Málakor 3 CAPÍTULO 64
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CAPÍTULO 64

De sueños inverosímiles

S eguí a Hach hasta esa habitación que me había estado vedada. Había pocas cosas en ella, todas de un tamaño adecuado para un patas largas: un espejo de pie, cubierto por una sábana blanca; una cama, deshecha; una cómoda, con algunos utensilios de aseo; una alfombra de mullido aspecto.

—¿Por qué hay tanto escándalo en la casa? Y en la calle… Se oyen voces de alarma procedentes de todas partes.

—Cosas de los enanos, Hach. Ahora te lo cuento… —Aspiré una bocanada de aire. El asco que sentí me arrugó la nariz, pues aquella estancia olía como si hubieran contenido en él cientos de ramos de flores marchitas—. Esto apesta.

—¡¿Que si apesta?!, más que una rata muerta.

El bardo señaló bajo la cama. Panceta y yo curioseamos allí. Había un círculo hecho con las flores de la bella mujer.

—Hasta que no se pudre del todo, no vuelve uno del mundo entre los mundos.

El perro estornudó y se alejó de allí refunfuñando.

—¿Y eso cómo lo sabes? —Me puse en pie—. No estabas aquí.

—No, pero podía oír lo que sucedía en este mundo. Escuché las cosas que Arbelina le explicó a una de sus aprendices. Se cubren los espejos, se tapan las rendijas de puertas y ventanas. Para que el alma no se confunda y se escape por ellos.

Me imaginé una bola de energía blanca a la que le salían dos patas y echaba a correr escurriéndose entre los huecos del suelo.

—¿Y las plantas debajo de la cama?

—Con las hojas se hace el círculo de protección y con las flores el aceite para impregnar el cuerpo.

—Por eso hueles así, como recién sacado de un prado.

—Sí. —Rio—. Además, se hace una pasta con agua del templo y las semillas de la bella mujer y se pone debajo de la lengua del intoxicado. —Pegó su cara a la mía y abrió la boca. Cuando levantó la lengua, toda la superficie bajo ella estaba negra—. Aún me sabe la boca a esparto.

—No me extraña. Eso tiene mala pinta. Pero no comprendo cómo las has entendido. Entre ellas hablan la lengua enana. ¿Has aprendido mientras estabas medio muerto? Viniendo de ti, no me extrañaría.

—Solo algunas palabras, de escuchar a Arbelina —dijo entusiasmado—, pero algún día las aprenderé todas. Las entendía porque la otra sanadora, Virna, se enamoró de un viajero de la superficie y la aprendió de él. Él se marchó, pero ella no quería olvidar su lengua, por si regresaba.

—Qué bonita historia. Virna es muy simpática. Me da pollito. O una cosa que se le parece.

Panceta pensando en comida era lo único seguro que había en mi vida. Aunque lo demás estaba sujeto al caos y a los cambios, eso no.

—De escucharla hablar con Arbelina sé dónde estamos —concluyó el bardo—. Y sé quiénes son los enanos. Les gustan los cristales de colores y comer pescado. Me muero de ganas de probar el pescado asado del que Arbelina habló.

—Yo he probado ese pescado. Te llevaré a comerlo, te gustará.

—Buena idea. El fósforo va muy bien para los huesos y los míos han estado mucho tiempo sin movimiento. En cuanto me lave y me cuentes qué ha pasado, no le diré que no a un buen banquete. Tengo mucha hambre. Eso es una buena señal, ¿no?

—Sí que lo es. —Tras un breve silencio, pregunté—: ¿Qué has visto en ese mundo entre mundos, Hach?

—Las cosas más asombrosas que he visto jamás —dijo con voz soñadora, nostálgica también—.

Escuché las más hermosas melodías; danzaron ante mí las más ingeniosas partituras; coros de bardos de voces candorosas entonando las canciones más bellas.

Sus instrumentos eran de brillante madera y cuerdas de oro; los teatros estaban erigidos en mármol blanco, con sillones de terciopelo púrpura, el más escaso y caro que existe.

Bailé con Azani entre jardines excelsos de inigualable belleza, donde los atardeceres eran de colores increíbles .

—Te lo estás inventando. —Me crucé de brazos—. Todo son cosas que te gustan.

—No me lo estoy inventando. Creo que cada uno ve en ese mundo entre los mundos lo que ama.

—¿Y no viste un armario infinito lleno de levitas de lechuguino?

Se rio a carcajadas. Por todos los dioses que habría querido encerrar esa risa en un frasco de cristal para escucharla si él volvía a faltarme.

—Sí, la verdad es que sí. De las mejores sedas. De todos los colores.

—Jejeje. Lechuguinos. ¿Son lechugas pequeñas?

—No, son como piojos.

Tanto el bardo como el perro me miraron ceñudos.

—Es igual —dije—, vamos a nuestra habitación, por favor. Así te aseas y te cambias allí, este hedor es horrible.

—Para haberte criado en Ledaria, te estás volviendo un poco exquisito.

—Ledaria, su sitio favorito —bromeó Panceta.

Quise regañarlo, pero me reí.

—¿Qué dice Pancetita?

—Que Ledaria es mi sitio favorito.

Hach le sonrió.

—La próxima vez que digan eso de «un humor de perros», como algo malo, no me lo creeré.

—Gof!

—Hablando de Ledaria… —Me rasqué el cogote. A ver cómo le decía lo de Xelirian—. El hijo de Azskar está aquí. En la habitación a la que vamos, de hecho.

