Málakor 3 CAPÍTULO 49
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CAPÍTULO 49

De otros habitantes de los túneles

U na voz, fuerte y decidida, retumbó en la cavidad.

Aunque no supe qué dijo, sonó como una advertencia.

Medora pegó el cuerpo a la pared; el crío se quedó como una estatua en el mismo lugar en el que se había parado.

Panceta regresó a mi lado, a toda prisa.

Yo permanecí de pie junto a Leyla, sin soltar a Háchpirey.

Cuando la luz lo llenó todo, pude ver que, frente a nosotros y a nuestra espalda, había diez personas.

Cuatro en la zona que habíamos recorrido y seis en la otra.

Eran muy pequeñas. Como niños. Sin embargo, a juzgar por la largura de sus barbas, decoradas con abalorios, y sus rudas facciones, no lo eran.

Paseé la mirada por unos y otros. Aunque todos eran bajitos, unos eran más altos que otros.

Su piel era pálida, pero nunca tenía el mismo tono de palidez.

Morenos, rubios, castaños cobrizos. Los ojos de diferentes colores.

Y cierta mezcla entre estar a punto de dedicarte una sonrisa bonachona o, por el contrario, matarte con una de las grandes hachas que portaban. Como una mezcla de Hach y de mí mismo.

Uno de ellos, joven, se adelantó unos pasos y me señaló con el arma.

Era, además, el más alto y corpulento de ellos, con diferencia.

Vestía placas de armadura sobre ropajes de un color terroso.

Sus armas y su armadura brillaban como recién pulidas.

Lanzó una pregunta en una lengua que, aunque no comprendí, sonaba como dicha por alguien de Paltia, con muchas erres y golpes fuertes en la entonación.

Sus negras cejas, espesas como la espuma de una cerveza bien servida, se alzaron mientras esperaba mi respuesta.

Resaltaban en su tez, igual que su frondosa barba, haciendo un bonito contraste con el color de sus ojos claros.

—No te entiendo —dije.

—¿Quiénes sois? —preguntó entonces en mi lengua, con el mismo acento, pero bien pronunciada .

—Elfos oscuros no —dijo otro, dispuesto cerca de él. Al mirarlo pensé que, de haber estado al sol, me habría deslumbrado, porque tenía el pelo blanquísimo—. No todos.

Los otros cuchichearon algo en su lengua.

—Ya sé que no son asquerosos puntiagudos. Son humanos —gruñó el primero—. Tengo ojos, Bruman.

—Sí, tan pequeños como los de tu abuelo, Trori. Tú, patas largas —eso iba por mí—, ¿me dices quiénes sois de una vez?

Me habría encantado que fuera Háchpirey quien hablase con ellos.

Les convencería de lo que habíamos ido a hacer allí, de que no éramos una amenaza, en dos frases.

Tal vez en una. ¿Qué les diría?, pensé. Se acercaría a ellos cautelosamente, extendería la mano con gesto amistoso y largaría un magistral rollo de los suyos.

Algo como: «Hola, soy el maestro Háchpirey Tredembaun, bardo, rector de la Universidad de Ardacia y Secretario del rey Palas de Ardacia, entre otros muchos títulos.

Hemos venido a explorar y a buscar a un fugitivo de la justicia de Ardacia y Knegara, que responde al nombre de Azskar Ledarias.

Y esos elfos a los que llamáis asquerosos, bueno, no son nuestros amigos».

—¿Patas largas? —Dio un paso más hacia mí, hacha en alto.

Panceta, que se puso entre él y yo, gruñó con todas sus ganas.

—Vaya, es valiente… —rio el de pelo níveo.

—Panceta, déjalo —pedí—. No pasa nada.

Él dejó de gruñir, pero no se quitó de en medio.

—Soy… sir Málakor Arben, al servicio del rey Palas de Ardacia. —Extendí la mano libre hacia el tal Bruman.

En su expresión hubo un aire de sorpresa cuando pronuncié mi nombre, que me hizo fruncir el ceño. Fue como si ya lo hubiera escuchado.

—¿Me conoces?

—No —dijo a toda prisa—. Ardacia… Eso está en Luara.

—Sí, al otro lado de los túneles. Venimos a explorar estas tierras y a buscar a un fugitivo de la justicia de Ardacia y Knegara. Azskar Ledarias.

Decir su nombre era un arma de doble filo. Si eran amigos, nos servirían en bandeja a él; pero, si no, ya sabéis el dicho: «Los enemigos de mis enemigos son mis amigos». Aunque quizá ni siquiera lo conocían. Nervioso, aguardé su respuesta, mientras él me evaluaba con la mirada.

Tomó mi mano y la apretó enérgicamente. La suya, aunque pequeña, era fuerte. También callosa y muy cálida.

—Málakor —sonó como golpear un tambor—, dices muchos nombres que conozco, pero solo uno que detesto: Azskar.

Esa rata había pasado por allí. Fui a hablar, pero me interrumpió con un gesto y miró a Medora.

—¿Y tú quién eres? Tus ojos son tristes.

—Medora Drummond. Hechicera de Téramo.

Aquellos pequeños hombres con la potencia de voz de una montaña se miraron unos a otros.

—Una hechicera —gruñó uno con recelo.

—Una hechicera cubierta del polvo de los hongos —rio Trori—. No podría hacer un hechizo ni aunque quisiera.

