CAPÍTULO 52
De pinchos y enanos
V olver a los túneles fue traumático. Mi ser me pedía regresar a Aberrak y sentarme a escuchar a Arbelina hablar de vacas con pelo mientras me comía otro trozo de pastel.
Sin embargo, no podía hacerle caso al agujero de mi estómago, a los calambres, a las punzadas.
Tenía que continuar. La vida de Hach y de Leyla dependía de ello.
Dejamos la ciudad por otra puerta. Una más pequeña, directa a un sendero entre afiladas rocas que se perdía más si cabe en las profundidades de la tierra.
Bruman había avisado a cuatro de sus compañeros y nos acompañaron también.
Aunque no se meterían en el nido, al menos seríamos más si aparecían los orejas.
Él iba en cabeza, seguido de Medora y de mí.
Los enanos llevaban antorchas, y así aprendí que no solo la madera corriente que yo conocía les era útil.
—Eso no es madera, ¿verdad? —le dije a Bruman, con relación a su antorcha.
—Eres muy observador, patas largas. Nuestras antorchas están hechas de una pasta parecida a la madera, pero que sacamos de unos pozos, por lo que es, en realidad, más similar a la arcilla en composición. Se llama pasta de caroni.
—Macarrones —dije, pues a eso me sonaba.
—¿Qué? —Arrugó la nariz.
—Una pasta de harina con forma de canuto que se come en algunos pueblos de Luara. Con chorizo y tomate. Con carne picada. Con pescado. Con orégano y queso por encima, con… —Salivé—. La pasta admite de todo. Es como la gente que hace amigos en cualquier parte.
—Yo la probé una vez con almejas —dijo Medora .
Unos y otros nos miraron extrañados.
—¿Los macarrones os sirven para algo más que para las antorchas? —le pregunté a Bruman, sacándolo de su estado.
—Sí, es lo que alimenta nuestras chimeneas y hornos. La madera de árbol es carísima, la reservamos para cosas concretas. Armas, muebles, decoración y… ¡Cuidado! —Tiró de Medora, salvándola de una caída mortal a un agujero que se abrió delante de ella.
Ella soltó una exclamación de asombro, en tanto que yo me asomaba.
—Malditos puntiagudos —refunfuñó otro de los enanos, que tal vez había aprendido también nuestra lengua de los viajeros—. Tienen esto plagado de trampas. Cilindros de caroni con pinchos que te hacen picadillo como caigas en ellos. Perdí a mi primo Horkis así. Que Eressar le guarde.
Bruman hizo un movimiento con las manos que no vi bien, pero luego tocó la pared de roca que tenía a su lado. Todos lo hicieron.
—Esos puntiagudos tienen el ingenio bien aguzado a la hora de hacer daño. Ojalá nunca hubieran llegado aquí abajo. Sé que vienen de la superficie, aunque a veces pienso que nacieron en las más abyectas profundidades, donde solo nacen los demonios más terribles.
—¿Hay demonios menos terribles? —dijo Medora, riéndose, superado el susto.
—Ya me entiendes. —Bruman rio también.
El sendero bordeaba un profundo abismo al que no le veía fin. A ratos me parecía que alguna amiga de Cécrope fuera a salir por allí.
—Hérenthor, ¿verdad? De ahí vienen —dije, mientras miraba con recelo la abrupta caída.—. De Hérenthor.
—Hérenthor, sí. … Está muy lejos de aquí. Lejísimos.
—Tengo que llegar hasta allí. Aunque tenga que atravesar un océano de cuevas para hacerlo.
—¡Ja! —Bruman rio con todas sus ganas—. Esos senderos están cortados por los derrumbes o infestados de elfos oscuros.
He oído decir a esos elfos que, en Hérenthor, la Gran Montaña Escupefuego cerró la entrada principal.
Y las otras las cierran los de la superficie cada vez que ellos abren una.
Nos dejan el problema aquí. —Gruñó—. Si alguna vez hablo con ellos, me van a oír.
No podía quitarle la razón. Hubo otros gruñidos y gestos de desaprobación; en medio de todos ellos, un sonido seco que me hizo girar la cabeza. Uno de los enanos gritó desesperado. Ese que había hablado antes mi lengua cayó en una de esas trampas. Al punto, solo le vi la mano aferrada al borde.
Algunos enanos se echaron alrededor del agujero para sacarlo.
El resto no perdió de vista la negrura que nos rodeaba.
