Málakor 3 CAPÍTULO 59
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CAPÍTULO 59

De cicatrices en el alma

A quella tarde, después del largo baño y de zamparme cuanto pude, Conjuritos me obligó a ir con ella a la boda de Quiri.

Opuse resistencia, desde luego, yo solo quería ver a Leyla y Háchpirey.

Sin embargo, había dos factores para tener en cuenta.

Uno, Arbelina había dado órdenes de que nadie entrase en la estancia, porque cualquier perturbación podría romper los efectos de la bella mujer.

Dos, Medora no me dejaría en paz si no la acompañaba. Sin que sirva de precedente, cedí.

Mientras ella se vestía para la ocasión, busqué a Xelirian y a Panceta por la casa.

Era muy espaciosa, con tres plantas sobre suelo y una bajo rasante.

Nuestra habitación estaba en la primera, en un largo pasillo donde había unas cuantas más.

Arriba estaban las habitaciones tamaño enano, desde las que, a veces, se escuchaban los pasos de las sanadoras o los enfermos.

Las toses y los quejidos. Ese pasillo comunicaba con escaleras que conducían a las plantas superiores, así como a un sótano, y también al gran salón y otras estancias comunes: el patio, otra zona de aseo, las cocinas…

No obstante, no tuve que dar muchas vueltas para encontrarlos.

Estaban en el salón, frente al fuego de la chimenea.

Más allá de ellos, el lugar se hallaba vacío.

El chiquillo se había acomodado en el suelo; Panceta, a su lado, dormía hecho un ovillo.

Era bonito verlos juntos, tranquilos, como si fueran inofensivos, cuando, en realidad, el uno era letal y el otro letalmente ruidoso.

—Mi madre decía que si mirabas el fuego fijamente te hacías pis encima —le dije, acercándome a él con cautela.

Movió los labios como si fuera a reírse, pero no lo hizo.

—¿Puedo sentarme contigo? —pregunté.

Puso la vista en el lugar vacío a su lado y asintió sin mucho interés.

—¿Y la enana que han dejado vigilándote cuando ninguno de nosotros está? —le pregunté mientras tomaba asiento junto a él—. Me sorprende que te hayan dejado solo. ¿No vas a salir huyendo?

—Ha ido a la letrina. Y no, no tengo interés en dejar Aberrak. Me quedaré aquí y esperaré a que me cuelguen, así me hacen un favor.

Sus palabras, una vez más, me abrumaron. Hube de tomar aire para soportar el peso que habían instalado en mi corazón.

—No dejaré que te cuelguen.

—Tú no eres nadie para decidir sobre eso.

—Ya lo veremos.

Se encogió de hombros, como de costumbre. Su mirada estaba fija en las llamas. Las observé también.

—¿Te gusta el fuego? —quise saber.

—Me gusta cuando arden en él las cosas que me molestan.

—Me pasa lo mismo. Estaría bien poder echar todos los problemas al fuego, ¿verdad? Uno detrás de otro.

Me miró de soslayo y volvió a asentir.

Escuché una puerta abrirse. Era la sanadora que cuidaba de él. Le pedí un momento a solas, con un gesto, y ella asintió.

—¿Sabes una cosa? —le dije al chico cuando ella cerró la puerta.

—Me la vas a contar aunque no me interese escucharla.

Esa frase podría haberla dicho yo, lo que me hizo reír.

—¿De qué te ríes? —Giró la cabeza para mirarme. Sus ojos estaban tan tristes que se me cortó la risa de golpe.

—Solo pensaba en que yo digo eso mismo a veces. Al bardo, sobre todo, y él siempre me cuenta las cosas aunque no quiera oírlas. Y ¿sabes qué? Al final siempre resulta que me sirven para algo.

Volvió a mirar al fuego y levantó los hombros.

—Dudo que me sirva nada de lo que vayas a decirme.

