Málakor 3 CAPÍTULO 50
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CAPÍTULO 50

De Aberrak

C inco horas después, tras una decena de largos túneles, llegamos ante una pared de roca, lisa como un espejo.

Cortaba el paso, de suelo a techo del túnel.

Pensé que esos pequeños hombres se habían equivocado de camino; sin embargo, de un lateral de la cueva, como salidos de grietas que mi vista no alcanzaba, emergieron dos más, armados con ballestas.

Se saludaron y hablaron en su lengua, por lo que no entendí nada; no obstante, lo hicieron en tono jovial.

Al menos hasta que uno de ellos miró a Xelirian, soltó un gruñido y dijo algo que sonó desagradable.

Por instinto, acerqué la mano a donde debía de estar una de mis dagas, por si a ese patas cortas le daba por hacerle algo.

Igualmente, podría darle un puñetazo y quedarme tan a gusto.

Sin embargo, Trori intervino, en mi lengua:

—La reina decidirá sobre él. Ahora, abrid las puertas.

Miré de reojo a Xelirian. Él tenía la mirada puesta en Leyla, muy intrigado.

—¿Por qué la miras así?

—Es… bonita —dijo.

Me callé que a su padre también se lo había parecido. No era un asunto que tratar con un crío, por más mayor que pareciese.

—Lo es, sí. Y está viva.

—De momento está más cerca de la muerte que de la vida —comentó, haciéndome sentir un escalofrío.

—Mira, Xelirian, deja de sonar tan turbio, si no te importa.

Se encogió de hombros y siguió mirando a Leyla.

Las puertas se abrieron de par en par. Dos hojas de acero y madera, revestidas de piedra, a las que movían grandes engranajes.

Su apertura provocó un ruido fuerte, aunque no estridente.

Tras ellas, vi una cueva de grandes proporciones, por la que se extendía una ciudad enorme.

Hasta Panceta soltó un ladrido de asombro.

—Esto es más grande que cualquier otra cueva que hubiera visto jamás. —Medora se acercó a mí, aunque guardando las distancias con Xelirian—. Tampoco es que haya visto muchas con las que compararla, pero es formidable. Háchpirey y Leyla alucinarán cuando la vean.

Miré en derredor, allá donde alcanzaba mi vista. La entrada a la cueva estaba más alta y podía ver la ciudad casi por completo. Aberrak estaba bien iluminada con faroles, que le daban un color naranja a todo. Había además núcleos de cristales, verdes en su mayoría, y jardines de altas setas.

Se hallaba dividida por un río, salvado por varios puentes de piedra, que emergía en grandes cascadas de una pared de roca.

Las casas, levantadas del mismo material, con tejados rojos, amarillos, grises y naranjas, se esparcían por la cavidad.

Sobre terrazas, a la vera del río, en plazas.

Eran más angulosas que las que había visto en las ciudades humanas, pero, a pesar del tamaño de los enanos, eran altas como las nuestras.

Tenían grandes maestros canteros y tallistas, desde luego.

Todo lo hacían a lo grande: las edificaciones, las estatuas…

En la pared opuesta de la cueva, un edificio resaltaba sobre los demás.

Enorme, estaba enclavado junto a la caída de una cascada, rodeada de cristales azules como los que habíamos visto.

En la fachada había arcos tallados en la piedra y un sinfín de estatuas y motivos geométricos.

Seguramente sería la casa de la pulecoronas de turno.

El olor era… particular. Una mezcla entre el de la roca cuando se rompe, salado y seco, y el del musgo y sus flores, húmedo, terroso y ligeramente dulce.

Ese olor se mezclaba con el de las comidas.

No sabía qué comían allí, pero había cierto aroma a pescado a la brasa, a legumbres y a pan horneado.

También llegaba el olor de la cerveza… O quizá de algo que se le parecía.

Sentí como si tuviera dentro de mi estómago a cuarenta gatos reclamando comida con sus insistentes maullidos.

Las casas tenían altas chimeneas de piedra, cuyo humo ascendía para colarse por agujeros grandes dispuestos en el techo de la cueva. Me parecieron intencionados, útiles para la ventilación .

También había cosas de madera, como los mangos de las armas, utensilios o elementos decorativos. Y aunque advertí una zona reverdecida junto al río, que me pareció eran huertos, no había árboles. O al menos no habíamos visto nada parecido a uno desde que llegamos a los túneles.

—¿De dónde sacáis la madera? —le pregunté a Bruman, que estaba a un paso de mí.

—De los árboles.

—No creo que haya árboles aquí abajo —dijo Medora.

—¿Cómo conseguís en vuestras ciudades las cosas que no tenéis?

—Del saqueo y el pillaje —dije.

Panceta se rio.

—¿Saquear? —Contrajo tanto el gesto que hasta la barba se le levantó—. ¡Nadie dirá jamás que los enanos hemos cogido algo que no hayamos conseguido legítimamente!

—Málakor… —Medora chasqueó la lengua—. No le haga caso, señor enano, está de broma. Comerciamos.

—Pues nosotros igual. Con otras ciudades bajo tierra y con las de la superficie. —Bruman me fulminó con la mirada y soltó un gruñido que se ganó otro de Panceta en respuesta.

Ese perro, con tal de defenderme, olvidaba que el enano tenía un hacha que lo haría salchichas.

