CAPÍTULO 61
De té y runas
A la mañana siguiente, desperté con un dolor de cabeza que no se lo deseaba ni a mi peor enemigo.
Mentira, a Azskar sí, que le doliera hasta reventarle los sesos y desparramárseles por todas partes.
Vi a Arbelina de pie, a los pies de la cama, cruzada de brazos y con cara de estar a punto de cometer el más cruel de los asesinatos.
Lanzó sobre la cama la piedra que Leyla me había regalado, así como la que Flechas se había quedado.
—No quiero en mi casa a sucios conjuradores de sangre. Ya estás saliendo de la cama y largándote. Y te llevas a tus amigos aunque sea en carretilla. ¡Me da igual! ¡Os largáis!
—Arbelina… —Miré las piedras mientras me incorporaba hasta sentarme—. No sé de qué me estás hablando.
—No te hagas el inocente conmigo. —Se puso a mi lado y levantó la mano cuanto pudo. Su dedo casi se encaja en mi cara—. Tú y tu amiga sabréis en qué estáis metidos llevando eso encima, pero no vais a quedaros bajo mi techo. Ni tampoco en Aberrak. Os quiero fuera de aquí.
—Te estoy diciendo que no tengo la menor idea de lo que me estás hablando —repetí, al borde del enfado—. Estas piedras son baratijas de un mercado de un pueblo de Luara. Leyla las compró allí. Le dijeron que eran para alejar a los malos espíritus.
—Mientes.
—No estoy mintiendo.
Me miró a los ojos, fijamente, como si quisiera ver en ellos si decía la verdad. Luego soltó un resoplido y se apartó. Caminó arriba y abajo de la habitación, mascullando algo, con la vista puesta en sus pies.
—Te juro que es cierto —insistí.
Levantó la cabeza tan rápido que pensé se le saldría de la cabeza .
—¿¡Es cierto o es lo que tu amiguita te dijo!? —exclamó furibunda—, ¿eh? ¡Es peligroso! ¡Muy peligroso!
Salí de la cama y me ajusté la cuerdecilla de los pantalones del pijama. Me quedaban un poco grandes. Prefería dormir desnudo, pero en casa ajena… no era menester.
—Arbelina, son solo unas piedras de la suerte.
—No lo son. —Las señaló. Sobre el blanco de la cama parecían dos ojos negros sin cosa blanca ni párpados—. Me ofende que dudes de mi palabra. Soy la mejor lectora de runas de todo Aberrak, no hay otra como yo.
—¿Qué son entonces?
Abriendo y cerrando nerviosa los puños, se acercó a la cama. Estiró despacio la mano derecha hacia una de las piedras; antes de rozarla siquiera, murmuró algo en voz baja, que me pareció una oración aberraki.
—Son piedras con runas vinculantes. Canalizan los conjuros de sangre hacia quien tiene la otra mitad.
Esta estaba en tus ropas. —Levantó una—.
Y esta, en las ropas de tu amiga. —Cogió la otra—.
La primera es la que se regala. La segunda la que uno se queda.
Y los conjuros de sangre que vayan hacia la persona que tiene la primera, saltan a la segunda.
Y solo pueden vincularse con la sangre de ambos portadores, ¿entiendes?
La imagen de Leyla mirando su pañuelo, manchado de mi sangre, me vino a la cabeza. Pero entonces ella aún no tenía idea de lo sucedido con Azskar. ¿Lo había cogido después? ¿Usado para aquello? ¿En qué narices se había metido? Y ¿¡por qué!?
—¿Quieres decir que si alguien obra un conjuro de sangre sobre mí, será ella quien lo sufra?
Aguanté el aliento mientras esperaba la respuesta de Arbelina. Para mi desgracia, asintió con aplomo.
—Una vez se conjure por completo, si se está unido por la magia de sangre a otra persona, y se te hiere, ella lo sufrirá por triplicado.
Apreté los dientes, furioso.
—Mierda. —Me llevé la mano a la frente, hasta me pareció que estaba febril—. Dime que si no la tiene consigo, si yo no tengo la mía, no será efectivo. Porque entonces las aplastaré con un martillo y las tiraré lejos .
Antes incluso de que contestase, ya sabía la respuesta, porque el pesar que vi en sus ojos fue grande como la luna.
—No, ya la habéis tocado estando juntos. Tú has aceptado su regalo. Te has vinculado a ella y Leyla a la suya. Aunque las arrojases a las profundidades de la tierra, seguirían siendo efectivas.
Caminé como un loco por la habitación.
—¿Qué has hecho, Leyla? ¡Qué has hecho! ¡Maldita seas! —gruñí—. Tengo que hablar con ella, Arbelina.
Fui hacia la puerta, pero la enana agarró con mucha fuerza mi muñeca para detenerme.
—No puedes. Aún no. No ha despertado. Ya te dije que no puede alterar su estado ni el aleteo de una mariposa.
—Por favor.
Me pareció que se ablandaba un poco, a juzgar por la caída de sus párpados; sin embargo, luego apretó mi muñeca y dijo:
—No puedes.
Resoplando, me aparté de ella
—¿Sabes cómo deshacer esto?
—La vinculación de las runas solo puede deshacerla quien las ha vinculado o…
Ofuscado, no la dejé acabar la frase.
—La persona que lo ha hecho está a jornadas de distancia. Y no entiendo por qué Leyla ha sido tan estúpida. Si conocía a alguien que trabajase con conjuros de sangre, podría haber deshecho el que pesa sobre mí.
