CAPÍTULO 58
De quitarse la mugre y de exploradores perdidos
C uando al fin pude salir de esa cama, Bruman nos llevó a Medora y a mí a otra habitación.
Tras abrir la puerta, nos explicó que tenían huéspedes en ella, pero que ya había quedado libre.
La estancia era muy amplia y los muebles del tamaño al que estábamos acostumbrados.
Tenía seis camas, una mesa en el centro con seis sillas y un aparador con útiles de aseo.
Vi una puerta al fondo, entreabierta, junto a una chimenea en la que ardían macarrones.
Por la rendija se adivinaba un cuarto de aseo.
Salía vapor, así que debía de haber algo con agua caliente.
Por todos los dioses que necesitaba meter el cuerpo por completo en una bañera y ahogarme en ella un rato.
—Es la mejor para patas largas —dijo Bruman, orgulloso.
No me pareció desacertado.
—¡Un baño! —Medora corrió adentro.
Cuando cerró la puerta tras de sí, soltó un grito de asombro.
—¿Qué hay, Conjuritos? ¿Un dragón?
—No. —Rio—. Una bañera estilo ardaciano. ¡Con grifo!
La oí canturrear alegre, lo que me hizo feliz.
Por mi parte, me sentí en un sueño al estar allí, después de todo, habiendo conseguido la bella mujer, lejos ya de esa cama solitaria.
Xelirian había dicho, días atrás, que aún quedaban túneles por delante, intestinos de la tierra, pero al menos podríamos descansar de ellos unos días.
En cuanto Hach despertase, hablaría con la reina de Aberrak del problema que nos atañía y continuaríamos nuestro camino.
Si detestaba a los orejas tanto como Bruman, Trori o Arbelina, teníamos la mitad del trabajo hecho.
—Encima de esa mesa hay ropa limpia, comida y bebida —señaló el enano—. Espero que sea todo de vuestra talla. Siempre tenemos alguna para los viajeros .
Me acerqué a la mesa. Entre otro montón de prendas estaban las que había llevado los días anteriores. Limpias y planchadas. Rebusqué en los bolsillos: no había rastro de la piedra de Leyla.
—¿No habéis encontrado una piedra en los bolsillos? Pequeña, con algo pintado en el canto.
—No —contestó Bruman—. No me han dicho nada. Quizá la perdiste en el agua.
Me entristeció. Había sido un detalle bonito. Un recuerdo entre ambos. Me dejé caer al filo de la cama, un poco derrotado por aquello.
—No sé por qué estás tan triste, pero toma un poco de cerveza, te animará.
Me sirvió un vaso de una de las jarras y me lo tendió.
—Es de cebada. La traemos de Lerok, aunque la fabricamos aquí —explicó con cierto aire de vanidad—.
Es un bien escasísimo. Nos encanta tomarla.
¡Nada nos gustaría más que producirla en grandes cantidades!
, pero los precios están por los techos de la cueva y esos lerokienses nos aprietan las tuercas.
Espero que tengas suficiente con esta comida.
Aunque los estómagos humanos son más grandes que los nuestros —se tocó la incipiente barriga, rodeada por un ancho cinturón de pequeños escudos de bronce—, comemos mucho también.
Además de la cerveza, hay licor de musgo, pan de champiñón negro, guiso caliente de ortigas blancas, delicias de liquen ahumado y pastel de chiro.
Ya lo probaste. ¡Ah! Y naranjas. Las naranjas vienen de Las Islas.
Mi mujer insiste mucho en que las tome para evitar el escorbuto. Los dioses sabrán lo que es.
Los dioses y Hach, con toda seguridad.
Bebí con ganas. Ciertamente, estaba buenísima. Además, tenía tanta hambre que me habría comido doce ensaladas knegaritas sin rechistar, así que no iba a pararme a pensar en qué eran todos esos ingredientes. Mientras comía a dos carrillos, le pregunté:
—¿Qué son los chiros del pastel? Saben a cerdo.
—Eso dicen todos los patas largas. Son como cerdos, pero de los túneles. Saben igual y huelen igual. Cómetelo todo. —Me palmeó el hombro—. Estás demasiado escuchimizado para lo grande que eres. Y descansa. Duerme cuanto quieras. Tus amigos estarán bien. Y el niño también, antes de que preguntes .
—Gracias, Bruman.
— Kveleri , muchacho. —Supuse que eso significaba «de nada»—. Aunque…
—¿Qué? —Levanté una ceja; me pareció que rumiaba algo complicado.