—Está bien, haré como el bardo, te lo diré y tú decides qué quieres hacer con eso. Como cuando nos hacen un regalo que no nos gusta .

—No sé lo que es un regalo —musitó.

Qué pena sentí. Me dolió hasta el pecho.

Después de unos segundos, movió la cabeza en señal afirmativa apenas un poco. Me bastó.

—Hubo un día en el que yo quería que mi pasado ardiese.

Que las cosas que habían formado parte de mí mismo, durante toda mi vida consciente, se quemasen en las llamas más altas y virulentas que nadie hubiera visto jamás.

Pero uno no puede quemar el pasado, porque del pasado, aunque duela, se aprende.

Sin embargo, aun sabiendo eso, hice algo que pensé que me ayudaría.

Arrojé al fuego casi todas las pertenencias que poseía y que estaban vinculadas a ese pasado.

Xelirian no movió un solo músculo. Era como una estatua.

Los ojos fijos en el fuego; la expresión inerte.

Pensé que no diría o haría nada. Que lo que le había dicho le daba absolutamente igual, o quizá sí le importaba, pero no sabía expresar cuánto o por qué.

Sin embargo, volvió a mirarme. La tristeza de su mirada se había vuelto curiosidad.

—¿Y te sirvió?

—Sí. Fue uno de los primeros pasos para salvarme a mí mismo de la oscuridad en la que viví. Conforme las llamas las reducían a la nada, sentí que mi alma se iba liberando del peso con el que había cargado largo tiempo. ¿Quieres que quememos algo juntos? Algo de tu pasado.

El niño regresó la mirada a las llamas. Apretó los labios. Cogió aire despacio.

—Quisiera quemar a mi padre y a mi madre. Quisiera quemar a todos los que son como ellos.

Escuchar eso en una vocecilla así fue impactante, aunque él fuese quien era y hubiera sufrido lo que sufrió.

—No tengo aquí a ninguno de los dos para que los eches al fuego. Además, Arbelina nos regañaría por la peste que se iba a formar.

Rio. Solo un poco. Pero fue bonito oírlo reír.

Luego se puso en pie. Al moverse, Panceta se estiró.

Abrió un ojo, nos miró y volvió a cerrarlo, soltando un resoplido de satisfacción que se hizo mayor cuando Xelirian le revolvió cariñosamente el pelo entre las orejas. Un gesto que me arrancó una sonrisa .

—Me gusta Panceta. Es gracioso —dijo.

—¿Hay perros en tu ciudad?

—Colgados de sogas y despellejados.

«Como en Ledaria». Tragué saliva dificultosamente, afectado, una vez más, por tan cruel realidad venida de boca de un niño.

Xelirian fue hacia una cajonera. Sacó de ella las que fueron sus ropas, viejas y oscuras.

—Arbelina las limpió —indicó.

—También las mías.

Se encogió de hombros. Una vez más. Ese chiquillo llevaba interiorizado ese gesto.

—Las ha guardado para cuando vaya a ver a la reina. Dice que tengo que presentarme ante ella tal y como llegué aquí. Pero… —Miró de nuevo al fuego—. Pero quiero quemarlas. Aunque no quiero que la enana se enfade conmigo. Cuando la gente se enfada conmigo, siempre me golpea.

De nuevo, fue como escucharme hablar siendo niño.

—Arbelina no te hará daño. Nadie te tocará mientras estés conmigo.

Me miró extrañado, sosteniendo el montón de ropa sobre las palmas de las manos. Luego dejó de mirarme y se acercó a la chimenea. Fui junto a él y me puse de cuclillas a su lado.

—Tíralas una a una. Mientras arden, piensa que son todas esas cosas que te duelen las que lo hacen.

Xelirian asintió.

—Padre. —Cogió los pantalones y los arrojó a las llamas.

Las aplastaron y la luz menguó; sin embargo, pronto el fuego recuperó su lugar y devoró la ropa. El aire se impregnó de olor a jabón y tela quemada.

