Málakor 3 CAPÍTULO 63
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CAPÍTULO 63

De ser fuerte

P ensé que Arbelina abriría los ojos y diría algo.

Pero no, estaba muerta. Su sangre manchaba su vestido, su pelo, su pecho; mis piernas, mis manos y mis brazos.

Se vertía sobre el suelo de madera y las rendijas que lo separaban se la tragaban como si fueran vampiros sedientos.

Sentí que me quedaría anclado por siempre en ese momento, rodeado de aquel silencio atronador, en la angustia absoluta; sin embargo, la voz de Xelirian me llegó, lejana, sacándome de mi estado.

—Está todo roto —dijo, sin un ápice de turbación.

Aturdido, levanté la mirada. El niño estaba bajo el marco de la puerta. Su silueta se recortaba con la luz que llegaba desde la estancia contigua.

—Xelirian, sal de aquí. No debes ver esto.

No me hizo caso y se arrodilló junto a Medora. Recé, a todos los dioses amados, olvidados o ignorados por que estuviera viva.

—¿Está…? —Me sentí incapaz de hacer la pregunta en voz alta.

Él, con aplomo, le levantó los párpados.

—Está viva. Solo se ha desmayado. Se despertará.

Solté un suspiro de profundo alivio y me invadió la necesidad urgente de cogerla también en brazos, pero aún era incapaz de moverme, como si la impresión me hubiera paralizado.

—Las sanadoras han encerrado a los enfermos en las habitaciones y han salido corriendo cuando han empezado los ruidos, muy asustadas, pero se han olvidado de mí.

Lo he visto todo desde ahí afuera. —Caminó por la habitación, aplastando los cristales con sus pequeñas botas, y fue hasta la chimenea—.

La mano negra de dedos garrudos. Es un Seirik.

Una de las potestades de la noche. Uno de los propagadores del Susurrador .

El Susurrador. Azani me había advertido sobre él.

—Los he visto caminar por Narqania con sus cuerpos negros y sus ojos del verde de las cosas que se pudren. —Se agachó ante la chimenea y levantó algo entre los dedos—. No me dan miedo.

Me lo mostró. Era el gusano. Aún se retorcía.

El chiquillo se acercó a los restos que habían caído de la mesa y cogió el tarro de cristal. Lo contempló al trasluz.

—Ha venido aquí dentro.

Yo seguía tan aturdido que solo era capaz de observarlo actuar como si nada en medio de la destrucción.

Xelirian se agachó y apartó los cristales que tenía delante de él con un trozo de madera que encontró a su lado.

Dibujó un círculo en el suelo con cosas que iba hallando próximas a él.

Migas de bizcocho, cristales, trozos de porcelana.

Luego, vertió la miel en el centro y puso al gusano en ella.

Cogió un cristal grande y lo apuñaló mientras el ser se retorcía.

Una y otra vez, hasta que no fue más que un amasijo de carne deforme.

El niño salió de la habitación y volvió con una vela. La arrojó sobre la miel y el gusano. Ardieron en altas llamaradas. Él observó, con expresión sonriente, musitando algo en la lengua de los elfos.

—¿Qué has dicho? —le pregunté.

—Muérete, sucio. Regresa a las sombras de las que vienes.

De la calle llegó el sonido de las voces de alarma. Quizá llevaban sonando algún rato y no había sido consciente.

—No se atreven a entrar —dijo Xelirian sin dejar de observar las llamas—. Tienen miedo.

—Tengo que salir a buscar ayuda. —Miré a Arbelina, en mis brazos, luego a Medora—. Deja eso, Xelirian, ven conmigo.

El niño asintió.

—Ya está muerto. No hay peligro.

Me levanté y salí de la estancia llevando a la enana conmigo, con el niño tras de mí, a unos pasos.

Barrí con un brazo algunas cosas que reposaban en la superficie de la mesa principal para dejar a Arbelina allí.

