CAPÍTULO 56 #3
—Los dioses y los que lo hemos padecido.
—Se sacudió igual que si sintiera un escalofrío—.
Corre un viento helado por las cavidades que congela el hálito.
Los habitantes cierran los huecos no imprescindibles, para no padecerlo.
Hasta las rocas se cubren de blanco y los pozos se congelan.
Es como si fuera nieve, pero no lo es. La he visto en la superficie. Es… una especie de polvo de escarcha.
—Espero que no sea como el polvo de los champiñones.
—No, este es peor. Al menos ese sirve para algo. Dicen los aberrakis que es porque Trunostos echa de menos a su amada, que regresa a la superficie con los suyos cuando arriba es primavera.
—¿Y quién es ese ?
—El gigante rey del hielo que vive en las profundidades, allá dónde están los mismísimos pilares de la tierra.
Lo llaman inpa enoris , El Ingeniero en lengua común.
Él reveló muchos de los secretos de la construcción a los enanos.
—Levantó las palmas de las manos hacia arriba—.
Pero ¿qué sé yo? En todas partes hay leyendas qué contar.
El caso es que las criaturas que viven aquí se refugian en sus cuevas durante muchas lunas y después…
vuelta a la rueda. Tampoco suben a la superficie, no les interesa.
—Igual es que no tenemos nada que ofrecerles.
—Igual es que siempre estamos destruyéndolo todo.
Esa frase era una losa del tamaño de una montaña. Y cuánta razón tenía. A medias. Me había criado en un lugar que solo buscaba la destrucción de los demás. Sin embargo, quizá por los años que llevaba conociendo al bardo, también sabía que en otros lugares el afán era de creación.
—También construimos.
Se encogió de nuevo de hombros y clavó la mirada en el fuego. La última llama fluctuó hasta extinguirse. La escasa luz anaranjada que quedó le dio al rostro de Airyne un aspecto fantasmagórico.
—Las ropas de los elfos oscuros arden poco tiempo. —Llevó los ojos hacia el puntiagudo—. Quizá podría quemarlo para seguir calentándonos.
—No, por favor. Apestará.
—La verdad es que sí. Además, no creo que tus amigos tarden mucho. La maga se ha marchado hace más de seis horas. Dijo que enviaría a Bruman a buscarte.
—Sabía que había estado inconsciente una maldita eternidad… —bufé.
—Lo normal con esa herida. —Tras un silencio, agregó—: Bruman es un tipo simpaticón. Y adora a su mujer. Solo por eso me cae mejor. No soporto a los tíos que no quieren a sus mujeres. Y si son infieles siento ganas de sacarles las tripas. ¿Tú has sido infiel alguna vez?
—¿Crees que te lo diría sabiendo ya de tus intenciones de eviscerar a quien lo haya sido?
Soltó un gruñido disconforme, e insistió en su pregunta .
—No he sido infiel, aunque sí he besado a una mujer estando con otra —contesté al fin—. A varias. Y… con algunas he hecho mucho más que eso.
—Tu explicación no me cuadra —dijo, y llevó la mano al estilete—. Dices que no has sido infiel, pero has besado a otras estando con una.
—Antes de que me saques las tripas, que agradezco tener en su sitio, te daré más detalles, mataelfos. Esa otra y yo teníamos una relación… no exclusiva. Ella no estaba solo conmigo, ni yo solo con ella. Era algo de mutuo acuerdo, y funcionábamos bien así.
—¿Hacéis eso en toda Luara? —preguntó desconfiada.
—No, pero en Paltia, donde viví un tiempo, se estila mucho. Si deciden comprometerse con alguien, lo hacen hasta el final, pero mientras tanto… —carraspeé—, pues eso, tienen relaciones abiertas.
No supe qué hacía hablándole a una casi desconocida de mis asuntos personales, pero allí estaba, haciéndolo sin más. Quizá por entretenerme o porque no coordinaba bien después del golpe.
—Ah, entiendo. —La expresión le cambió un poco—. También hay de eso en algunas partes de Ítaro, pero… ¿lo llevabas bien? Yo no podría compartir a mi amor con nadie.
—A Brianna le gustaban las cosas así, y a mí me gustaba ella. No contemplábamos el compromiso, así que ganábamos los dos.
—¿Por qué no querías comprometerte? —Me miró ceñuda—. ¿Amabas a otra? ¿Un amor imposible?
—Lo importante aquí es que no he sido infiel, ¿vale? —retruqué aprisa—. Y estoy de acuerdo contigo en que la infidelidad es un crimen, pero me parece, como diría un amigo, que tienes traumas sin superar. Y añado: estás proyectándolos sobre los demás. Como la luz de un faro sobre el agua.
—Puede ser. —Apretó el mentón y esquivó mi mirada.
—¿Fue el médico de Las Islas?
—No lo menciones —gruñó.
—Tú lo has mencionado antes. Lo has llamado amigo.
—Intentaba explicarte una cosa. Él está olvidado. Olvidado y en el fondo del mar.
—¿En serio ?
Después de la mirada que me echó, igual incluía a Airyne Ordom en la lista de cosas que temer.
—Y tan en serio. Que vaya a estudiarle la cabeza a los peces. No quiero saber nada del amor. De hecho, si me dijeran que voy a enamorarme mañana de alguien, me cortaría la garganta.
Me rasqué el cogote, no sabía dónde meterme. Ella suspiró largamente, mientras negaba con la cabeza una y otra vez.
—Tampoco hace falta estar enamorado de nadie para ser feliz, ¿no? —dijo.
—Pues no, y lo digo muy en serio. Se puede ser muy feliz sin necesidad del amor o la compañía de otro.
—A veces me cuesta aguantarme a mí misma, como para aguantar a nadie más. —Rio.
Yo también reí, mientras asentía.
—Oye, Málakor —soltó muy seria.
—¿Qué, Airyne? —contesté en igual tono.
Ella tardó unos segundos en responder:
—Me ha gustado hablar contigo. —Me dedicó una sonrisa cálida.
—Yo no sé si puedo decir lo mismo, porque no estoy en pleno uso de mis facultades.
Me dio un codazo, riéndose de nuevo.
—¿Puedo preguntarte algo más? —dijo después.
—Si la respuesta implica pérdida de vísceras, no, gracias.
—No. —Su risa se alargó—. Es que cuando has mencionado a Brianna, los ojos te han brillado de un modo curioso. Entre la felicidad y la tristeza. Murió, ¿verdad?
—¿Además de mataelfos y comeojos eres adivina?
—No, pero… me he mirado al espejo muchas veces pensando en alguien que ya no está y mis ojos han brillado igual.
La nostalgia que hizo temblar su voz me encogió el corazón.
—¡Gente pequeña venir! —Gris irrumpió en la conversación, sobresaltándonos—. ¡Bruman y mis amigos llegar!
Cuando vi aparecer a los enanos, tras un conjunto de rocas, casi me puse a llorar de felicidad.