Málakor 3 CAPÍTULO 62
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CAPÍTULO 62

De ojos violetas

M edora apareció y miró aquella cosa con los ojos muy abiertos. Le grité que se fuera, sin embargo, permaneció allí, inmóvil, y la oscuridad que engullía la luz se le acercó. El dedo que casi me tocaba se detuvo de golpe; la silueta de las llamas emitió otro de sus ensordecedores gritos.

—¡Mi conjuro se ha roto! —dijo alarmada—. Lo he sentido.

—Medora, ¡sal de aquí! —supliqué.

No se movió. Los ojos se le pusieron negros por completo, tragándose de golpe la pupila a todo lo demás. Observé aquello, desconcertado. No parecía ella. Levantó una mano y apuntó a la que me amenazaba. Sus dedos se pusieron tensos y curvados, igual que garras.

El chillido del seirik se volvió más agudo, más insoportable. Dolía hasta dejarte aturdido. Solté la daga y me tapé los oídos con las manos, fue inútil. Ese chillido penetraba con fuerza por todas partes.

—Que Eressar nos proteja —rezó Arbelina—. Que nos proteja con la fuerza de su Martillo Creador.

El negro que se había apoderado del color de los ojos de Medora se volvió violeta.

Mucho más brillante que el original, casi emitía luz.

Igual que si soplase un viento fuerte hacia ella, sus cabellos se movieron hacia atrás y su túnica se agitó.

Una espiral ascendente surgió de sus pies y fue rodeándola.

De sus labios emergieron unas palabras extrañas.

Era su voz y a la vez no lo parecía. Tenía la potencia de un rayo abrasador y la profundidad de la tierra.

—Grun du ijka akeleru.

—No puedes conmigo, hechicera… —susurró esa voz grotesca.

—Grun du ijka akeleru! —La maga rugió.

La mano se retorció. Sus largos dedos se doblaron sobre sí mismos, igual que si alguien los estuviera partiendo. La silueta de las llamas gritó con más fuerza. Sus dedos volvieron a estirarse en mi busca.

—Lo alcanzaré… —dijo el propagador.

Su susurro se mezcló con el de los rezos de Arbelina. Angustiados, incapaces de hacer nada, por el dolor que provocaban aquellos chillidos, nos dejamos caer y nos hicimos un ovillo contra la pared.

—Seirik dungolek! Akeleru! —La voz de Medora era igual de fuerte e insoportable que los gritos de la criatura.

—No puedes destruirme, hechicera… —gruñó el ser.

El violeta de los ojos de Medora brilló con una fuerza cegadora y una de las colas de la espiral se estiró y formó una mano blanca que atrapó a la sombra.

El blanco se apoderó de la oscuridad. La mano retrocedió un poco y llenó la habitación un terrible alarido.

Los oídos me pitaron y los sonidos empezaron a llegarme como si vinieran de mucho más lejos.

La mano comenzó a regresar a las llamas mientras la luz de Medora lo devoraba todo.

Su silueta menguó y se alargó. La oscuridad también.

La habitación tembló. Las tazas, los vasos, la tetera, los cuadros…

Todo empezó a quebrarse. Los cristales de las ventanas estallaron en pedazos.

Me agazapé más y protegí a Arbelina con el cuerpo.

Esquirlas de vidrio y madera me golpearon.

Algunas pasaron rozándome, otras se hendieron en la piel.

—Oh, dioses…—musitó la enana.

Vi que tenía un trozo de cristal, largo como un dedo, clavado en el cuello.

Sangre abundante manchaba sus blancas ropas.

Pero no venía de esa herida. Venía de otra, un corte transversal que había alcanzado la yugular.

En los ojos de Arbelina había una realidad innegable.

Iba a morir. Le quedaban segundos de vida. Quizá menos.

—No. ¡No! —grité cogiéndola en brazos.

Mi voz se mezcló con la de Medora.

—Akeleru!

El chillido más grotesco y ensordecedor que había escuchado en la vida quebró el resto de cristales de la estancia. A la par, la espiral que rodeaba a Medora se expandió con virulencia para golpear lo que quedaba en pie. Tiró los muebles. A Arbelina y a mí nos pegó más a la pared .

La mano volvió por completo a las llamas y estas encogieron de golpe. Desapareció cualquier rastro de fuego en la chimenea. Ni siquiera quedaron brasas. La oscuridad más absoluta nos rodeó. Y se hizo un silencio denso y extraño.

Medora se desplomó. El sonido de su cuerpo al chocar con el suelo y aplastar los cristales rompió aquel silencio bruscamente.

—Dile a Bruman que le quiero… Altak v enavemi —susurró Arbelina, antes de quedar laxa en mis brazos.

Emitió un quejido por el que se le escapó la vida.

Y volvió el silencio.