CAPÍTULO 60 #3
—Viejos barriles de cerveza. Los cortan de forma vertical, ponen las partes huecas hacia arriba y los apoyan en piedras, como ves.
Luego los llenan de brasas y cocinan ahí el pescado.
Sabe mejor, supongo que por que la madera está impregnada de cerveza.
Una vez me escondí en un barril como esos para escapar de la guardia de Lerok.
Me quedé dormida; cuando me desperté, estaba de camino a Aberrak.
—No sé si quiero saber por qué huías de la guardia de Lerok.
—Porque el chico de los peces… —Miró a un lado y a otro como para confirmar que nadie nos escuchaba. En un tono más bajo, cerca de mi oreja, dijo—: Era uno de los hijos del rey.
Solté un resoplido.
—Mataelfos, comeojos y regicida. Eres un portento. ¿Cómo me cuentas una cosa así, sin apenas conocerme? ¿Y si fuera un lerokense infiltrado en los túneles?
—Se dice lerokiense. Y no tienes pinta de serlo. Si lo fueras, no lo soltarías en broma, que es lo que has hecho. Aunque quizá no debería arriesgarme. —Puso un tono teatralmente misterioso—. Debería morderte la yugular y dejar que te desangrases.
—Estás como una cabra —dije entre risas.
—Todos los Ordom lo estamos.
—Tomo nota para mantenerme lejos de vosotros.
—Viene de familia. Como quien hereda el cabello rubio o los ojos azules.
—Se acercó mucho a mí, para mirarme de cerca.
Eché el torso hacia atrás, pero ella se aproximó más, fijó sus pupilas en las mías y dijo—: ¿De quién heredaste ese azul?
, por cierto. Desde que te vi en los túneles me llamó la atención.
—Lo sé, lo dijiste.
—Es que nunca he visto nada igual.
—¡Siguiente! —gritó el enano que servía el pescado, apostado tras el barril.
Sentí ganas de darle las gracias por haberme librado de tan incómodo momento. Juntos, dimos un paso adelante. Sobre las brasas, ensartados, tal y como Medora me contó que hacían en Las Lejanas, había un sinfín de pescados. De escamas rojas, grises, blancas, verdosas o azules. Grandes y pequeños.
—De todos estos, te recomiendo la perca dolina, la anguila de acuífero, el barbo de las grutas o el lobo de río. —Los fue señalando—. Los demás te sentarán mal, porque no estás acostumbrado a comer peces de estos ríos.
—¿Qué querer, patas largas? —me dijo amablemente el vendedor, en un torpe intento por hablar mi lengua.
—Uno de cada. De esos que ha dicho ella.
—Ehenke!
—¿Qué significa eso? —le pregunté a la rubia.
—Marchando.
Sacó un trozo de pizarra bien liso y puso los pescados humeantes y jugosos sobre ella. Apenas cabían. Luego me hizo una pregunta que ni entendí, mezclando su lengua y la mía.
—Solo he captado tres palabras, mataelfos: limón, Lerok y peligrosos. Lo que me lleva a pensar… ¿Son peligrosos los limones de Lerok? ¿En Lerok hay limones y peligros? ¿Lerok es un peligro para los limones?
Airyne casi se muere de la risa.
—Lo digo en serio —dije aguantándome la mía.
—Pregunta si quieres limón. Dice que cuesta mucho traerlos de Lerok, porque los caminos son cada vez más peligrosos.
Siempre me había gustado el limón en el pescado, así que asentí.
Cuando el tipo me tendió el plato, el humeante aroma me dio en la cara, abriéndome aún más el apetito.
Airyne pidió lo mismo. Tras darle las gracias al vendedor, fuimos a buscar unas bebidas y nos sentamos en una mesa.
Encima de ella, concretamente, porque las sillas eran muy pequeñas.
—La comida y la bebida son lo mejor de las bodas enanas —dijo Airyne, con la boca llena y la grasa del pescado en los labios—. ¡Y gratis! Aquí no hay obligación de darle nada a los novios.
—¿Hay obligación de darle algo a los novios? —pregunté tras quitarme una espina que se me había quedado entre dos dientes.
La perca dolina estaba buena, pero tenía tantas espinas como yo ganas de matar a Azskar.
—En la mayoría de las bodas. Aunque sea un regalo. —Se limpió los labios con los dedos y los chupó—. Pero aquí no quieren nada. Ahorran largos años para convidar a todos sus seres queridos. Y si les regalas algo, se ofenden. Mira, ahí está Gris. ¡Gris, ven!
El duende movía la tripa en círculos, imitando el baile de otro enano. En cuanto escuchó a Airyne, se coló entre la multitud haciendo piruetas. Dio un salto hacia atrás y cayó de pie.
—Es muy ágil —comenté.
—Ha vuelto a serlo. Los elfos oscuros lo capturaron y maltrataron. Lo tenían atado con cadenas y le tiraban cosas para burlarse de él. Así fue como lo encontré. Lo liberé, maté a todos esos elfos y Gris me enseñó a sobrevivir en los túneles.
Otro ser al que la ambición y la crueldad de los demás habían esclavizado. Sentí compasión por él y admiración por Airyne. Aunque, por culpa de ella, el duende hubiera aprendido a robar.
—Seguro que no todo el mundo está dispuesto a cuidar de él.
—Bueno…, él también cuida de mí, ¿verdad, Gris?
La criatura cogió por la cola uno de los pescados de la chica y lo engulló de una vez. Aplastó las espinas y la raspa entre los dientes como si nada. Sonó como si alguien estuviera machacando nueces.
—Gris cuidar Airyne —dijo con los mofletes llenos, para alejarse luego dando saltos.
Comimos en silencio mientras contemplábamos la felicidad de Gris. Al poco, la mataelfos me narró, con detalle, todos los encuentros que había tenido con ellos en los túneles. Como era de esperar, habían acabado en muerte para esos puntiagudos.