Málakor 3 CAPÍTULO 66
74%

CAPÍTULO 66

De extrañas coincidencias

M e giré para mirarlo y esbocé una sonrisa de alivio y agradecimiento.

El bardo estaba impecablemente vestido, con blusa y chaleco blancos, levita celeste, pantalones grises, una capa azul de terciopelo y unas buenas botas.

Él, en plena esencia, dispuesto a derrocar a todos los males del mundo sin necesidad de espada, solo con su ropa elegante y su labia.

Y quizá un poco de música, pues también llevaba su flauta al cinto.

—Estás despierto —dijeron ambos enanos a la vez, con igual sorpresa.

Pasó por mi lado y me apretó el hombro, dirigiéndome una mirada de complicidad. Me di la vuelta a tiempo de verlo acercarse a los enanos, que lo miraron con cierta alegría, la mayor que podían mostrar dadas las circunstancias. Se presentó formalmente y le dio el pésame a Bruman.

—Su mujer me ha salvado la vida y estaré en deuda eternamente con su familia. —Tomó las manos de él entre las suyas—. Me gustaría hacerme cargo de todos los gastos de su sepelio. Y, por supuesto, también de todos los desperfectos.

«Pues no sé con qué vamos a pagarles, si no tenemos una sola moneda de Aberrak», pensé.

—No será necesario —dijo Bruman.

—Insisto. —La convincente mirada de Háchpirey lo disuadió de rehusar más—. Arbelina me cuidó como a un hijo y vosotros nos acogisteis en Aberrak sin hacer preguntas. Es lo menos que podemos hacer. También solucionaré el incidente con el príncipe de los venenos para que todo vuelva a la normalidad.

—Eso ya me da igual. Mi mujer no podrá curar a nadie más con esa maldita planta.

—Pero sí sus aprendices, y ella habría querido que siguieran sus pasos, ¿verdad?

Trori asintió y al poco lo hizo Bruman .

—¿Hay algo que mi amigo y yo podamos hacer? —preguntó el bardo.

—Estad atentos por si ese hechicero aparece de nuevo por aquí. Eso es todo. Los enanos nos bastamos y nos sobramos para dar con él —dijo Trori con gesto orgulloso.

Hach asintió.

—Eso no lo pongo en duda.

Bruman soltó un fuerte resoplido; luego, las manos del bardo.

—No puedo estar más aquí. —Se puso en pie de forma brusca—. Tengo que salir a hacer algo o me volveré loco. Trori, déjame…

—No vas a hacer nada ahora mismo. Si no quieres estar aquí, te llevaré con tus hijos hasta que puedas volver para ver a tu mujer. Ahora tienes que pensar en ellos, más que nunca.

—Mis hijos… —Asintió con pesar—. Está bien.

Cogió sus armas y echó a andar hacia la puerta. Trori, tras dirigirnos un saludo, fue tras él.

Ya a solas, el bardo chasqueó la lengua, apenado.

—Es una lástima. Le costará superar la pérdida.

—No me ayudas, bardo.

—Ha ido mal con él, ¿no?

—Si hacer preguntas tontas fuera delito, te llevarían a Átnika de cabeza.

Por si alguien lo ha olvidado, es la prisión esa turbia en la que metieron a Drálagor. Esa a la que fui en compañía de Leyla y el entonces sir Lechuga, donde conocí a Medora.

—Oye, oye. —Dio unos tirones a las mangas y el faldón de la levita para alisarla—. No lo pagues conmigo. Luego dirás que me has echado de menos, pero menudos bufidos me pegas. He visto gatos enfadados más amables que tú.

Resoplé mientras me frotaba la frente.

—Lo siento, bardo. Es que no sé qué vamos a hacer. Los enanos están buscando un culpable que no van a encontrar.

—De momento, vamos a comer. Ya pensaremos algo. ¿Hay noticias de Medora?

—Sí, se recuperará .

—Gracias a los dioses —dijo aliviado—. Pronto estaremos todos en condiciones de seguir adelante con nuestro viaje. En cuanto Leyla despierte y se encuentre bien, iré con ella a ver al príncipe del veneno. Acto seguido, y con una solución, veremos a la reina.

—Leyla podría tardar mucho más que tú en despertar.

—O hacerlo mañana mismo, lo sé.

—¿Y sabes en qué habitación está Leyla? ¿Se lo oíste decir a Arbelina?

El bardo asintió y me llevó hasta el pasillo. Allí, señaló una de las puertas. Qué cerca estaba. Qué lejos a la vez. Di un paso hacia ella, pero él me frenó.

—No puedes ir, ya lo sabes. Nadie, a excepción de las sanadoras, debe entrar o salir.

—Solo quiero saber cómo está.

—Seguramente, en su propio mundo entre los mundos. Quizá con un vestido, paseando contigo entre los árboles. —Me guiñó un ojo—. De todos modos, no te preocupes. Despertará pronto. Ya lo verás. Todo irá bien.

