CAPÍTULO 60 #2
—Mira, Málakor, esto es Aberrak. Aquí hay padres que perdieron a sus hijos por culpa de los virotes que disparan niños como él.
Y quizá tú también pierdas a tus amigos si no regresan de donde están.
Trori me ha contado que Medora dijo que él disparó.
Además, no quiero hablar de nada tan serio en una boda.
Estamos rodeados de felicidad y dicha. Nos hemos reunido para celebrar, ¡celebremos pues! , ya hablaremos de esto más tarde.
—No, más tarde buscarás otra excusa. Así es la vida, Arbelina, a veces se habla de muerte en los momentos de dicha. —«Y viceversa», pensé—. Solo quiero llevarlo a dar un maldito paseo.
Dio un zapatazo en el suelo. La vehemencia del gesto le agitó los cabellos.
—Por Eressar, ¡qué duro eres de mollera!, ¿¡eh!? ¡Está bien! Lleva al chiquillo a dar ese maldito paseo, si quieres, pero más vale que nadie sepa que es un puntiagudo, o quizá no pueda regresar a casa contigo. Se echarán todos sobre él si no tiene la protección de Trori o de mi esposo. ¿Estamos?
Me sentí delante de una madre dándome lecciones.
—Estamos.
—Ahora, deja que disfrute de la boda. Y cambia esa cara, esto es una fiesta. Come algo, no sé. Bébete una cerveza.
Se dio media vuelta, de un modo un tanto artístico, y se fue.
La comida siempre era una buena idea. Había estado comiendo algo hacía un rato, pero una segunda cena nunca le ha hecho daño a nadie.
Supongo. El aire olía a manjares dulces y salados.
A pescado, carne y algo parecido a la patata asada.
A caramelo líquido. Iba a moverme para buscar algo de comer cuando la rubia apareció a mi lado.
Me dio un golpe en el brazo con el suyo y me ofreció otra cerveza.
—La venda en la cabeza te favorece, Málakor. Te da el porte distinguido de los heridos en guerra.
—Qué graciosa. —Cogí la cerveza y di un trago—. ¿Qué bebes? Huele a mora podrida.
—Es licor sin alcohol de morinches, una cosa de los túneles.
—Entonces no debería llamarse licor. Ni tampoco deberías beberlo. Seguro que no es sano.
Se encogió de hombros.
—Menuda bronca te ha echado la sanadora, eh. La he presenciado en primera fila.
—Tenemos visiones opuestas sobre temas importantes y no puedo darle un golpe en la cabeza para que deje de llevarme la contraria.
—¿Haces eso siempre que alguien te lleva la contraria?
—Ojalá, pero en la mayoría de los lugares es ilegal.
—Las leyes nos frenan, qué le vamos a hacer, somos ciudadanos civilizados del mundo. —Brindó al aire y bebió.
—A ti te frenan mucho, desde luego, ladrona —silabeé la última palabra.
—Bah, nimiedades. No hablemos de mí. ¿Se puede saber por qué no dejas de vigilar a Medora? Creo que sabe cuidarse sola.
—Un tipo la ha estado mirando fijamente.
—¿Y temes que la saque a bailar? —Levantó las cejas—. Es una fiesta. No son mi cosa favorita del mundo, pero están para divertirse, y en Aberrak estamos seguros.
—Nunca se está seguro en ninguna parte, mataelfos, deberías saberlo.
—¿No podemos fingir por un segundo que no es así? —Alzó su jarra para chocarla con la mía.
Brindé con ella y dimos un trago.
—¿El tipo era guapo? —preguntó después. Viendo que la miraba descolocado, añadió—: El que miraba a la maga.
—No sé. No me he parado a pensarlo. Iba elegante, eso sí. Y la armadura que llevaba debía de costar una fortuna. Además, ¿qué importa si es guapo o feo?
—Sí que importa. Si te van a romper el corazón, al menos que no parezca una cucaracha.
—No lo dices en serio. —Reí a carcajadas.
—Estoy de broma… —rio—. No valoro a la gente por su apariencia.
Además, ¿quién dice quién es feo o quién es guapo?
De pende de dónde vayas. En una de Las Islas, creen que la belleza está en las gentes sin pelo.
En otra, que cuanto más pelo haya, mejor.
Tendrías que dejarte crecer el pelo o cortártelo si fueras a buscar marido en un sitio u otro.
—No pienso buscar marido en Las Islas, así que…
Ella volvió a reír. Yo pensé en que llevaba semanas sin que mi pelo viese unas tijeras. Elevé los ojos. Tenía el flequillo demasiado largo.
