Málakor 3 CAPÍTULO 45
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CAPÍTULO 45

De un terrible azul

U n virote se clavó en el brazo de Háchpirey, entre el codo y el hombro. La sorpresa le cortó la risa de golpe. Se llevó la mano al brazo, con los ojos muy abiertos, y tocó el asta del proyectil. No gritó, no se quejó.

Miré hacia la entrada de la cueva. A juzgar por donde se le había clavado, debía de venir de allí.

En menos de un parpadeo, voló un segundo virote hacia nosotros, pero erró en su trayectoria.

Sin embargo, vi quien lo lanzaba. Uno de esos orejas.

Y él vio que yo lo había visto. Y también que una flecha salida del arco de Leyla volaba hacia su cara.

Así que corrió hacia la oscuridad del túnel.

—Quedaos aquí —gruñí—. Nadie dispara a mi amigo sin que le arranque las tripas.

—No, Málakor, puede haber más. —Leyla me frenó agarrándome de la capa.

—Hay más. Oigo varias respiraciones —confirmó Panceta.

—Iremos todos —dijo Hach.

—Está bien, pero antes vamos a asegurar el astil para que no se mueva y empeore la herida.

Nada de quebrarlo; sería más complicado sacarlo después.

En cuanto lleguemos… —Leyla calló de golpe.

Ella misma se había dado cuenta de que no había médicos cerca—.

En cuanto estemos en un lugar seguro, lo haré yo misma.

He curado heridas así, de los virotes de los asesinos, muchas veces.

El bardo asintió con increíble entereza.

Se había asustado con el gigante, pero los virotes no le daban miedo.

Yo sí lo tenía. Temía que estuviera envenenado.

Y aunque Iliana nos había dado algunos antídotos que solían funcionar contra los venenos de los asesinos, quizá aquello estaba impregnado de Loto Negro. Quizá, Hach …

Sacudí la cabeza. No quería pensarlo.

Mientras ellos se enfrascaban en asegurar el astil del virote, para que cualquier movimiento brusco no agravase la herida, oteé el fondo de la cueva.

Quería ir tras el elfo y patearle la cara hasta que le salieran los dientes por la nuca.

Pero no podía irme y dejarlos allí. Tenía que ser prudente, aunque eso no fuera mucho conmigo.

Me agaché para recoger uno de los virotes que estaban dispersos por la cueva.

Era pequeño, bastante rudimentario, hecho a toda prisa.

El astil estaba mal pulido y el hierro de la punta peor forjado, con algunas muescas.

Sin embargo, la punta de esa cosa insignificante y burda estaba impregnada en veneno.

Era una sustancia viscosa, azul brillante.

No lo había visto nunca. Ni siquiera lo había olido.

Pero sabía que era veneno. No tenía sentido que fuera otra cosa.

Sin embargo, habían disparado varios a la criatura y no parecía afectada por nada.

Tal vez por la rapidez con la que se los había quitado, tal vez por su tamaño. Volví la cabeza hacia mis amigos.

—Tienen veneno. —Levanté el proyectil. La punta impregnada en azul refulgió bajo la luz blanca—. Tenemos que sacarle el virote.

Aunque quizá ya era demasiado tarde.

Medora trató de sanar a Hach con su magia; sin embargo, seguía sin funcionar. Frustrada, soltó un gruñido. El gigante giró la cabeza y la miró con curiosidad. Luego siguió a lo suyo.

—Bardo —caminé hacia él—, esto te va a doler, lo siento.

—Espera, Málakor. —Levantó las manos, con cara de susto—. No sé si es peor morir desangrado que por culpa del veneno.

—El veneno, créeme. La pérdida de sangre te duerme. Pero no te vas a morir. No lo harás.

—Málakor —intervino Flechas—, no es conveniente en esta situación…

—Leyla, he dicho que hay que sacarle el maldito virote. Está envenenado. Túmbate en el suelo, Hach. Buscad algo que pueda morder.

—¿Has hecho esto antes? —preguntó el bardo, que se quitó el laúd de la espalda, se tendió en el suelo y lo dejó a un lado.

—¿Cómo crees que mueren la mayoría de los asesinos de Ledaria? Por culpa de las flechas de los exploradores .

Leyla y yo nos miramos; ella había dicho algo similar, solo que en el bando contrario. El recuerdo de cuando estábamos cada uno en un lado de esa estúpida guerra me hizo apretar los dientes. Las palabras que Boric había pronunciado me removieron con fuerza. Sacudí la cabeza y agregué:

—La mayoría se las sacan con sus propias manos.

—¿Me la vas a sacar con las manos sucias? —Hach me miró atónito.

—No, me las lavaré. —No sabía de dónde iba a sacar el agua limpia, pero era mejor contentarlo.

—La de cosas que voy a escribir en las Crónicas . —Suspiró.

Miré a Medora y a Leyla, buscando su apoyo.

Asintieron, haciéndome ver que estaban ahí.

Rompí la manga de Hach para ver la herida.

En los alrededores de la punta del virote se concentraba esa sustancia azul.

El veneno estaba ahí, pero eso no era lo peor.

Se había extendido por el brazo, penetrado en la sangre.

Las venas del bardo brillaban cerúleas. El veneno estaba ya en las muñecas, a punto de alcanzar la mano.

Levanté la manga cuanto pude y vi que ascendían por el hombro.

La angustia ante lo evidente casi me paró el corazón.

—¿Qué haces? —preguntó mi amigo.

La exploradora y la maga no tuvieron que preguntarlo, noté en sus expresiones que captaban la gravedad del asunto. Hasta Panceta se dio cuenta, pues se tumbó al lado de Hach y apoyó la cabeza contra la suya.

—Ay, Panceta, con lo bien que estaríamos los dos sentados frente a la chimenea de mi casa en Ardacia.

—Ojalá. — El can me miró con una súplica. Seguramente, no tanto por aquella idea de estar en la capital, más bien con la de que debía salvar a Háchpirey, sea como fuere.

Cogí aire, y fuerzas de paso, desabotoné la levita a toda prisa y aparté la blusa. El pecho de Hach era una cadena de venas azuladas bien visibles. El bardo estaría muerto en muy poco tiempo si no encontrábamos la solución.

—Leyla… —llamé.

Ella, sin que hiciera falta decir más, sacó de su macuto todos los antídotos que Iliana nos había dado .

—Me siento un poco mareado —musitó Háchpirey, que soltó un resuello.

—Hach —puse una mano en su frente, que brillaba de sudor, y lo miré a los ojos—, vamos a hacer una cosa, ¿por qué no cantas una canción? Así te distraes.

Él asintió, parecía contento, pero su mirada empezaba a apagarse. Y a mí empezaba a morírseme algo en el corazón al verlo así. Si Hach moría…

Apreté los dientes. No iba a pensar en esa maldita posibilidad.