Málakor 3 CAPÍTULO 61 #2
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CAPÍTULO 61 #2

—Eso es bueno. En Aberrak creemos que, cuando alguien abandona la senda del Mal para transitar en las verdes praderas del Bien, nace un niño en alguna parte.

Un niño destinado a grandes cosas. —Esbozó una sonrisa cálida, que se le torció un poco cuando llevó la mirada a mi cinto—.

¿Por qué has traído tus dagas? Estás en mi casa. Es un lugar seguro.

—Ningún lugar es seguro ya para mí, Arbelina. Ni aunque estuviera de vuelta en el vientre de mi madre, me sentiría seguro. No es por ti ni por Bruman. Desde luego que no.

—Entiendo. —Cabeceó, y sus labios se estiraron en un gesto amable de nuevo—. El té ya estará listo. Verás como te reconforta.

Tomó la tetera y lo sirvió en una taza para mí y otra para sí.

El líquido oscuro humeó formando volutas de denso vapor.

Tomé la mía con ambas manos. El calor me inundó los dedos, y lo noté más intenso en el reborde de la cicatriz de mi ausente dedo, más sensible a los cambios de temperatura.

Soplé, dispuesto a beber. Por un instante me pasó por la cabeza la posibilidad de que la enana quisiera envenenarme, por eso de que había llevado la magia de sangre a su casa.

Así que la miré, entrecerrando los ojos, con la taza al borde de los labios. Ella, de golpe, estalló en carcajadas.

—Si piensas que está envenenado, eres el patas largas más tonto que he conocido. Si quisiera matarte, no envenenaría el té. Llamaría a mi marido y él te partiría la cabeza en dos de un hachazo. —La simpática sonrisa que se le dibujó contrastó con sus duras palabras—. Puedes beber tranquilo .

Asentí, dispuesto a hacerlo, pero apenas acerqué los labios el calor que emanaba de él me hizo ver que me abrasaría la lengua.

—Dejaré que se enfríe un poco —dije, y posé la taza en el platillo.

—Mejor, el veneno que le he puesto es más efectivo a menor temperatura. —Me guiñó un ojo, con cara de guasa, haciéndome reír—. Yo también esperaré a que se enfríe. Ahora, hablemos de lo que nos atañe. ¿Dónde has dicho que consiguió la piedra?

—No sé si lo he dicho o no; fue en Astis, un pueblo de Luara.

—Ya… —murmuró para sí. En voz más alta, agregó—: Has dicho que si tu amiga conocía a alguien que trabajase con conjuros de sangre, podría haber deshecho el que pesa sobre ti, pero has de saber que solo quien lo ha conjurado puede romperlo.

Igual que solo quien ha hecho las runas puede desligarlas.

Ellos o un Méistari, es lo que te he intentado decir.

Al menos eso es lo que yo conozco del asunto.

—Un Méistari. —Solté el aire por la nariz, molesto, y levanté el dedo índice—. Si alguien más me dice que necesito uno, me enfadaré. ¡No sé dónde encontrarlos! No los hay en Luara.

Siguió la trayectoria del dedo y luego sacudió la cabeza.

—Tampoco aquí. Si es que queda alguno, está en Hérenthor. Y allí, en términos generales…, no se puede llegar.

—Ya me sé esos malditos términos. Túneles cegados, agujeros que se cierran después de abrirse; dragones volando… —dije frustrado—. ¿Quién habrá hecho esas runas, Arbelina? Los magos de Luara no saben nada de estas cosas. Me lo dijo Medora.

—No lo sé. —Esquivó mi mirada.

—Ah, enana, sí lo sabes.

—No, de verdad que no.

Alcé las cejas.

—¿Vamos a estar así todo el día? —refunfuñó—. No conozco a nadie en su sano juicio que ose hacer algo tan oscuro. Si ha llegado a Luara, no ha salido de aquí, te lo puedo asegurar.

Levanté la taza para beber, porque ese líquido supuestamente reconfortaba y yo necesitaba más que nunca sentirme reconfortado, aunque fuera por la ilusión del azúcar de la miel en mi cerebro .

—Como también te puedo asegurar que, si Azskar vuelve para terminar lo que empezó, tu amiga pagará las consecuencias. Sangrará por ti. Y, si él quiere, la matará.

