Málakor 3 CAPÍTULO 51
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CAPÍTULO 51

De Arbelina

N o podría tomarme una cerveza con la bella mujer, porque no era otra cosa que una planta. Eso dijo Arbelina en cuanto le pregunté, que fue, literalmente, dos segundos después de que nos saludase.

La enana, de pelo rubio y ensortijado, tenía la cara redonda como una magdalena y ese aura de la gente bonachona.

Nos recibió en una sala amplia, de buena altura, llena de hierbas secándose por todas partes, colgadas de las vigas del techo o puestas sobre muebles.

En una zona estaban los de tamaño enano; en la otra, los de tamaño patas largas.

Había una docena de vitrinas con frascos y vajillas de cristales de colores; una gran mesa, varias sillas, una chimenea y un caldero en el que hervía algo de color verde que hacía unas burbujas enormes.

Cuando explotaban, sonaban como un sapo al ser espachurrado.

Supongo que no habéis espachurrado nunca un sapo, o al menos eso espero.

Pisé uno por error y no fue nada agradable.

Sobre todo porque era un sapo que mi jefe cuidaba en su jardín.

A Poldar, el padre de Brianna os recuerdo, no le sentó nada bien, pero… una de tantas.

El caso es que allí había muchas cosas. Uno no sabía dónde mirar. Bueno, yo sí, porque en la mesa había un pastel enorme del que salía un olor riquísimo a cerdo. ¿Tenían cerdos los enanos? Me daba igual, solo pensaba en comérmelo.

Panceta, Medora y Xelirian estaban igual de fascinados con todo, cada uno a su manera.

Porque si a ella le brillaban los ojos, y Panceta lo olismeaba todo, al chiquillo le brillaba la punta de la lengua de tanto atraparla entre los labios por el embobamiento.

Los gatos a veces se quedan así. Lluna mismamente.

Y son bastante graciosos. Ese chiquillo era un gato callejero, desaliñado y solitario, que hubiera visto a otros gatos meterse en sangrientas peleas, obligado a pelear también .

En la estancia había una decena de enanas más, de túnicas blancas igual que la de Arbelina, yendo de aquí para allá, cargadas con canastos con sábanas o remedios.

Por la casa de sanación debían de pasar muchos viajeros, sí, pero también muchos aberrakis, a juzgar por la cantidad de trabajo que tenían.

No dejaba de sorprenderme que, bajo nuestro mundo, existiera uno que transcurriese en sus propios ritmos y respiración, sin que tuviéramos la menor idea de su existencia.

El enano había dicho que los monarcas de la antigüedad en Luara sí sabían de Aberrak, comerciaban, quizá, con ellos, y me pregunté qué habría pasado para que eso hubiera cambiado.

Una cosa que tendría que investigar el bardo, desde luego, porque seguro que habría que leer un montón y hablar con otro montón de gente, amablemente, para saberlo, y ya sabéis que no son mis fuertes. Sobre todo lo último.

—Una planta, como os digo —repitió Arbelina, sacándome de mis divagaciones mentales—. La comen las arañas de las que se saca el príncipe del veneno. Por eso la canción dice que el príncipe secuestra a la bella mujer.

La canción. Ese bardo, hasta sin saberlo, conocía el remedio a su problema.

—Esos puntiagudos están causando estragos con sus venenos por aquí.

—Apoyó las manos en las caderas, sobre los laterales de su delantal, tan blanco como su túnica—.

Pero no nos arredraremos ante una panda de elfuchos, ¡no!

Los pueblos enanos hemos sobrevivido a los fuegos de cien dragones rojos.

Esos orejotas no nos dan miedo. Ni con miles de sus venenos ni con miles de sus virotes.

—Levantó el dedo índice y lo hizo dar vueltas en círculos—. ¡No podrán con esta sanadora!

Se me fueron los ojos a otra enana que andaba por allí, porque soltó un «¡Desde luego!», con mucho brío. Entendía también nuestra lengua, al parecer.

