Málakor 3 CAPÍTULO 65
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CAPÍTULO 65

De volver a verse

C uando caminaba pasillo abajo, pensando en la forma de comunicarle a Bruman lo sucedido, me crucé con Virna. Ansioso, le pregunté cómo estaba Medora.

—Bien. Solo ha sufrido un… colapso momen… —No parecía encontrar la palabra.

—¿Momentáneo?

—Eso. —Sonrió—. Se repondrá.

—¿Puedo verla?

—No, es pronto. Necesita descansar antes de poder ver a nadie.

—Está bien… —claudiqué—. ¿Y Arbelina? —Ni si quiera supe por qué pregunté con esa esperanza por ella. Estaba muerta.

—Estamos preparando el cuerpo para el velatorio.

Se hizo un silencio incómodo y doloroso.

—Lo siento, Virna. Supongo que, además de tu maestra, era tu amiga.

—La conozco de toda la vida, muchacho. Lo sé todo sobre ella; sin embargo, no sé qué quería que se hiciera con ella a su muerte.

Si deseaba vestir su vestido blanco o el tostado; flores azules o púrpuras; el óleo de musgo blanco o el de almizcle.

Si deseaba una despedida en el templo o en la casa, como es costumbre entre los mayores.

Si quería que la dejasen caer a una de las simas sagradas de Aberrak o prefería ser cremada y que se esparcieran las cenizas por las rocas más altas.

Cuando estamos vivos, no hablamos de la muerte.

Y, cuando morimos, los vivos no saben qué hacer con nosotros.

Tomé nota mentalmente de hablar con el bardo de eso.

—Bruman lo sabrá, ¿no crees?

Volvió a cabecear .

Fue a decirme algo, pero tres sanadoras, cargadas con cestos a rebosar de sábanas, irrumpieron en el pasillo, buscándola. Virna me palmeó la pierna y se fue con ellas.

Una voz en mi cabeza repitió las palabras que Háchpirey me había dicho.

«Quizá solo era su momento de morir». Pensé que podría ser la justificación de su pérdida.

Era su momento. Estaba escrito. Sin embargo, todas mis excusas, todas mis creencias, se desmoronaron en cuanto llegué al salón y vi a Bruman entrar.

—Dime que no es cierto —dijo al verme, detenido en el corto espacio bajo el marco.

Cuando asentí, posó la mirada en la nada, aunque ya estaba perdida antes siquiera de que yo asintiera.

—Lo siento, Bruman. Lo siento de verdad.

Apretó los puños, cayó de rodillas y soltó un alarido que me estremeció. Pegó las manos y la frente al suelo, rompiendo a llorar. Nunca un llanto me había parecido tan desconsolado como aquel. Gimoteó algo en su lengua, algo que parecía un reproche a los dioses.

Por unos segundos, no supe qué hacer, pero recordé que, cuando Brianna murió, el consuelo de Háchpirey me salvó de muchas cosas, así que me acerqué a él.

—Bruman, ven, siéntate. —Me incliné y lo cogí del brazo con suavidad. Su cuerpo estaba laxo, como si él también se hubiera rendido a la muerte—. Tienes que sentarte.

Se puso en pie a duras penas y lo acompañé hasta una silla. Tomó asiento y se miró las manos, sin dejar de llorar.

—Tengo que verla.

—La están preparando para el velatorio.

—Entonces debo esperar. No me dejarán entrar hasta que no terminen.

—¿Por qué? Es tu mujer, tienes derecho a verla.

Había costumbres de Aberrak que no terminaba de entender.

—Si la veo cuando aún no está lista, su alma se quedará anclada a mí para siempre y no podrá ir con los dioses hasta que yo no vaya.

Será como esa brasa de la chimenea que se quema una y otra vez, pero que nunca se consume, avivada siempre por el mismo fuego.

—Levantó la mirada hacia mí. Apenas se le veían los ojos de las lágrimas que había en ellos—.

No quiero eso para ella. Ha de volver con sus ancestros.