La rubia tarareó la canción que los enanos bailaban. Había un grupo de ellos tocando instrumentos en la plaza. Parecidos a flautas y laúdes. Otra vez pensé en Hach, en que estaría tocando con ellos y sería inmensamente feliz.
—El otro día te cambió la cara cuando mencioné Hérenthor. ¿Tienes que ver algo con los de allí? —preguntó Airyne de golpe.
No esperaba aquel cambio de tema, pero cuando te vienen tan bien dadas, hay que aprovecharlas.
—Conozco a alguien de allí. Tengo que ir. ¿Sabes cómo?
—Pues… los túneles hacia Hérenthor están cerrados. Sé que los elfos oscuros abren de vez en cuando algún agujero, pero los de arriba lo vuelven a cerrar. No hay forma de llegar. A no ser que un dragón te lleve volando.
—Otra vez estás con las bromas —gruñí.
—No estoy de broma. Un dragón podría cruzar los océanos turbulentos que los barcos no pueden.
Me quedé callado, mirándola. Hablaba en serio. Muy en serio.
—Bien, si aparece uno debajo de mi cama, le diré que me lleve. ¿Quieres que pasemos a buscarte? Igual tienes que ir a comprar ganzúas. Quién sabe, quizá en Hérenthor estén de oferta.
Ella estaba dando un trago y se echó a reír, así que acabó tosiendo. Le di unas palmaditas en la espalda. Cuando respiró con normalidad, dije:
—Ríete, pero tú me dirás dónde encuentro un dragón.
Uno que quiera llevarme a Hérenthor y que no me haga picadillo entre sus dientes de ocho metros antes siquiera de que pronuncie una sola palabra.
O me pase a la plancha como si fuera un buen filete.
En Luara no hay dragones, pero no se cuentan historias amables sobre ellos .
—Y no están muy erradas. Los que quedan en Ítaro no son muy amistosos que digamos y los que se fueron de allí… no se mezclan con humanos. Ni con enanos. Ni con elfos. Vamos, que no se mezclan con nadie.
Aquello despertó mi curiosidad más si cabe.
—¿Y dónde viven? Esos que se fueron.
—En algún lugar de estas profundidades. O eso dicen. Nunca los he visto. Ni los he oído. Y mira que he andado por estos túneles —resopló y echó la cabeza hacia atrás un poco—. Tengo callos más grandes que una moneda de tanto andar por estos malditos túneles. Los odio.
—Solo llevo en ellos unas semanas, pero te entiendo. —Asentí repetidamente—. Aunque, si tanto los odias, ¿por qué no vuelves a Las Islas? A poner flores en la tumba marina de tu amargo amor.
—En su tumba, más que flores, echaría gorgojos de la patata. Iré, pero a otra cosa, cuando resuelva un asunto que tengo que tratar con la reina de Aberrak.
—Ponte a la cola, mataelfos. Nosotros también tenemos que hablar con la reina. Claro que, antes, necesito que mi amigo el bardo despierte. Si dialogo yo con ella, seguramente acabe en un incidente diplomático. Ya sabes que la realeza no es lo mío. Ni la arácnida ni la humana ni la enana.
Tras reír con ganas, dio un trago a su bebida. Gris pasó dando saltos por delante de nosotros.
—Gris amigo. ¡Gris bailar!
—Sí, Gris bailar muy bien —le dijo Airyne con una sonrisa.
El duende hizo una reverencia y siguió bailando entre la gente.
—¿Quieres comer algo? Están asando pescado. —La mataelfos señaló con la cabeza a un punto tras nosotros—. He visto cómo lo sacaban del río hace un rato. Tiene que estar tan fresco que aún ha de dar coletazos.
—¿Después de asarlo? Eso sería digno de ver.
Ella volvió a reír.
—Vamos a comer algo, sí —agregué—, estaba pensando en ello antes.
—Estupendo — celebró—. Prefiero comer acompañada. Ya me he acostumbrado a estar con Gris. Se me hace raro comer sola.
—A mí me vale con que haya comida.
—Eso es mucho más práctico.
Fuimos hacia la zona de la que llegaba el olor a pescado asado.
La columna de humo y las pavesas brillantes que ascendían al aire y bailoteaban en él nos sirvieron de guía.
Había bastante gente allí concentrada, esperando a que les sirvieran o comiendo ya, de pie o en algunas mesas, mientras charlaban con unos y otros.
—¿Qué son esas cosas en las que asan el pescado? —le pregunté a Airyne mientras esperábamos nuestro turno en la cola.