—Claro que no, amor mío. —El sonoro beso que Bruman le dio a su mujer me hizo mirarlos—. Nada puede contigo, venavemi .

—No, mi amor. —Ella correspondió a su gesto—. Ni tampoco contigo.

La cara de extrañeza de Xelirian ante esas muestras de cariño fue digna de ser retratada .

—¿Qué significa esa palabra? —preguntó Medora—. Vena…

— Venavemi —indicó Bruman—. Es una manera cariñosa de llamarse amor. Quiere decir: sangre de mis venas.

—La sangre me persigue últimamente… —dije para mí mismo.

—Decidme, ¿cuándo dispararon a vuestros amigos? —preguntó Arbelina.

Medora se apresuró a explicárselo. Arbelina fue seleccionando cosas de la mesa mientras hablaba, agrupándolas en una esquina. Morteros, hierbas, frascos… Panceta la seguía, atento a cuánto hacía. O, más bien, atento por si le caía algo de comer.

Cuando la maga le habló de las horas que suponía habían pasado, la sanadora dejó de hacer y la miró torciendo el gesto.

—Entonces apenas nos queda tiempo.

Supe que venía tormenta y me preparé para las malas noticias. Apreté la… Bueno, iba a apretar la empuñadura de la espada. Inexistente en aquellos momentos. Al final, me apreté las manos, cogiendo aire.

—Empleé la última dosis esta misma mañana, y los recolectores que se encargan de traer más están en otra misión lejos de aquí. No podré hacer nada hasta mañana por la tarde. Y… ya os habrá dicho Bruman lo que eso significa. —Miró a su marido, que asintió.

Solté el aire de golpe, con las ganas de soltarle una bofetada al tiempo y a las circunstancias también.

La esperanza de salvar a Hach y a Leyla se había diluido.

Solo cogí hielo y ahora quedaba agua que se escurría entre mis dedos.

La idea de su muerte se hizo más notable.

Noté hasta en los huesos el dolor de perderlo.

Mareado, me apoyé en la mesa. Mi amiga, con los ojos llenos de lágrimas otra vez, vino a ayudarme.

Me cogió del brazo y me ayudó a mantenerme en pie.

—Uy, uy. —Arbelina chasqueó la lengua—. Necesitas comer, darte un baño y descansar. Y un té vivificante de hierbas rojas. Lo prepararé sin falta. —Se lanzó a coger otros utensilios y plantas.

—No quiero comer ni darme ningún baño —dije, tras apretar los dientes para soportar la punzada de dolor que me recorrió desde el pecho hasta el cráneo—. Si no hay bella mujer, iré yo mismo a buscarla.

—Es muy peligroso —advirtió la sanadora, llena de espanto—. Nuestros recolectores se juegan la vida cada vez que van. Las arañas de esos túneles son enormes y voraces.

—No me dan miedo unas cuantas patas largas. Y, aunque me aterrasen, tengo que salvar a mis amigos.

Bruman chasqueó la lengua y se acercó a mí.

—Está bien, irás, pero, si no comes nada, no llegarás dos rocas más allá.

Arbelina cortó un trozo de pastel, lo puso sobre un plato naranja y me lo dio. Luego repartió también a los demás. El chiquillo lo devoró. No supe cuánto tiempo llevaba sin comer nada en condiciones, pero más que nosotros, seguro.

—Muy bien, ¿dónde están las patas largas? —dije con la boca llena.

—Bruman os llevará hasta la entrada de los túneles. Aunque entraréis solos. Es alérgico al pelo de esas arañas. Si se acerca, está muerto. No quiero quedarme viuda, como comprenderéis.

La sanadora cortó unos trozos más de pastel. Xelirian se lanzó a por un segundo sin dudar y lo comió vorazmente.

—Chiquillo, te vas a ahogar. Y no quiero muertos en mi casa. Ni siquiera cuando son puntiagudos.