—Madre. —Tiró la camisa.

Ardió.

—Hermanos. —Arrojó un fajín.

Ardió.

—Narqania. —Lanzó un pañuelo.

Ardió.

—El dolor. Las lágrimas. La soledad. La vida. —Dejó caer la última prenda, su capa.

También ardió.

Se me hizo un nudo en la garganta. Eran demasiadas cosas que quemar para alguien tan pequeño. Solo tenía siete malditos años, aunque se expresase como quien había vivido miles. Siete. Solo siete. Y habían estado llenos de miserias.

Una lágrima le recorrió la mejilla. Otra, la mía.

Me la sequé al momento. Quería que pensase que estaba al lado de la persona más fuerte del mundo, de alguien capaz de quemar todas esas cosas por él si fuera preciso, para que se sintiese seguro.

Porque yo había sido él largos años atrás; una parte de mí aún lo era.

— Lo has hecho muy bien, Xelirian —le dije con voz firme.

—Nadie me ha dicho nunca que he hecho algo bien.

—Seguro que te lo diré más veces.

Puse la mano en su hombro, él la miró atento.

—¿Por qué te falta un dedo? —preguntó.

«Tu padre me lo cortó». No, no podía decirle eso. O sí. Ese niño estaba preparado para escucharlo.

—Tu padre me lo cortó.

Se levantó la manga de la camisa y me enseñó su delgado brazo. Estaba repleto de cicatrices, de heridas enrojecidas, aún sin sanar del todo.

—A él le gusta cortar cosas. Le gusta causar dolor a los demás. Dolor en todas sus facetas. Él es eso: dolor.

De no haber estado delante del niño, habría arrasado Aberrak entero de la rabia que sentía. Tuve que canalizarlo para no estallar. Xelirian no necesitaba otro energúmeno más en su vida.

—Ya no te hará más daño. Te lo prometo.

«Si no la cumplo, esta promesa será de las más amargas de mi vida», pensé. No obstante, toda mi voluntad estaba en cumplirla. Aunque fuera el hijo de mi peor enemigo. Aunque fuera lo último que hiciese en la vida.

El chiquillo, aquella vez, no me llevó la contraria. Solo asintió.

—Vete a dormir, ¿vale? —le dije con cariño—. Mañana iremos a que te dé el aire. No puedes estar aquí encerrado siempre. Eres un niño .

—Arbelina y Bruman dicen que no puedo salir de la casa.

—Lo sé, pero hablaré con ellos.

El crío asintió y se tumbó junto a Panceta.

—Cuando hablaba de dormir, me refería a una cama.

—Estoy acostumbrado a dormir en el suelo.

—Pues ya no vas a dormir más en el suelo, vamos.

—Es que quiero dormir con Panceta, está calentito.

—Nos lo llevamos, así dormiréis los dos en un lecho bien mullido, como tiene que ser.

Cogí al perro en brazos, con cuidado de no despertarlo, y fui hacia nuestra habitación. Una vez allí, me aseguré de que ambos quedaban arropados en la cama. Panceta soltó otro gruñido de satisfacción.

—Es feliz —dije.

—¿Qué es... eso?

—¿Ser feliz?

El chico asintió.

—Pues... —Me rasqué el cogote—. Es que ser feliz es... muy personal, cada uno lo es con algo diferente.

—Diferente —repitió, y frunció el ceño.

Qué bien me habrían venido el bardo y su RDALA en esos momentos para darle una definición de felicidad y salir del paso, pensé.

Aunque, al momento, me di cuenta de que lo que él necesitaba no era una definición académica para entender algo que jamás había experimentado, sino algún ejemplo que lo ligase a un momento vivido por él que se pareciera en algo a lo que yo quería expresar.

—A ver, ¿sabes esa cosa que te prepara Arbelina? Eso marrón que te gusta comer.

