Málakor 3 CAPÍTULO 48
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CAPÍTULO 48

Del más hondo de los vacíos

P ensé que cuando Hach muriese me pondría a gritar y a romper cosas. A zarandearlo. A llorar con rabia hasta formar un río. Pero las lágrimas se me secaron de golpe y no me salieron palabras, ni mi rabia se tradujo en destrucción.

Solo podía mirarlo, observar esa expresión dormida.

En silencio.

En el más absoluto silencio.

—¿Quién se cree la muerte como para callarte? —musité—. Tú no eres silencio. Eres alegría. Eres ruido. Eres… Eres tantas cosas que ni un océano de páginas para describirte bastaría.

—¿Háchpirey? —Medora se paró frente a nosotros.

La miré y negué con la cabeza. Se llevó las manos a la boca, ahogando una exclamación de angustia.

—No. —Se arrodilló junto a Hach y se echó a llorar en su pecho—. No, Háchpirey, no. Vuelve, vuelve.

—Ya no va a volver, Medora. —Tragué saliva; tenía espinas en la garganta—. Ya no está.

Panceta aulló. Era un lamento que quebraba el alma.

Leyla miró a Hach, y el rostro se le tornó mármol.

Reparé en que la siguiente en morir sería ella.

Y perdí la noción de lo que me rodeaba. No escuchaba nada, no veía nada, no sentía nada.

Como si mi cerebro hubiera cortado el hilo que lo unía con la realidad.

Cuando volví a ella, la exploradora caminaba arriba y abajo, apretando el arco con inquina.

Medora seguía llorando, abrazada a Hach. Panceta gimoteaba en silencio.

Me puse en pie. Todo me dio vueltas.

—Vámonos de aquí. Tenemos que seguir. Tenemos que encontrar…

—¿El qué? —me dijo Leyla, gravemente seria.

—Las ciudades bajo tierra. Azskar lo dijo .

—No tenemos tiempo. Además, es posible que cuando hablaba de esas ciudades se refiriera a las de los elfos oscuros. Y ellos no van a ayudarnos.

—Flechas, ya no podemos salvar a Háchpirey, pero quizá podamos salvarte a ti. Quizá en ellas sepan del antídoto.

—Málakor, ya he asumido que voy a morir.

—¡Pues yo no! —Mi bramido retumbó por toda la cueva.

Leyla entrecerró los ojos, con disgusto.

—¿Incluso ahora tenéis que estar discutiendo? —gimoteó Medora—. Parad ya, por favor.

—Apártate, Medora —ordené.

Ella lo hizo, con la cabeza gacha y entre sollozos.

Me cargué a Hach al hombro, estaba aún muy caliente, y eché a andar, sin mirar atrás.

—¡Estás buscando una forma de canalizar lo que sientes, Málakor! —clamó Leyla, enfadada—. Salir corriendo de aquí no solucionará nada.

Me paré en seco y giré el cuerpo para mirarla.

—Claro que lo hará. Voy a encontrar esas malditas ciudades, Leyla Aderwyn, y si no quieres seguirme te cargaré al hombro también.

—Hach está muerto —dijo con hiriente frialdad—. Tienes que dejarlo aquí, en su lugar de descanso.

—Estás loca si piensas que voy a dejar a mi amigo en este sitio de mierda.

Lo llevaré a Ardacia, aunque tenga que cargarlo conmigo hasta que no sea más que huesos.

Allí lo enterrarán con honores. Como se merece.

Y no voy a discutir más. —Aparté la mirada de ella y la clavé en la maga—.

Medora, dale una bofetada al chico, dale las que sean necesarias hasta que despierte. Necesito que ande.

—Tengo… —Sacó de uno de sus bolsillos aquel frasquito de sales de Hach—. El bardo nos lo dio, ya sabes cuando.

—Está bien. Despiértalo.

Medora, sin que su llanto cesase, pasó aquello por debajo de la nariz del chico. El muchacho sacudió la cabeza, aturdido, y nos miró a todos con un odio descomunal en las pupilas. Sobre todo a mí. Dijo algo que salió amortiguado por la mordaza. Lo ignoré.

—Andando todo el mundo. Nos vamos.

El chico se resistió, pero Medora lo cogió del filo de la capa, cerca del cogote, y lo obligó a caminar.

Apenas habíamos dado unos pasos, pregunté:

—¿Habéis cogido el laúd de Hach?

—No, pero…

—No quiero oír a nadie decir que ya no lo necesita —mascullé interrumpiendo a la maga.

Leyla debió de darse la vuelta para cogerlo, porque, cuando la miré, lo llevaba consigo. También el escudo. Medora guardó ambas cosas en la bolsa de Sha.

En silencio, nos adentramos en el siguiente túnel.

Su oscuridad era impenetrable. No veíamos dónde pisábamos ni qué había a nuestro alrededor.

Sin embargo, no nos detuvimos. Panceta me daba indicaciones de dónde pisar, si había algún obstáculo, y yo se las transmitía a ellas.

Avanzamos al menos un kilómetro por él. Sabía que el tiempo se nos agotaba, que Leyla caería muerta pronto.

La cargaría también hasta dondequiera que fuésemos.

Al final, vimos un poco de luz. Un conjunto de esos champiñones se concentraba en una encrucijada de túneles. Había tres posibilidades que tomar. Y me pareció que no nos conducirían más que a la muerte.

—¿Por dónde vamos? —preguntó Medora.

