CAPÍTULO 54
Del príncipe de los venenos
L a cueva en la que vivía el príncipe era casi tan grande como la que cobijaba Aberrak.
Extensiones de tela, como un mar de espuma blanca, la cubrían.
Solo se veían entre ellas tres cosas: montones de cristales brillantes, mayormente púrpuras, un río por el que corría el agua a toda prisa y algunas formaciones rocosas que apuntaban al cielo de la caverna.
Sobre una de ellas, plana en su superficie, había un cúmulo inmenso de pequeños huesos.
Calaveras, fémures, columnas vertebrales…
, todo en miniatura. Sobre él estaba el príncipe de los venenos.
La araña más enorme que había visto. Más grande que ese gigante que aplastaba a los orejas.
Era del color de la cerveza negra, que tiene esos matices tostados dependiendo de cómo le dé la luz.
La bella mujer estaba en su cabeza. Formaba una corona con sus anchas y planas hojas blancas resaltando sobre el oscuro.
El príncipe desprendía ese aura de pomposidad de los de su clase.
Una costumbre endémica de cualquier realeza, arácnida o no.
Era el Neitin de las arañas. Lo llamaría Neitaña o Arañín.
—Málakor, ¿estoy viendo a una araña gigante? Sí, la estoy viendo —dijo como si todo el aire del cuerpo se le escapase de una vez—. No es una alucinación.
—¿No has visto ninguna en tus libros de chupamandrágoras?
—No es lo mismo leerlo que verlo, ya lo sabes.
—Es muy grande, la verdad, no hay ninguna otra especie más grande en estas cavernas. Y era mucho más grande antes de que nos quedásemos sin aire limpio.
Aralda bajó hasta mi frente y se descolgó por una fina tela, balanceándose delante de mi cara.
— Seguidme —agregó— . Os mostraré el camino .
—Toca ver a la realeza —refunfuñé, igual que si me obligasen a comer un plato que detesto—. Con lo que sabes que me gusta.
—Esperemos que no haya ningún incidente arácnido-diplomático. —Medora rio por lo bajo, como una niña que celebra su propia travesura.
Con la mano en la empuñadura de la espada, por si acaso, seguí a Aralda.
Tuve que afinar la vista para no perderla en aquel zigzagueante sendero que discurría entre el mar de seda.
Había un sinfín de arañas más, por el suelo, por el techo, entre las rocas…
Otras de seguro ocultas. Al menos, y por suerte, gracias a esos cristales teníamos luz, aunque fuese una lóbrega luz púrpura.
—¿Quién está aquí? — La voz del príncipe de las arañas rezumó pedantería.
—Visitantes de Aberrak, príncipe. Aunque no son enanos. El muchacho entiende nuestra lengua. Se la enseñó su madre. Vienen en son de paz.
—¡No quiero cosas a dos patas aquí! ¡Largas o cortas!
¡Apestosos! ¡Traicioneros! ¡Estoy perdiendo mi magnífica vista por su culpa!
—Apretó las patas contra los huesos, que crujieron—.
¡Yo, que veía insectos volando a telarañas de distancia!
¡Yo, que veía hasta los haces de luz que se cuelan entre las grietas y que nadie más ve!
¡Yo, que veía las motas de polvo desprenderse de las rocas!
Se iba inflando más y más. O al menos eso me parecía.
Aralda le pidió que no se alterase o se le resentiría el abdomen, e informó de que estábamos allí para solucionar su problema y hacer una petición.
—Solucionar nuestro problema suena bien, pero pedir algo… Los humanos nunca piden nada a las arañas. No les interesamos más que para aplastarnos.
—Eso no es verdad, a mí me resultáis muy útiles. Os coméis a los molestos mosquitos.
Arañín puso los veinte ojos en mí y le pidió a Aralda que nos condujera hasta él.
Cuando nos plantamos delante de la araña, tras subir unas escaleras desiguales que la piedra dibujaba, una bola de nervios se me subió a la garganta.
Esa cosa, vista de cerca, era aún más enorme.
Y daba miedo. Las pinzas de su boca eran más grandes que la mitad de mi cuerpo.
Si quería partirme en dos con ellas, sería más que posible.
—¿Quiénes sois? —preguntó el príncipe.
Le eché valor y contesté:
—Me llamo Málakor, Arañín, ella es Medora.
Llamar en voz alta Arañín a una cosa tan grande y mortífera puede parecer —es— una mala idea, pero estas cosas me salen solas.
Medora me dio un codazo. Pensé que el arácnido saltaría del trono y me comería; sin embargo, se puso a sollozar y se pasó una de las patas por debajo de uno de los veinte ojos.
