CAPÍTULO 46
Del príncipe venenoso
M edora se arrodilló al lado del bardo para sujetarle la cabeza y secarle el sudor. A pesar de que la angustia dominaba su expresión, le dijo con voz esperanzada:
—Ya verás como en nada estás bien, Háchpirey.
—Gracias, Medora.
Ella esbozó una sonrisa. Hizo lo que pudo, pero la preocupación le atenazaba los músculos de la cara impidiéndole sonreír de verdad, como a todos.
—Leyla, vigila a esos malditos orejas —pedí.
—Ya no están. No se les oye. Han salido de la cueva.
A pesar de lo que Panceta dijo, y que transmití a los demás, la exploradora montó guardia.
—El príncipe venenoso canta sus canciones —comenzó Hach, con la voz temblorosa, pero tan bonita como siempre—. Canciones oscuras de oscuras emociones.
—Bardo, ¿no tienes otra cosa que cantar? —resoplé.
—Es la que se me ha venido a la cabeza.
Entretanto, el gigante seguía llenando la pared de sangre. Con cada golpe, con cada gruñido, dábamos un respingo.
Me concentré en mirar los frascos que teníamos, tratando de evaluar cuál de los antídotos sería el más apropiado. A veces, uno mal empleado podía agravar los síntomas, acelerando el trágico final al que un letal veneno te llevaba de la mano.
—El príncipe venenoso vive en una telaraña —cantó el bardo—. Teje su red y con trucos engaña.
Leyla apartó la mirada del fondo de la cueva por un instante.
—Al gigante no le afecta el veneno. Aunque no sé si es por su tamaño, por ser inmune o porque se arranca los proyectiles muy pronto —dijo .
—Eso mismo he pensado yo —indiqué—, pero no podemos preguntarle. No habla nuestra lengua, solo gruñe.
A pesar de ello, la exploradora trató de dialogar con él, sin resultado alguno. Cuando regresó, dijo con voz derrotada:
—¿Qué vamos a hacer? No sé qué clase de veneno es —suspiró—, ¿y tú, Málakor?
—No, pero… podría parecerse a alguno que conozcamos. Háchpirey, ¿respiras bien? —Él asintió, así que le lancé una segunda pregunta—: ¿Sientes los músculos entumecidos? —Afirmativo—. ¿Sientes presión en la garganta? —Una negativa—. ¿Dolor en alguna parte?
Dudó, pero se señaló la cabeza.
—Sobre todo me duele aquí. —Se palpó la sien izquierda.
Miré los frascos. De todas las opciones, solo una resonaba con ellos. Poco más podía hacer que dejarlo todo en manos de la suerte y la probabilidad.
—Los síntomas son similares a los del veneno de la noctaria. Te daré ese.
Vertí el contenido en la boca de Hach, que bebió mientras Medora le incorporaba la cabeza. Tragó con gesto de desagrado. Lo miramos esperando que saliera de él un cartel que nos dijera que estaba a salvo. Sin embargo, no hubo señal alguna. Solo siguió cantando:
—El príncipe venenoso tiene un sueño muy fuerte. Y si nadie lo despierta, duerme para siempre.
—Prefiero que cantes Felipe el Dragón , bardo.
Panceta le lamió la mejilla. El bardo sonrió un poco.
—Hay una canción para cada momento, amigos, y en este aciago momento en el que el veneno consume mi cuerpo, debe cantarse esta canción. Es una vieja leyenda sobre un veneno de tiempos oscuros.
—No te pongas trágico que le meto el laúd en el culo a esa cosa y luego te lo paso por la cara.
Leyla y Medora me regañaron. Él, después de reír, cantó:
—El príncipe venenoso tiene sangre en la boca. Y muere todo aquello que toca .
—Canta otra cosa, Hach —dije angustiado.
Medora le dio la ramita de Senris para que la mordiera, pero el bardo musitó la cancioncita de marras.
No se quejó cuando extraje la punta del virote.
Boric había dicho que las dagas me servirían en los túneles, no sabía que sería para que lo afilado de su acero rajase la carne del bardo.
Tampoco se quejó cuando la sangre manó de la herida.
Ni cuando la vendamos para presionarla. Solo se incorporó hasta sentarse, le devolvió la ramita a Medora y se secó el sudor de la frente.
—Tenemos que continuar. No pienso morirme escuchando cómo esa cosa aplasta los cadáveres. Vamos. —Se puso en pie con ayuda de Medora—. Salgamos de aquí, por favor.
Iba a decir que no, que debíamos aguardar su mejoría sin someterlo a esfuerzo alguno, pero se colgó el laúd y echó a andar como si nada. Pensé que, si ese veneno acababa con él, no quería pasar sus últimos momentos discutiendo. Pero no se iba a morir. No lo haría.
Leyla lo adelantó, preparándose para usar el arco si fuera preciso.
—Hemos de encontrar un lugar seguro y tranquilo para coserte —dijo—. Málakor, camina delante, yo protegeré a Hach y a Medora.
Seguí sus indicaciones y fuimos hacia la salida.
Una vez allí, me asomé para comprobar que no había nadie.
Aunque en un primer tramo no se veía nada, un poco más adelante volvía a haber agrupaciones de hongos luminosos.
El túnel estaba desierto, así que avanzamos por él.
La exploradora llevaba una flecha preparada; yo, la espada en alto.
Apenas unos cien metros después, dimos con otra cueva a la que se descendía tras una cuesta flanqueada por rocas altas.
La cavidad era más pequeña. Llena de una luz azulada que procedía de unos enormes cristales cónicos.
