CAPÍTULO 57
De estar en la cama
N ada más llegar a Aberrak, en una rudimentaria camilla transportada por manos enanas, Arbelina, tras aplicarme más curas y darme a beber cosas que sabían a rayos, me obligó a quedarme en cama.
Me inmovilizó la cabeza, pues dijo que había riesgo de que el cerebro se me saliese por los orificios de la nariz a causa del golpe.
—No es que sea yo experto en cosas de sanadores, ni quiero faltarle el respeto a tu ilustre profesión, Arbelina, pero eso me parece poco probable.
—Bueno, tú verás el cariño que le tienes a tu cerebro, patas largas. —Me las palmeó—. Venga, a descansar.
—¿Mis amigos se pondrán bien?
—Eressar lo dirá. Reza por ellos. ¡Y nada de movimientos bruscos!
Asentí, y, cuando me dejó a solas, recé.
No tenía la menor idea por aquel entonces de oración alguna, de esas ya hechas que se lanzan a los dioses, así que me inventé una.
Básicamente, amenacé a Eressar con que, si la sanadora no podía curar a mis amigos, le daría con su gran martillo en la cabeza.
A él, claro. Un clérigo diría que eso no es una oración, y podría estar de acuerdo, pero cada uno reza como quiere.
Lo importante es rezar. Así que recé y recé, hasta que apareció Panceta.
Eso de no moverme, le dio igual. Se subió a la cama y dio saltos, moviéndome hasta lo inmovible.
Entre ladridos de felicidad, me habló de sus incursiones por Aberrak.
—Los gatos son feos, pero muy rápidos. No tienen pelo en el cuerpo, ¿te lo puedes creer?
—Así se te hace más fácil comértelos.
Puso la misma cara que yo al ver un plato de ensalada knegarita .
—Yo no como gatos.
—He vivido en Ledaria, no sé si puedo decir lo mismo.
—Qué asco. ¡Voy a ver si me dan algo rico de comer!
—Sí, anda, que alguien coma algo más sabroso que el caldo ese que me dan a mí… Este viaje me está echando a perder —suspiré.
A Medora también le dio exactamente igual ese asunto de mi reposo.
En cuanto llegó, me pegó tales estrujones que igual por la nariz no se me salía el cerebro, pero sí por las orejas.
Me contó, como si fuera la aventura de su vida, que había regresado corriendo a Aberrak, bella mujer en mano.
Y que, aunque había tenido que esquivar a un grupo de elfos oscuros, había llegado a tiempo de poder aplicar el antídoto.
—He oído a las sanadoras decir que Leyla y Hach se recuperarán, aunque tardarán unos días aún en despertar —dijo sentada al filo de mi cama. Llevaba una túnica nueva y limpia; toda ella olía a jabón y el cabello le brillaba.
—¿Cuántos?
—Eso no lo sabe nadie. Puede que cinco, diez, dos meses o un año.
—¿Un año? —Abrí la boca más de lo recomendable y la mandíbula me crujió.
—He puesto esa misma cara. —Me imitó—. Pero dice Arbelina que, cuando despierten, más vale que el bardo solucione el conflicto con el príncipe del veneno o la reina nos echará de aquí a patadas.
—¿Y cómo sabe ella que el bardo tiene madera de diplomático? ¿Se ha puesto a hacer cosas de secretario del rey en mitad de la muerte?
—No. —Rio a carcajadas—. Se lo he contado yo. Le he dicho quién es y, por supuesto, le he mencionado todos sus títulos. Hasta me he inventado uno: Guardian del Heredero de Ardacia.
—No vayas diciendo eso por ahí, Medora —regañé disgustado—. Es un asunto secreto. Te lo dije en un momento de debilidad, nada más. Ahora que estoy bien, prefiero que no lo menciones. A nadie. Al menos hasta que me aclare sobre qué hacer con ello. Solo lo sabemos Hach, tú y yo.
—Está bien, Malakorito… —dijo con voz de fastidio—. No diré nada de tu gran secreto.
—Gracias. ¿ Ahora vas a llamarme siempre así?
—Solo cuando estés inmóvil en una cama y no puedas hacerme nada.
—Puedo asesinarte con la mirada.
—No puedes.
Entrecerré los ojos, mirada asesina. Ella imitó mi gesto. Así estuvimos unos segundos hasta que nos dio por reír. Luego me dijo que la chica rubia y el duende habían pasado a ver cómo estaba, que andaban por Aberrak y que quizá volvería a verlos.
—Me dejaste solo con dos desconocidos. Una rubia mataelfos y un duende medio en pelotas.
—Ni tú eres un elfo ni él iba desnudo por completo; míralo por el lado bueno, eran inofensivos para ti.
