disimulo—. Quaroak es «vendo», todos lo dicen cuando gritan sus productos. Y lo que está levantando en la mano son piezas de seda. De una seda de muy buena calidad, todo sea dicho. ¿De dónde la traerán?
—Aquí todo lo traen de Lerok. O lo traían —dije—. Los puntiagudos están infestando los túneles. Supongo que es difícil traer nada con esos por ahí pululando.
—Supones bien —dijo Xelirian, entre el bardo y yo, para luego abstraerse en mirar a un par de enanos que se abrazaban.
—Pues los productos se encarecerán y habrá gran escasez —comentó el bardo—. Lo cual no es bueno para ninguna ciudad. Más aún si es un cruce de caminos en los túneles como lo es este. Una de mis ideas es proponerle a la reina de Aberrak que establezca rutas comerciales con Ardacia.
—El problema seguiría siendo el mismo. Los elfos son una plaga.
—Sí, pero si Ardacia encuentra algo interesante que sacar de aquí, ayudará a limpiar los túneles. Y hay algo que le interesa mucho a los ardacianos: joyas. Las llevan hasta los niños. —Llevó la mirada a un grupo de chiquillos que jugaban con otros en la plaza.
No tuve la mía demasiado rato en ellos; otra figura llamó más mi atención. El hombre pelilargo de la boda. Y sí, por si alguien tiene interés en saberlo, respondiendo a la pregunta de Airyne: era guapo.
—Otra vez ese hombre.
El bardo estaba hablándole a Xelirian de los juegos que le gustaban cuando era pequeño, pero, en cuanto terminó, me preguntó a quién me refería.
—Ese. —Lo señalé con disimulo—. El que habla con el tipo de casaca azul, detrás de los chiquillos.
—Viste ropajes elegantes y de estupenda manufactura. ¿Quién es?
—No tengo la menor idea, pero estuvo mirando a Medora con mucha atención en la boda de los enanos. Me escama.
—No me recuerdes que me perdí tal evento —resopló con fastidio—. Una boda en otra cultura es siempre algo digno de presenciar. Tienes que contarme cada detalle.
—Eso pídeselo a la maga, no presté atención más que a la cerveza.
—Pescado. —La voz de Xelirian se coló en nuestra conversación—. Un puesto de pescado.
—Pescaaadooo. ¡Rico pescado! —Panceta echó a correr hacia adelante.
A unos diez metros de nosotros, tras un grupo de gente que comía en esos platos de pizarra, estaba el barril humeante de los asadores de pescado.
Seguimos a Xelirian, que ya se había adelantado.
En tanto, no quité el ojo del guaperas. No hubo movimiento en él que me hiciera sospechar.
Cuando sus ojos y los míos se encontraron, hubo algo en ellos que me atrapó.
Tenían un color extraño, entre plateado, azul y dorado, y una fuerza que fue difícil no percibir.
Inclinó la cabeza a modo de saludo, apartó la mirada de mí y siguió hablando con el otro.
—¿Quién demonios eres? —pregunté al aire.
Hach, que trataba de sujetar a Panceta para que no se abalanzase sobre los barriles, me sacó de mis pensamientos cuando dijo:
—¿Qué pedimos? No he comido nunca nada de esto.
Le hice unas sugerencias, tomando en cuenta las indicaciones de la mataelfos y mis gustos personales.
El bardo quiso pedir solo unos pocos, pero Xelirian lo convenció de probarlos todos.
Ya con la comida, tomamos asiento en una de las mesas del puesto.
Una para patas largas que estaba vacía. Mientras comíamos, Hach le contó a Xelirian mil cosas, para entretenerlo.
El niño, mayormente, se encogía de hombros, asentía o negaba, pero no dejó de prestar atención al bardo.
Panceta se dedicó a comer el pescado que le íbamos dando, disfrutando como el que más.
Aunque estuve observando al tipo, él no volvió a mirarme.
Un rato después, se despidió del enano con el que hablaba y se perdió entre la gente.
Lo seguí con la mirada hasta que mis ojos toparon con algo que captó mi interés.
Un puesto de mieles, té y especias. Un letrero colgaba de uno de los palos que soportaban el toldo, rojo y negro.
Distinguí una palabra: Vingardia. El resto estaba en aberraki.
—Hach, ¿qué pone en ese cartel? —Lo señalé con la cabeza.