—Que no entiendo por qué te importa tanto ese puntiagudo.
—Ya os lo dije en los túneles. Una vez fui como él. Un chiquillo atrapado en el veneno de una serpiente.
Me evaluó con la mirada, acariciándose la espesa barba con el índice y el pulgar. Luego se rascó la cabeza antes de decir:
—Es el hijo de Azskar, patas largas. No es que haya estado atrapado en el veneno de la serpiente, es que nació de él. No creo que pueda hacerse mucho para enmendar su oscuridad.
—Yo creo que sí.
Levantó las palmas de las manos y se encogió de hombros.
—La reina decidirá. Pero tendrás que convencerla de que no lo mate.
Aquí acabamos con los puntiagudos que nos encontramos, sean niños o no.
Los chiquillos de los oscuros serán adultos algún día.
Fieros y entrenados para matar. Es nuestra vida, la de Arbelina y nuestros hijos, o la suya. Y elegimos la nuestra.
—Lo comprendo. —Asentí con firmeza, limpiándome los labios grasientos con la manga—. Sin embargo, he visto la oscuridad de cerca. Xelirian no la lleva dentro. Lo rodea, sí, pero no está en su interior. La odia tanto y está tan atrapado en ella, que la muerte le ha parecido la única salida.
—La muerte… —musitó—. Nunca me he preguntado dónde van las almas de los elfos oscuros cuando mueren. Tal vez Orbeo les abra las puertas de sus reinos y los envíe a los Pozos de la Desesperación para sufrir el dolor que causaron sus crímenes, una y otra vez.
Sentí un escalofrío. No querría verme en un sitio así.
Supuse que Orbeo sería el nombre que ellos le daban a Damien, a Tíaro o a una cosa que fuera ambos a la vez.
Quizá podría preguntarle a Azani más tarde.
Ella querría estar al lado de Háchpirey cuando él despertase.
Tenía que saber que la necesitaba. Aunque tal vez lo sabía ya y estaba con él, en algún lugar entre este mundo y la muerte.
—Muchacho, te has quedado mirando la pared como si vieras en ella al fantasma de tu abuelo.
Al pensar en Damien, arrugué la nariz. Engullí otro trozo de pastel y solté un suspiro cansado.
—¿Recuerdas que me dijiste que habías visto antes mis dagas? A un explorador de Knegara que no era Azskar.
—No, a otro que repetía una y otra vez que lo mataría con sus propias manos. A veces lo llamaba por otro nombre. Estaba fuera de sí. Llevaba semanas vagando perdido por los túneles. Famélico y casi sin cordura.
—¿Y por qué quería matarlo?
—Lo empujó a un agujero en el bosque. Dice que se salvó de una caída letal de largos metros porque el arco se quedó encastrado en las paredes y fue frenándolo.
La voz de Hach, en el bosque de Knegara, llegó a mis recuerdos: «Cuando lo buscaron, solo encontraron su arco encastrado en la boca de un agujero que parecía extremadamente profundo».
—¿Te contó por qué lo empujó Azskar?
—Solo dijo: «Averigüé que era un traidor. A Knegara y a mí».
—¿A él?
—Codiciaba a su… venavemi .
El ceño se me frunció, un gesto automático y breve, fruto de mi extrañeza.
—¿Cómo se llamaba?
—Bérenon. Ella, no lo sé. No puedo ni imaginar el dolor que sintió cuando él desapareció. Solo espero que ese traidor no se quedase con ella.
Me rasqué el cogote, cosiendo los hilos de aquella historia para formar un tapiz que tuviera sentido.
¿La exploradora conocería a ese tal Bérenon?
Esa mujer que codició Azskar… ¿era Leyla?
¿U otra antes que ella? Recordé que el bardo me había dicho que en Knegara practicaban la poligamia, cuando le hablé de que Lúdric tenía encuentros con otras mujeres.
Pero ¿debía de ser consentida para ser legal?
No tenía ni idea. Ni podía estar seguro de nada. No hasta que no hablase con Leyla.
—¿Sigue en la ciudad? —le pregunté a Bruman .
—No, hace tiempo que se fue. Quería llegar a Ítaro.
Encontrar recursos y una partida de exploradores para buscar a ese traidor, recorrer los túneles y tratar de regresar a casa.
—Aspiró profundamente—. La vida está llena de historias complicadas, ¿verdad?
—Me palmeó la espalda con energía—. Tengo que irme ya.
