CAPÍTULO 50 #2
Me acerqué a ella y le eché el brazo izquierdo por los hombros. Sin dejar de caminar, la atraje hacia mí y la besé en la frente.
—Conjuritos, no estés triste. Ya ha pasado lo peor. Hach y Leyla se pondrán bien.
Ella asintió y me abrazó. Me sentí mejor. Ojalá la hubiera abrazado antes.
—¿Por qué hacéis eso? —preguntó Xelirian—. ¿Os vais a apuñalar?
—A… ¿A qué? ¿Por qué dices eso, niño? —musitó Medora con cara de espanto—. Nos estamos abrazando.
—En Narqania, cuando se acercan así, es para apuñalar al otro en el costado.
El gesto de la maga se triplicó, como si estuviera viéndolo en persona.
—Qué lugar tan horrible.
Pensé en Ledaria.
—Lo es —dijimos el niño y yo a la vez.
Ella sacudió la cabeza y miró hacia adelante.
Aunque el chiquillo no le gustaba, esperaba que, con los días, se acostumbrase a su presencia y comprendiese sus circunstancias.
Sabía que lo haría. Solo que estaba como yo, con el cerebro y el corazón sacudido por demasiadas cosas como para asimilarlas todas correcta y racionalmente.
—De donde nosotros venimos, la gente se abraza para saludarse, porque se aprecian o se quieren —dijo la maga.
—No sé qué es querer. Ni apreciar. ¿Qué es?
Me rompió el corazón. Al menos, yo sí había sabido desde niño lo que era amar. Amaba a mi madre, a Debra, por encima de todo. Más que a mí mismo. Y ella a mí. Tanto como para sacrificarnos el uno por el otro.
Medora volvió a mirarlo. Aquella vez, hubo compasión en sus ojos. Más profunda de la que podría haber admitido en voz alta.
—Es… No sé explicártelo, pero espero que algún día lo conozcas —dijo.
Apreté a Medora contra mí y volví a besarla en la frente. Hubo una seña de agradecimiento en ese gesto.
A un lado y al otro dejamos filas de casas y cientos de curiosos que se asomaban desde las ventanas, que salían a las puertas, que se detenían en la calle a nuestro paso, para cuchichear algo sobre nosotros en su lengua.
Nos miraban con curiosidad o recelo. Sobre todo cuando se trataba del chiquillo.
Estaban acostumbrados a ver humanos por allí, supuse, por eso de que comerciaban con ellos, pero los orejas…
Los orejas sacaban lo peor de sus miradas.
Habría cogido la mano del niño para hacerle saber que estaba a salvo.
Al menos en cuanto estuviera en mi poder, pero estaba seguro de que la habría rechazado.
—Las ropas de esta gente son como el sitio en el que viven —comentó Medora—. Gris de la roca, marrón de la tierra, blanco champiñón antimagia…
Asentí, observándolos. A menudo, llevaban detalles dorados o rojos, así como joyas. Las lucían en anillos, gargantillas, collares, pendientes, adornos en el pelo, en la ropa…
—Esto es el paraíso de un ledarita con los dedos largos.
—Y el paraíso de un herrero —anotó Medora—. ¿Oyes eso? Está por todas partes.
Nos llegaba el sonido de la fragua; del martillo golpeando el metal; del yunque resistiendo los envites que un herrero, en algún lugar, arremetía contra él para moldear el hierro. Un sonido repetitivo y fuerte, molesto al principio, pero que terminaba haciéndose familiar.
—Hach estaría tomando nota de todo esto —dijo la maga con tristeza y cariño.
Miré hacia adelante. Desde mi altura, pude ver a los enanos que cargaban con él. Había entrado en aquella ciudad como un guerrero que regresa a su hogar, muerto sobre su escudo. Pero él no estaba muerto. Aunque apenas nos quedasen unas horas para poder salvarlo.
—Lo hará, Medora. Lo hará. Iré yo mismo a buscar a esa bella mujer si es preciso, sea quien sea.
Me dirigió una mirada llena de esperanza y luego le pidió a Panceta que no se alejase tanto. El can lo olisqueaba todo, colándose entre los enanos, saliendo del grupo y volviendo a entrar. Entretanto, hacía comentarios sobre cada cosa que encontraba y que olía distinto en Ardacia.