—Vingardia… —Pronunció una «m» con los labios cerrados—. ¿Mercado? No, mercader. El mercader de Vingardia, podría ser.
Las tripas se me encogieron y solté el pescado a medio comer.
Hasta la boca me supo mal. Ese comerciante le había vendido a Arbelina la miel.
Y ahora a él iban a tener que venderle un ataúd, porque lo necesitaría después de que tuviésemos una charla.
O, más bien, de que tuviera una charla con mis dagas.
—Hach —me limpié las manos en la ropa y me puse en pie—, cuida de Xelirian y de Panceta, tengo que resolver un asunto.
—¿Qué asunto?
—Un asunto al que tengo que ir solo. Tú cuida de ellos.
—Málakor… —me miró con un regaño—, no necesitamos más incidentes en Aberrak. ¿Qué vas a hacer?
—Solo voy a hablar con el que le vendió a Arbelina la miel.
—Claro, a hablar. —Llevó la vista hacia mi cintura—. Por eso tienes las manos cerca de las dagas. Ya me conozco yo tus afiladas conversaciones.
Iba a replicar, cuando Xelirian dijo:
—¿Dónde está?
Lo señalé. Había gente delante del mercader, pero al poco se hizo un hueco entre varias personas y pudimos verlo con claridad. Un patas largas de pelo rubio y mentón afilado .
—Es vingardés —dijo el niño—. De Las Islas, pero lo he visto en Narqania. Él metió el gusano en la miel.
—¿Estás seguro? —preguntó Háchpirey—. Es una acusación grave.
—Que Málakor le busqué la marca en la nuca.
—Cogió unas raspas de pescado y las colocó hasta formar un ojo con forma de almendra.
Tenía una medialuna como pupila y dos lágrimas saliendo de cada extremo—.
El Ojo de Narqania. Lo llevan todos los siervos de los elfos oscuros que no lo son. Seguro que la encuentra.
Háchpirey y yo observamos aquello, en mi caso hasta memorizarlo, y nos dirigimos una mirada inquieta. Xelirian barrió las raspas y volvió a lo suyo: comer.
—Si te vas a algún lado, me voy contigo, Málakor —dijo Panceta.
—No, tú tampoco vendrás —dije, y me miró con gesto lastimero—. Por más que pongas esa cara. Si te quedas aquí, quietecito, te invito luego a más comida.
—Eres un chantajista.
Le palmeé el lomo.
—Lo soy.
—Ojalá yo también entendiera lo que dice —musitó Xel.
Háchpirey soltó un suspiro de preocupación.
—Deberíamos avisar a la guardia.
—¿Y qué les digo? ¿Que le vendió miel a Arbelina de la que salió un gusano que se convirtió en una cosa que la mató? —Levanté las cejas—. ¿Eh? ¿Le digo eso? Me parece que no.
—No, desde luego que no… —soltó Hach con voz derrotada.
—Malísima idea…
—Pésima, Panceta. Además, no voy a poner esto en manos de la guardia sin tener primero las respuestas.
Los patas cortas no nos dirán nada de lo que averigüen.
Y, aún peor, si ese mercader se va de la lengua, les dirá lo que nosotros no hemos dicho.
Así que voy a hablar con él, a sacarle lo que necesite y luego a cortarle la garganta.
Así no podrá decir nada a nadie. Porque, cuando a uno le faltan las cuerdas vocales y se ha desangrado por eso, difícilmente puede hablar .
Xelirian levantó las cejas y se quedó a medio camino de dar un bocado al lobo de río, grasiento y delicioso, que sostenía. Esbozó media sonrisa y luego comió como si nada. El bardo, en cambio, me miró al borde del infarto.
—¿Cometer asesinato en Aberrak? —dijo en voz baja, pero como si estuviera gritando—.
Ah, estupendo. Ve, yo me quedaré aquí esperando mientras pienso en cómo voy a sacarte de ese lío.
—Se echó para atrás y entrelazó los dedos sobre la barriga—.
Estás a punto de cometer una imprudencia, Málakor, y es mi deber como tu amigo, casi hermano, decirte que no la cometas.
—Y es mi deber como tu amigo, casi hermano, ignorarte.
—Eso no funciona así. Los amigos, casi hermanos, hacen caso de sus amigos casi hermanos.
—En tu mundo de bardos quizá, pero en el mundo real, cuando le das un consejo a alguien, lo ignora. Hace justo lo contrario de lo que le has dicho y luego regresa a ti con el problema. Y te das el gusto de decir: «Te lo dije». Me pasó mil veces con Brianna.