—Sí, ya…, no te pongas así. —Levanté las manos en señal de paz—. Y deja de gruñir, Panceta, tienes que vigilar un poco más a quién le gruñes.

—No me da miedo el patas cortas. Podría comerme su cabeza de un bocado. Aunque los enanos no deben de tener buen sabor.

—Igual a la brasa…

—Je, je, je…

—¿Por qué parece que hablas con el perro? Antes lo has hecho también —dijo Bruman, ceñudo.

Hay cosas que es mejor no explicarle a alguien que acabas de conocer. En general, la mayoría de las cosas. En el mejor de los casos podrían tomarte por loco; en el peor, usar la información que les des en tu contra.

—No, con mi voz interior. En fin, volviendo a lo que nos atañe. Comerciáis con la superficie, lo entiendo. ¿Con qué parte? No sabíamos nada de vosotros en Luara. Al menos no oficialmente, que yo sepa.

Más allá de esa leyenda de Sha que había contado el bardo, así era.

—No vuestros monarcas actuales, desde luego, pero en la antigüedad no era así. Ahora comerciamos solo con Ítaro. Mayormente, con los humanos de Lerok y con los de ese otro sitio que tiene cosas que flotan en el agua grande. Navíos, los llaman.

Supuse que «el agua grande» sería el mar.

—Me gustan los barcos. Siempre hay ratas que perseguir en ellos.

—Sobre todo si son barcos de Ledaria.

Bruman volvió a mirarme, ceñudo, y sacudió la cabeza antes de decir:

—Esas cosas no pueden ser muy seguras, pero, en fin, nos proveen de lo necesario. Un enano ha de saber buscarse la vida. Antiguamente, comerciábamos con Rádamo, pero ahora solo es un inmenso pantano —siguió explicando con ánimo—. Así que hemos buscado otros pueblos con los que comerciar.

Rádamo. El pantano. Las dos cosas me golpearon el pensamiento al mismo tiempo que dos fuertes latidos de mi corazón.

—¡Rádamo! —exclamó Medora—. ¿Existe realmente? He leído sobre ella en mis libros, pero pensé que era solo una leyenda.

—Es solo un pantano apestoso —dijo Xelirian.

—En los pantanos hay babosas comestibles bien sabrosas… —soltó Panceta.

Si alguien pensaba más en comida que yo, ese era él.

—¿Has estado allí, elfo? —le preguntó la maga, con recelo.

El crío negó con la cabeza.

—Nunca, pero mi padre sí. Dice que es un pantano hediondo, nada más.

La maga lo miró de reojo; sin embargo, no dijo nada.

—Eso es, sí —anotó Bruman—. Los dragones hicieron de las suyas allí, hace muchos años. Los magos lanzaron un gran hechizo y se fue todo a freír lagartos. Desde entonces, solo son ruinas en medio de aguas infestas.

Medora guiñó los ojos como si se le hubiera metido algo.

Seguramente eso de «dragones». No era la primera vez que el enano los mencionaba, pero la anterior quizá estaba aturdida por la situación.

Aunque había estudiado cosas sobre los dragones, su cara de asombro fue genuina.

El bardo podría decirlo mejor que yo, pero imagino que no es lo mismo leerlo que tener la certeza de que está cerca de ti, en algún lugar.

Me asombré también, pero no tanto como ella.

Mi cerebro no quería procesar más cosas de las que ya estaba procesando.

De un momento a otro empezaría a decir: «Ah, sí, dragones.

Siguiente cosa rara, por favor». Necesitaba descansar, comer en condiciones, recuperar fuerzas, ver a salvo a mis amigos y, más tarde, digerirlo todo.

Lo de los enanos, lo de Xelirian, lo de los dragones, lo de Ítaro… Todo, en definitiva.

—¿Está muy lejos? —quiso saber Medora—. Rádamo.

—Hay un trecho bien largo. Pero las cosas que conseguimos de allí merecen la pena. Vamos, vamos. Me estáis poniendo la cabeza como un yunque que hubiera sido golpeado todo el día. ¡Dejad de hacerme preguntas! Ya se las haréis a mi mujer, a ella le gusta más hablar que a mí.

Asentimos y seguimos al grupo, que se adentraba en la ciudad. Panceta se adelantó unos metros, mezclándose entre ellos, recibiendo algún gesto de cariño de los más amables.

—Nunca había visto un perro tan grande —dijo uno de los enanos, revolviéndole el pelo entre las orejas.

—Ni yo un hombre tan pequeño —contestó alegremente.

Dado que ninguno se sorprendió al verlo, tuve la certeza de que también había perros en los túneles.

Mas pequeños que él, si tenía en cuenta las palabras del enano.

Quizá habían llegado de la superficie de mano de los viajeros, como nosotros, y se habían asentado allí.

O tal vez llegaron con ellos cuando los dragones los obligaron a recluirse en las cavernas.

—Si cuento esto en Téramo, nadie lo creería —murmuró la maga, sacándome de mis pensamientos.

—Seguro que han visto cosas más raras —dije—. Como lameazufres simpáticos.

Sonrió un poco.

Había estado tan ofuscado con todo, que no le había dado ni un abrazo para superar el mal trago de saber muertos a nuestros amigos. Porque lo estuvieron para los dos, aunque solo fuera por unas horas. Las más largas y horribles de mi existencia.