Luego dijo algo en su lengua, y los demás también rieron, en tanto que Medora y yo nos miramos con sorpresa. Ese polvo inhibía la magia. Por eso no había podido hacer sus hechizos. Ni yo llamar a Azani. Y estábamos cubiertos de él por completo.

—No lo sabíais, por vuestras caras —dijo Bruman.

—No, no lo sabíamos. —Medora escudriñó a Bruman con la mirada—. La alicántara no nos lo dijo. Solo que eran una fuente de agua.

—¿Alicántara? —preguntó el mismo—. ¿Qué es eso?

—Una serpiente gigante que conocimos hace semanas.

—Ah, una sinak . Ellas no tienen la menor idea de magia, hechicera. Aunque en eso del agua, dijo la verdad. ¿Por qué cargas a otro patas largas? —quiso saber él, primero con los ojos puestos en Hach y luego en Leyla.

—Nos atacaron los elfos oscuros. Mis amigos… —tragué saliva— están muertos.

—Thar qahalaza.

No hizo falta traducción para entender que había dicho «Lo siento».

—Gracias —dijimos Medora y yo al unísono.

—¿Quiénes sois? —preguntó ella después—. Sois muy… pequeños, pero no sois niños.

—Somos enanos, muchacha. Enanos de las profundidades.

Y vosotros, patas largas de la superficie —respondió Bruman, con más ímpetu si cabe—.

Eso está más que claro. Cualquiera que viva en estos túneles, o se mueva habitualmente por ellos, conoce los hongos.

Si los puntiagudos hubieran encontrado la forma de hacer sobrevivir ese polvo más allá de los túneles en los que se encuentra, habrían aniquilado cualquier rastro de magia en la superficie.

Su efecto se diluye en cuanto te separas un trecho del origen.

Rumió algo en voz baja, a la par que Medora. No entendí a ninguno.

—Dime, patas largas, ¿cómo habéis conseguido llegar hasta aquí desde Luara? —preguntó Bruman—. Hace largo tiempo que nadie lo consigue.

—Es una larga historia. Os la contaré más tarde, ahora, por favor, ayudadnos.

Los enanos se miraron entre ellos. Trori le dijo algo en su lengua al resto del grupo.

Un coro de voces llenó la cavidad. Los enanos discutieron algo entre ellos, acariciándose sus pobladas barbas, negando o asintiendo con vehemencia, levantando las armas si decían algo efusivamente.

Uno de ellos alzó una pequeña jaula en la que vi dos…

¿pájaros? Eran pequeños como un gorrión, de un verde brillante.

Pero no tenían plumas, eran escamas. O eso me pareció desde mi posición.

Pensé que jamás se pondrían de acuerdo, hasta que Trori dijo:

—En estos túneles es famosa la hospitalidad de Aberrak con sus visitantes.

Sobre todo si son visitantes patas largas, desesperados y perdidos, como vosotros.

Y buscando a esa serpiente de Azskar. Pero comprenderás que uno no puede fiarse, así como así, de todo el que se encuentra en estas oscuridades.

¿Traes algún documento que avale que sois quienes decís ser?

Miré a Háchpirey. Luego a Medora. O los tenía el bardo o estaban en la bolsa de Sha. La maga, a toda prisa, sacó de ella un pergamino enrollado que le tendió al enano. Él lo evaluó atentamente, tras desplegarlo .

—Ah, hacía mucho que no veía este lacre.

Bueno, realmente, solo lo he visto en los libros.

Leo mucho, por eso sé vuestro idioma. Por eso y por los viajeros con los que comerciamos.

Algunas gentes del otro lado lo hablan también.

En muchas variantes. El común, el culto…

Aquí hablamos el aberraki, mucho mejor que ninguno de esos, desde luego.

¿Verdad, Bruman? Él también habla unos cuantos idiomas.

El otro enano asintió, y yo carraspeé. Era eso o meterle la cabeza en el documento para que se callase de una maldita vez y empezase a leer. El bardo lo habría asaeteado a preguntas sobre eso de las lenguas, pero a mí me daba igual, con que nos entendiésemos me bastaba.

Levantó una de sus pobladas cejas, pero luego perdió la mirada en el texto.

—¿Qué es una Segunda Electa? —preguntó ceñudo.

—Soy la segunda doncella de la princesa de Ardacia —dijo Medora.

—Un cargo… importante. —Seguro que el bardo lo habría explicado con palabras más rimbombantes, pero, bueno, él no estaba para hacerlo.

—Este papel parece auténtico —declaró al fin el enano—. Y yo nunca me equivoco con eso.

—Donde pones el ojo, pones el hacha —dijo Bruman.

—Sobre todo si lo pongo en el cuello de alguien.

Rio con ganas, y los demás lo siguieron. Aunque no supe si fue por inercia o porque lo hubieran entendido. Estiré un poco las comisuras de los labios. Estaba cansado de tanta charla, solo quería que aquello acabase de la manera que fuese, pero pronto.

—Tenemos algunos patas largas por aquí, aunque los que han venido últimamente por culpa de los puntiagudos no son de fiar —dijo Trori—. Asesinos, así se hacen llamar.

Una de las cabezas de la serpiente había sido cortada, pero Azskar se había puesto su corona.

—No podrían asesinar ni a una hormiga mantecosa que tuvieran delante de sus narices antes de que yo les clavara mi hacha —exclamó Bruman, que agregó algo más en su lengua.

Algunos le hicieron los coros, otros negaron con la cabeza .

—Han matado ya a unos cuantos de los nuestros. Son muy escurridizos, como catartijas.

A saber qué era eso…