Con ellos será feliz hasta que yo vaya, la cuidarán… —Su llanto se volvió desgarrador.

Miré a un lado y a otro, pensando en que el bardo sabría consolarlo mejor que yo, pero él no estaba. Ni Panceta, que quizá, con esa mirada zalamera suya, podría haberlo hecho sonreír. Solo estaba yo. Me acuclillé a su lado y le puse la mano en la espalda.

—Bruman, sé que esto es duro, pero…

—¿Tú qué vas a saber? —soltó con dureza—. ¿Acaso has amado a alguien tanto como la he amado yo?

—No, seguro que no. Pero he amado y he perdido, y sé lo que se siente.

Negó con la cabeza y la enterró en las manos.

—¿Qué le voy a decir a mis hijos? No estuve aquí para proteger a su madre cuando me necesitó. —Sollozó; yo solo pude tratar de reconfortarlo pasando la mano por su espalda, que notase mi calor en medio del frío doloroso que estaba consumiéndolo—. ¿Tú tienes hijos?

—No.

—¿Y qué les dirías si los tuvieras?

Menuda pregunta. Ni estaba preparado para responder ni para nada de lo que estaba pasando, en absoluto.

Miré hacia la puerta con ganas de echar a correr.

Preferiría haber estado en los túneles en una reunión privada con veinte puntiagudos apestosos que en esa habitación.

Porque al menos con ellos podría canalizar la frustración que sentía mientras veía sus cabezas rodar.

Sin embargo, tenía que pensar, darle una respuesta.

¿Qué le habría dicho a nuestros hijos de haberlos tenido con Brianna?

¿O de tenerlos con Leyla, si a ella le pasaba algo?

El solo hecho de pensar en tener hijos con ellas, aunque fuera ficticiamente, me causaba un rechazo que me pareció cruel, pero me dio a entender la profundidad de mis sentimientos hacia cualquiera de las dos, del compromiso que habría deseado con cada una.

Todo ese lío de ideas pasó muy rápido por mi cabeza. Bruman me miraba aguardando respuesta, ahogado en llanto .

Me mordí los labios y busqué con la mirada algo sobre la mesa con lo que pudiera limpiarse las lágrimas. Tiré de una tela de ganchillo que había debajo de un frasco, que se tambaleó al sacudirlo, y se la di.

—Esto lo hizo mi suegra. —Lloró aún más, pero se limpió las lágrimas en él—. Ahora Arbelina estará con ella.

«No estás arreglando las cosas, Málakor», me regañé.

—A ver, Bruman, no soy el mejor dando consejos, y ahora mismo no me imagino teniendo hijos con nadie, pero si algún día los tuviera y su madre…

—Me costó decirlo en voz alta, incluso en un supuesto imaginario.

Dolía pensar en que la madre de tus hijos, la mujer de tu vida, muriese.

Retomé, a duras penas, la frase—: Si su madre muriese, les diría que el tiempo que pasó junto a ellos fue el más feliz de su vida.

Que volverían a abrazarla algún día, aunque aún faltase mucho para que eso sucediese.

—Es un pequeño consuelo… —Su llanto se hizo más suave—.

Todos volveremos a vernos en las grandes montañas del reino de Eressar.

Recorreremos de la mano sus largos senderos entre peñas abruptas hasta descansar en el más hermoso de los valles.

Arbelina… Ella soñaba con ver algún día los valles verdes de la superficie.

Con ver los arroyos correr entre las peñas tras el deshielo. Ahora podrá verlos.

Apreté su hombro mientras asentía.

—Podrá verlos.

Dejó caer la cabeza en mi brazo. Sentí el peso de su alma en mis propios huesos cuando volvió a llorar con desconsuelo.

Así que lo abracé. Era lo menos que podía hacer.

Lloró como para anegar los caminos de Aberrak con sus lágrimas y, cuando se cansó de llorar, dijo entre dientes, con toda la rabia que cabía en un mundo:

—Esos malditos puntiagudos. ¡Esos hijos de la serpiente pagarán por lo que han hecho!

