CAPÍTULO 53
De patas largas, pero largas de verdad
A lgo se movió en la oscuridad que no alcanzaba la luz. Sonó como dedos afilados tamborileando sobre un escudo de metal. Otra cosa crujió; quizá la misma. Otra emitió un extraño silbido, aire soplado entre dientes. Pero no dientes comunes; eran dientes afilados que te triturarían si te atrapasen.
Frente a nosotros, a una decena de pasos y tras un estrechamiento, la naturaleza del lugar se manifestó de golpe.
El antes y el después del nido de arañas.
Las telarañas se extendían desde el techo hasta el suelo; apenas quedaban estrechos huecos para pasar entre ellas.
La luz mágica de Medora las hacía brillar.
Había visto hilos menos radiantes que esos adornando las ropas de los lechuguinos de Ardacia.
Más allá de la primera línea de seda, se advertía la oscuridad. En ella, una infinitud de pequeñas luces doradas se movían. Me pareció que se encendían y apagaban, pero solo estaban cambiando de posición.
—Son ojos de arañas, ¿verdad? —preguntó Medora.
—Lo son. Y parece que ya nos han visto.
—Ojalá estuviera aquí el bardo para cantarnos alguna canción sobre arañas simpáticas y amables que reciben a los visitantes de su cueva con las patatitas abiertas.
—Has dicho patatitas.
—Han sido los nervios. —Se estiró con determinación la túnica—. ¿Vamos? Tenemos que pasar esa barrera mágica. No te asustes, ¿vale? Sentirás… algo raro.
—¿Asustarme? Venga, esta noche cenaremos sopa de araña.
—¿Tú crees que estaría buena? Porque ahora mismo me comería cualquier cosa .
—En Ledaria preparan sopa de tarántula sazonada con ajo y limón. No está mal. Aunque allí se comen hasta a las ratas, cuando las ratas no se los comen a ellos, claro.
—Hablas de esa Ledaria en presente, pero la Ledaria que tú conociste ya no existe como tal, ¿sabes? Desde que es un Protectorado de Knegara y Ardacia, las cosas han cambiado mucho.
—Ah, claro, ahora en vez de ratas comen lechuga, supongo, no sé qué es peor.
—Málakor…
Le guiñé un ojo, alcé la espada y di los primeros pasos. Ella soltó una leve risa y echó a andar junto a mí.
Avanzamos hasta cruzar la barrera. Sentí un profundo cosquilleo, una punzada en la sien y las extremidades entumecidas, tanto que me costó mantener la espada empuñada, pero, afortunadamente, pasó pronto.
—Es normal que esta cosa no haya dejado fuera a los elfos oscuros. La magia es muy débil. Apenas hace cosquillas —comentó Medora—. Podría conjurar una barrera de energía selectiva, para que se quedasen fritos como pollos.
—Por cosas así, agradezco ser tu amigo.
De golpe, más allá de la barrera, lo impregnó todo un hedor nauseabundo.
Era agrio, penetrante, profundo. Una mezcla a vómito y heces maceradas por largo tiempo en alguna sustancia avinagrada.
Apestaba cien veces peor que una letrina de Ledaria.
El aire parecía estancado, como si no corriese en aquellos túneles una sola brizna, ni por compasión de los dioses.
Medora soltó un arcada y yo la secundé. El pastel que habíamos comido acabó contra las paredes de roca. Empezaba a pensar que ese olor a vómito era cosa de los elfos que habían entrado allí. Que las arañas, simplemente, hedían a mierda.
—Conjuritos —me limpié la boca con la manga, al estilo de Ledaria—, seguro que el culo de algunos lameazufres de Téramo huele peor.
Soltó una risa entrecortada.
—Es horrible. Pero… creo que tengo algo que puede funcionar .
Me puso la mano en la boca y soltó una de sus palabrejas raras sin que yo tuviera opción a nada. Al poco, olí perfume de rosas. Ella repitió aquel gesto y palabras en sí misma, para luego aspirar profundamente.