Me quedé con la taza al borde de los labios, golpeado por esas palabras, y la mirada fija en el líquido. Vi un gusano rojo y largo que se retorcía en la superficie. De uno de sus extremos se desprendieron hilos negros, como sangre casi coagulada. El té se oscureció. El gusano siguió retorciéndose.

—Rojo sobre negro —musité.

—Muerte… —susurró una voz grotesca.

—Arbelina —dije sin quitar el ojo a esa cosa.

—¿Qué pasa? —Ella se llevaba la taza a los labios.

—No bebas. Suelta la taza.

Escuché el sonido de la porcelana al chocar con el platillo.

—¿Qué pasa? ¿No está bien el té? Yo lo veo bien.

Aparté la taza y la posé sobre la mesa. Cuando Arbelina vio lo que había dentro, el horror dominó su rostro.

Cogió la taza a toda prisa y corrió hasta la chimenea.

Vertió el líquido sobre las llamas, que chisporrotearon violentamente.

Se oyó un chillido, tan ensordecedor, que nos obligó a taparnos los oídos.

—Es muy tarde —dijo ella, temblando, frente a la chimenea.

Las llamas se alargaron, negras cual carbón, y se juntaron hasta formar la silueta de un hombre encapuchado.

Dos hendiduras verticales, del verde de la podredumbre, se abrieron en el lugar de los ojos.

Desenvainé las dagas y me puse delante de Arbelina.

A la par, dimos unos pasos atrás. La figura de llamas negras se hizo más grande, hasta tocar la parte superior de la chimenea.

Emergió de ella un largo brazo que se estiró tratando de tocarme.

Arbelina y yo retrocedimos juntos, hasta que ella dio con la espalda en la pared.

Los dedos de esa cosa se estiraron, trataron de alcanzarme.

Apenas restaban unos centímetros entre eso y yo.

Su silueta formaba ya una sombra gigantesca y aterradora en la pared. La negrura empezaba a consumir todos los rincones de la habitación.

Tragué saliva y afiancé las dagas en las manos. El colgante empezó a arder, como si contuviese en él al mismísimo sol .

—Anamkha —llamé, pero no obtuve respuesta.

—No, esa cosa no se llama así. Es un seirik —dijo Arbelina, con voz quebrada—. Potestad de la Noche Invicta. Propagador de Terrores.

Aquello no sonaba bien. Y no tenía pinta de que pudiera acabar con él a golpe de daga.

La punta de uno de sus dedos se alargó. Crucé las armas para cercenarlo; sin embargo, al tocar esa oscuridad, sentí un latigazo de dolor en ambas manos, tan fuerte, que me obligó a soltar las dagas.

Si el brazo derecho me dolía, el izquierdo rabiaba.

Escuché a Arbelina contener el aliento. El dedo se estiró más, pero golpeó contra algo invisible.

El muro de magia de Medora. Donde tocaba, se formaba un punto blanco. Como una gota de lluvia en un cristal.

—¿Qué son esos puntos? —preguntó la enana.

—Un conjuro de la maga.

Una de esas gotas se expandió y le salieron cientos de grietas, que llenaron el tejido transparente del conjuro, hasta quebrarlo. Se oyó el mismo ruido que si estallasen cientos de cristales.

El propagador soltó una risa grotesca. Y yo apreté los dientes. Una de mis dagas estaba a mis pies. La cogí, aún a sabiendas de que poco podría hacer con ella. El colgante ardió más si cabe.

—Arbelina, corre, sal de aquí. Usa la ventana. —La puerta quedaba al lado de la chimenea—. Me busca a mí.

—No voy a dejarte solo. No soy una cobarde. Esta es mi casa, ninguna de esas cosas entra aquí sin que yo le haga frente.

A pesar de que el miedo inundaba sus ojos, le echó valor. Lanzó algo a la criatura, no supe el qué, y el brazo retrocedió unos centímetros. Vi rodar por el suelo una piedra plana en la que refulgió un símbolo.

En la silueta de las llamas se dibujó en verde una boca de afilados colmillos que empezó a engullir la luz de la habitación poco a poco.

El brazo volvió a estirarse, la luz menguó paulatinamente.

El colgante seguía quemando. No tenía la menor idea de qué hacer.

Nunca había visto nada igual. De la piedra de azani surgió una luz brillante que absorbió parte de la oscuridad.

La mano se retorció, pero intentó alcanzarme.

Cuando apenas volvía a quedar un centímetro para que la punta de uno de sus largos dedos me tocase, la puerta se abrió.