—Siempre y cuando los enanos no se den cuenta de que hemos mentido con lo del ataque y nos cuelguen a todos. Dime, ¿por qué has dicho que el niño estaba contigo?

—Cuando me lo has contado todo y me has hablado de él, he visto que te sientes ligado a él.

Ves una parte de ti mismo, de tus años en Ledaria, en ese niño.

Crees que tiene el derecho a tener una oportunidad.

Ya sabes lo que me gustan las causas que parecen imposibles y que merecen una oportunidad —dijo con gesto avezado.

—Sí, eres el adalid de las causas imposibles. —Sonreí—. ¿Xelirian sigue durmiendo?

—Que yo sepa sí. Cuando he salido del baño, seguía en la cama.

Ni se había movido, tampoco Panceta. —Se me enganchó del brazo—.

Salgamos un poco de esta casa, Málakor. A los dos nos hace falta…

y aquí no hacemos nada útil, de momento.

Tengo hambre y muchas ganas de conocer Aberrak.

Cuando Arbelina y Virna me aseaban, siempre contaban chismes de la ciudad.

Una de las hijas del carnicero, el que cría chiros, se fugó con el marido de su mejor amiga. Estaban muy indignadas .

—Eres un cotilla, ni medio muerto cambias. Además, ¿adónde demonios se van a fugar en estos túneles?

—A Lerok, en la superficie. De donde le traen las naranjas a Arbelina.

La voz de Bruman resonó en mi cabeza: «Mi mujer insiste mucho en que las tome».

Él nunca volvería a oír a su mujer decirle aquello.

Algo tan cotidiano, tan sencillo, también lo echaría de menos.

Como todos esos pequeños detalles que me hacían acordarme de mi madre o de Brianna. De Iarlath. Solté un suspiro amargo.

—Quizá no deberíamos irnos. ¿Y si Medora despierta?

—Dejaremos una nota.

El bardo tiró de mí para darnos la vuelta, pero apenas lo habíamos hecho, se paró en seco.

Señaló al frente, con el rostro entre la ilusión y el desconcierto.

Seguí su mirada y vi a Xelirian de pie, a unos pasos.

Sostenía en la mano un bollo con una sustancia marrón, a medio comer, los mofletes y los dedos manchados de aquello.

En algún momento debía de haber dejado la habitación para pedir algo en la cocina.

—No te asustes, él no es…

—Es él, Málakor —dijo Hach—. Es quien me trajo de vuelta del mundo entre los mundos.

Pestañeé varias veces, mirando a uno y a otro. Xelirian tenía un gesto extraño mientras miraba a Háchpirey, como si también lo reconociera.

—Pero… es un niño, bardo.

—Ahora es un niño, pero será ese hombre. Son sus ojos. Es su rostro. Es él.

Me rasqué el cogote.

—Mira, no estoy entendiendo nada. Igual si me tomo dos cervezas o me fumo tres pipas de hierba de Terhacress me pongo a alucinar como tú. Ese niño es Xelirian, el niño de los túneles. El hijo de Azskar.

Hach caminó hacia él, despacio. El chiquillo no se movió. Tampoco despegó sus ojos de él. El bardo se acuclilló para estar a su altura.

—Hola —extendió la mano—, me llamo Háchpirey .

Xelirian separó una de las suyas del bollo, la frotó contra la pechera de su camisa y luego tomó la del bardo.

—Ya te conozco —dijo—. Te vi en la cueva y… te he visto en mis sueños. ¿Ese es tu nombre de verdad? Es un poco raro.

—Es el nombre de un antiguo y honorable guerrero de Endaris, el lugar en el que nací.

Me quedé atónito. Si me hubieran dado una bofetada ni me habría enterado.

Aunque, como es obvio, luego lo habría sabido igualmente y la habría devuelto.

El bardo y él se estrecharon la mano por unos segundos, hasta que se soltaron.

Hach me miró por encima del hombro, con una sonrisa genuina, y dijo:

—¿Ves? Es él. ¿No te parece asombroso?

—Asombroso es un adjetivo escaso para describir lo que esto me está pareciendo, Háchpirey.

—Sí que lo es —volvió a mirar al niño—, pero seguro que tiene una explicación que hallaremos. Todo lo tiene. ¿Verdad, Xelirian?

El chiquillo se encogió de hombros y dio un bocado a su bollo. Mientras masticaba, le tendió el dulce a Hach.

—¿Quieres? Es marrón.

Háchpirey me miró con gesto interrogante.

—Yo qué sé, una cosa que le gusta mucho —dije.

El bardo aceptó su ofrecimiento y lo probó.

—Sabe a chocolate.

—¿Qué es el chocolate? —preguntó el niño.

—Una cosa muy rica de la superficie —le dijo.

—Ah. Arbelina me contó que esto es paté de tripa de catartija e hígado de bilmut, con miel de abejúbula y otras cosas con nombres raros.

Hach arrugó la nariz.