—¡Malditos gatos! ¡Hasta en los túneles están esos peludos apestosos! —gruñó—. El pis de los gatos de aquí huele a champiñones.
—Solo son gatos, Panceta.
—Solo son asesinos, Málakor —replicó con retintín.
Puse los ojos en blanco y resoplé.
Nos adentramos en una calle estrecha, donde todos los olores y ruidos de la ciudad se hicieron más patentes.
Destacaban dos de entre todos ellos: el olor de las hierbas aromáticas y el sonido de los morteros al machacarlas.
Había grandes sábanas secándose a un sol inexistente, túnicas de color blanco, todas colgadas en cuerdas que iban de ventana en ventana.
Trori se detuvo ante una casa; el resto lo hicimos también. Era una vivienda grande, con una escalera de madera de acceso y un espacio techado por un balcón superior, soportado por columnas de madera tallada en forma de espiral. Tenían dibujos dorados. Morteros y hierbas de todo tipo y tamaño.
—Bruman, te quedas para vigilarlos. Que tu mujer se encargue de los heridos. Llevadlos dentro, muchachos.
Los enanos que los transportaban los metieron en aquella casa. Eché a andar tras ellos, a la par que Medora. Bruman nos cogió a cada uno de la manga y tiró de nosotros.
—Entraréis ahí, quedaos tranquilos. Pero tenéis que dejar que mi esposa haga su trabajo, ¿eh?
—Levantó las cejas, esperando un asentimiento por ambos.
Cuando lo hicimos, agregó—: Tomad un baño y comed.
Apestáis a suciedad y hambre. En mi casa hay camas, sillas y hasta techos tamaño patas largas.
Arbelina sana a los viajeros que llegan de lejos.
—¿Como nosotros? —preguntó Medora.
—Y de otra infinidad de… ¿cómo lo llamáis en la superficie? —Bruman se tocó la barbilla con gesto pensativo—. Ah, sí —chasqueó los dedos—, ¡especies! Pero en esta época del año no pasan por aquí. Se preparan para el veruntaqelvi .
La maga, una vez más, quiso saciar su curiosidad.
—¿Qué es eso?
—El invierno de las profundidades —dijo, en un tono escalofriantemente tétrico.
—Vamos, dejad la charla. Ya hablaréis más tarde de esos asuntos. Vendré a buscaros cuando la reina acceda a veros —anotó Trori, que levantó la mirada por un instante hacia la casa y saludó a alguien con la mano.
Miré hacia las ventanas y vi a una enana asomada a una de ellas, con una bonita sonrisa.
—¿Eso cuándo será? —pregunté, regresando la vista a él.
—Es una reina, muchacho, ¿desde cuándo tienen plazos para algo?
—Trori rio a carcajadas. De paso, me hizo reír a mí, cosa que agradecí—.
Bruman, no quiero tenerlos por la ciudad hasta que no tenga órdenes de la reina sobre qué hacer con ellos.
Y al chiquillo orejudo que lo revisen bien, no sea que traiga alguna de sus enfermedades.
—No tengo enfermedades, enano barbudo —respondió Xelirian con inquina.
Trori no le hizo el menor caso. Dio un pisotón en el suelo, fuerte como un trueno, y echó a andar. Sus hombres lo siguieron.
En cuestión de segundos, solo quedamos Bruman, Medora, Xelirian, Panceta y yo. Bueno, y la gente que iba y venía por la ciudad, que pronto dejaron de prestarnos atención y siguieron a lo suyo.
Observé la casa, de arriba abajo. En la cumbre del hastial del tejado a dos aguas, había un cartel de madera escrito en varias lenguas, incluida la mía. Rezaba:
Arbelina, sanadora y lectora de runas
Lo curo todo, menos la ruina
El bardo habría sonreído al leer la rima. Ya lo haría más tarde, pensé. Y puse un pie en el primer escalón. Se me quedó la mitad fuera, porque los escalones eran de tamaño enano. La puerta, sin embargo, era alta. No tuve que agacharme para cruzarla.