Málakor 3 CAPÍTULO 46 #2
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CAPÍTULO 46 #2

—Ya sé dónde está —dijo Leyla, que cargó otra flecha en el arco—. Cuando cuente tres, vas a por el tercero, Málakor.

—Está bien, Flechas. Panceta, no me sigas, ¿de acuerdo? Aunque me veas correr.

—No te seguiré, tranquilo, no soy tonto.

—Uno.

Leyla y yo nos miramos a los ojos con un gesto de confianza mutua.

—Dos.

—Tres —dijimos al unísono.

—¡Corre!

Al tiempo en que las palabras salían de sus labios, y la flecha del arco, salí casi volando pendiente abajo.

—¡Corre, Málakor! —gritó Medora.

Su voz se mezcló con el alarido de uno de esos elfos. La flecha había impactado.

Corrí hacia su escondite. El tercero asomó.

Con él, su ballesta. Disparó un virote y me protegí con el escudo.

El proyectil impactó en el centro del escudo con tanta fuerza que me sacudió el hombro y agravó la incomodidad que sentía en el antebrazo izquierdo.

Noté un latigazo, pero no me frené. Con la otra mano sujetaba la espada, dispuesto a llegar hasta el elfo y cercenarle la cabeza de un tajo.

Avancé unos metros sin que asomase de nuevo.

Las ballestas son más aparatosas de cargar.

Cuando lo hizo, no lanzó un virote, sino algo metálico por completo que voló hacia mí, brillando con cada giro a la luz de los cristales azules. Un estilete.

Leyla disparó, pero la flecha no alcanzó a darle antes de que se escondiera.

Levanté el escudo. La hoja atravesó el acero y frenó gracias a la guarda, delante de mis ojos.

Si eso traspasaba la carne, perforaría cualquier cosa, incluido mi cerebro.

Solté un suspiro de alivio: había estado demasiado cerca.

—¡Eh, tú!, ¡elfo!, tienes buena puntería, eso iba directo a mi cabeza, pero solo te queda una oportunidad más. Estoy demasiado cerca y te la pienso devolver.

—Se ha movido, Málakor —gritó Leyla—. A la derecha de las rocas. Creo que no tiene más virotes.

—¿Puedes acertar?

—No. Ha vuelto a esconderse.

—Avísame si se mueve.

Corrí hasta las rocas y me paré a unos pasos. Luego avancé con sigilo un poco más hacia el borde del conjunto de piedras. Cuando llegué, me asomé despacio. No pude ver mucho; una piedra me golpeó en el escudo. Rebotó y rodó unos metros mientras me resguardaba en el recodo.

—Orejas, ¿por qué no eres más creativo lanzándome cosas y me lanzas, no sé, tus tripas? Si quieres te las saco yo.

Respondió en su lengua. Obviamente, no entendí un pimiento. Me pregunté si hablaría la mía, así quizá podría sonsacarle algo del veneno de Háchpirey .

Una flecha impactó contra la pared tras las rocas. Leyla debía de haberlo visto asomarse y había disparado.

Lo escuché moverse, trastear con algo metálico. Y oí el sonido de un virote al ser disparado. Miré a todas partes a mi alrededor, por si iba hacia mí, pero entonces escuché que Leyla se quejaba. Me asomé para poder verla; sin embargo, no había rastro de ella.

—¿Te ha dado? —grité.

—Sí… —respondió a los pocos segundos.

Veneno. Leyla. Muerte.

—Te pondrás bien, Leyla, te pondrás bien —dijo Medora, con la voz constreñida.

Apreté la empuñadura de la espada. Ese maldito elfo iba a tragársela, empezando por la punta. No lo pensé más y fui en su busca. Lo encontré sentado, con la espalda apoyada en la roca.

Mi mente quedó confusa por unos segundos, tratando de entender que lo que veía era verdad.

Ese elfo no era más que un niño de unos diez o doce años.

