CAPÍTULO 55
De un último aliento
M e agarré a su cabeza y me impulsé hacia arriba.
Su piel era dura y estaba resbaladiza, pero conseguí encaramarme a pesar de ello y de que se revolvió con una fuerte sacudida.
El príncipe chillaba furioso, trataba de arrojarme lejos.
Sacudía las patas arriba y abajo, movía todo el cuerpo.
Pero yo estaba bien agarrado y no pensaba soltarme. No hasta que alcanzase la bella mujer.
—¡Matad a la hechicera! —gritaba—. ¡Yo mataré a este!
Las arañas se movieron frenéticamente para atacar a Medora.
Salieron de ellas hilos blancos buscando capturarla; sin embargo, la maga conjuró una intensa y cegadora bola de luz.
La expelió y, además de cegarme por unos momentos, barrió como un vendaval cuanto había a su alrededor, incluidos el príncipe y yo.
Antes de caer, di un tirón de una de las hojas de la bella mujer y el resto se vino conmigo.
La araña quedó de espaldas a los pies del montículo de huesos.
Apenas tuve tiempo de moverme para que no me aplastase con su peso.
Sin embargo, el golpe contra el suelo me dejó sin respiración, desorientado.
—¡Lo siento! —Apenas podía oír a Medora con todos los gruñidos y gritos, con los susurros amenazantes—. Aún no controlo bien eso.
Cuando enfoqué la vista, el príncipe ya se había puesto en pie y venía hacia mí agitando sus pinzas mortíferas.
—¡Al río, Medora! ¡Corre!
Desde donde estaba, no podía verla, pero otro haz de luz lo barrió todo. Solo que esa vez no me moví. No podía. Estaba pegado a la seda de araña que había bajo mi espalda.
El príncipe rio; sus pinzas se abalanzaron sobre mí .
Con todas mis fuerzas, tiré de mis brazos para levantarlos y protegerme.
Tuve que soltar la corona de hojas y soportar un tirón en el hombro, pero lo conseguí.
No tuve tiempo de desenvainar las dagas ni la espada, solo de agarrar las pinzas cuando estaban a punto de aplastarme la cabeza.
La araña pateaba el suelo, empujaba con aquellos apéndices letales hacia mí.
Los abría y cerraba intentando atraparme.
Yo apretaba hacia arriba, apretando también los dientes hasta notar el sabor de la sangre.
Aunque otra luz cegadora me privó de la vista unos instantes, no cejé en mi empeño.
Tampoco el príncipe. Tenía tan cerca su corona, tan cerca la posibilidad de salvar a Hach y Leyla, que la rabia por estar a punto de conseguirla y no poder hacerlo me dio mayor empuje.
Empleé todas mis fuerzas para despegarme del suelo.
Cuando me noté libre, solté las pinzas, que se clavaron donde yo había estado antes.
Me escurrí bajo el abdomen del príncipe, más despacio de lo que habría querido: el terreno estaba pegajoso. Él rugió, o algo parecido, y se giró.
Una vez más, la luz cegadora de Medora lo llenó todo, junto a otro barrido de vendaval mágico.
Me tambaleé, casi arrastrado por él, pero pude mantenerme en pie.
La araña se sacudió; sin embargo, había clavado las patas en el suelo y resistido a la corriente.
Pronto empezó a describir círculos en torno a mí.
—No tenéis escapatoria.
Desenvainé la espada y observé sus movimientos. Eran lentos, medía por dónde atacarme.
—No quiero matarte, de verdad que no, las arañas me caéis bien. Aralda me cae bien.
—Estoy aquí —dijo ella, aunque no la vi—. No podrás con él, no importa lo fuerte que seas. Es el príncipe de los venenos.
—Hace un rato estaba llorando, recordando a su abuela. Tiene debilidades, como todos.
—No, él no. Él no las tiene. Huye, chico que me ha dado un nombre.
Miré más allá del mar de seda, donde discurría el río. Yo era valiente pero no estúpido. Si tenía que salir corriendo, lo haría, aunque no sin la bella mujer, que estaba en el suelo, a unos metros de nosotros.
—¡Cállate o te mando a hacer telarañas a los túneles más profundos! —bramó el príncipe.
—No…, eso no… —Su voz se desvaneció .
