Málakor 3 CAPÍTULO 49 #3
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CAPÍTULO 49 #3

—¿Seis vueltas de piedra? —quise saber.

—Horas —aclaró Bruman—. Lo llamáis así a la superficie. Cada vuelta de piedra son tres horas. Pasado ese tiempo, el príncipe del veneno pondrá sangre en sus bocas y dormirán para siempre. Hay que buscar a la bella mujer.

No sabía quién era esa bella mujer, pero, si de ella dependía la salvación de Hach y Leyla, la encontraría y me tomaría con ella todas las cervezas del mundo.

—¿Vais a ayudarnos? —pregunté.

—Si alguien quiere afilar el mismo acero que tú, lo ayudas —dijo Trori—. Es un viejo dicho enori.

—¿Enori? —Medora lo miró con la boca abierta—. Como Sha.

—Ah, conoces la leyenda. —Tanto Trori como Bruman la miraron orgullosos—. Mi pueblo y el suyo fueron uno. Pero los dragones rojos lo destruyeron todo y nos refugiamos en las entrañas de la tierra.

—Espera, espera —dije a toda prisa—. No puedes contar esa historia, y menos si incluye dragones, hasta que el bardo no despierte.

—¿El bardo? —Trori arrugó la nariz.

—El pelirrojo. Es bardo.

—Es el mejor bardo del mundo —ladró Panceta.

Trori y Bruman soltaron un gruñido alegre, y le dijeron algo a sus amigos. Ellos se pusieron a vitorear, muy contentos .

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Hace largos años que no pasa por Aberrak un bardo. Y en mi tierra nos encantan las buenas historias.

Supe que, cuando Háchpirey despertase, entre su labia y sus canciones, los tendría a todos ganados. Y eso me quitó un peso de encima.

Trori dio órdenes a sus hombres, y empezaron a moverse. Dos de ellos cargaron a Hach; otros dos, a Leyla. Junto a Trori y otros enanos, tomaron dirección hacia el lugar al que nos dirigíamos inicialmente, allá donde la luz era más fuerte. Medora los siguió al punto.

—¿Y el chiquillo? —le pregunté a Bruman.

—Hazte cargo de él. Viene con nosotros, pero su destino no depende de mí ni de ti, sino de la reina. Y ahora, las armas. Somos famosos por nuestra hospitalidad, no por nuestra estupidez.

Claudiqué, con la idea de salvar a Hach en mente, y le entregué las armas.

—Hace mucho que no veo una de estas dagas por aquí —las admiró con atención.

—¿Ha pasado por aquí antes algún explorador de Knegara?

—Uno, hace muchos años. Iba vestido como tu amiga. —Señaló mi capa con la mirada—. Y llevaba una de estas capas.

—¿Azskar? —Quizá había pasado por allí con su uniforme de comandante lechuga.

—¿Azskar? —dijo con asco—. No, ese no es explorador. Ese es un maldito arkul grâ-hnas.

—Qué significa eso.

—Un demonio, muchacho, un demonio de las profundidades.

Abrí la boca para pedirle más detalles, pero una voz de Trori, fuerte como un tronido, me la cerró.

—Trori, qoyar man dkoslea! —dijo varias veces, lo que quiera que significase aquello.

—Tenemos que ponernos en camino —me dijo el enano—. Vienen elfos oscuros, y son demasiados para nuestra partida.

—¿Y eso cómo lo sabes? —pregunté mirando alrededor; no había percibido el más mínimo sonido fuera de lo común .

El enano señaló al que llevaba esa jaula con los pájaros verdes.

—Los qoyar tiemblan cuando están cerca. Y, si son muchos los que vienen, su temblor es incontrolable. Igual que cuando hay depósitos de vapores tóxicos. Son pájaros de las profundidades de la tierra —explicó—. Nos avisan. ¡Vámonos!

—Andando, chiquillo —le dije al puntiagudo cuando Bruman emprendió la marcha.

Pensé que no me seguiría; sin embargo, lo hizo, con Panceta a la zaga. Pronto se colocaron a mi lado. El puntiagudo a la derecha, el perro a la izquierda.

—¡Rápido! —apremió Bruman—. ¡A la ciudad!

La ciudad. La ciudad bajo tierra. Sentí las lágrimas llenar mis ojos y recorrer mis mejillas.

—¿Por qué lloras? —me preguntó el niño.

Su interés me extrañó, pero respondí de buena gana.

—Porque pensé que no llegaría a ver de nuevo otra maldita ciudad. —Me sequé las lágrimas—. Que me quedaría en estos túneles para siempre.

—Si piensas que los túneles acaban después de esa ciudad…, te equivocas, humano. Los túneles son los intestinos de la tierra. Y si los de una persona, con lo pequeña que es, miden nueve brazos, imagínate cuánto miden los de algo tan grande.

Superada la inquietud de escucharlo hablar de la longitud de las tripas tan alegremente, y más allá de la pregunta de cómo lo sabía, pensé que yo no lo habría explicado mejor. Y ni mucho menos a su edad.

—¿Cómo te llamas? —le pregunté.

—Derian.

Era una maldita broma. Alguien, allí donde moran los dioses, se estaba riendo a mi costa con eso. Damien, seguramente.

Panceta gruñó al escuchar su nombre.

—¿Cómo? —Me paré en seco—. No puede ser.

—¿Por qué no iba a serlo? —respondió, y se detuvo a la par—. Derian fue el mentor de mi padre. Por eso llevo su nombre. Pero, si te molesta tanto, puedes llamarme Xelirian, si quieres. Es el nombre que escogió mi madre .

Los enanos nos rebasaban, en su camino hacia la zona luminosa.

—Te llamaré Xelirian entonces.

—¡No os paréis! —gritó Trori haciéndonos gestos—. ¡Quiero llegar antes de la cena!

Reemprendí la marcha, con el niño y el perro a mi lado, así como con la esperanza de que hubiera una oportunidad para todos. Fuera vana o no.