Puse los ojos en blanco y ella me pellizcó en el costado.
—¿Sabes una cosa?
—No, si la supiera, no irías a contármela, quiera o no. ¿Qué es?
—Estamos invitados a una boda.
—Prefiero que se me salga el cerebro por la nariz.
—¡Málakor! —rio—. ¡No es tan malo! Pronto será la boda de Quiri, el enano que se cayó en el agujero, y estamos invitados. Tú también, si es que estás recuperado.
—No tengo el menor interés en acudir a ninguna boda. Así que, si no estoy recuperado, me haré el muerto.
—No harás nada parecido.
—Eso ya lo veremos.
—Vaaale. Por cierto —clavó la mirada en mi pijama—, el blanco te queda bien. Deberías vestir más de blanco.
Una de las enanas me había aseado con paños húmedos y ungüentos, y me había puesto esas ropas. Aunque no se me había quitado del todo la capa de mugre de tanto andar por los túneles, así que necesitaba un baño como el que más.
—Uno no se viste de blanco cuando va a estar revuelto siempre entre suciedad. Y yo, por suerte o por desgracia, ando pateándome día sí día también sitios mugrientos.
—Quizá para alguna ocasión especial. Como tu boda con Leyla.
—O tu funeral, Conjuritos.
Rio a carcajadas.
—Anda, lárgate ya, me duele la cabeza.
Me besó en la frente, saltó de la cama y fue hacia la puerta. Sin embargo, una cuestión me asaltó la mente.
—Espera, ¿cómo está Xelirian?
—Bien, no te preocupes. —Apoyó la mejilla en la hoja entreabierta—.
Le han puesto otras ropas, otro peinado y…
ya no apesta a túneles. Se pasa el día comiendo una especie de pasta de algo parecido al chocolate a la que llama «marrón», le ha cogido el gusto.
—Se encogió de hombros—. Cuando no, sigue a Arbelina a todas partes y le hace preguntas sobre estas o aquellas hierbas.
Creo que el chiquillo tiene madera de herborista.
O de mago. Hay algo en él que me recuerda a mí misma cuando era niña.
—¿Ya te cae mejor?
Hinchó los mofletes y soltó el aire de una, provocando el mismo sonido que cuando espachurras una de esas setas blancas.
—Es un elfo oscuro. No termino de fiarme de él, pero… ya te he dicho que hay algo en él que me recuerda a mí misma.
—Se que algún día comprenderás a ese chiquillo. Entre todos haremos de él alguien diferente a lo que los puntiagudos pretendían.
—Los puntiagudos… y su padre, te lo recuerdo. Si Azskar se entera de que has acogido a su hijo bajo tu custodia, no le sentará nada bien.
—¿Desde cuándo me importa lo que a Azskar le parezca bien o lo que no? Puede meterse sus apreciaciones por donde le quepan —mascullé—. Y que venga a por él, si se atreve.
—Vendrá. —Tamborileó con los dedos en la madera—.
Ya lo creo que vendrá. Aún tiene pendiente su conjuro de sangre.
Los champiñones igual lo han alejado de su propósito, pero su campo antimagia ya no te protege.
Estaba pensando en que podrías ir cubierto de esos champiñones de forma constante, pero entonces tu colgante no te serviría.
Y creo que, puesto en una balanza, eso te interesa más .
—Crees bien. La pelirroja me ayudó en la cueva de las arañas. Tengo que hablar con ella y darle las gracias.
—Se te pone una sonrisa muy curiosa cuando hablas de ella —dijo con gesto intrigante.
Demudé la expresión al momento, poniéndome serio.
—¿No se te pondría a ti si hablases de alguien que te ha ayudado?
—Pues sí.
—Pues ya está.
Ella se encogió de hombros.
—Por cierto, he creado un escudo mágico a tu alrededor, aunque no sé si será bastante contra Azskar.
—¿El qué? ¿Has hecho magia sobre mí?
—Sí. —Levantó las cejas con gesto juguetón—. Mientras dormías.
—Eres una traidora.
—Solo hago lo que es necesario para mantenerte a salvo. Además, tienes tu colgante, algo hará para protegerte de entidades oscuras, recuerda el asunto de la Sombra. Lo que pasa es que no sabemos a qué nos estamos enfrentado, y más vale prevenir que curar.
Tras decir esto, se fue silbando alegremente.
Solté un resoplido y clavé la mirada en el techo. Me lo sabía de memoria. Como todo lo de aquella habitación estrecha sin apenas mobiliario, con un solo ventanuco desde el que se veía un pedazo de roca. Estaba ansioso por ver a Hach y a Leyla. Necesitaba abrazarlos.