No tuve tiempo de pensar más en ella, porque su mayestático padre se lanzó a por mí con un gran salto.
Me eché hacia atrás y di un tajo descendente, pero fue más rápido que yo y lo esquivó.
Giró sobre sí mismo para barrerme con la parte trasera del cuerpo.
Lo consiguió, así que volé unos metros y me golpeé cerca de la sien contra un saliente.
Fue un golpe tan fuerte, que me llenó los ojos de luces blancas, la mente de negrura y los oídos de un pitido insoportable.
Aturdido, noté la sangre brotar como si tuviera en la cabeza uno de esos grifos ardacianos.
En lo borroso de mi visión percibí al príncipe.
Una mole inmensa y difuminada. La luz de la maga lo hizo volar unos metros: no sirvió de mucho.
Él soltó un gruñido y se sacudió, dispuesto a regresar para matarme.
Si no le plantaba cara, acabaría despedazado entre sus pinzas; sin embargo, no podía moverme.
Perdí fuerza en las manos; la espada se me escurrió.
Escuché entonces una voz que tenía la fuerza de un océano sobre el que se conjurase una tormenta.
—¡No sueltes la espada, Málakor! Empúñala y ponte en pie.
—Anamkha…
Hacía tantos días que no sabía de ella, que oír su voz me hizo sonreír. No la veía, solo la oía, pero era suficiente.
—La cabeza… —musité.
Me llevé los dedos a la sien; se me llenaron de sangre.
Y los pensamientos empezaban a llenárseme de negrura, como tantas otras veces que había caído inconsciente.
Sabía lo que venía a continuación. Carecer de sentidos, delante de una araña gigante que quiere despedazarte, no es el mejor de los planes.
—Lo sé, pero ponte en pie.
—No puedo.
—Sí que puedes. ¡Por los dioses que puedes! —dijo casi enfadada—. ¡Empuña la espada y ponte en pie!
—Pelirroja… —dije sin aliento.
Noté algo cálido sobre mi mano. Cuando miré hacia allá, vi la suya.
Al levantar la vista, me encontré con sus amables ojos castaños.
El pelo le enmarcaba el rostro, inclinada sobre mí.
Me dedicó una sonrisa que habría calentado al más frío invierno y que me infundió más fuerza que la arenga de un general a su ejército.
—A la de tres, mercenario.
Asentí, mientras todo era ruido a nuestro alrededor. La magia de la maga levantaba la tierra y hacía quejarse a las arañas.
—Una —contó Anamkha.
Llené de aire los pulmones.
—Dos —añadió.
Más aire.
—Tres —dijimos a la par.
Más.
La pelirroja tiró de mí. Soportando lo agudo del dolor, me puse en pie. La cabeza me martilleó, la vista se me nubló aún más. En la columna vertebral, desde inicio a fin, noté un calambre. No obstante, empuñé la espada y la levanté en un último intento por defenderme.
—Gracias —le dije a mi amiga.
Ella no tuvo tiempo de contestar. Los apéndices letales de la araña barrieron su imagen de golpe.
Trató de atraparme con ellos, pero se lo impedí con un tajo que hizo brotar de ella una sangre verdosa.
Se mezcló en el suelo, con la mía, que ya me cubría el ojo derecho, la mejilla, los labios.
Goteaba sobre las telarañas aplastadas, tiñéndolas de rojo.
La vida se me estaba escapando por aquella brecha.
Igual que el control de mis acciones empezaba a escapar a mi voluntad.
Apenas podía sostener la espada. ¿Cómo iba a frenar un segundo impacto del gran arácnido sobre mí?
No podía morir allí, derrotado por el príncipe de los venenos, dirían las canciones de cualquier bardo.
Si lo hacía, no salvaría a Hach ni a Leyla.
No ayudaría a Anamkha. No sacaría a mi madre del Olvido.
No haría más bromas con Medora. Ni vería a Panceta perseguir gatos.
Ni tantas otras cosas más. Todo habría terminado.
El príncipe soltó un gruñido y cargó contra mí.
Aquella vez, fue más fuerte que yo. Lanzó mi espada lejos.
De un golpe, con una de las patas, me acorraló contra otro de los montículos.
Yo pensaba ofrecer resistencia, aunque fuera con las manos desnudas o con alguna de las dagas.