Sus suaves facciones estaban contraídas en una mueca de enfado…

o quizá de dolor. Protegía su cuerpo con algunas piezas de cuero e iba vestido como un asesino, con ropajes negros de pies a cabeza; sin embargo, no dejaba de ser un crío.

Tenía la ballesta en la mano, mas no le quedaban virotes.

No llevaba daga o espada al cinto. Si había algún arma escondida entre sus ropas, no lo sabía, pero di un paso adelante y me expuse a que me viera.

No, no tenía intención de hacerle daño. Era como un niño ledarita condenado a conocer la muerte desde temprana edad. No podía matarlo. Habría sido como matarme a mí mismo en el pasado.

Rápidamente, se puso en pie y se pegó más contra la roca. Miró hacia su izquierda un segundo e hizo amago de echar a correr. Debió de arrepentirse al pensar que una flecha de Leyla le esperaría si salía.

—Mátame. Es lo que quiero —dijo alzando las manos.

Era mi lengua, a la perfección, aunque en sus labios sonaba de un modo distinto. Marcaba mucho más las consonantes.

—¿Hablas mi lengua ?

—¿No ves que sí? Mátame ya.

Sus ojos, con el iris de un brillante ambarino, me miraron sin miedo.

—No mato niños, y eso es lo que tú eres. ¿Cuántos años tienes?

—Siete.

Recordé a Élinor. Era incluso menor que ella cuando la conocí.

—Pareces mayor.

Se encogió de hombros.

—Date la vuelta. Voy a atarte para que no intentes nada.

—No intentaré nada. Solo quiero que me mates. Acabar con esto.

No estaba por la labor de hacerlo, aunque sí que podía jugar una carta con sus ganas de morir.

—Muy bien. Te mataré, pero solo si me dices una cosa: ¿Qué veneno llevan los virotes que disparáis?

—El príncipe venenoso.

El soniquete de la canción llegó a mi memoria: El príncipe venenoso canta sus canciones. Canciones oscuras de oscuras emociones.

—Estás de broma, ¿no?

—No.

¿El bardo lo sabía? ¿O solo era, como él había dicho, que siempre hay una canción para todo? Hasta para morirse por culpa de un veneno.

—No sé su antídoto —agregó el niño—. Si me torturas para que lo diga, perderás el tiempo. A nosotros no nos dicen nada. Solo somos carne para alimentar a la muerte. Y ahora, mátame. Me lo has prometido.

«Carne para alimentar a la muerte». Eso éramos también en Ledaria. Ese niño se expresaba como si llevase cien años a las espaldas.

—¿Por qué quieres morir?

—Porque no quiero vivir esta vida .

Sus palabras me golpearon con fuerza. Había realidad en ellas. La realidad de muchos.

—Está bien. —Caminé hacia él. El crío cerró los ojos y abrió los brazos—. Acabaremos con esta vida que no quieres vivir.

Asintió, dispuesto a afrontar la muerte. Y yo…

Lo acogoté para dejarlo inconsciente. Ese niño no quería morir, solo dejar de sufrir, de vivir la vida que estaba viviendo.

No sabía qué iba a hacer con él, pero matarlo a sangre fría no era una opción.

Aun cuando había disparado a Leyla. Esos oscuros eran otro monstruo como el de Ledaria, que corrompía la infancia hasta destruirla.

Hasta que deseabas morir pronto para no seguir creciendo y ver el horror que consumía tu alrededor.

Envainé la espada, me cargué al chico al hombro y dejé las rocas. Panceta corrió como un loco hasta mí.

—Está vivo —dijo.

Quizá había escuchado su leve respiración.

—Sí, Panceta. No puedo matarlo a sangre fría. Es un niño.

El perro levantó una ceja, la bajó y luego hizo lo mismo con la otra.

—Un niño asesino —bufó, entre la tristeza y el enfado.

Asentí, mirando a mis amigos, que se acercaban también.