Málakor 3 CAPÍTULO 56 #2
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CAPÍTULO 56 #2

—¿Cómo sabes que iban furiosas? ¿Las entiendes?

—No, pero Gris sí. Él entiende a todas las criaturas de este mundo.

—Gris saber. Gris listo. —Revoloteó de aquí para allá.

—Sí, hemos tenido problemas —dije—. Íbamos con afán de diálogo, quizá por primera vez en mi vida, pero el príncipe no ha querido dialogar.

—Una araña gigante, con un veneno letal, que custodia su propio antídoto, ¿por qué iba a querer hablar con nadie?

Es como un mercader que tuviera el control de todos los productos de un solo mercado.

Y está harta de que los elfos maten a sus crías para robarles el veneno.

Además… —entrecerró los ojos—, ¿cómo ibas a dialogar con él?

—Digamos que soy como Gris, me entiendo con los animales. Y con los bardos.

—¿Los bardos? —preguntó ceñuda.

—Es igual.

Gris se dejó caer al lado de Airyne, de golpe, como si en vez de piedra hubiese una almohada bajo su trasero. Era delgado y huesudo, salvo por la tripa, bien abultada, y solo llevaba una tela cubriendo sus partes.

—¿Y tu ropa, duende? —pregunté.

—Ropa, dice. —A la chica le dio la risa—. Ya me cuesta que se ponga eso, como para pedirle que se vista más. A los duendes no les gusta la ropa. Dicen que les pica.

—Ropa molestar. —Se rascó el cuerpo con vehemencia—. Ropa picar.

—¿Ves? —Airyne lo señaló y puso los ojos en blanco—. Es un caso.

—Yo estoy de acuerdo con él, así que…

Él nos miró feliz, con los ojos brillándole. Airyne le devolvió una mirada dulce, había tanto cariño entre ellos que me hicieron sonreír.

—Gris coger cosas bonitas para Airyne —dijo él, que alargó los dedos para tocar el collar de oro que la chica llevaba.

—¿Coger? —Levanté una ceja. Al hacerlo, la herida me tiró y solté un quejido. Frotándome la frente, añadí—: Supongo que se refiere a robar.

Ella soltó una risa nerviosa.

—Nooo, qué va. ¿Por qué dices eso, Gris? Eso no es verdad. —Le dio un codazo—. No es cierto.

—Sí ser verdad. Gris nunca mentir —replicó ofendido.

Aquello me enfadó un poco, porque ese ser le tenía cariño y me pareció que se estaba aprovechando de él.

—Así que has enseñado al duende a robar para ti. —Me crucé de brazos—. Tienes suerte de que no me pueda ni levantar. Te daría una paliza por eso.

—No le he enseñado a robar. —Agitó el estilete delante de su cara—. Él lo ha aprendido solo… viendo… —se señaló con la punta del arma— viéndome.

—Ah, una ladrona por méritos propios. Esto va de mal en peor.

Se encogió de hombros.

—Y qué. Además, los duendes no tienen el mismo concepto de la propiedad privada que nosotros .

—Y tú tienes el concepto de ser la caradura más grande, dejando que robe por ti.

—Oye, pero ¿cómo me hablas así? —gruñó—. ¡Estás a mi merced! Podría enfadarme y darte una tunda.

—Yo siempre digo lo que me da la gana. E igual, si me das una tunda, me haces un favor.

Ella chasqueó la lengua.

—No digas tonterías, tío.

—Es que así me muero y se me pasa este maldito dolor.

—Amigo ser un poco dramático.

El duende soltó una sonora carcajada, y la rubia y yo, después de mirarnos en silencio brevemente, acabamos riendo también.

—Está bien, Gris ha robado cosas para mí —reconoció ella—, pero le tengo dicho que no lo haga, lo que pasa es que le gusta imitar lo que hacen los demás. Y, qué quieres que te diga, ¿tú no has robado nunca nada por necesidad?

Fingí que no, que ni por necesidad ni por gusto, pero se me debió de notar la verdad en la cara.

—Amigo, amigo… —dijo Airyne con media sonrisa—. No eres tan superior como crees. Ya decía yo que olías a ladrón a la legua. Esos dedos son de ladrón.

—Hace años que dejé el oficio, y no creo que unos dedos puedan probar nada.

—No, sobre todo si solo son nueve. —Rio, y Gris también.

—Oye…, menos risas. El único que puede hacer chistes sobre mis traumas soy yo. —Chasqueé la lengua.

—Perdona, perdona. —Airyne siguió riendo, pero por lo bajo.

—Gris tener doce dedos. —Me los enseñó. Seis en cada mano, bien largos y delgados.

—Y a mí me falta uno del pie derecho. El meñique. Tuve que adaptarme a vivir sin él, y a veces me recuerda que no está, doliéndome a morir. —La rubia se quitó la bota y el calcetín, lleno de agujeros, y me lo mostró.

—Te comprendo perfectamente. ¿Cómo te las apañaste?

—Lo perdí en una trampa. Por eso hago bromas.

Supongo que es la costumbre, me rio a menudo de mis traumas, como tú, ¿no?

—Aprisa, se puso de nuevo el calcetín y el calzado, y luego estiró los dedos de las manos—.

Es lo mejor que se puede hacer. Aunque a veces creo que si tuviera que reírme de todos ellos me quedaría sin aire.

—¿Tienes una ristra infinita?

