CAPÍTULO 56
De gris y dorado
C uando abrí los ojos, vi una mancha oscura ocupando el centro de una zona luminosa.
Los guiñé varias veces, tratando de acostumbrarme, y ese borrón se convirtió en un rostro alargado y desconocido.
No era el de una persona. Era… peculiar.
No supe qué o quién, ni cómo llamarlo. Parpadeé, por si era una alucinación, pues no se parecía a nada que hubiera visto antes.
—¡Gris amigo! —dijo con una voz aguda.
—Gris, déjalo tranquilo —pidió otra, femenina.
Otro rostro, enmarcado por un largo cabello dorado, apareció en mi campo de visión.
—¿Gris no amigo? —La criatura sonó triste.
—No puedes hacerte amigo de todo el que acabas de conocer.
—Gris no amigo… —murmuró apenado.
Se alejó. Ya solo quedó el rostro de la chica. Definitivamente, era una alucinación. Traté de incorporarme, pero una fuerza más poderosa, nacida de mí, me tumbó de espaldas. Todo me dio vueltas. Acerté a ver el techo de una cueva, que giró sobre sí mismo.
—No te levantes aún —dijo la chica—. Te has dado un golpe tan fuerte, y en tan mal sitio, que no sé cómo estás vivo.
Me llevé la mano a la cabeza, que me dolía horrores. La tenía vendada, pero al pasar los dedos toqué una zona húmeda: seguía sangrando.
—¡No te toques! —Ella me cogió de la muñeca y me apartó la mano—. Y no pongas esa cara de preocupación. Apenas sangras ya. Lo que has tocado es un emplaste de absorbesangre.
—A… ¿absorbesangre?
—Es una planta. Crece ahí abajo .
No iba a mirar a ningún lado porque solo era capaz de estar tumbado.
Si giraba la cabeza, volvía a marearme. Ese príncipe del veneno me había dado una buena leche.
No supe cómo había podido andar hasta el río ni evitar ahogarme en él.
Medora. Había sido por ella. Y ella había salvado la bella mujer, para nada, pues tuve la impresión de que llevaba inconsciente una eternidad.
—Medora… —llamé.
—Gris amigo de Medora —dijo la criatura de voz aguda.
—Solo has hablado con ella dos veces, Gris —sonó a regaño—. A estas alturas, tu amiga ya estará en Aberrak y le habrá dado la bella mujer a Arbelina.
Cerré los ojos, dejando escapar un suspiro de alivio. Duró poco, porque agregó:
—Si es que no se ha encontrado a los elfos oscuros y la han hecho picadillo, claro. Iba a curarte ella, pero por eso de que llevaba mucha prisa, le he dicho que me haría cargo de ti. Es hechicera, ¿no?
—Sí. ¿Ella estaba bien?
—Como una rosa fresca.
Giré la cabeza para mirarla y la vi doble. Doble y bailando. Sin embargo, necesitaba ponerme en pie. Lo intenté, torpemente, y ella me obligó a tumbarme.
—No te levantes —repitió con voz severa—. No quiero tener que atarte. No me gusta atar a la gente, aunque a veces se lo buscan.
—Tengo que ir a buscarla, por si necesita ayuda. He de saber si ha llegado a Aberrak a tiempo, sana y salva.
—Málakor era tu nombre, ¿no? Me lo dijo la maga.
Asentí despacio. Me pareció que algo líquido se movía dentro de mi cabeza.
—Pues, Málakor, para empezar, no te puedes poner en pie. Y, por lo tanto, no podrás recorrer la distancia que nos separa de la ciudad. Me ha parecido una tía muy resolutiva, así que se las sabrá apañar sola.
Ciertamente, había salvado la misión neutralizando a las arañas, lanzando al príncipe contra la roca, aprovechando la ocasión para huir, sujetándome con fuerza en el río. El bardo me diría que hay muchos gerundios, pero… ¿qué más da? El caso es que sin Conjuritos habría sido imposible.
—Tengo ganas de vomitar.
—Normal, pero no me vomites encima, ¿eh?, me lavé ayer.
Quise ponerme en pie, una vez más; sin embargo, ella me obligó nuevamente a recostarme. Ella… y la cueva, que de nuevo me daba vueltas.
—¡Te he dicho que no te levantes así!
—Vale, vale. No me regañes como si fueras mi madre. No te conozco.
—Se llama Airyne. Airyne Ordom. —La criatura asomó la cabeza en mi campo de visión—. Y yo me llamo Gris. ¡Gris amigo!
Mientras me miraba con sus ojos enormes de iris negros, muy atentamente, lo observé mejor.
A juzgar por la altura de su cabeza, con respecto a la de la mía, no medía ni un metro.
Piel gris, orejas picudas y desproporcionadas al tamaño de su cráneo, mofletes llenos, boca de labios finos y una nariz en la que podrían haber metido dos caballos.
Era una cosa bien fea, pero tenía cierto aspecto simpático.
—¿Qué eres?
—Gris ser un duende. Tú ser un humano.
—¿Un duende? Creía que solo estabais en los cuentos.
Aunque los libros no eran lo mío, Debra me había leído algunos cuentos de pequeño.
Los conseguía de estraperlo de manos de a saber quién y los escondía debajo de la cama.
Hasta que algún imbécil los encontraba y los tiraba a la hoguera diciendo que los niños de Ledaria no necesitaban cuentos.
Solo sangre. Sin saber por qué, me pregunté si a Xelirian le habrían leído algún cuento, si estaría bien.