Panceta y Leyla se acercaron a la boca de los túneles. El can olismeó por todas partes. Ella miró el suelo, tocó las paredes, aspiró el aire. Lo hizo todo mientras el sudor le recorría la frente a goterones. Las venas de sus manos ya eran azules.

—Por aquí —dijo finalmente, a lo que Panceta asintió con un ladrido—. El aire está más limpio y al fondo se ve algo de luz.

Era una luz rojiza, distinta a la de los champiñones.

Afiancé al bardo en mi hombro y eché a andar de nuevo. Seguí la luz en la lejanía, mientras los demás me seguían. Solo se oían nuestras pisadas y las quejas amortiguadas del chico, muy de vez en cuando.

—Cállate, oscuro — espetó Medora una de esas veces—. Tú tienes la culpa de la muerte de mi amigo Hach, y serás culpable también de la muerte de Leyla. Si no te callas, te arranco los ojos.

Pensé que, de haber podido, le habría culpado de la muerte del conejo que tuvo como mascota con seis años. El odio en la voz de la maga era profundo.

—Ha disparado el virote que ha herido a Leyla, sí, y seguramente lleve muchas muertes a sus espaldas, pero no sabemos si ha herido a Háchpirey.

—Tenías que haberlo matado —dijo Flechas, en algún punto entre la luz y la oscuridad, con la respiración fatigosa—. Deberíamos matarlo ahora mismo. No sé por qué cargamos con esa escoria.

El chico dijo: «Mátame». Incluso con la mordaza, pude entenderlo.

—Su muerte no nos traerá consuelo. Y es solo un niño.

—Un niño asesino. —Medora apretó los dientes, a juzgar por cómo le salieron las palabras—. Un maldito niño elfo asesino.

Ya tendría una conversación con ella cuando hubiera ocasión. Si es que no aparecían más elfos y acabábamos muertos también.

El túnel se estrechó tanto que apenas podíamos pasar de uno en uno.

Me costó cruzar con el bardo, pero no lo solté.

Lo pegué contra mi pecho, lo abracé con fuerza y salvé la estrechez.

Ya había pasado un rato desde que había cerrado los ojos, y, sin embargo, su cuerpo seguía caliente. Casi febril. Eso empezaba a escamarme.

—Ni el frío de la muerte puede contigo, cantamañanas.

Ojalá me hubiera respondido con alguna de sus muchas cosas.

Quizá diciéndome que la muerte en realidad no es fría, por cualquier extraña leyenda que se supiese.

Quizá contándome que él era inmortal, porque siempre viviría en sus Crónicas y en sus canciones.

O, tal vez, solo mirándome de reojo para luego regañarme.

Pero estaba callado. Tan horriblemente callado que me juré que, cuando me encontrase con él en la morada de los dioses, jamás le volvería a decir que se callase.

Volví a cargarlo al hombro, con cuidado. Pesaba. Más de lo imaginable. O tal vez me encontraba ya al límite de mis fuerzas .

Estábamos a punto de alcanzar la luz, cuando el túnel se ensanchó un poco más.

El terreno no era tan irregular. Me pareció más batido, como si pasasen por él a menudo, pero no me veía los pies en aquella penumbra.

Apenas quedaban unos metros para llegar a la claridad cuando escuché un sonido a mi espalda que identifiqué al momento.

Era el de un cuerpo al golpear contra el suelo. Me giré, pero no veía nada.

—¿Leyla? ¿Medora?

Hubo un largo silencio, hasta que Panceta, con voz temblorosa, contestó:

—Leyla se ha desplomado.

Los oídos me zumbaron. Mi cerebro volvió a ausentarse por unos segundos.

—Está muerta, Málakor —sollozó la maga.

En medio de aquella insidiosa penumbra, quise estar muerto también. Pero Medora y Panceta seguían allí. Y tenía que cuidar de ellos.

Temblando, retrocedí unos pasos, de espaldas a la luz, en dirección al sonido de la voz de la maga. La oí llorar. El elfo dijo algo que no entendí. Topé primero con él. Tan menudo y letal.

—Aparta —le dije.

Y vaya que si lo hizo, porque escuché sus pasos retumbar en la cavidad. Había echado a correr.

—¡No! —gritó Medora—. Sucia rata, ¡vuelve! ¡Te destriparé!

Panceta fue tras él, ladrando.

—¡Dejad que se vaya!

Los pasos y los ladridos retumbaron en el corredor.

Una luz fue llenando el espacio de la cavidad a la que el chico se dirigía.

La luz de una antorcha acercándose. El elfo se detuvo de golpe y dio unos pasos atrás.

Miré a Leyla. Su rostro estaba lleno de esas venas azules, sumido en una expresión tranquila.

La muerte la hacía parecer dormida, como a Hach.

Sentí la angustia apoderarse de mis entrañas y hasta la vista se me nubló.

Iba a arrodillarme junto a ella cuando escuché más pasos, aquella vez a mi espalda.

Giré la cabeza sobre mi hombro y vi que otra luz se acercaba.

—Viene gente. —Panceta se detuvo de golpe, a la par que el chico .

No podían ser los elfos oscuros. Ellos no llevaban antorchas.

Sin embargo, no tenía ni la menor idea de qué otros seres vivían allí abajo.

Si serían amigos o… enemigos. Estábamos metidos en la ratonera de aquel túnel sin posibilidad de escapar.

Háchpirey muerto sobre mi hombro. Leyla muerta a mis pies. Y mis esperanzas agonizando.