Cuando tendí su menudo cuerpo, cerré los ojos con pesar.

Esa mujer había hecho todo lo posible por ayudarnos y ahora estaba muerta.

Si quedaba algo de esperanza en que obtuviéramos ayuda de la reina de los enanos, después de aquello, sería vana.

—Ella me gustaba. —Xelirian pasó los dedos por el cabello de Arbelina—. Era cariñosa conmigo. Me preparaba cosas ricas para comer. Me hacía… feliz.

Fruncí los labios. La angustia me apretaba la garganta, así como la insidiosa sensación que tenía a veces de que, por donde pasaba, la muerte caminaba conmigo. La llevaba yo. De un lado a otro. Todo a mi alrededor estaba condenado a morir.

—La gente se muere. Siempre se mueren —musitó el niño.

Él levantó la vista hacia mí. La tristeza de sus ojos y la mía se dieron la mano. Pocos pactos hay más fuertes que el de dos almas que están tristes.

—Lo sé, Xelirian, pero, por poco que sea el tiempo que compartamos con ellos, siempre habrá merecido la pena. —Me dije eso a mí, casi más que a él.

Se encogió de hombros. Yo llené los pulmones de aire a ver si así el corazón me volvía a latir. Porque me parecía que se me había quedado parado hacía rato.

—Vamos a poner a Medora y Arbelina en un lugar más cómodo, ¿de acuerdo? Esto se llenará de gente y no quiero que las vean así.

Xelirian me acompañó a colocar a Arbelina en una habitación adyacente.

Estaba llena de camas, pero no había nadie en ella.

Luego fuimos en busca de Medora. La maga tenía una expresión de calma en el rostro, como si durmiese el más placentero de los sueños.

Le coloqué un mechón desordenado de la frente y la tomé en brazos.

Tenía algunos cortes a causa de los cristales.

Si bien no eran profundos, sangraban. Necesitaba la atención de las sanadoras cuanto antes.

La dejamos con Arbelina y regresamos al salón en busca de alguien.

Ya había varias sanadoras allí, cuchicheando asustadas, así como algunos enanos, que asomaban sus narices por la puerta.

Las sanadoras nos miraron con gesto interrogante.

—No sé cómo explicarles qué ha pasado —musité—. Ni siquiera sé si hablan mi lengua. No me entenderán.

—Virna. Ella la habla. Ven.

Xelirian tiró de mí y me acercó hasta ella. Delgada como un palo y con el pelo trigueño, tenía unos cuarenta años, quizá. La había visto bailando con Trori en la boda; saludándolo desde la ventana el día que llegamos.

—¿Qué ha pasado, patas largas? —preguntó la mujer.

—Nos han atacado. —Fue lo primero que se me ocurrió decir.

—¿¡Quién!? —Echó miradas desconfiadas a todas partes.

¿Cómo iba a decirle lo que había sucedido en realidad? Los enanos no se tomaban nada bien los asuntos de la magia de sangre. No podía permitir que nos echasen de allí. No hasta que Háchpirey y Leyla se despertasen. Fui a abrir la boca para contestar, aún sin saber qué, cuando Xelirian respondió:

—Un elfo oscuro. Practicante de magia. Ha huido por la ventana. —Señaló una de ellas.

Los enanos miraron hacia allí. Una furia infinita se apoderó de ellos y salieron de la casa gritando.

—¿Qué dicen? —le pregunté a la sanadora.

—¡Puntiagudos en Aberrak! ¡Dad la voz de alarma!

Un tumulto de voces llegó desde fuera. Sonaron campanas y cuernos.

—¿Dónde está Arbelina? —me preguntó Virna.

Le conté lo sucedido con ella y Medora. Su rostro palideció; igual que el de las demás cuando tradujo mis palabras. No pidieron más explicaciones. Corrieron a atenderlas mientras lanzaban lo que me parecieron súplicas a los dioses para poder ayudarlas.