Si quería matarme, iba a ponérselo difícil .
A punto estaban sus pinzas de abalanzarse sobre mí, cuando un fogonazo de luz, un vendaval devastador, arrastró al araño y lo estampó contra una de las paredes de la roca. Me habría arrastrado también de no ser porque Medora, que apareció como surgida de la nada, me agarró.
—¡Vamos, vamos! —Tiró de mí con todas sus fuerzas—. ¡Están aturdidas! Solo tenemos unos segundos.
Me echó el brazo sobre su hombro y me obligó a caminar con ella.
Traté de seguir su ritmo, de no ser una carga; sin embargo, el suelo se movía como arenas movedizas.
Angustiado, noté todo el dolor de forma más intensa.
La piel me abrasaba, la cabeza me martilleaba.
Me sentía a merced de todo cuanto me rodeaba, incapaz de manejarme.
—Se mueve, el suelo se mueve.
—No se mueve, Málakor, solo te has dado un buen golpe. Cuando salgamos de aquí, te curaré.
—La bella mujer, Medora —musité, al recordar que se me había caído—. La he perdido.
—No, querido amigo, la tengo conmigo.
Su sonrisa fue como la de Anamkha, un empujón más en aquella aventura a la que me enfrentaba. Seguimos avanzando a duras penas. Las arañas habían estado en silencio, pero volvían a susurrar. Se quejaban, gruñían. Nos buscaban.
—Hay que matarlos.
—Matarlos, sí, y luego comérnoslos...
—¡Están en el río!
—Han despertado —dije.
—Ya nos vamos. Toma aire profundamente. Luego, salta cuando te lo diga. —Me rodeó con fuerza la cintura y agarró mi ropa con los dedos—. Cógeme y no te sueltes por nada del mundo.
Miré la corriente a mis pies. Era rápida. Aunque consiguiésemos mantenernos a flor, nos arrastraría. No sabía a dónde llevaba aquel río, pero era nuestra única salida.
—¡Coge aire! —pidió Medora.
Obedecí y saltamos a la vez. Aunque me separé un poco de ella en el salto y en la inmersión, volvió a cogerme. Me agarró de la capa y tiró de mí. Me así a su túnica también, con las pocas fuerzas que tenía.
El agua, helada, se clavaba en la piel. Nos arrastró, mientras las arañas corrían por la orilla tratando de alcanzarnos con sus patas, gritando coléricas.
—Solo flota, Málakor, déjate llevar —dijo Medora—. Nadaré por los dos si es preciso. Soy muy buena nadando. Mi padre me enseñó. Nadábamos de punta a punta de la bahía.
«Gané tres concursos de nado en el río de Knegara. Fui la primera en cruzar nadando los rápidos». Leyla. El agua me arrastraba, pero no se llevaba la sensación de que no conseguiría salvarla.
—No te sueltes, no te sueltes de mí —dijo la maga, desesperada.
—No me soltaré…
No quería soltarme, pero notaba las manos flojas.
—Medora, si muero y Leyla despierta, dile que la quiero. Que siempre la he querido, a pesar de todo. Que pase lo que pase entre nosotros, eso no cambiará. Y también al bardo. Y dile a Griselda y a…
—Cállate, no te vas a morir. —Tragó agua y empezó a toser, pero recuperó el aliento para añadir—: No lo permitiré.
La corriente se volvió más virulenta al pasar entre un conjunto de rocas; sin embargo, no me sentí arrastrado de la misma manera que al principio. La sentía como una balsa. Me pareció que, aunque me hundiese en ella, me alzaría con sus acuosos brazos. Y eso fue extraño.
«Quizá estoy delirando a causa del golpe», pensé.
—Dile a Carena que no siga buscando, que soy yo. Que soy el Heredero de Ardacia. Que siento no habérselo dicho antes.
—¿El Heredero de Ardacia? ¿Qué dices, Málakor?
Aunque traté de contestar, no fui capaz. Abría los ojos; se me cerraban. Veía el techo de la cueva pasar a toda prisa.
Pronto dejé de verlo. De escuchar a las arañas. De sentir el frío del agua o el punzante dolor de la herida de la cabeza. Por más que luché por no desvanecerme, lo hice.