CAPÍTULO 64 #2
—¿A quién viste, Hach? Vale que no soy el mayor interesado en tus cuentos de bardo, pero, al menos, si me estás contando uno, no me dejes a medias.
—No sé su nombre —dijo tras soltar un gruñido de satisfacción al entrar en el agua—. Era increíblemente hermoso, con una sonrisa que podría haber barrido cualquier preocupación con solo mirarla.
—Pues qué bien que fuera así. Ya que uno está medio muerto, por lo menos que vea cosas bonitas.
Me acordé de Airyne, del comentario de la cucaracha, y casi me reí.
—Sí lo era. Tenía los cabellos largos y blancos, la tez grisácea. Las orejas picudas y los ojos ámbar. De un ámbar brillante. Cuando les dio la luz de aquel sol suave, brillaron del color del almíbar de los melocotones. En eso pensé cuando los vi.
Me detuve a medio camino de extraer un cristal del antebrazo y miré al bardo. Estaba repantigado en la bañera, con cara de felicidad. Se le iba a ir de golpe cuando le dijera lo que pensaba.
—Estás describiendo a un elfo oscuro, Háchpirey. Seguramente, porque fue de las últimas cosas que viste y quedó en tu retina. Tu mente lo convirtió en algo bueno en medio de tu estado febril.
—No lo sé. Pero sentí que estaba viendo a uno de los thaerenaed , un día te hablé de ellos.
—Pues no me acuerdo, la verdad.
Por el bien de los olvidadizos como yo, el bardo hizo un resumen:
—Pastores de almas. Sirven a los dioses y conducen a las almas hacia su morada eterna.
Creo que él era uno de ellos, el guardián quizá de ese mundo o…
algo así. Algo importante, Málakor. —Acarició la superficie del agua con gesto distraído—.
En fin, ¿me vas a contar de una vez qué es lo que ha pasado desde que me hirieron en los túneles?
Todo con detalle, para que pueda empezar a resolverlo.
Por qué tienes sangre en las ropas, por qué hay tanto jaleo y por qué Medora no está aquí —dijo muy serio—.
Espero que tales circunstancias no tengan algo que ver.
—Sí y no.
Subió una ceja cuando dije que sí y otra cuando dije que no. Y luego las levantó otra vez, ambas en exceso.
—Te explicas como un libro cerrado.
Chasqueé la lengua, antes de soltarlo todo de golpe:
—Está bien. La sangre de las ropas es de Arbelina.
Ha muerto. Alguien le ha vendido miel infestada por un gusano maligno para hacerme daño.
A Medora la ha poseído una especie de… fuerza extraña, gracias a la cual me ha salvado.
Pero ha habido un festival de destrucción y los cristales han volado por todas partes.
—Levanté uno atrapado entre las pinzas. Apenas había profundizado en la superficie de la piel y casi no había sangre.
Igualmente, escocía—. Luego se ha desmayado.
El bardo se llevó las manos a la cabeza.
—¡¿Quééé?!
—No tenía que haberte dicho nada todavía. Si ahora te ahogas por la impresión, tu muerte pesará sobre mi conciencia. Así que no me hagas más preguntas, tienes que volver a la realidad del todo antes de que meta un montón de cosas en tu cabeza que, créeme, igual alguna te la hace explotar .
Levantó una esponja y me amenazó con ella.
—Cuidado con esa arma de destrucción, bardo, ni Drálagor se atrevió a tanto —le dije entre risas.
Él entrecerró los ojos y resopló.
—Si no me lo cuentas todo, te juro que te meto en la bañera de cabeza y te ahogo en estos pocos palmos de agua. Y si Azani me pregunta por qué lo hice, le diré que te lo merecías. Ella sabrá que no miento.
—¿Asesinarías al Heredero de Ardacia?
—Ah, no, no puedes ser el Heredero de Ardacia cuando te convenga —dijo haciendo aspavientos.
Volví a reírme, mientras apoyaba las manos en el borde del lavabo.
—Está bien. Ponte cómodo.
El bardo se relajó y yo empecé a largar. Para cuando terminé de contarle todo, dijo:
—No, desde luego que no te puedo dejar solo. Voy a vestirme, ¡de inmediato!
Salió de la bañera y se puso a ello. Terminé de cambiarme también. Él andaba a medio camino de ponerse la blusa con mucha ceremonia cuando escuché un fuerte revuelo en la calle. Me asomé por la ventana y vi a Bruman acercándose a la casa.
—Quédate aquí, bardo. Tengo algo que hacer y he de hacerlo solo. Bruman viene hacia aquí. Siento el deber de decirle, personalmente, que Arbelina ha muerto.
Torció el gesto, apesadumbrado. Quizá recordando los cuidados que la enana le había procurado.
Yo también lo hice, rememorando el día en que tuve que confirmarle a Poldar que Brianna había muerto.
Si el enano me pegaba, como había hecho él, no ofrecería resistencia ni lo enfrentaría. Me lo merecía, era culpa mía.
—Lo siento, era una buena mujer. Le daré el pésame a su esposo más tarde. Ella hablaba mucho de él. Parece que se querían.
—Se querían, sí. Y ahora…
El bardo se acercó a mí y me palmeó el brazo .
—No le des más vueltas, ni te eches la culpa, que nos conocemos.
—Es inevitable que me culpe por lo que ha pasado. ¿Acaso no te culparías tú también?
—Me culpo de no haber estado a tu lado en estos días para ayudarte. Sin embargo, lo que ha pasado volvería a pasar, queramos nosotros o no.
—Háchpirey, si no hubiéramos llegado a Aberrak, Arbelina seguiría viva.
—O quizá solo era su momento de morir y habría dado igual que tú estuvieras o no.
Habría muerto por otra causa. Por una caída, por una enfermedad, por una dolencia de esas que se ocultan entre los nudos del cuerpo y los desarman, que no se ven hasta que no es demasiado tarde.
No te atormentes más. Ahora, lo que tenemos que hacer es solucionarlo en la medida de lo posible. Yo me encargo.
Asentí. Era lo único que nos quedaba.
—Anda, ve a hablar con él —agregó, con un gesto que pretendía infundirme ánimo—. Saldré en un rato a darle el pésame. Todo irá bien, no te preocupes.
—Gracias, Hach.
—De nada, amigo.
«Amigo». Sonreí, pues esa era otra de las cosas que ni todo el caos de mi vida podría cambiar.