Ella no había tenido un mal gesto con él, solo miradas curiosas, recelosas tal vez; sin embargo, nada comparable a lo de los demás.

El niño la miró por un instante y siguió zampando, igual que Panceta, que casi se atragantó por el ansia.

Bruman llenó unos vasos con agua, un cuenco para el perro y los dejó cerca de nosotros. Medora se tomó el suyo de un trago.

—Iré contigo, Málakor. —Dejó el vaso en la mesa y se secó los labios con el dorso de la mano. Estábamos tan llenos de mugre que el agua y las lágrimas habían dejado surcos en nuestra piel—. Necesitarás ayuda.

—Es peligroso, Medora, ya lo has oído.

—También son mis amigos. —Su mirada se clavó en la mía, llena de tristeza y también de esperanza—. No puedes negarme el derecho a ayudarlos, por más peligros que entrañe la misión .

—Está bien, pero no puedes usar tu magia. Estás llena de champiñón.

—Tengo un cepillo estupendo para eso —dijo la enana—. De cerdas de bilmut. Tenéis que quitaros ese polvo de champiñón o las arañas se os echarán encima como si fueseis su mayor banquete. Les encanta olerlo.

—Muy bien. —Me bebí también el agua de un trago. Aunque sabía un poco más ferrosa de lo que estaba acostumbrado, estaba rica. Y era mucho mejor que la que habíamos tomado en los túneles—. Ya hemos comido y bebido. Nos quitamos el polvo y nos largamos.

Arbelina, consciente del apremio, nos hizo un gesto para que la acompañásemos.

—Hazte cargo del puntiagudo, Bruman —dijo después.

—Bruman… —comencé a decir.

—Sí, ya lo sé. No le pasará nada. Vete.

—Me quedaré con ellos. —Panceta me tranquilizó con la mirada.

Cogí aire mientras asentía y luego seguí a Medora y Arbelina. La sanadora nos condujo por un largo pasillo hasta la parte trasera de la casa.

—¿Qué es un bilmut? —preguntó Medora entretanto.

—Teniendo en cuenta lo que me han dicho otros viajeros de la superficie, lo más parecido que tenéis ahí arriba son las vacas.

Aunque estas vacas son mucho más grandes y están cubiertas de pelo largo y rizado.

Usamos los mechones más cortos y duros para hacer un montón de cosas: cepillos, cinturones, adornos…

Los largos los empleamos en la ropa. De los bilmut se aprovecha todo.

—Abrió una puerta que daba con un pequeño patio trasero—.

El pelo tiene una sustancia que repele el polvo del champiñón, porque los bilmut andan mucho por esa zona de los túneles.

Si no habéis visto ninguno es porque en época de cría suben a las partes más altas de las cuevas.

Medora atendió fascinada a aquello. Entretanto, observé el patio, más centrado en ubicarme en el lugar que en saber de vacas peludas.

Había macetas hechas de roca donde crecían plantas, extrañas a mis ojos, de todo tipo y tamaño, unos barriles y unos tenderetes de los que colgaban ropas y sábanas.

La parte trasera de la casa daba a una pared de roca, en la que estaba encastrado un murete de piedra y madera, separando aquella zona de una terraza superior llena de casas.

Podía ver los tejados naranjas desde allí.

El río debía de estar cerca, porque se oía el murmullo del agua entre las rocas.

Sobre una cresta de piedra verdosa, a mi derecha, vi posados unos de esos pájaros de las profundidades.

Hacían un ruido muy parecido al de las palomas.

La enana cogió un cepillo bien grande de una cubeta de metal y, a toda prisa, nos cepilló las ropas como si fuéramos alfombras. El suelo a nuestro alrededor se volvió blanco.

—Lo recolectaré más tarde —dijo—. Este polvo, además de para inhibir los efectos de la magia, es estupendo para las pieles maduras.

Pensé en una manzana de esas amarillas que se empiezan a poner rojas al sol y que saben tan dulces. En la manzana que compartí con Anamkha. Echaba de menos a la pelirroja y seguía teniendo un hambre terrible.