—Y tú también. Se te nota en la mirada. Que por cierto… —Se acercó a mí más de lo que me parecía bien, pero no podía hacer movimientos bruscos—. Tienes los ojos más azules que he visto en mi vida.

—Airyne tener también ojos azules. Ser bonitos —dijo Gris, que se pegó a ella—. Tuyos también ser bonitos.

Tuve sus rostros pegados a mi cara. La nariz de ella era una cosa diminuta al lado de la del duende.

En los términos de belleza ardacianos, sería una chica corriente, en los de Paltia…

Digamos que los mercenarios se romperían el cuello al verla pasar.

Iba hecha un desastre, lo normal en unos túneles sucios.

Aunque el cabello lo llevaba bien peinado, con algunas trenzas dispersas que le nacían en las sienes.

En las orejas lucía varios pendientes. Los más llamativos eran unos largos, con forma de olas de mar.

Aquello me resultó curioso, teniendo en cuenta el sitio en el que estábamos.

Eché la cabeza un poco hacia atrás. No me mareé, pero el cuello me dio un latigazo.

—¿Podéis dejar de mirarme tan de cerca? Me pone nervioso.

Ella regresó a su lugar; Gris tardó un poco más.

—Lo siento. Me gustan los ojos de la gente —dijo ella.

—Espero que no para comértelos.

—Nunca se sabe. —Esbozó una sonrisa maligna.

Gris se separó de ella y fue a curiosear tras unas rocas.

—Así que, además de mataelfos, eres una ladrona comedora de ojos.

—La mataelfos. Eso me gusta. —Guardó el estilete en una fina vaina de un cuero similar al que vestían los puntiagudos—. Los oscuros solo sirven para matarlos, nada más. Y los que no lo son, pues depende.

Xelirian. Ella lo habría matado sin pensárselo.

—Yo no he conocido a otros que no sean los de aquí .

Aunque Anamkha me había hablado de ellos, pensé. Sonreí al recordar cómo me había ayudado. En que por fin había podido verla de nuevo.

—¿Por qué sonríes como un bobo?

—No sonrío como un bobo. —Carraspeé—. Solo estaba pensando en alguien.

—Alguien que te gusta.

—Es solo una amiga. —Sacudí tanto la cabeza que noté otro vértigo acechándome. Tras controlarlo, dije—: Háblame de los otros elfos, anda, los que no son como estos.

—Los hay, en la superficie. Son tan guapos que no puedes dejar de mirarlos.

Es como si los dioses se hubieran puesto metódicamente a esculpirlos uno a uno, sin parar hasta que no quedasen perfectos.

Sus pieles tienen unos colores preciosos.

Los hay de piel oscura, pero diferente a los que aquí viven, de piel muy clara, hasta de piel azul.

Como si los vieras a través del agua. Son muy difíciles de ver, pero existen.

Yo, que venía de un lugar en el que todos éramos humanos, empezaba a pensar que había vivido en una burbuja que contuviera solo una parte del mundo sin dar espacio a nada más.

Aunque, a decir verdad, había visto a vampiros y criaturas de la oscuridad.

Quizá eso contaba para ampliar mis miras.

No obstante, lo de los túneles e Ítaro era una cosa increíblemente peculiar.

O tal vez los peculiares éramos nosotros, en Luara.

—Esas dagas tuyas, curvadas y bonitas, son muy del estilo de algunos de los pueblos elfos. ¿De dónde las has sacado?

—¿No las he perdido donde las arañas? —Tenía los recuerdos de la lucha un tanto difusos. Me palpé el cinto; al tocarlas, me sentí aliviado.

—No, solo la espada. Eso ha dicho tu amiga.

—Sí, eso lo recuerdo. —Inspiré y espiré con pesar.

—¿Y bien? —La mirada de Airyne fue insistente—. ¿De dónde vienes, Málakor? Porque está claro que no de Ítaro.

—¿Tú vienes de allí?

—He vivido allí mucho tiempo. Ahora vivo en todas partes.

—Yo también vivo en todas partes ahora. —Desenvainé una de las dagas y se la tendí. La brillante hoja refulgió a la luz del fuego—. Son de Knegara, una ciudad de Luara. Es un continente rodeado de mares que los barcos no son capaces de navegar más allá de un límite.

Ella observó la daga atentamente, fascinada.

—Los marinos de Las Islas dicen lo mismo.

Que son innavegables. Creo que estamos todos allí arriba sin darnos cuenta de que los demás también están —dijo, con un tono reposado y meditabundo—.

Y solo los de estos túneles saben que todos estamos.

Los de Ítaro, los de Hérenthor y los de Luara.

Y a saber de cuántos sitios más. Es curioso que la mayoría viva aquí a su aire, sin querer saber nada de la superficie.

Hérenthor. La chica conocía el lugar en el que vivía la pelirroja. No iba a perder la ocasión de preguntarle por ello, pero antes tenía otra cuestión que lanzar.

—¿La mayoría? Los enanos comercian con la superficie, y los elfos oscuros vienen de allí.

Airyne me tendió la daga.

—Cuídala, es una belleza. —Cuando asentí y la guardé en el cinto, ella retomó la conversación—: No solo los enanos viven aquí abajo. Hay otras ciudades, con criaturas diferentes.

—Eso me dijo uno de los enanos. También me contó que en estos días no se mueven mucho por los túneles, por la proximidad del invierno de las profundidades, sabrán los dioses a qué se refería con eso.