CAPÍTULO 49 #2
—Igual que los puntiagudos —bufó Trori, que puso la mirada en el niño—. ¿Por qué lleváis a uno de sus chiquillos con vosotros?
—Eso me pregunto yo —masculló Medora.
—Tu amiga parece muy enfadada.
—Él los ha matado —dijo ella con inquina, y señaló a Leyla y Hach—. Ese niño ha matado a mis amigos. Y yo debería matarlo a él, pero Málakor no quiere.
Todos los ojos de aquellos habitantes de las profundidades miraron a la maga y al crío. Panceta también, sentado sobre sus patas traseras.
—¿Y por qué no quieres matarlo, muchacho? —Trori entrecerró los ojos.
—Siento lástima por él. Solo es una víctima de la ambición de esos seres. Nadie debería usar a sus niños para hacer el mal.
—Uno no puede sentir lástima por nada que tenga orejas picudas aquí abajo. Si sientes lástima, bajas la guardia. Y, si bajas la guardia, terminas muerto. Pero voy a ser clemente con tu piedad, porque es la primera vez que tratas con ellos, y enmendaré tu error —dijo el enano.
Me mordí la mejilla, mirándolo seriamente.
—No le harás nada a ese niño. No tiene la culpa de la ponzoña que le han inyectado sus mayores.
—¿No? —Trori le hizo un gesto a uno de sus hombres.
Se acercó al chiquillo y lo agarró con fuerza. Él trató de escapar, pero no pudo. Gimoteó algo bajo la mordaza.
Tendí al bardo junto a Leyla. Primero porque notaba ya el hombro entumecido. Segundo, porque no iba a permitir que se propasaran con un crío delante de mis narices.
Panceta fue hasta mis amigos y los olisqueó.
—Málakor, no… —comenzó a decir.
—Espera un momento —pedí, al borde de perder la paciencia.
—Es que es importante, tenemos que hablar .
—Por favor —dije entre dientes.
El perro agachó las orejas.
—Trori, dejad al niño.
Me ignoró, centrado en él.
—¿De dónde vienes, puntiagudo? —le preguntó—. ¿Narqania?
El que lo había capturado le bajó la mordaza.
—De Narqania, sí, pero ¡qué importa! Matadme —suplicó desesperado—. Quiero estar muerto.
—Él quiere estar muerto —dijo Trori—. Y nosotros queremos matarlo.
Miré a Medora. Había tanto desprecio en sus ojos cuando miraba al chiquillo que me sentí abrumado.
—¡Que lo maten de una vez! —bramó, como nunca la había oído.
Panceta soltó dos sonoros ladridos hacia la maga. Ella lo miró descolocada.
—Lo has asustado, Medora. —Jamás pensé que sería yo el que sujetaría la ira de nadie en una situación así.
Sin embargo, podía verme en ese niño, y eso dolía—.
Yo también estoy triste y enfadado. Pero tienes que entender que ese niño ha perdido su voluntad.
Todo lo que hace, lo hace porque le han enseñado que es el único camino.
Porque si no, le castigarán. O castigarán a alguien a quien ama.
El chiquillo me miró con los ojos atentos; los labios despegados. Me pareció que fuera a decir algo, pero Trori habló primero.
—¿Él te lo ha dicho?
El resto me miró con curiosidad. El gesto de Medora cambió, pareció estar tratando de interiorizar mis palabras.
—No, pero una vez fui como él. Un chiquillo atrapado en el veneno de una serpiente.
Bruman les dijo algo en su lengua; quizás mis palabras. Se hizo un largo y hondo silencio. Los presentes se miraron unos a otros. No supe si conmovidos, curiosos o ajenos a mi dolor.
—Yo solo quiero morir —dijo el niño.
—No. Tú no quieres morir. Lo que quieres es dejar atrás la vida que llevas —le dije, con calma—.
Prefieres estar muerto a seguir formando parte de su mezquindad.
Por eso quieres morir tan desesperadamente.
Porque te sientes atrapado; porque dejarás de ser el instrumento de otros.
Crees que la muerte te liberará de tus cargas.
El elfo apretó los dientes, hizo un gesto violento para soltarse, y lo consiguió. Corrió hacia mí y luego empezó a darme patadas y puñetazos.
—Cállate, ¡cállate! ¡Tú no sabes nada! —Sus bramidos llenaban el aire, al igual que sus desconsolados llantos.
Panceta corrió hacia nosotros, mordió la tela de los pantalones del elfo y tiró de él.
De los demás, nadie se movió. Ni siquiera yo.
Sus patadas dolían. Sus puños también. Pero si respondía con la violencia, ese chiquillo seguiría inmerso en la rabia y el dolor.
Y el niño que un día fui jamás miraría a los ojos al monstruo y sería él quien lo devorase.
—Panceta, suéltalo —pedí.
El perro gruñó, pero me hizo caso.
—Está siendo un espectáculo curioso —dijo Bruman—. Nunca había visto a uno de estos sucios elfos llorar. Ni a un hombre de dos metros aguantar las patadas de un niño furioso con tanta entereza.
—No has visto a un hombre de dos metros desde hace mucho tiempo —corrigió Trori.
—Azskar —dijo el enano.