Se puso en pie, de golpe, y abrió un armario. En el interior había una panoplia de armas. Hachas largas y cortas; dagas y cuchillos. Se armó como si fuera a la guerra.

—¿Qué haces, Bruman? —Me acerqué—. No estarás pensando en salir ahora a los túneles .

—Esos puntiagudos tienen que pagar.

Iba a arriesgar su vida por culpa de mi mentira.

—¿Qué pasará si mueres también? —dije en el desesperado intento de retenerlo—. ¿Qué pasará con tus hijos?

—Si van a vivir sin su madre, sabrán vivir sin mí.

Tenía que decirle la verdad. No podía dejar que cometiera una locura. Estaba a punto de hacerlo cuando escuché unos pasos en la entrada principal.

Trori se detuvo bajo el marco y nos miró a ambos.

Más largamente a Bruman que a mí. Le dijo algo que no entendí, y el otro negó con la cabeza.

Se acercó a Bruman y trató de quitarle las armas, pero él se resistió.

Discutieron furiosamente. Habría pagado una fortuna por saber qué se decían.

El lenguaje enano, en labios enfadados, sonaba todavía más contundente.

Trori lo cogió de la pechera de la casaca, con fuerza, y le gritó en la cara a saber qué.

Bruman se quedó mirándolo, con la respiración agitada y los ojos como si fueran a abandonar sus órbitas.

Pensé que le daría un puñetazo y saldría corriendo; sin embargo, dejó caer las armas y se echó en sus brazos para llorar.

Aunque Trori lo consoló con suaves palabras, el llanto de Bruman no menguó.

Quise dejarlos solos, ir con Háchpirey. Necesitaba que el bardo me repitiese que la muerte de Arbelina no era culpa mía. Que el dolor de ese hombre, en cierto modo, no se lo había provocado yo.

—Os dejaré a solas —dije.

Trori asintió y le pidió a Bruman que se sentase un poco. Sin embargo, cuando estaba a punto de dejar la habitación, el primero me detuvo con una pregunta.

—¿Cómo es ese conjurador que ha venido, Málakor?

De espaldas a él, apreté los párpados. Tenía que contar lo mismo que Xelirian. Hacer lo contrario dejaría al niño por mentiroso y eso no sería bueno para él, más aún cuando lo había dicho para sacarme del brete.

—Llevaba túnica púrpura y su voz sonaba como si estuvieran degollando a alguien —contesté sin darme la vuelta. No era capaz de mirarlo a los ojos habiendo soltado tamaña mentira. O verdad a medias. Lo que fuera. No era capaz.

—¿Y qué hizo? ¿Cuáles fueron sus hechizos?

«Si dices algo de la magia de sangre, te colgarán».

Me giré, y los ojos del enano se clavaron en los míos con fuerza. Pude ver en ellos cierto recelo. Bruman estaba ya sentado en una silla, cabizbajo.

—No lo sé. Me golpeé la cabeza y caí inconsciente. Cuando desperté, Medora estaba en el suelo y Arbelina había muerto. La llevé a otra habitación. Luego vinieron las sanadoras.

—¿Dónde estaba el chiquillo puntiagudo mientras tanto?

Comprendí pronto la intención de esa pregunta.

Trori desconfiaba de él. ¿Qué podía decirle?

Si le contaba que estaba con nosotros cuando todo pasó, sospecharía.

Si le decía que no, también. Cualquier cosa serviría para culparlo.

Y ya no solo Trori me estaba mirando, también lo hacía Bruman.

De haber tenido delante un agujero, aunque estuviera lleno de afiladas dagas apuntando al cielo, me habría tirado de cabeza.

—Conmigo. —Escuché una voz a mi espalda—. Estaba conmigo.

Háchpirey.

Salvado por el bardo. Hasta le habría puesto un monumento de lo feliz que me hizo. Uno en medio de la plaza más grande y vistosa de Ardacia. Hecho de oro y piedras preciosas que habría sacado con mis propias manos de las entrañas de la tierra.