CAPÍTULO 60
De una boda
Al poco, la maga asomó por la puerta, con la expresión de quien se siente plena de felicidad. Iba ataviada con un vestido blanco de vaporosa falda, con tirantes finos y lazos dorados, que bien podría haber llevado la mismísima Azani.
—Vaya, Conjuritos, pareces una diosa.
—Soy una diosa. —Se pavoneó mientras bajaba las escaleras—. ¿Te gusta?
—Es muy bonito.
Le tendí la mano; cuando la cogió, le hice dar una vuelta. Mi madre hacía eso con las chicas del burdel cuando estaban alegres. La maga rompió a reír mientras daba esa vuelta y otra más.
—¿De dónde lo has sacado? —pregunté—. Parece bastante… ardaciano.
—Estaba en uno de los armarios de Háchpirey, ¿crees que será de alguna de sus pasadas conquistas?
—Hach no es de esos, créeme.
—¿Qué dices?, habrá tenido una fila de corazones rendidos a sus pies tan larga como de aquí a Luara.
—Ya, eso mismo pensé yo cuando lo conocí, pero no.
—¡Venga ya!, que es un bardo. Muy atractivo, además.
—Esos prejuicios, Medora…
—Ay, perdón. Está bien. Es que es lo que he oído siempre en Téramo.
«Nada de codearse con seductores bardos, os distraerán de vuestro estudio» —imitó la voz de algún profesor redicho—.
Ya me habría gustado a mí que un seductor bardo me distrajese alguna vez —suspiró—.
En fin, Malakorito, ¿preparado para la boda?
—No. En absoluto —dije muy serio.
—¿Por qué no? Será divertido.
—Tanto como sacarse una muela.
Le salió una carcajada desde lo más hondo de la garganta. Quizá por fastidiarme un poco más, para seguir riéndose a mi costa, dijo:
—¿Sabes que dicen que de una boda sale siempre otra?
—Por eso procuro no ir a ninguna.
Me soltó la mano mientras me sacaba la lengua.
—Te haces el duro, pero te casarías mañana con la exploradora si ella te lo pidiese. O si tú encontrases el valor de pedírselo a ella.
—El bardo y tú leéis demasiadas novelas como las que le gustan a Griselda. Eso de casarse no lo veo yo, y menos con Flechas. Ya sabes lo que opino. No me hagas dar vueltas al mismo tema.
Suspiró, se enganchó de mi brazo y echamos a andar.
La noche en Aberrak… Bueno, todos decían que era de noche y aflojaban la intensidad de los faroles para que lo pareciese.
El caso es que la ciudad respiraba de un modo diferente.
Las casas estaban llenas de gente preparando la cena; las calles, de otros que iban a sus casas o a alguna taberna.
Había muchas tabernas, una casi por cada esquina, según pude ver mientras caminábamos.
Cuando el bardo se pusiera bien, pensé, las visitaríamos todas.
—Veo que tú también te has puesto guapo. Más todavía.
—Son las ropas que me ha dado Bruman. —Una blusa blanca, un chaleco negro y unos pantalones oscuros con listones dorados en los laterales—.
No está mal. Aunque las mangas son demasiado estrechas para mi gusto.
Y no digamos ya de los bordados en la pechera.
Excesivamente ardacianos. Dice que son la moda en Lerok.
—Lerok —dijo soñadora—. Tiene que ser un lugar bonito si todo el mundo viste así.
—Supongo que así solo vestirán los lechuguinos. Los demás irán con ropas más baratas, llenas de mugre, como en casi todas las ciudades.
Medora asintió y posó la vista aquí y allá.
—¿Has visto eso? —Señaló al techo de la cueva.
Estaba lleno de luces que imitaban a las estrellas.
—Nunca pensé que vería las estrellas en una cueva —dijo la maga—. De hecho, nunca pensé que llegaríamos hasta aquí. Tengo ganas de ver a la reina, de continuar el viaje. Quiero ver Rádamo con mis propios ojos.
—Ya sabes que son solo ruinas.
—Ruinas que albergaron la más grande de las ciudades de la magia, por lo que sé. Quizá aún quede algo digno de ver.
Me encogí de hombros. Lo que yo buscaba estaba más allá del pantano. Y no pararía hasta encontrarlo.
Llegamos hasta una gran plaza, a rebosar de enanos.
Si no había trescientos no había ninguno.
Bebían, brindaban, reían, cantaban y bailaban.
Al bardo le habría gustado aquel ambiente.
En el centro había un arco decorado con musgo y unas campanillas blancas de metal.
Sonaron, poco a poco, y la gente calló. Como éramos más altos que todos los demás veíamos de sobra que los novios, el joven Quiri y una enana con el cabello de rizos negros, estaban bajo él.
Bruman, que se hallaba junto a ellos, dijo algo en voz muy alta, algo ceremonioso.
Como un sacerdote de un templo que estuviera hablando con los fieles.
No entendí nada, pero imaginé que diría cosas sobre los novios.
La gente reía, rompía en vítores a cada tanto.
La maga puso una jarra de cerveza en la mano, bastante grande, que no supe de dónde sacó, y eso me amenizó más el rato.
—Sí, sí, el amor más profundo y una unión para siempre. Eso dicen todos… —masculló una voz familiar.