—El… ¿el hijo de Azskar? —Sus cejas invadieron la parte alta de su frente—. ¿Ese gusano tiene un hijo?

—Sí, un elfo oscuro. Le puso Derian de nombre, aunque prefiero llamarlo Xelirian, como lo llamó su madre. Verás cuando lo conozcas, es un niño de siete años que habla como uno de ochenta .

—Entonces es mitad humano mitad elfo. No elfo por completo. He oído hablar de ello a Arbelina.

Las palabras de Anamkha retumbaron en mi cabeza: «Los semielfos desarrollan su inteligencia a una velocidad mayor, crecen más rápido en sus primeros años de vida».

—Vamos. Está durmiendo, pero al menos podrás verlo.

Eché a andar, con ellos a la zaga. En el solitario pasillo, aunque lleno de ruidos, había algunos retratos familiares de Arbelina y Bruman. Verlos me partió el corazón.

—Dime de una vez por qué hay tanto jaleo —Hach miró a todas partes—. ¿Y por qué tienes cristales clavados? Málakor… —regañó—, me estoy inquietando. ¿No me dirás que vamos a tener que salir de aquí a toda prisa porque has hecho alguna de las tuyas?

«Probablemente», pensé. Y también en Medora, en si las sanadoras la ayudarían a recuperarse. Pero como estaba en mi ánimo esperar a que Hach recobrase un poco la normalidad, antes de soltarle una flecha encendida tras otra, dije en cambio:

—Han pasado muchas cosas, ya te lo he dicho. Te las explicaré todas, te lo prometo.

—Está bien —rezongó.

Cuando abrí la puerta, Panceta se coló entre nuestras piernas y saltó a la cama de Xelirian. El niño, de espaldas a nosotros, ni se inmutó. El cabello le caía sobre la almohada, confundiéndose su blanco con el de la tela. El perro se acomodó pegado a su espalda y soltó un suspiro satisfecho.

—¿Es él? —me preguntó Hach, aún desde la puerta.

—Sí. Cuando despierte te lo presentaré. Vamos al aseo para no molestarlo.

Una vez dentro, el bardo admiró el interior con asombro.

—Es una habitación bien hermosa. Muy ardaciana. A estos enanos les gusta mucho bañarse, eso lo sé bien. Arbelina insistía en que la higiene es fundamental para una buena salud. —Andorreó por la habitación, escudriñándolo todo—. ¿Dónde está Medora? Necesito la bolsa de Sha para coger mis ropas.

Seguía pensando que era mejor esperar a que recobrase un poco el sentido de la realidad para contarle lo que había pasado con ella.

—La dejó en un baúl. Te la traeré.

Cuando le di a Hach la bolsa, él se puso a sacar ropa. Me lanzó unos pantalones negros, una camisa blanca y un par de botas. Una no me dio en la cara de milagro, por lo que el bardo se llevó un gruñido por mi parte.

—Quítate esas ropas. Seguro que has ido vestido de cualquier manera mientras yo no estaba.

—Sí, hecho un desastre.

Me miró con disgusto y sacudió la cabeza.

—¿Sabes dónde ibas muy bien vestido?

—Ni en tu funeral iría bien vestido, no te hagas ilusiones.

Hach abrió mucho la boca y me lanzó un cinturón que cogí al vuelo.

—Aunque no parece que te interese oírlo, te lo diré: tú también estabas allí. En ese mundo entre los mundos.

—¿Yo? —Arrugué el entrecejo mientras me señalaba el pecho—. ¿Qué hacía en ese mundo de bardos y flores? ¿Usar las campanillas como tapones de los oídos para no escuchar a los cantamañanas?

—No. Caminabas por aquel prado de mano de una mujer —dijo con un brillo intenso en la mirada.

—¿Qué mujer?

—No lo sé, Málakor. No le vi el rostro, el sol me cegaba, solo la silueta.

Me fastidia no tener toda la información completa, así podría darte una narración revestida de grandes detalles —suspiró, cogiendo su ropa limpia—.

Pero recuerdo que, en un momento, el sol me dejó ver la falda de su vestido.

Era de color rojo, con hojas bordadas en oro.

—Es igual, yo creo que ese mundo tuyo fue una alucinación por culpa del veneno del príncipe.

—Eso nunca lo sabremos. O quizá sí. —Se encogió de hombros y caminó hacia la bañera—.

Aunque te puedo jurar que he sido feliz allí, muy feliz.

Tanto que, cuando él apareció para traerme de vuelta, ha habido un momento en el que he dudado, porque quería quedarme.

Pero ha insistido. Ha dicho que no debía estar más allí.

—¿Él? —Lo seguí—. ¿Quién ?

De pie junto a la bañera, la miró aquí y allá.

—¿Cómo funciona esto?

Me acerqué para tocar la palanca que cerraba el desagüe y abría el agua.

Hach me dio las gracias y puso cara de felicidad cuando la vio correr, humeante.

Y yo determiné, con más claridad si cabe, que debía de darle unos minutos más antes de contarle todos los problemas que nos atañían.

Haberlo hecho en ese momento sería como soltarle a alguien que se acaba de levantar de una larga siesta una pregunta enrevesada. Tardaría en procesar.

Se puso a canturrear una canción mientras trasteaba con los frascos de sales y jabones. Echó de esto y aquello en el baño y se desnudó.

Mientras lo hacía, me acerqué al lavabo para asearme. No quería entretenerme en el baño por si Bruman regresaba. Debía estar preparado para hablar con él. Encontré unas pinzas de madera en un canasto hecho de algo parecido al musgo y me entretuve en quitarme los cristales.