—Es el hechizo que usan los embalsamadores de Téramo. Me gustaba sentarme a verlos embalsamar los cuerpos. La manera en la que sacan los líquidos y meten una sustancia incolora, para que no se pudran tan rápido, me tenía embobada.
—Quedarte embobada mirando una cosa así, muy de estar en tus cabales, no es.
—Es un proceso científico, nada más. —Se encogió de hombros con gesto inocente—. Y necesario. Los velatorios en Téramo son largos, duran dos semanas. La verdad es que son bonitos.
—Bonito. —Levanté una ceja—. Un velatorio—. Otra ceja arriba—. Eres rara de narices, pero creo que eso es lo que más me gusta de ti.
—¡Oh! Te has puesto sentimental, Malakorito. —Me estrujó con fuerza
—No me llames Malakorito. —Bufé, atrapado en sus brazos—. Y vamos a seguir, se nos agota el tiempo.
—No me lo recuerdes, por favor. —Emprendió el paso a la par que yo—. No quiero pensar en qué sucederá si no lo conseguimos. Sería doblemente horrible. Ya era consciente de su muerte cuando nos dieron esperanza de que podrían vivir. Si esa esperanza se diluye en la nada…, quizá me muera yo también.
Más dedos afilados sobre un escudo.
Más silbidos.
—Las únicas que van a morir hoy son las patas largas que hay en estos túneles. —Señalé adelante—. ¿Has comido alguna vez tela de araña? Porque nos vamos a hartar.
Entre las densas telarañas que nos rodeaban se movían un sinfín de arañas.
Ninguna sobrepasaba el tamaño de mi mano, pero sabía de sobra que el tamaño no era determinante para que algo fuera letal.
Podrían ser mortalmente venenosas aunque fueran diminutas.
Iban de aquí para allá, caminando entre la seda, provocando ruidos suaves, como si alguien arrastrase un largo vestido.
El negro de su… —lo que sea que tengan las arañas en lugar de piel— estaba lleno de puntitos rojos y blancos.
Nos miraban con sus varios pares de ojos dorados.
Su comida, más o menos muerta, aguardaba atrapada en la telaraña.
—Quizá, si no las miramos, nos ignoren —dijo Medora—. Como las avispas.
—No sé si funciona así —reí—, ¿has visto algo parecido a la bella mujer?
—No, tenemos que adentrarnos más.
Caminamos entre la tela, agachándonos, arrastrándonos, buscando los huecos para pasar.
Se nos quedaba la ropa pegada, una mano, un pie, la capa, la espada…
El esfuerzo que teníamos que hacer para liberarnos era sobrehumano.
Pegajosa, se sentía en los dedos como los hilos finos de un queso fundido que se te pega a la barbilla cuando muerdes el bocadillo.
Andar por un túnel estrecho, lleno de telas de araña, sabiendo que no podrás salir corriendo si algo extraño aparece, te da una perspectiva distinta de lo que es la paciencia, el valor y…
los remilgos. Esos se quedan en la entrada.
Llevábamos mugre y telarañas por todas partes.
El túnel desembocaba en otro más ancho. Lleno también de arañas que habían tejido magistralmente su seda. Los silbidos que nos rodeaban, pronto me parecieron susurros.
—Muy bien. Os llamáis todas «Patas largas». A ver qué tenéis que decirme.
Esos susurros se hicieron voces. Voces sibilantes.
—¿Quiénes son? No son esos seres pequeños…
—Ni los puntiagudos…
—No son comida. No para nosotras.
—El príncipe se dará un buen festín.
—¿El príncipe del veneno? —indagué—. ¿Dónde está?
—¿Qué? —me preguntó Medora.
—Hablo con las arañas.
—Luego la rara soy yo.
Me reí y, al hacerlo, se me metió tela de araña en la boca .
Fue como masticar moho. Escupí, varias veces, quitándome aquellos hilos de la lengua. Medora y las arañas se rieron. La risa de las segundas sonaba a un montón de «íes» pronunciadas de corrido.