Arbelina se cruzó de brazos mientras la cara se le caía al suelo. No literalmente, claro, ya me entendéis. Supongo que alguien os habrá dicho alguna vez eso de «te llega la cara al suelo», pues igual.
—Ah, así que un conjuro de sangre pesa ya sobre ti —bufó.
—A medias. Solo a medias. Azskar Ledarias lo lanzó.
Se llevó las manos a la frente y las tiró hacia atrás tan fuerte que pensé que se arrancaría el pelo.
—Ese maldito está en medio de todo esto. No me sorprende para nada .
—No sé por qué demonios Leyla ha hecho lo que ha hecho. Aunque empiezo a entender por qué ha estado tan rara. Sus silencios, sus miradas esquivas. Su llanto. Estaba así porque sabía que me disgustaría con ella por haber firmado su propia sentencia de muerte con esto.
—No es que quiera defenderla después del lío en el que os ha metido, pero ha sido por protegerte. Prefiere morir a que lo hagas tú.
—Jamás le he pedido que muera por mí —repliqué irritado—. No le pediría eso a nadie.
—¿Y no morirías por la gente a la que amas?
—Por supuesto que sí —dije contundente.
—Entonces no le pidas a ella que no lo haga.
Apreté el puño, lo dejé caer en la pared.
Apoyé la frente en él y aspiré una profunda bocanada de aire.
Fue como si no me llegase a los pulmones.
Cerré los ojos. Quería volver a Knegara, al día en el que ella subió a ese barco, para sacarla de él y retenerla a mi lado.
Pero Arbelina tenía razón. No estaría siendo justo con Leyla.
Había obrado conforme a sus sentimientos y a su libertad de elección.
Aunque la odiase por lo que había hecho, de un modo visceral y absurdo, la comprendía, porque yo habría hecho lo mismo.
Arbelina me pasó la mano por la parte baja de la espalda.
—Cálmate. Las cosas nunca son tan graves como parecen.
Abrí los ojos y me giré hacia ella, alzando las cejas.
—Por eso me has querido echar, porque no son tan graves.
Sus labios se curvaron hacia abajo.
—Sí, me he puesto como un korin. Lo siento —dijo con verdadera pena.
No sabía qué era un korin, pero debía de ser alguna cosa rabiosa.
—Ven, vamos a tomarnos algo caliente y a hablar de esto.
Los enfermos están cuidados, descansando.
Mis chicas andan de recados o en su rato libre.
Estamos casi solos en la casa, así que dispongo de unos minutos también.
Tengo miel de abejúbula y té vingardiano —dijo muy contenta—.
Los he comprado esta misma mañana, bien temprano, a un vendedor ambulante.
Después de beberlos, nos sentiremos mucho mejor .
—Eso espero. —Eché mano de las malditas piedras.
—¿Para qué las quieres?
—Para lanzárselas a la cara a Leyla cuando tenga ocasión.
— Kirojadh vhazda.
—¿Qué es eso?
—Una expresión enana. Significa: «Estás cruzando el puente equivocado».
—Por lo menos no me estoy tirando por él.
Sin más remedio, Arbelina rio.
Unos minutos más tarde, estaba ya bien vestido y sentado con ella en un acogedor salón, con ventanas hechas de cristales de muchos colores.
Ella en una silla; yo, en el suelo, sobre una alfombra.
Ambos alrededor de una mesa redonda sobre la que había un recipiente de cristal que contenía la miel, además de varias tazas, una humeante tetera y un bizcocho que Arbelina cortó con un largo cuchillo.
La mesa estaba vestida con un mantel de muchos colores que a Griselda le habría encantado.
—Lo hizo mi abuela —dijo cuando vio que me fijaba en él—. Es ganchillo. —Pasó los dedos por el filo, con una expresión de añoranza—. Se sentaba en esa butaca y tejía y tejía sin aburrirse.
Miré hacia la butaca en cuestión. Roja, estaba junto a la chimenea, en la que ardían macarrones, esa madera enana, y tenía ese aspecto de las cosas viejas y bonitas, bien conservadas. Sonreí también, imaginándome a una enana de pelo cano y con muchas arrugas, allí sentada.
—Tanto tejía en ella que ahí la encontramos muerta —dijo entonces Arbelina.
Pestañeé varias veces. La abuela tejedora había pasado a ser un cadáver de repente. Carraspeé y miré al techo.
—A mi hija mayor le gusta mucho sentarse ahí.
—No la he visto aún.
—No está aquí. Ni ella ni sus hermanos. Cogieron la urt skujdormur .
Los de arriba lo llamáis enfermedad negra.
Así que los mandé con mi hermana, al norte de la ciudad.
Los echo de menos. A mis cinco niños. A todos los quiero por igual, pero no puedo tener griposos por aquí tratando a tantos enfermos como trato, ¿no crees ?
—Desde luego. ¿Conocéis la cura en los túneles?
—Hace muchísimos años. Gracias a los dioses y al alquimista de Hérenthor que la formuló. Quienquiera que sea. Pero es justo, ¿no?, que fuera un patas largas de ese continente. La enfermedad nació allí. Y ya que nos echan a los elfos aquí abajo, al menos que nos den también algo bueno.
—Al menos, sí. En Luara también la sufrimos. Desde no hace tanto, la verdad, pero también conocemos la cura. Los elfos se la dieron a los asesinos y un asesino nos la dio a nosotros.
—¿Un asesino?
—Uno que ya no lo es.