—No hay exquisiteces así en Ardacia, eh, bardo—reí.

Él me miró a medio camino de reírse también.

—Está rico —dijo el chiquillo, que tomó otro bocado. Con la boca llena le dijo a mi amigo—: ¿Quieres más?

—No, cómetelo tú, pero no hables con la boca llena, es de mala educación, además de fatal para la digestión .

—¿Qué es educación?

—Una cosa inservible en la mayoría de los casos, Xelirian, si te digo la verdad —dije, para chinchar al bardo.

Lo conseguí, pues me fulminó con la mirada.

—Sabes que eso no es verdad, Málakor —regañó—. Ya te lo explicaré, pequeño.

El crío asintió y miró su bocadillo con cierta nostalgia.

—Es el último que podré comerme. Arbelina me lo había dejado preparado para mi merienda. Antes de llegar aquí, no sabía ni que existía la merienda, pero ahora me gusta, y no sé quién me la hará.

—Yo te la prepararé —indicó el bardo.

Él niño casi sonrió del todo, con la mirada clavada en el brazo de Hach.

—No fui quien disparó ese virote, aunque sí el de la chica.

El bardo se puso tenso, carraspeó, pero luego regresó a su tono jovial.

—Eso no importa ya. ¿Quieres venir con nosotros a comer pescado? Seguro que te quedas con hambre solo con ese bollo.

Xelirian asintió con mucha energía, como si guardase en su pequeño cuerpo unas ganas enormes de salir de allí.

Me sentí feliz de verlo entusiasmado hasta que recordé la conversación con Arbelina en la boda, los riesgos que su salida conllevaba.

Como ya habíamos tenido bastantes disgustos, me tragué mis propias ideas y le dije al bardo que no podía ser.

—Lo reconocerán y podríamos meternos en problemas. Podrían hacerle daño.

El niño torció la boca con disgusto. Hach se puso en pie, chasqueó los dedos y le dijo a Xelirian:

—Tengo muchas cosas en casa con las que nadie sabría quién eres. ¿Alguna vez has llevado un disfraz?

—¿Qué es eso? —Arrugó su pequeña nariz, el pico de sus orejas se movió entre sus cabellos con el gesto.

—Una cosa muy divertida. Ven, buscaremos algo que te sirva.

Xelirian lo siguió sin rechistar. Como si Hach fuera de repente su mamá pato y él tuviera que acompañarlo a todas partes. Cuando se metieron los dos en la habitación, me quedé pasmado mirando a la nada, intentando procesar todo eso.

No tenía la menor idea de qué secretos guardaba ese niño, del universo de cosas raras que conocía. Había cogido ese gusano maligno entre los dedos como si nada y lo había quemado. No se había asustado del río de sangre que había dejado Arbelina. Ni había temido a la muerte ni a sus propagadores.

Tampoco sabía qué pintaba él en ese mundo entre los mundos que había visto Hach, siendo un adulto. Ni por qué Xelirian había soñado también con él. Aquellas visiones sonaban a algo que estaba por encima de nosotros mismos. No era un niño corriente.

Sea como fuere, de algo estaba seguro: si había nacido del odio y la crueldad, y morado en ellos, el amor y el cariño lo convertirían en algo que nos sorprendería a todos. Lo mismo que me habían convertido en lo que era.

«Siendo lo que es», había dicho Arbelina.

Lo que es. Lo que somos. Cuando, realmente, nunca somos la misma cosa.

Podemos ser algo diferente por la noche de lo que somos por la mañana.

Yo mismo había cambiado tanto que creía que las personas podían cambiar.

Igual que el odio las destruía, podían construirse a sí mismas si sentían que había algo por lo que luchar.

Podían sentirse arropadas por el amor o la amistad, e intentarlo con más fuerza.

Hach había tenido mucho que ver con eso en mi caso.

Él, que era tan especial como ese niño, vio algo en mí desde el primer momento en que nos conocimos.

Ahora estaba dándole un cariño que Xelirian no esperaba, que no había pedido, que seguramente no creía merecerse, pero que, de vez en cuando, le hacía sonreír.

Como cuando el bardo me hizo sonreír a mí en los primeros días de la tormenta.

Sonreí, una vez más, gracias a Háchpirey.

Mi amigo del alma estaba vivo. Se encontraba bien, dispuesto a seguir adelante.

Todas las cosas, hasta las más imposibles, me parecieron posibles entonces.

Ese es el efecto que tienen los amigos de verdad.

Poseen la potencia de un viento huracanado para empujarte en pos de aquello que los demás te dijeron que no podías conseguir, pero lo hacen con la suavidad de la leve brisa que mece las hojas en una tarde otoñal .

—Te quiero, Háchpirey —le dije a la soledad del pasillo—. Te quiero más de lo que esperaba, pero seguramente menos de lo que te querré mañana. A no ser que me hagas vestir encajes y puntillas, claro.

Reí mi propia tontería y fui con ellos.