Liberados de la sustancia blanquecina, regresamos a la estancia principal.

Xelirian y Panceta seguían allí, en compañía de Bruman.

El chiquillo se había sentado en una de esas pequeñas sillas, que iban bien a su tamaño igualmente.

Panceta estaba a su lado. Antes de que pudiera mencionar nada al respecto de qué pasaría con ellos cuando nos marchásemos, Arbelina dijo:

—Se quedan los dos conmigo. Tengo que cepillarlos, además de comprobar que el crío no trae nada raro de fuera.

Xelirian arrugó la nariz, pero no dijo nada.

—No me mires así, puntiagudo. —Alzó el pico del mandil como si fuera a atizarle con él—. También te bañaré con jabón de romero, y no creas que es barato, viene de lejísimos, pero es el mejor para quitarte esa capa de mugre que traes en las orejotas. ¡Están sucias como para plantar piedrinabos!

—Jabón, qué asco. —Panceta se removió.

El niño se llevó la mano a las orejas, las frotó y luego se miró la palma.

«Podría plantar una patata en la mugre de esa camisa», me había dicho Hach una vez, en un tiempo que ahora me parecía de otra vida.

—Si me das más comida, igual dejo que me bañes —dijo Xelirian tras encogerse de hombros.

—Lo mismo digo —ladró Panceta.

Me pareció que ella pensaba soltar alguna regañina, pero al final se mostró conforme.

—¿Os quedáis con ella entonces? —les pregunté—. ¿Os parece bien?

El can asintió. Al niño debió de sorprenderle que alguien le pidiese su opinión sobre algo, pues me miró desconcertado.

—S-sí… —musitó, para después enterrar la mirada en el suelo.

Bruman me dirigió una que resaltaba lo evidente: habría dado igual lo que el niño o yo opinásemos. No discutí, Xelirian había accedido.

—Bien, pero una cosa más: no saldré de aquí sin mis armas.

—No puedo darte las armas —declaró Bruman—. No es seguro que unos desconocidos vayan armados por nuestra ciudad. Bastante me la estoy jugando con dejarte salir, ya has oído a Trori.

—Mira, enano, en esta casa están dos de las personas que más me importan, medio muertas, y de que regrese con la planta de marras depende su vida. ¿De verdad crees que voy a perder el maldito tiempo en ponerme a cortar cabezas en Aberrak?

Los enanos se miraron entre ellos, hasta que, al final, Bruman accedió. Ya con mis dagas y mi espada, me sentí más seguro. Había sido como separarme de una parte de mi cuerpo. Bueno, quizá no tanto. De separarse de una parte del cuerpo, algo sé.

—Vamos, tenéis que daros prisa, ¡mucha prisa! —dijo Arbelina atropelladamente—. Os mostraré un dibujo de la bella mujer. Es bastante grande, única. Así que no os confundiréis cuando la veáis.

Sacó un libro, cuyas tapas estaban hechas de tela. El papel, cosido a ellas probablemente con pelo de bilmut, era rugoso y oscuro, muy burdo. Pasó las páginas aprisa, hasta que señaló una en concreto.

La bella mujer tenía forma estrellada, con las hojas grandes y hermosas, de color blanco. En el centro había una flor púrpura en forma de campana, de la que pendía algo parecido a un arándano.

—Mientras iré preparándolo todo para el antídoto. Habrá que darles una buena dosis y aun así pasarán un tiempo durmiendo. Luego estarán como pizarra recién partida: brillantes y frescos.

Si hubiera estado allí Leyla, yo le habría dicho: «Tú estarás como una lechuga, Flechas», por hacerla reír o asesinarme con la mirada.

A esas alturas, todo me valía. Solo quería tenerla a mi lado de nuevo, con vida.

Pensé que podría decírselo más tarde. Pero los pensamientos son solo eso, pensamientos.

No hacen que los deseos se vuelvan realidad.