CAPÍTULO 47
De lágrimas y veneno
L eyla llevaba el hombro vendado. El virote debía de haberle impactado ahí. A su cuello asomaba una vena azul. Al mío, el pulso acelerado que provoca una señal de peligro. Háchpirey se apoyaba en Medora, que lo cargaba con entereza.
—¿Qué haces con…? —Flechas abrió la boca desmesuradamente—. Es… es un niño.
—Un niño alimento de la muerte —dije—. No he podido matarlo. Aunque él quería morir. Me lo ha pedido.
—¿Alimento de la muerte? —preguntó Hach; su frente era ya un río de sudor.
—Ya te lo contaré. Es una larga historia.
Aunque no sabía si podría hacerlo.
—Pero ¿el chico habla nuestra lengua? —quiso saber el bardo.
—A la perfección. Le he preguntado qué veneno llevan los virotes y me ha dicho que se llama príncipe venenoso. Igual que tu dichosa canción. ¿Por qué la has cantado? ¿Es que lo sabías?
—No, la cantaba un chico de Las Lejanas que vino a estudiar hace dos años a la universidad. —Arrastraba las palabras, como si estuviera borracho o a punto de dormirse—. Allí la cantan cuando a alguien le pica una tarántula de las arenas. Son letales.
—Lo son —anotó Medora—. Aunque yo no conocía esa canción. No la cantamos en la costa.
—Está bien, no pasa nada. —Suspiré—. Tienes que descansar, Hach. Y tú, Leyla. Todos deberíamos descansar un poco.
—Recobraremos el aliento y buscaremos una solución —declaró la exploradora con férrea decisión, animándose también a sí misma—. Quizá alguno de estos tenga el antídoto encima, aunque el chico haya dicho que no lo sabe.
—No parecía estar mintiendo, Flechas.
—Uno no se puede fiar de la palabra de estos seres .
Mientras la knegarita rebuscaba entre las ropas de los elfos oscuros, Medora y yo acomodamos al elfo y a Hach contra unas rocas.
Al chico lo até y lo amordacé, por si despertaba.
Al bardo le pusimos una manta, porque empezaba a quedarse helado.
Su rostro estaba lívido. Me senté a su lado y apoyé el escudo junto a mí.
Panceta se tumbó al otro lado de Hach, buscando un hueco bajo su brazo.
Cuando el bardo lo acomodó, el perro soltó un gimoteo feliz.
—Dile que me hable de su chimenea de Ardacia.
—Junto a su agradable calor se puede leer, escribir, calentarse las manos y los pies en los días más fríos —relató el bardo, tras hacerle llegar la petición del can—.
Hasta calentar los calcetines para ponérselos calentitos antes de meterse en la cama.
Y también se pueden dorar tostadas en la lumbre. Conversar hasta tarde con amigos.
—Quemar camisas ensangrentadas… —dije.
El bardo sacudió la cabeza; Panceta guiñó los ojos.
—No hagas caso. Lo más importante que uno puede hacer frente a una chimenea es calentar los calcetines en los días fríos —anotó.
—¡Gof! ¿Calcetines! ¡Quiero unos calcetines calentitos!
—No puedes llevar calcetines, Panceta, eres un perro.
—Si él quiere unos calcetines, le pediremos a Griselda que los teja.
Unos buenos calcetines de lana para nuestro querido Panceta —dijo Hach, que le revolvió el pelo, casi sin fuerza—.
Le diremos a la costurera que les ponga unas bonitas borlas, para que cuando corras se muevan como si fueran la cola de un dragón que domina los cielos.
Creo que rojos te quedarían estupendos, o quizá pueda hacerte de muchos colores, uno para cada ocasión.
— De todos los colores, Hach, y con muchas borlas, ¡y que la maga les ponga un hechizo para que corra más rápido y así poder cazar muchos gatos! ¿Me pondrás un hechizo para correr más rápido?
En medio de mi angustia, sonreí. Le dije al bardo y a Medora lo que Panceta quería, y ellos le prometieron que lo tendría, así que el can soltó un ladrido de felicidad y se acurrucó más contra Hach.
—Qué ganas de que estemos de vuelta en Ardacia —suspiró .
La maga, que nos miraba con los ojos vidriosos, se sorbió las ganas de llorar y se fue hasta el lago.
Arrastraba los pies, como si ya hubiéramos perdido la batalla.
La vi tocar aquellos cristales. Primero con miedo, después con curiosidad.
Sacó la bolsa, cogió uno de los más pequeños y lo metió dentro. Luego recolectó algunos más.
—¿Qué hace Medora? —preguntó Hach a media voz.
—Es como si estuviera coleccionando conchas en la orilla, pero… con cristales extraños.