Crecían alrededor de un lago de aguas cristalinas y brillantes, tan azules como ellos, en el que se vertía una inmensa cascada que procedía de un agujero cerca del techo de la cueva.
Había grupos de setas del tamaño de personas adultas, más altas o menos, pero siempre grandes, con tallos y sombreros enormes de un color rojo moteado de blanco que se volvía púrpura al reflejo de los cristales .
—Este lugar es hermoso. Podría morir aquí.
—Bardo —regañé mirándolo; hasta la parte blanca de los ojos la tenía azul—. No hables de morirte, joder.
—Era una forma de hablar. ¿Esas setas serán comestibles? Una sola podría alimentar a una centena de hombres.
—No lo parecen. Por su forma y colores son similares a las amanitas, y esas son venenosas —dijo Leyla.
Íbamos a dar un paso más cuando Panceta me advirtió de cierto movimiento al otro lado de la cueva.
—Están ahí. Se esconden tras esas rocas.
Era un conjunto alargado de piedras picudas, de metro y medio de alto.
—Escondeos, rápido. —Señalé un cúmulo de rocas parecidas, a unos pasos de nosotros—. Están ahí.
Nos movimos a toda prisa, a tiempo de que un virote nos pasase cerca.
—¿Cuántos son? —preguntó Leyla.
Me asomé. Desde nuestra posición podía verlos con claridad.
—Tres.
—¿Seguro?
—Míralo tú misma, Leyla.
Cuando sacó la cabeza, un virote le pasó peligrosamente cerca.
—Son tres, sí —dijo tras agacharse.
—Y no son muy grandes. Al menos no uno de ellos —anotó Panceta.
—Necesito que funcione mi magia —gruñó Medora—. Les lanzaría desde aquí un proyectil de energía que les reventaría la cabeza en un pestañeo.
—Eso me gustaría verlo, Conjuritos, pero no es posible. Ni tampoco se van a dormir si el bardo les canta, me temo. Esto tendremos que solucionarlo la exploradora y yo.
—Puedo darles desde aquí. Al menos a dos. El tercero se ha movido.
—Muy bien. Dispárales. Cuando los mates, iré a por el otro mientras me cubres .
—¿Estás loco? —La mirada se le desencajó—. No vas a llegar hasta él sin que te alcance un virote.
—Eso ya lo veremos, Flechas. Medora, saca de la casa de Hach algo que pueda usar de escudo.
—En la buhardilla tengo unos escudos que puse como decoración, aunque son funcionales, los llevan los caballeros del rey —dijo él.
La maga metió la mano en su bolsa, mientras que Panceta la olisqueaba. El perro se echó hacia atrás cuando la vio sacar un escudo de aquella abertura tan pequeña. Se estrechó en la boca de la bolsa y luego se ensanchó, como si estuviera hecho de pasta de caramelo aún caliente.
—¡Gof! ¡¿Cómo es posible?!
Le transmití la pregunta del can.
—Magia, Panceta —dijo ella, orgullosa de su invento.
—Vamos, daos prisa. Se están moviendo —apremió Leyla, que se había asomado un momento para echar un vistazo.
El escudo llevaba los símbolos de Ardacia. En mi lenguaje, un montón de cosas. En el del bardo… Llegó a mi cabeza la explicación que me dio años atrás, tan nítida como si estuviera sucediendo: «Plata; azur; vero; castillo donjonado…».
Curiosamente, lo recordaba bien. ¿Qué iba a hacer si el bardo moría?
¿Quién me contaría todas esas cosas inútiles?
No es que el corazón se me encogiera, es que pasó a ser del tamaño de un garbanzo.
Pero le puse dientes, para comerme lo que fuera.
Iba a matar a esos elfos y a seguir el camino hasta encontrar a alguien que pudiera garantizar la salvación de Háchpirey.
—Con ese escudo, te ves como el Heredero de Ardacia que eres, Málakor —dijo él.
Medora y Leyla lo miraron sin entender.
—Está delirando. —Esbocé una sonrisa de circunstancias—. Leyla, vamos, dispara.
Ella se preparó. Era hermoso verla manejar el arco.
La suave caricia con la que colocaba las flechas, como si no fueran instrumentos letales.
La manera en la que se tensaban los músculos de sus brazos, su cuello y su espalda.
La forma en la que miraba al lugar en el que apuntaba, con mortal decisión.
Los ojos le brillaban de un modo particular cuando soltaba las flechas.
Y aquella la soltó certeramente, porque escuché un grito procedente del escondite de los elfos.
—Uno más. —Afiancé la correa trasera del escudo, dispuesto a salir en cualquier momento—. Uno más, Flechas.
—Se han movido.
—Me expondré —anunció Medora—, así saldrán a disparar.
—¿Estás…?
No me dio tiempo a decir más, se había puesto en pie. El silbido de un virote llenó la cueva. La maga se agachó a tiempo de evitar que se le clavase en la cabeza. Panceta soltó un ladrido de alarma.
—¡Estás loca! —regañó, aunque ella no fuese a entenderlo.
—Como una cabra. ¿Quieres hacer el favor de no arriesgar así tu vida, Conjuritos?
—No puedo quedarme de brazos cruzados. ¡Tengo que hacer algo!
—El príncipe venenoso ha secuestrado a una bella mujer. Ella le dará muerte, ella le quitará el poder. —La voz de Háchpirey sonó débil. Estaba empapado en sudor.
Cerré los ojos, respiré profundamente.
No moriría. No en esos malditos túneles.