Xelirian me tomó de la mano y tiró de mí, hasta llevarme a nuestra habitación, casi a trompicones.

—¿Por qué me traes aquí? —le pregunté una vez dentro.

—Tengo que decirte una cosa. Y tenemos que estar a solas.

Me acuclillé para estar a su altura.

—Sí, para empezar, por qué has mentido.

—No he mentido. Los propagadores son practicantes de magia. Ha sido uno de ellos quien ha hecho esto, aunque no esté físicamente en Aberrak, tal vez. Además, no sabías qué decir. Si les dices a los enanos lo de la magia de sangre, te colgarán. —Me miró de arriba abajo—. No quiero que te cuelguen .

Pensar que empezaba a tenerme algo de cariño, me hizo sonreír. Su labio se estiró un poco hacia el lado también. Luego, dio media vuelta sobre sus talones y se alejó despacio.

—Voy a dormir un poco. La cabeza me molesta.

—¿Estás herido? —pregunté poniéndome en pie.

Al hacerlo, sentí un leve mareo. Tendría que aprender a no levantarme de golpe por un tiempo.

Me froté sobre la venda. La herida me molestaba.

Y tenía laceraciones de los malditos cristales por todas partes.

Pero ese era el menor de mis problemas. Se curarían y estaría bien.

Lo que había pasado con Arbelina… A eso no iba a curarlo el tiempo.

—No. Siempre me duele cuando los propagadores están cerca.

—Se encaramó a la cama y gateó por ella hasta ocupar el centro.

Una vez se sentó, me dijo—: Si te preguntan cómo era el hechicero oscuro, diles que llevaba una túnica púrpura y que su voz, cuando pronunciaba los hechizos, sonaba como si estuviera degollando a alguien. Así te creerán.

Él conocía ese sonido, de lo contrario no lo diría, y eso…, eso me estrujó las entrañas.

—Tomo nota. Por cierto, ¿dónde está Panceta?

—Le dije que se escondiese en el sótano. —Se dejó caer de espaldas y tiró de la sábana para cubrirse—. No te preocupes por él. Es muy listo. Saldrá cuando sepa que ha pasado el peligro.

—Está bien. Descansa.

El niño no dijo nada, solo cerró los ojos.

Yo no tenía ni la menor idea de qué hacer ni de dónde meterme.

Tendría que dar muchas explicaciones, decirle a Bruman que su mujer había muerto.

Encima, habíamos extendido el pánico de que un elfo hechicero había entrado en Aberrak.

Quizá no me colgaban por la verdad, pero las mentiras terminarían por colgarme de una soga aún más apretada.

Cuando dejé la habitación, ya en el solitario pasillo, me llevé la mano al colgante. La voz de Azani me llegó de algún lugar, mezclada con el vocerío de los enanos de Aberrak, que buscaban al intruso.

—No te rindas, Málakor. Eres más fuerte que todo esto.

—Estoy cansado de ser fuerte. Querría serlo menos y así no soportar tantas cosas .

—Pero no serías la persona que eres.

Se materializó ante mí. Su presencia lo llenó todo de luz. Me tendió las manos y, cuando las cogí, apretó las mías con cariño.

—Ser la persona que soy lo destruye todo a mi alrededor —le dije.

—Eso no es verdad. Tú mismo se lo dijiste a la chica Ordom: también construimos. Y tú construyes, mi querido niño. —Soltó una de las manos para acariciarme la mejilla—. Estás aquí para construir un futuro hecho de luz sobre las tinieblas que nos acechan. Estás preparado para cualquier cosa.

—Pues a veces pienso que esa tiniebla soy yo mismo.

—Estás agobiado, eso es todo. Aunque han pasado muchas cosas, las superarás.

Suspiré profundamente, quería creer que así era.

—¿Has visto a Hach? —pregunté—. ¿Has estado con él en alguna parte divina con flores y campos verdes en estos días?