Medora y yo nos acercamos para ayudar. No obstante, aunque tirábamos de él, no podíamos sacarlo.
Ninguno de los cilindros le había herido, pero sí se le había quedado el pantalón enganchado a uno.
Bruman dijo algo, que él contestó, y todos los enanos se echaron a reír con ganas.
Medora les preguntó por qué. Más aún en una situación así.
—Le he dicho a Quiri que menos mal que tiene las patas más cortas que nadie. Y él me ha dicho que son ventajas de ser paticorto. Que siempre le cuelgan los pies en la silla y se puede pasar la escoba por debajo.
La maga rio también. Solté una risa con los labios cerrados, pensando que los enanos estaban tan acostumbrados a lo que los orejas hacían con su mundo, a los peligros a los que se enfrentaban por culpa de ellos, que hasta bromeaban en medio de los momentos de tensión. ¿Acaso no hacía yo lo mismo a menudo?
—¡Tenemos aquí a un piernas largas! —Bruman me dio palmadas en los muslos—. Anda, saca a Quiri de ahí. En unos días se casa y no queremos tener que decirle a la novia que se ha quedado sin él.
—No, por los dioses —dijo Medora, apurada—. Tengo algo mejor que unas piernas largas. Una cuerda mágica.
—¿¡Una cuerda mágica!? —dijo Bruman con asombro.
Ella la sacó del bolsillo y se acercó al borde.
Puso uno de los extremos hacia el vacío y este se estiró hasta llegar a donde estaba el enano, que se agarró con fuerza.
Ayudé a Medora a subirlo. Cuando estuvo arriba, se tumbó dejando caer una exhalación de alivio.
No sé qué dijo, pero Bruman le contestó animadamente y le tendió la mano para ayudarlo a levantarse.
El chico asintió mientras sus compañeros le daban palmadas en la espalda.
—Es un invento asombroso esa cuerda tuya, muchacha—le dijo el jefe a Medora.
—Ten. —La maga se la ofreció—. Os será útil por si alguien más vuelve a caer en uno de estos agujeros.
El enano la miró extrañado. Entre los demás se levantó un murmullo de asombro tan grande que retumbó en las paredes de la cueva.
—¿Qué pasa? —pregunté, mirándolos a unos y otros.
—Un enano nunca podría aceptar una cuerda de un extraño. Aunque sea mágica y bien útil —respondió Bruman.
—¿Por qué? —preguntó Medora.
—Porque trae mala suerte. Los puntiagudos se han llevado a muchos de los nuestros arrastrándolos con cuerdas de los pies.
—Entiendo… —dijo ella—, pero esta cuerda no es como la de los puntiagudos.
—Es igual, maga. Quédatela.
Medora no insistió más. Palmeé su hombro, agradeciéndole su buena voluntad con los enanos, y ella sonrió tranquila. Bruman dio orden a algunos de sus hombres para que se quedasen a custodiar el agujero, así lo averigüé cuando vi que no se movían, y el resto retomamos el camino.
Cerca de una hora después de haber dejado Aberrak, llegamos a una intersección de senderos.
El de la derecha seguía bajando. El de la izquierda subía hacia las paredes de la cueva.
El del centro llegaba hasta la boca de un túnel, oscuro como noche eterna.
Antes de que Bruman indicase cuál debíamos coger, estaba seguro de que era el del centro.
Porque, obviamente, no iba a ser coser y cantar.
—Os esperaremos dos horas. Si pasado ese tiempo no habéis salido…, os damos por perdidos.
—Volveremos —dijimos la maga y yo con decisión.
—Bueno, eso espero. Me caéis bien. —Bruman estiró las comisuras de los labios en un gesto sincero—.
En la entrada hay una barrera. Vosotros la llamaríais mágica.
La puso Arbelina, con sus runas, para evitar que los elfos oscuros siguieran robando en la cueva de las arañas sus venenos y antídotos.
No funcionó. —Se encogió de hombros—. Pero ahí sigue, por si sentís algo raro.
—Me haré cargo —dijo mi amiga.
Tras darles las gracias, tomamos el sendero del centro. Ante la entrada de la cueva, le dije a Medora:
—¿Preparada, Conjuritos?
—No he estado más preparada en mi vida, Espadita.
—Pues vamos allá.
La maga prendió su luz; yo desenvainé la espada. La entrada de la cueva nos engulló tras los primeros pasos.