—¿Dónde está el príncipe, patas largas?
—¿Cómo es que puedes entenderme?
—Me enseñó mi madre. Por decirlo de alguna manera.
Una de ellas pasó a toda prisa por una tela que estaba encima de mi cabeza. Se descolgó de un hilo hasta posarse en mi hombro. Medora la miró con los ojos bien abiertos, a punto de freírla con su magia.
—Dile a tu amiga que no voy a hacerte nada.
—Es una araña pacífica.
Mi amiga arrugó la nariz y sacudió la cabeza.
—No sé si mi cordura superará esto.
—Los humanos no estáis muy cuerdos, desde luego.
—En eso no puedo quitarte la razón. La mía se hizo trizas cuando hablé con un pulpo.
—¿Qué es un pulpo?
Los ojos de la araña me miraron con curiosidad.
Ocho ojos bien abiertos clavados en mí. Dos grandes en el centro; los demás, a los lados.
A esa distancia le vi los pelitos que le recubrían el cuerpo.
Esos a los que era alérgico Bruman. Los puntos rojos y negros de su cuerpo parecían puestos a conciencia siguiendo un bonito patrón.
Esas pinzas raras con las que debía comerse a sus presas, no me parecieron tan feas.
Vista de cerca, era una cosa bastante mona. Como la Griselda de las arañas.
—Un animal que vive en el… agua grande.
—Ah…, sí, he oído a los enanos hablar de ella. A mí me gusta el agua, aunque sea la que tenemos aquí. Flotar en ella. A mis hermanas no les agrada, pero pongo mis patitas en la superficie y dejo que la corriente me lleve. —Las ahuecó como si fueran una vela—. Me gustaría ir al agua grande.
—Si algún día vamos de vuelta, te llevo.
—Iré encantada. ¿Venís de Aberrak?
¿La araña había sonreído? Sacudí la cabeza.
Le expliqué de dónde veníamos y qué hacíamos allí. Sumamente impaciente, añadí:
—¿Me puedes decir dónde está el príncipe? —Me agaché para esquivar una tela; la araña se movió un poco hacia mi pecho—. Necesitamos con urgencia bella mujer para salvar a nuestros amigos.
—Está más allá de la roca blanca. Pero está muy cabreado. Suele dejar a esos pequeñajos venir por aquí, los asusta un poco, aunque no les hace nada; sin embargo, ahora… está rabioso. Os comerá si os acercáis.
—¿Por qué está tan rabioso?
—¿Quién está rabioso? —preguntó Medora.
Se me olvidaba que solo yo oía a la araña. Le conté lo que pasaba. Ella torció el gesto, no solo por lo que le estaba diciendo: una tela le había dado en la cara.
—Me da igual lo rabioso que esté ese príncipe —dijo tras apartarla—, necesitamos a la bella mujer.
—Todos dicen eso. —La araña caminó hasta mi hombro. Se giró hacia Medora, como si pudiera oírla—. El príncipe deja que la cojan. No le gustan los larguiruchos de orejas picudas, pero ahora está enfadado, muy enfadado.
Le dije a la maga lo que la araña decía e insistí en preguntarle a ella por qué estaba tan enfadado.
Me contó que estaba perdiendo la vista de sus veinte ojos.
Veinte. Eso lo tenía rabioso, porque echaba la culpa a los pequeñajos de haber puesto ese muro que no dejaba entrar el aire puro de fuera.
Yo no estaba muy de acuerdo con eso del aire, pero al menos era más respirable que el que había allí dentro.
—Necesitamos que llegue a nuestros nidos el polvo de los minerales de los túneles para crecer sanas y fuertes.
— Subió por mi cuello, por la oreja y se coló entre mis mechones.
A ratos me daba repelús, a ratos me hacía cosquillas—.
Todas hemos menguado desde que está esa barrera.
La pusieron para que no entrasen los elfos y ahora acabará con nosotras.
Y la magia de los enanos es como una rata escuálida, sirve para un poco…
, pero no alimenta mucho. No sé si me entendéis.