El niño paró al escuchar su nombre. Y agradecí que se detuviera. Me dolían las espinillas, las rodillas y los muslos.
—¡Dejad de hablar de él! ¡No quiero oír su nombre! —gritó enfurecido—. ¡Solo quiero que se pudra en un agujero hasta que rebose su carne de gusanos, de moscas y de arañas! ¡Que lleguen las ratas y le roan lo que quede de carne! ¡Y que una serpiente huesuda se coma su cráneo y todos sus huesos!
Luego rompió otra vez a llorar. Y cayó de rodillas al suelo.
Aunque deseaba lo mismo que él, la muerte y el pudrimiento de Azskar, oírselo decir fue desconcertante.
Habría querido que Leyla estuviera viva para oírlo, porque la exploradora lo habría abrazado y lo habría consolado.
Nadie la entendería tanto como él al decir esas palabras.
Solté un suspiro abrumado, me arrodillé frente a él y lo tomé por los hombros.
—Mírame. —Cuando tuve sus ojos ambarinos, llenos de lágrimas, puestos en mí, le pregunté—: ¿De qué conoces a Azskar? ¿Por qué le tienes tanto odio?
Su respuesta me sacudió con la fuerza de un huracán.
—Porque es mi padre. Preferiría haber sido hijo de un asqueroso gusano que de él.
—Tu… ¿tu padre? —musité.
—Mi maldito padre.
Eso no le habría gustado oírlo a Leyla.
—Así que tenemos aquí al hijo de la serpiente en persona… —dijo Trori, que se acercó más a nosotros.
Su hacha estuvo tan cerca del niño que, instintivamente, lo aproximé a mí. ¿Por qué protegía al hijo de Azskar? No lo sabía; sin embargo, una parte muy fuerte de mí sentía que era lo correcto.
—Quizá a tu padre le interese saber que podemos mandarle tu cabeza si los suyos no dejan de hostigarnos —continuó el habitante de las profundidades.
Sus iguales soltaron una ristra de gruñidos.
—¿Crees que a su padre le importa lo más mínimo? —repliqué cabreado, y me puse en pie—. ¿Es que estáis ciegos? ¿Es que no oís? No es nadie para él. Podríamos mandarle sus entrañas con un lazo, le daría igual. Solo estaríais matando a un inocente.
—Este niño no es inocente —intervino Bruman—. Decís que ha matado a vuestros amigos.
—Sí —dijo Medora.
Bruman se acuclilló junto a Leyla y Háchpirey.
—El príncipe venenoso —dijo tras observarlos con detenimiento—. No. Estos dos no están muertos. Solo tienen las constantes vitales al mínimo. Dormidos profundamente.
Lo estaba oyendo pero no lo estaba escuchando.
—¿Cómo has dicho? — A Medora le tembló la voz.
—Que los elfos oscuros usan el príncipe venenoso para dejar así a sus víctimas, por si escapan, cogerlos más tarde. Luego se los llevan. Cuando despiertan, son carne de sacrificio para sus dioses oscuros. En el mejor de los casos.
—¿Y en el peor? —quiso saber Medora.
—Sus esclavos —respondió con voz lúgubre—. Y entonces prefieren estar muertos.
—Mis amigos… ¿están vivos? —logré musitar.
—Eso quería hablar contigo —se quejó Panceta—. Escucho sus latidos, muy lejanos y débiles, pero están.
Miré al perro con gesto arrepentido.
—Lo siento.
Soltó un ladrido comprensivo.
—¡Iba a decíroslo, pero tenía la boca tapada! —se quejó el chico.
Lo miré, disgustado.
—Me dijiste que no conocías el antídoto.
—Porque no lo conozco. ¡No lo conozco!
—Pero sabías que no iban a morir. ¡Lo sabías!
Él echó la cara hacia atrás, le había gritado muy fuerte.
—Perdona… —Apreté los labios—. Perdóname.
Se encogió de hombros, antes de apartarse unos pasos. Fui hacia Hach y Leyla. Medora, de rodillas en el suelo, los abrazaba llorando.
—Están vivos, están vivos… —repetía.
Panceta le lamió las lágrimas de la cara, haciéndola reír por un instante.
—¿Cuándo les han disparado? —preguntó Bruman.
—Hará unas…, no sé, horas —dije—. He perdido la noción del tiempo. Estábamos en la cueva del gigante.
—Y a Leyla le dispararon donde los cristales —anotó Medora.
—Ah, Krudbrodos —dijo Trori con voz animada—. No nos mezclamos con él, solo le interesa comer elfos oscuros y es mejor no meterse en su camino mientras lo está haciendo.
Como para decir ese nombre borracho, pensé. Aunque Háchpirey me habría enseñado a decirlo bien. Háchpirey… podría hacerlo. ¡Podría hacerlo! Estaba vivo.
—¿Has dicho comer? —La maga arrugó la nariz con desagrado.
—Sí, los revienta contra la pared y se los come cuando ya tiene una buena tacada —explicó el enano, como si nada.
—Qué asco —murmuré—. En fin, ¿por qué habéis preguntado cuándo les han disparado?
—Bueno, porque teniendo en cuenta eso, estarán vivos si les damos el antídoto antes de seis vueltas de piedra.