Giré la cabeza. Airyne estaba al lado de Medora. La maga la saludó con un efusivo abrazo. La rubia puso cara de acelga. Al parecer, le gustaban los abrazos tanto como a mí. Gris andaba por allí, dando saltos entre la gente, haciéndose amigo de todos.
—¿Qué pasa, comedora de ojos? ¿No te gustan las bodas?
Me fulminó con la mirada, y me eché a reír antes de dar un largo trago.
—No voy a preguntar por qué la has llamado así, porque me dais miedo. Pero diré que a Málakor tampoco le gustan —dijo Medora—. Y no entiendo por qué no, son preciosas.
—Son una farsa. Como todo lo que tiene que ver con el amor —soltó la mataelfos.
—Ay, Airyne, ¿por qué dices eso ?
—Pregúntale a su novio —dije—. Ah, no, que no puedes. Está flotando en el mar con los peces.
—¿Flotando en el mar? —La maga nos miró a uno y a otro, ceñuda—. Necesito una explicación. Tienes que contármelo todo, Airyne.
Ella dudó, pero acabó soltando el asunto que tanto le dolía. Igual podría hacer con ella como con Xelirian, quemar cosas. Aunque conociéndola, a pesar de que fuera un poco, igual me quemaba también, por extensión.
Mientras ellas cuchicheaban, como si se conocieran de toda la vida, me entretuve en mirar aquí y allá.
Bruman seguía con su discurso, la gente aplaudía.
Levantaban sus jarras en honor a los novios y bebían.
Vi entonces, al otro lado de la plaza, apoyado en la columna de un soportal, a un hombre alto, de pelo largo y castaño, vestido con armadura de buena forja y ropajes elegantes en tonos blancos y grises.
Tenía la mirada fija en Medora. Demasiado fija.
Si seguía mirándola así, iba a tener que hacer de Airyne y comerme sus ojos.
Miré a la maga, ella andaba tan distraída que no se había dado cuenta, y, para cuando regresé la vista hacia él, ya no estaba.
Aquel asunto me tuvo mosqueado, pendiente de si el tipo aparecía.
Vigilando la espalda de la maga cuando se alejaba de mí para bailar con los enanos, una vez terminó la empalagosa ceremonia y empezó la fiesta.
Había concluido con el novio paseando a la novia en brazos por toda la plaza, mientras los demás los besaban en la frente.
También la vigilé cuando fue a buscar más bebidas.
Cuando fuimos a comer. Cuando se puso a charlar con los novios y con Bruman.
Hasta la seguí a las letrinas cuando fue con Airyne. Esperé fuera, pero esperé impaciente.
Tras regresar a la plaza, Medora se perdió entre la gente para bailar una animada canción con Trori, una sanadora, que sabía se llamaba Virna, y Gris. Al duende nadie lo miró con recelo, era uno más. Ya lo conocían.
Arbelina pasó por delante de mí, riendo junto a unas amigas.
—¿Lo estás pasando bien en tu primera boda enana, Málakor? —me preguntó.
—Todo lo bien que podría pasarlo en una boda, siendo que no me gustan y que no he entendido ni una palabra .
—El lenguaje del amor es universal. Hazte un favor y relájate un poco, ¡diviértete! —Me dio un toquecito en el muslo—. Los problemas esperarán fuera.
Las enanas que la acompañaban me miraron de arriba abajo y cuchichearon algo entre ellas para luego echarse a reír.
—¿Qué miráis?
Volvieron a reír, le dijeron algo a Arbelina y siguieron andando.
—Es la primera vez que algunas ven a un humano de Luara. No te pongas a la defensiva.
—La primera vez que yo vi a un enano no me puse a cuchichear y a reír. —Tampoco estaba para eso, la verdad.
—Bueno, son jóvenes, estarán impresionadas por la largura de tus… piernas. —Rio bobamente. Hasta el menos lumbreras de Paltia le habría sacado la doblez a aquello—. Baila con alguna.
—Antes preferiría meter la cabeza en agua hirviendo que ponerme a bailar, no te ofendas, no es porque sean enanas.
Rio con ganas antes de decir:
—Pues bailar revitaliza el espíritu, y los bailes enanos son bien entretenidos. El cuatro pasos, La cola del lagarto, El pico de la montaña, ¡cualquiera sirve para pasar un buen rato!, anímate.
—Sí, ya veremos —zanjé—. Oye, Arbelina, he pensado que Xelirian no puede estar siempre encerrado. Es un niño, necesita que le dé el aire.
—No es seguro para él andar por la ciudad siendo lo que es.
—Lo que es. ¿Te das cuenta de lo mal que suena eso?
—Suena como tiene que sonar. Es un puntiagudo. Y en Aberrak los odiamos. Por más que tú solo veas a un niño del que compadecerte.
—¿Y tú? ¿Acaso no te compadeces de él?
Chasqueó la lengua y puso los brazos en jarras.
—Estoy haciendo lo que puedo por él —dijo muy seria—.
Más de lo que debo, de hecho, porque vino con vosotros y sois enviados del rey de Ardacia.
Lo cuido, como ya te habrás dado cuenta.
Mis chicas y yo le damos lo mejor que tenemos, pero tampoco puedo fingir que pondría su vida por delante de la mía .
—No te estoy pidiendo que pongas su vida por delante de la de nadie, solo que la pongas en un lugar libre de prejuicios.
Rumió algo y luego me señaló con su dedo índice.