—Perdona que te diga esto, no es con afán de hacerte daño, solo quiero hacerte entrar en razón. Dices que te pasó mil veces con Brianna, bien, pues quizá deberías recordar cómo acabó ella. Si eso no te disuade, no sé qué lo hará.
Esa estocada fue certera e inevitablemente… fundada.
—¿Quién es Brianna? —preguntó Xelirian.
«Una mujer a la que mató tu padre». No podía decirle eso. Bueno, sí. Sí podía.
—Una mujer a la que mató tu padre. Ella y yo…
—¿Os dabais abrazos? ¿Como con Medora?
—Eran novios —le dijo Háchpirey al oído.
—Uuuh, novios. Qué romántico.
Fulminé a Panceta con la mirada. Él abrió el hocico y sacó la lengua, con una de sus sonrisas perrunas.
—Te he escuchado, bardo. Al niño no le interesan esas cosas. —Me crucé de brazos y resoplé hasta moverme el flequillo.
—¿Los novios se dan besos? —Xelirian arrugó la nariz.
—En mi caso, los novios se huelen el culo. Más que con nadie .
Cuando Hach asintió, el niño miró extrañado al bardo.
—No sé por qué ibas a juntar tu boca con la de otra persona. ¿Y si acabas de comer pescado? La boca huele mal.
—Porque se quieren —le explicó Hach.
—La maga dijo algo de eso. —Se encogió de hombros—. Pero es asqueroso. No quiero que nadie me dé besos.
—Algún día querrás. Te gustará, de hecho —le dijo el bardo.
—Prefiero comer pescado. ¿Podemos pedir más? Y también de esas cosas redondas y amarillas que asan.
Háchpirey miró asombrado los platos rebosantes de espinas y raspas. Xelirian se había comido media docena de peces, a cada cual más grande. Luego elevó la vista hacia mí y dijo:
—¿Este niño no será hijo tuyo en realidad?
Me rasqué el cogote.
—No me he acostado con ninguna mujer elfo, que yo sepa.
—Elfas, así se llaman. Y mi madre jamás se acostaría contigo. Es la reina de Quolarth y tú solo eres un mercenario.
Hach carraspeó. Seguramente pensando en eso de que yo solo era un mercenario.
—¿Eres un príncipe? —dijo luego—. ¿La reina manda a sus vástagos a morir en los túneles desde niños? Es horrible, la crueldad de esa gente también cae sobre su propia sangre.
—Su crueldad cae sobre todas las cosas. Y sí, soy uno de los príncipes menores.
Néreldar , así nos llaman en Narqania. Es una palabra heredada del reino de los elfos de Hérenthor.
Como muchas otras. ¿Sabéis cómo os llamaría mi madre?
Dálduin. Uhul-Arath. Uirtha dur —masculló—.
Infraser . Esclavo. Apestoso humano. Y mil cosas más.
Luego os rajaría la garganta y se bañaría en vuestra sangre.
Noté la inquietud de Panceta y del bardo, pero yo no iba a arredrarme ante ninguna orejas picudas, por más que tuviera palabras desagradables para nosotros. Ya puestos, yo podría decirle unas cuantas también.
—Pues no hizo lo mismo con Azskar, qué pena. Y él es humano y no es el príncipe de ninguna parte. Bueno, de la ruina y la miseria, si acaso .
—Él es algo que no sé, pero todos allí lo respetan.
Mi amigo y yo volvimos a mirarnos, intrigados. El chiquillo insistió en pedir más pescado.
—Sí, ahora mismo pedimos más —aseveró Hach—, pero ¿has dicho Quolarth? ¿Existe otro reino de elfos oscuros?
—Dos reinos hermanos con dos reyes hermanos: Darleoth y Thalera.
Dos pozos de desolación y desdicha. —Clavó los ojos con fuerza en los míos—.
Algún día se matarán entre ellos y solo quedará uno.
Pero ahora se necesitan y fingen que no quieren acuchillar al otro hasta dejar sus tripas como puré de gusanos.
Darleoth. Anamkha lo había mencionado.
El bardo se removió incómodo en el asiento. Yo, preso de un escalofrío, toqué una de las dagas. Y luego me llevé la mano al brazo. Sentí… ese picor. Ese maldito picor.