Cabeceó afirmativamente; con las manitas sujetando el filo de las sábanas. Era fácil olvidar, al verlo así, que con ellas podría matar a una persona. Habría matado, de hecho, a más de una.

—¿Te sientes bien cuando te lo comes?

Los ojos se le iluminaron mientras se relamía.

—Sí, es uno de mis momentos favoritos del día .

—Pues eso es porque te hace feliz. Te gusta y te hace sentir bien.

Me pareció ver una leve sonrisa en sus labios.

—Panceta es feliz cuando duerme.

—Lo es.

Xelirian lo observó muy atento. Pensé que se echaría a dormir y no diría nada más; sin embargo, murmuró:

—Pero él parece muy muy feliz. ¿Y si yo no soy tan feliz nunca?

Me pareció que se lo estuviera preguntando a sí mismo, más que a mí. A pesar de todo, contesté:

—Lo serás.

—¿Tú lo eres? —Puso la mirada en mí, curiosa. Vi en ella el anhelo de un «sí» como respuesta.

—Sí, viéndoos aquí a los dos, tranquilos y a salvo, soy feliz.

—Entonces… ¿la gente suele ser feliz?

—Todos lo somos en algún momento, o lo seremos algún día, o, mejor dicho, en algún instante, Xelirian, porque la felicidad, generalmente, se mide en instantes. En arrebujarse en unas sábanas limpias y cálidas, solo o en compañía de alguien a quien se quiere, por ejemplo.

El niño miró al can y su sonrisa se estiró un poco.

—Creo entonces que soy feliz en este instante. Ojalá dure para siempre.

Asentí, firmemente. No iba a entrar en asuntos de semántica, como si fuera el bardo, para explicarle que la palabra «instante» implicaba una porción breve de tiempo, porque eso no era en absoluto relevante.

Que los instantes no duraban para siempre, más que en nuestra memoria, quizá.

Lo único que importó fue que noté cierto brillo de esperanza en sus pupilas, y eso valió un mundo.

—Ojalá.

Abrazó a Panceta y cerró los ojos. No, más bien apretó los párpados, como cuando uno pide un deseo fuertemente.

Quizá el de hacer eternos los instantes como aquel.

Yo tenía el corazón tan roto por lo que había visto y oído de él, por esas heridas y cicatrices que en tanto se parecían a las mías, las de la piel y las del alma, que, en cuanto salí a la calle, al pie de las escaleras, tuve que tragarme las emociones para no romper a llorar.

No obstante, solté un resoplido de magnitudes descomunales.

Un enano que pasaba por allí me miró con gesto curioso y le dediqué una mirada asesina.

Giró la cabeza hacia delante y siguió andando, a mayor prisa, rumiando algo en su lengua.

Probablemente un: «Estos patas largas están locos».

Y cuánta razón tenía. ¿Quién de nosotros está en su sano juicio por completo?

Me contó Hach un día, en una de esas cartas que tanto acostumbro últimamente a rememorar, que ese autor que tanto le gusta, Edalpoe, escribió una vez: «Me volví loco, con largos intervalos de horrible cordura».

No sé cuándo ni por qué expresó aquello, pero al recordarlo pensé en Xelirian, en Azskar.

El segundo, en su honda locura, había querido arrastrar al primero a ella también, aunque fuera su propio hijo.

Pero yo no lo dejaría hacer de él un instrumento de su maldad, igual que Derian quiso hacer conmigo; igual que hizo con él.

Aunque tuviera que enfrentarme a Azskar a sangre y muerte para salvarlo.

Algo en mi corazón me decía que debía hacerlo, que era, como tantas otras cosas, parte de mi destino.

Y aunque a menudo me fastidiaban las imposiciones de mi sino, no pensaba renegar de esta ni ofrecer resistencia alguna, aunque ni siquiera entendiese aún por qué era tan importante para mí, más allá de lo evidente.