—Mi abuela me llamaba así.
El pobre príncipe del veneno, aun teniendo ese nombre tan tétrico, era un bollito de pan.
—A mí me ha llamado Aralda —contó la arañita.
—Nadie que tenga malas intenciones pone nombre a una araña —dijo el príncipe—. Os escucharé, pero si no me convence lo que decís, os comeré.
Hizo un gesto a las arañas que andaban por allí. Al punto, nos cercaron. Toda la seda que nos rodeaba, toda la roca, se volvió negra. Y miles de ojos se clavaron en nosotros.
—Eh… —Medora, mirando a un lado y a otro, se pegó más a mí. Al oído, me dijo—: Podría churrascarlas, pero moriríamos asfixiados con tanto humo. ¿Tienes un plan de contingencia?
—Sí, convencer al príncipe.
Si le hubiera dicho que había un caballo de color morado bailando el vals y vestido con una falda de color rosa me habría mirado igual.
—Si fueras Háchpirey, aún tendría esperanzas, pero eres tú.
—Eso haberlo pensado antes de entrar. —Me aclaré la garganta y di un paso—. Arañín, necesitamos bella mujer para salvar a nuestros amigos.
—Y a mí qué. —Se cruzó de brazos…, de patas. Ya me entendéis.
—Mi amiga es hechicera y puede arreglar el asunto de la barrera mágica. A cambio de la bella mujer, claro.
—Puedo arreglarlo, sí, Alteza .
—Los buenos hechiceros murieron en Rádamo. No se ven hechiceros en condiciones por aquí desde entonces. Solo vendehúmos y farsantes. Conjuradores inexpertos y fastidiosos como los de los enanos.
El príncipe acercó su cara arácnida a Medora. Al moverse, las patas hicieron ese ruido de dedos huesudos. La parte trasera de su abdomen quedó sobre el trono óseo; el resto, sobre la piedra.
La maga se mantuvo firme, ni siquiera le apartó la mirada. Pero hasta la escuché tragar saliva.
—Nunca había visto a hechiceros de piel oscura y pelo blanco. ¿No serás uno de esos crueles y asquerosos elfos?
Medora arrugó la nariz. Ni siquiera su hechizo de perfume podía evitar el pestazo a pozo de aguas podridas que salió de la boca de la araña. Me puse entre ella y la maga.
—¿No ves que no tiene orejas picudas? Si vuelves a gritarle a mi amiga, vamos a tener problemas.
—¿Me ha gritado?
—Sí, te ha dicho que pareces un puntiagudo.
—¡Oiga, que yo a usted no le he insultado! —bufó la maga.
El príncipe chocó las pinzas unas contra otras. El clac-clac fue fuerte y molesto. Las arañas se agruparon más contra nosotros.
—Esto no va bien. —Aralda, temblorosa, corrió hasta mi oreja—. ¡Está muy enfadado! Si la cosa se pone fea, tiraos al agua.
Para llegar allí tendríamos que pisar unas cuantas arañas, pero no iba a irme sin la bella mujer.
Sin embargo, no la veía por ninguna parte, salvo en la cabeza del príncipe, y acercarse tanto a él no sería cosa fácil.
Opté, como Hach así lo habría querido, por la vía diplomática. Ay, quién lo habría dicho.
—Hemos venido a hablar, no a buscar problemas, príncipe. Podemos solucionar el problema de la barrera mágica y tú puedes ayudarnos dejándonos coger a la bella mujer. Es simple. Cada uno gana algo y todos contentos.
—¿Y luego qué? Esos pequeñajos seguirán molestándome. Les dejo coger la planta, pero cada vez crece menos. Los elfos están haciendo de las suyas, su magia de sangre recorre los túneles emponzoñándolo todo. Nuestra única salvación son los hongos blancos. Sin ellos, ya estaríamos todos muertos.
Magia de sangre. La mía se heló .
—¿Qué sabes de la magia de sangre, príncipe?
—Nada, solo que es molesta y oscura —sonó rotundamente sincero—. Y un problema para todos.
—Para mí también lo es, igual que ellos. Queremos acabar con…
—¡Fuera de aquí! —bramó—. ¡Os comeré si no os vais ahora mismo!
Medora y yo dimos un respingo. Ella, probablemente, por la fiera posición que la araña había adoptado. Aralda tembló. Noté sus patitas en la curva de mi oreja.
—Grita cuanto quieras, no nos iremos sin la bella mujer —dije—. ¿A que no, Conjuritos?
—Desde luego que no —anotó Medora.
Nos miramos, asintiendo a la par.
Conté hasta tres y salté hacia el príncipe.