Puedes salir a dar un paseo si quieres. La reina permite que andéis por la ciudad.
Al menos tú y tu amiga Medora. El puntiagudo, mejor que no. Causaría demasiado revuelo.
—Es un niño, no puede estar encerrado eternamente.
—Háblalo con mi mujer.
Asentí y le di las gracias. Después de hacerme un gesto con la mano, se fue. Apenas había cerrado la puerta tras de sí, escuché a Medora decir:
—Málakor, entra si quieres. La bañera es enorme y está separada por una madera, podemos bañarnos a la vez.
—Si no te importa que use la letrina…
Se quedó callada unos segundos.
—Mientras no huela… —dijo—. Está separada. En un compartimento.
Cuando entré en el baño, la maga estaba metida hasta el cuello en una gran bañera con mucha espuma.
Olía muy bien y las ganas de meterme en el agua me apremiaron a solucionar el otro asunto.
Hice mis cosas mientras la maga parloteaba sobre todo lo vivido, lo que me recordó a los días en Paltia donde las letrinas eran comunes y la gente conversaba mientras liberaba la carga de sus intestinos.
Cagar tranquilamente en una letrina tan espaciosa, fue casi una experiencia divina.
No había mucho que soltar tampoco, pero me quedé a gusto.
Cuando terminé, encontré un montón de musgo para limpiarme. El culo iba a olerme a Knegara.
—Qué peste, Málakor. —Medora escondió la cabeza hasta la nariz bajo el agua.
—A ti el culo te huele a flores del campo, Conjuritos, seguro.
Se rio y varias burbujas subieron a la superficie. Luego, se dio la vuelta para que me desnudase tranquilo. Cuando me metí en el agua, la suciedad hizo un cerco a mi alrededor. Por muchos paños con los que me hubieran aseado, aún quedaba mugre .
—El agua se ha puesto del color de las raíces de una mandrágora —dijo la maga—. Como cuando me bañé el otro día. La vaciaré y la volveré a llenar cuando se te quite del todo. Aquí hay unas palancas.
Supuse que las raíces esas serían de un marrón sucio.
Seguro que no tan sucio como el que estaba soltando yo.
Eché mano de una pastilla de jabón que reposaba junto a la bañera y me enjaboné en silencio.
Medora, entretanto, habló de nuevo de los días pasados en los túneles, de los descubrimientos, las emociones y el miedo.
Se quedó callada durante unos segundos, hasta que dijo:
—¿Crees que Leyla y Hach despertarán pronto?
—Medora, si no despiertan, iré a buscarlos a dondequiera que hayan ido y los traigo de vuelta.
—Ningún ser vivo puede entrar en el Averno. Son las normas de los dioses.
—Ni que me hubieran importado las normas, menos aún las de los dioses. También dicen que nadie puede ir al Olvido y pienso hacerlo. Sacaré a mi madre de allí.
—¿A ti no te abruman tantas responsabilidades? Siento unas ganas enormes de aprender, de viajar, de descubrir nuevas formas de magia… Pero son cosas que elijo yo, no me vienen impuestas por ser quien soy.
—¿Estás segura? Lo tuyo con la magia viene de nacimiento. Tu padre era un mago. De Meironn, si mal no recuerdo.
Ella se miró las manos, al hacerlo, vi que no se había desprendido de sus característicos mitones.
—¿Por qué no te quitas eso para bañarte?
—Porque… —Paseó nerviosa la mirada—. Porque están sucios, así se lavan. Dime una cosa —agregó a toda prisa—, ¿le preguntaste a la pelirroja si eso estaba en Hérenthor?
No sabía qué se traía entre manos, nunca mejor dicho, pero pensé que ya me lo contaría.
—No, aunque te prometo que lo haré. Y, si averiguamos dónde está, iré contigo, por si queda alguien de tu familia, para que puedas conocerlos.
—Sería bonito —dijo con voz soñadora.
—Lo sería. Aunque a los dioses, a menudo, eso les importa un pimiento y siempre lo fastidian todo. Así que no te hagas muchas ilusiones.
—Joder, Málakor —refunfuñó—, a eso se le llama dar una de cal y otra de arena.
—No digas palabrotas, maga, eso es cosa mía.
Me salpicó agua con todas sus ganas, mientras seguía refunfuñando. En tanto que recibía su inefectivo ataque, crucé los dedos para que algún día Medora pudiera saber más del lugar de dónde venía su padre.