También conocía a los duendes por eso de que todos teníamos uno bueno y uno malo, uno en cada hombro, y que cada cual escuchaba al que más le placía.
A los burlones o a los de aquella historia que contó Hach de la que nació el mineral de azani.
Pero nunca había creído que existieran en realidad.
Pensaba que eran invenciones de los padres para asustar a los niños o para justificar la misteriosa pérdida de un calcetín .
—No. Duendes existir. Yo ser duende —dijo animado.
—En Ítaro hay bastantes duendes —informó Airyne—. Aunque no todos son como Gris. Tan amables y confiados.
—Gris amable y confiado.
—¿Repite todo lo que dices? —le pregunté a la chica.
—A menudo. Pero… le quiero. Es mi amigo.
—Airyne buena con Gris. Gente ser mala con Gris, porque ser duende. ¡Gris mejor amigo de Airyne!
—Es bueno tener amigos —le dije.
Gris abrió mucho los ojos, inclinado aún sobre mí, y dijo:
—¿Tú mi amigo?
Si no le decía que sí, no iba a dejar de repetirlo.
—Sí, yo tu amigo.
—¡Bieeen! —Se alejó dando saltos. O al menos dio un par mientras podía verlo.
La chica se rio. Estaba despellejando algo junto a una fogata. No podía verla, pero me llegaban sonidos muy característicos, y percibía el refulgir del fuego a mi alrededor, el olor de algo quemándose. Aunque no parecía madera.
—¿Qué es ese olor? —quise saber.
—Estoy quemando las ropas de un elfo que he matado poco antes de que despertases. Vino a molestarnos. Y ahora está ahí, durmiendo para siempre.
—Elfos oscuros no amigos.
—Llevaba un topo que debía de haber matado para comérselo y ahora será nuestra cena —informó la rubia.
—No sé si podré comer. Te he dicho que tengo ganas de vomitar.
—Se te pasarán cuando huelas la carne asada.
Tenía razón. En cuanto me rozó la nariz el olor, el estómago me recordó que lo que había comido en casa de Arbelina lo había vomitado. Eso lo convertía en un lugar vacío.
—Vamos a incorporarte despacio, ¿vale? Solo hasta estar sentado. —Airyne se acercó y metió una mano bajo mi espalda—. Te ayudaré. Tienes que comer algo .
A duras penas, me incorporé, soportando el vértigo. Me quedé sentado con los ojos cerrados, intentando que todo dejase de dar vueltas.
—Mira a un punto fijo, se te pasará.
Funcionó, aunque igualmente no podía mover mucho la cabeza.
—Creo que el golpe te ha movido las piedras que tenemos en los oídos y que nos mantienen en equilibrio.
—No sabía que tuviéramos piedras en los oídos.
—Yo sí. Un día abrí un cráneo y las vi.
—¿En qué momento se te ocurrió hacer eso? —dije pasmado.
—Es broma. Me lo dijo un… amigo que estudiaba Medicina en Las Islas. Le gustaba lo que pasa en nuestras cabezas, ¿sabes? Aunque la suya no estaba muy bien. —Se tocó la propia a la altura de la sien—. Por eso he sabido vendarte debidamente y frenar la hemorragia. Él me enseñó.
—Eso me alivia mucho más que saber que estoy a expensas de una mujer que abre los cráneos ajenos para verles las piedras.
Rio con ganas. Tenía al topo clavado en un estilete muy parecido al que me lanzó el elfo oscuro. Busqué a su semejante con la mirada y lo encontré tirado a unos metros. Por cómo estaba, la chica le había partido el cuello.
—A tu salud —dijo hacia el puntiagudo, levantando el topo, ya asado. Le dio un gran bocado y se le llenaron las mejillas de grasa—. Está bueno, para lo que es.
Habló con la boca llena, pero el bardo no estaba, así que era libre de hacerlo.
Tras tomar otro poco, se lo pasó a Gris, que comió y me dio el resto.
Quedaba bastante carne, pero apenas me duró unos segundos.
Tragué casi sin masticar. Era como comer pollo ledarita.
Sin apenas sabor ni sustancia, pero llenaba.
Las llamas de la hoguera menguaron y fue ganando terreno la luz de un conjunto de cristales anaranjados, enclavados en un cúmulo de rocas.
—¿Qué son esos cristales? Hay de todos los colores en esta zona.
—Algunos solo sirven para hacer cosas bonitas: vajilla, adornos, joyas…
A los enanos les encanta todo eso. Otros se muelen y se echan a las comidas.
Algunos se consumen como al ucinógeno. Y luego hay muchos que tienen propiedades.
Aunque esos no están tan a la vista como estos.
Salvo los azules. Esos los he visto a patadas.
—¿Y para qué sirven?
—No tengo la menor idea, pero debe de ser para algo importante.
Una vez intenté cogerlos y sentí una descarga que me paralizó por horas.
Y sé que a los enanos les sucede lo mismo.
En Aberrak, en lo que ellos llaman las Fuentes de Piedra, hay cientos de ellos.
Los aberrakis dicen que protegen la ciudad de los derrumbamientos.
Recordé a Medora. Los había recolectado y nada le había sucedido.
Pensando en aquello, le devolví el estilete.
Airyne lo limpió en la capa, una de color azul oscuro que me recordaba a la que llevaba antes del incendio.
La echaba de menos. El verde comehierbas era bonito, pero el azul me gustaba más.
—Habéis cabreado al príncipe del veneno, ¿eh? Han pasado por aquí algunas arañas y he tenido que esconderte para que no te viesen. Iban bien furiosas.