—Sí, claro. Eso oí alguna vez en Ledaria .
—¿Qué es Ledaria?
—Una isla llena de mierda.
No tenía tiempo de darle más lecciones de geografía, así que puse al corriente a Medora del problema mientras avanzábamos por aquella cavidad telarañosa. El resto de las arañas siseaban cuando pasábamos, pero luego seguían a lo suyo.
—Es cierto que la energía de esa barrera mágica es muy rudimentaria y quizá por eso es poco permeable. Podría arreglarlo —dijo Medora—. Los enanos tendrían la seguridad de que esos elfos no entrarían aquí y las arañas disfrutarían de mayor circulación de aire.
La patas largas saltó en mi cabeza. Un escalofrío me recorrió desde allí hasta la parte baja de la espalda.
—Para, arañita, que me da repelús. —Me sacudí.
—Perdón . —Bajó de nuevo hasta mi hombro—. Se me olvida que los humanos sois muy sensibles. Ha sido la alegría de saber que nuestro problema tiene solución. Ya estoy cansada de este olor nauseabundo, no sé cómo lo soportáis.
—La maga me ha echado magia perfumada de rosas.
—¡Rosas! He oído a algunas arañas venidas de la superficie hablar de ellas. ¿A qué huelen?
Miré a Medora, que caminaba pendiente de no tragarse otra tela.
—Conjuritos, mi amiga quiere saber cómo huelen las rosas. Échale perfume mágico.
La araña se giró hacia ella y Medora la observó pasmada.
—Me está mirando como un gato cuando quiere algo —dijo.
—¿Y te ha sonreído?
Entrecerró los ojos para verla mejor.
—Eso… parece.
—Soy una araña simpática, la verdad. Todo el mundo lo dice.
La maga soltó un resoplido, pero hizo lo que le pedía.
—¡Ah! Qué olor tan fantástico. ¡Ojalá todos estos túneles olieran así! ¡Al príncipe le encantará!
—Vas a tener que perfumar todos los túneles —dije al borde de soltar una carcajada .
—No he pasado años estudiando en Téramo para ambientar un nido de arañas. —Miró de reojo a la arañita—. Ah, por favor, no me mires así. Eres demasiado mona.
—Es la Griselda de las arañas.
—¿Quién es Griselda?
—Una costurera muy amable y dulce.
—Como yo entonces. ¿Puedo llamarme Griselda? —dijo con entusiasmo—. Nadie me ha puesto nombre todavía. Al menos uno menos común que Patas Largas. Yo le puse nombre a uno de mis amigos, Sedoso. Su tela es la más suave que existe. Luego os lo presento.
Tuve un momento de inspiración bárdica y le dije:
—Te llamaré Aralda. Que es una mezcla de Griselda y araña.
—Aralda está bien —celebró la araña—. ¡Aralda me gusta!
Correteó hasta volver a esconderse entre los mechones de mi pelo. Mi risa sonó hueca en las profundas cavidades.
Al poco, pasamos por la roca blanca, que no era más que una piedra enorme llena de guano de murciélago. Sin embargo, no vi ni uno.
—¿Por qué no hay murciélagos? ¿Os los coméis?
—Murciélagos… ¡Ah!, sí, las arañas de la superficie me han hablado de esos habitantes voladores de las cuevas de arriba.
Son parecidos a los de aquí, mas no son lo mismo.
Estos son más pequeños y peludos. Los puntiagudos los rebozan con un mejunje hecho de cucarachas.
Es uno de sus platos favoritos. No han dejado ni uno aquí.
Esos elfos eran expertos en arrasar con todo.
—Joder, qué asco.
—¿El qué? —me preguntó Medora.
—Los elfos comen murciélagos con rebozado de cucaracha.
—¿Qué? ¡Pero por qué me cuentas una cosa así!
—Has preguntado. Si no quieres respuestas, no hagas preguntas. Y eso aplica para cualquier cosa en la vida, Conjuritos.
Entrecerró los ojos, llenó los pulmones de aire y soltó un resoplido.