Sonrió, y miró de reojo a nuestra derecha. Luego, se desvaneció. Giré la cabeza. Y allí estaba el bardo. De pie, con un pijama blanco y el pelo revuelto. Con Panceta a su lado, mirándonos a uno y a otro con una especie de sonrisa perruna.

—Málakor, vas hecho un desastre —dijo el cantamañanas—. Oh, espera…, ¿eso es sangre?

Se me llenaron los ojos de lágrimas, igual que si alguien hubiera abierto un grifo ardaciano.

Corrí hacia él y lo abracé, tan fuertemente, que caímos al suelo.

Mi cuerpo encima del suyo. Panceta saltó a nuestro alrededor mientras ladraba con alegría.

Aquellos ladridos, en esa casa que acababa de presenciar la muerte de su dueña, me parecieron como jarrones bonitos para flores feas.

—Tendrás que dejar de comer tanto. Pesas demasiado —dijo el bardo con la voz constreñida, después de quejarse del golpe—. La sangre no es tuya, ¿verdad?

Me apoyé más en el suelo para no aplastarlo, pero no lo solté.

—Calla, bardo. Calla y abrázame. —Enterré la cara en la curva de su cuello. Aunque había estado al borde de la muerte, olía como si llegase de un campo de jazmines.

Noté que sonreía. Me abrazó y me acarició la espalda .

—Yo también te he echado de menos, Málakor.

—Yo a ti no, cantamañanas. Es solo que…, pues que…

—Sí, sí. Claro que sí.

Levanté la mirada hacia él. Los ojos le brillaban más verdes que nunca.

—No vuelvas a morirte nunca —le dije.

—No me he muerto.

—Pensé que sí.

—Pensaste mal. Porque no escuchas cuando canto. El príncipe venenoso tiene sangre en la boca. Y muere todo aquello que toca. No había sangre en mi boca.

—No te hagas el listo. No sabías que ese veneno era el del príncipe venenoso. Fue una casualidad.

—No, no lo sabía, pero nunca subestimes la canción de un bardo. —Me guiñó un ojo—. Anda, abrázame otra vez. Voy a atesorar este momento para siempre. Das pocos abrazos, Málakor. Son un bien escaso.

—Por eso son un bien, porque doy pocos. No como los tuyos, que son un mal.

Las cosas se devalúan si son muy abundantes.

Lo aprendí en Ledaria. Cuanto menos cantidad de cierta joya hay, más vale.

Y no pienso abrazarte más. Levántate. —Lo cogí de la mano y tiré de él a la par que me incorporaba.

Al hacerlo, me mareé y tuve que enfocar la vista.

—¡Ya estáis juntos otra vez! —Soltó otro ladrido de dicha.

El bardo se agachó para acariciarlo.

—¡Cuánto te he echado de menos, Pancetita!

El chucho se tumbó panza arriba. Mientras Hach le frotaba la barriga, y el otro soltaba gruñidos de satisfacción, le dije al bardo:

—Tocaflautas, deja al perro, tenemos cosas de las que hablar y unos cuantos problemas que solucionar. Y… quítate ese pijama de difunto.

—Me gusta que me rasque la barriga.

—Ya, y a mí me gustaría estar tumbado en una playa tomando el sol, pero no es el caso.

Hach nos miró a uno y otro, mientras se ponía en pie. Panceta se revolcó un poco por el suelo, antes de sentarse .

—¿Esos problemas tienen que ver con que estés cubierto de sangre? —preguntó el bardo, brazos en jarra.

—Algunos, y otros con un incidente diplomático con el príncipe de las arañas.

Mientras negaba con la cabeza, dijo:

—Si es que no te puedo dejar solo.

Apreté los labios y me encogí de hombros.

—La culpa es tuya, no haberte muerto.

—Ah, claro, la culpa siempre es del bardo.

Soltó un resoplido largo como un destierro.