—Creo que son mágicos, y ella también lo creerá. Quizá sea por la energía que desprenden que no puede canalizar la suya.
—No sé, Hach, ya sabes que de cosas de lameazufres entiendo poco. —Le pasé la mano por la frente; se me humedeció al instante. Eché su cabello hacia atrás con delicadeza—. Seguro que luego viene y nos lo explica.
—Seguro. Aunque no podré escucharla.
—La escucharás, te juro por los dioses que lo harás. Hasta por Damien.
La maga restregó uno contra su túnica, porque tal vez lo vio sucio, y el cristal se apagó, lo que la hizo fruncir el ceño. A su lado apareció Leyla, que me miró con una respuesta negativa a la pregunta que le lancé con la mirada. No había rastro de antídotos en ninguna parte.
Angustiado, volví a mirar al bardo. El verde de sus ojos, siempre tan brillante y hermoso, estaba apagado.
—Cuidarás de ellas, ¿verdad? Y de Griselda y de Darcy. De Panceta. Cuidarás de todos. Incluso de Palas. Lo harás por mí.
Los ojos se me llenaron de lágrimas, sin que pudiera contenerlas.
—No hables como si te fueras a morir, porque no te vas a morir.
—Voy a morir, Málakor. —Estiró la mano y apretó la mía—. Pero lo hago estando a tu lado, sabiendo que ella está en el sitio al que voy. Azani estará conmigo.
Miré a todas partes, apreté el colgante, deseando que ella apareciera para decirme que él no iba a morir, o, al menos, para cogerme la mano en el peor momento de toda mi existencia .
No hubo respuesta.
—Me está esperando, casi la veo… —Clavó la mirada en algún punto entre la nada y la roca—. No te preocupes más, querido amigo. No habrá más dolor ni preocupaciones allá donde me marcho.
—Bardo… —Intenté tragar el nudo que tenía en la garganta—. No puedes dejarme solo en este mundo de mierda. No puedo hacer esto sin ti.
Panceta gimoteó. No sabía de qué manera veía él la muerte; si tenía las mismas dimensiones que para nosotros; si los perros creían en un lugar más allá en el que morar tras esta existencia.
Sea como fuere, parecía entenderlo de sobra.
Sufrir igualmente. Se pegó más a él. Como si con su calor pudiera contener la mano fría de la muerte que tocaba ya al bardo.
—Claro que puedes. Hasta los dioses así lo quieren. Prométeme que tomarás el lugar que te corresponde en Ardacia.
—No puedo prometerte eso.
—Volveré como un fantasma y te perseguiré. Y cantaré todo el día.
Resoplé.
—Eres un peñazo.
Él se rio, levemente. Una risa atragantada.
Pensé que quizá sería la última risa que escucharía de él. Y eso me quebró el corazón a la par que me hizo apreciarla más.
—Prométemelo —insistió.
—Está bien, Háchpirey, te lo prometo.
—Eso es. —Apretó mi mano de nuevo—. Ahora, deja que cante un poco. Quiero irme de este mundo cantando.
Fui a contestar, pero las lágrimas ya no me dejaban hablar.
Apreté también su mano como si con ello pudiera salvarle, deseando absurdamente que el agua cristalina pudiera salvarlo.
Que ocurriera un milagro. La otra la llevé de nuevo al colgante, para pedir ayuda a Azani.
Una vez más, la diosa no respondió, y quise gritar de rabia; sin embargo, sentí que no era porque no quisiera.
Lo que estuviera bloqueando la magia de Medora, bloqueaba también el poder del colgante.
Sentí que caía a un pozo del que no tendría jamás posibilidad de salir. Sentí.. .
Ni siquiera fui capaz de describirlo, de comprenderlo.
Jamás había sentido nada igual. Nada tan profundamente angustioso.
El cuerpo me tembló; la visión se me nubló.
Y el órgano que se quiebra con la pérdida me latió más fuerte que nunca, gritaba entre mis costillas como si quisiera negarse a aquella realidad.
Pero nada podíamos hacer para evitarla. Hach iba a morir, irremediablemente, y yo solo podía estar sentado a su lado sin hacer nada. Nunca me había sentido tan impotente.
—Disfruta la vida, pues puedes cantar, el agua que fluye, alegre lo hará —cantó el bardo, alegremente a pesar de todo—. Los peces saltando, al sol le dirán, disfruta la vida, pues puedes cantar. Disfruta la vida y esta te amará… Disfruta la vi…
Calló.
El rostro se le inundó de aquellas venas azules casi de golpe. Boqueó, como si se ahogase.
Y luego cerró los ojos.
Y ya no los abrió más.