CAPÍTULO 44 #2
Flechas se movió hacia atrás y su cuerpo dio con uno de los montículos.
Sin embargo, y con rapidez, colocó otra flecha en el arco.
El gigante levantó los brazos, dispuesto a aplastarla con sus grandes manos.
Ella tensó la cuerda del arco. Sin embargo, antes de que ninguno de los dos hiciera nada, la música del laúd de Hach llenó la cueva. Y pronto lo hizo su voz:
—Ella tocaba el laúd con gracia, era bonita y vivaracha, la mujer más hermosa de Ardacia.
La criatura se quedó con las manos en alto y giró la cabeza hacia Hach, a unos metros de él, a su derecha.
El bardo, aún con esa cosa pendiente de él, no dejó de tocar.
No falló en la entonación o el ritmo. Más que en una cueva, parecía que estuviera en la taberna de Bred, rodeado de amigos y cerveza.
—Yo le dije: baila conmigo, mujer, que la noche es fría y la vida es corta, y me muero por besar tu piel.
Leyla podría haber matado al gigante, apuntaba a su cabeza, pero no disparó la flecha. El ser se inclinó un poco, soltó un gruñido y luego se dio la vuelta.
—Ella me miró con sus ojos marrones, del color del otoño y sus flores. La tomé de la mano y la besé, y bailamos toda la noche, bailamos hasta el amanecer.
El gigante soltó un gruñido de satisfacción. La música le gustaba.
—Es asombroso —musitó Medora—. Como cuando los no muertos siguieron el sonido de la música en Ardacia.
Hach cesó un instante de cantar para decirnos con apremio:
—Id hacia la salida, aprovechad. Correré hasta allí cuando pueda .
—No voy a dejarte solo, cantamañanas. Sigue tocando, nos moveremos a la par.
Asintió y siguió con su canción:
—Y la chica de Ardacia…
Hach calló de golpe, porque un ruido seco llegó desde la salida.
El gigante miró hacia allí, gruñó casi con furia.
No me moví. Leyla se quedó quieta también, sin bajar el arco.
Quizá temía, como yo, que fuera otro gigante.
Entonces, una flecha me pasó por encima de la cabeza.
No, era un virote. Lo vi mejor cuando se clavó tras de mí.
Dos más impactaron en el suelo cerca de Medora y Hach.
El bardo y la maga se refugiaron tras una de las cosas puntiagudas.
El ser rugió. Un rugido sin igual que me hizo taparme los oídos.
Golpeó el suelo con los puños. La cueva tembló.
Del techo cayeron cascotes y densas nubes de polvo.
Una de esas formaciones estiradas se quebró en pedazos al dar contra el suelo.
Algunos hongos cayeron sobre nosotros. Leyla se hizo un ovillo a los pies del montículo; yo me agaché, para cubrir a Panceta con mi cuerpo.
El gigante caminó hacia el lugar de procedencia de los virotes que se le clavaban en la piel.
Se los arrancaba del mismo modo que la flecha de Leyla: con desdén y sin esfuerzo.
Oí gritos en aquella lengua extraña que el elfo había pronunciado antes de morir aplastado.
Me moví un poco para poder ver quién disparaba.
Eran más elfos oscuros. Corrí hasta Leyla, con Panceta, y pegué el cuerpo al mismo montículo puntiagudo, mientras me agachaba a su lado.
Los virotes golpeaban contra la roca, arrancándole esquirlas.
Medora y Hach estaban a unos quince metros de nosotros. Les pedí con un gesto que se aproximaran, porque la lluvia de virotes había cesado, aunque no los gritos. El bardo cogió la mano de la maga y llegaron a toda prisa. Resollando, se agazaparon junto a nosotros.
—Benditas estalagmitas —dijo él—. De no ser por ellas, estaríamos muertos.
Así se llamaban esas cosas. No se me olvidaría jamás.
Oímos un golpe como los del principio. Esa cosa estaba aplastando a los elfos otra vez.
Levanté la cabeza para verlo. Llevaba uno en cada mano y los lanzó contra las estalagmitas.
Uno de los elfos se ensartó en el pico de una de ellas.
Convulsionó y luego se quedó quieto. La sangre se deslizó por la roca en densos hilos hasta mojarla por completo.
La criatura cogió otro. Cuando fue a lanzarlo, se le escurrió y acabó en el suelo a unos pasos de nosotros.
Miramos al pobre desgraciado, cuyos sesos habían abandonado el cerebro con el golpe y ahora eran parte del suelo de la cueva.
Un reguero de sangre corrió hasta nuestros pies.
—¡Gof! ¡Es espantoso!
Leyla se tapó la boca con la mano y se movió un poco. Le apreté el hombro, tratando de reconfortarla. Por el rabillo del ojo vi que Háchpirey tocaba el cadáver.
—¿Qué haces? —regañé entre dientes.
—Lleva un saquillo, puede tener algo que nos sirva. Un mapa. No sé. Algo. —Tiró de una bolsa de cuero que el elfo tenía en su cinturón y se la guardó bajo la capa.
—Tenemos que salir de aquí —apremió Medora—. Cuando acabe con ellos, vendrá a por nosotros.
—No. No nos hará nada. Ha podido matarme y no lo ha hecho —dijo Hach—. Lo habéis visto, ¿verdad? La música amansa a las fieras. Más que un dicho, ahora es un hecho.
—Leyla tenía que haberle disparado en ese momento.
—Había algo en su mirada, Málakor. Creo que esa criatura no es mala por naturaleza. Solo odia a esos elfos, por algún motivo.
—Quizá sea porque invaden su territorio, igual que el de Cécrope —anotó Medora.
—Tengáis razón o no, no nos quedaremos a comprobarlo. En cuanto se cargue a los orejitas, nos largamos de aquí.
No sé cuántos había, pero estuvo entretenido en estamparlos contra las rocas un rato. El aire olía a sangre. Los gritos retumbaban en la cueva. Y, tras un nuevo temblor, se hizo el silencio.
—Podríamos hablar con él, igual dialoga con nosotros —dijo Hach.
—¿Te has vuelto loco? —Medora lo miró con los ojos muy abiertos.
—Sí, bardo, anda, ve a hablar con él. Igual te recibe encantado. ¡A manotazos! —Gruñí—. ¿Tú no decías que no podías morirte en otro lugar que no fuera Ardacia? Pues no ayudas a hacerlo realidad.
—Shhh. —Leyla nos mandó callar, con la cabeza alzada como una tortuga—. Se está moviendo.
—Ya lo noto, se me agitan hasta las tripas cada vez que camina —dijo la maga llevándose la mano al vientre.
—Mientras no las veas en esa pared, todo bien.
Medora me dio un codazo.
—¿Qué hacemos? —preguntó el bardo.
—Salir de aquí —dijo Panceta—. Oigo el rumor del agua. Ha de haber otra cavidad cerca.
Les informé de las palabras del can, antes de ponerme en pie. La criatura caminaba hacia la pared ensangrentada, transportando un par de cadáveres, con el fin de arrojarlos al amasijo con los demás.
—Vamos, esa cosa está entretenida.
—¿Y si hay otros elfos oscuros más allá de esa entrada? —dijo Medora.
—Pues nos los cargamos, Conjuritos, y así limpiamos el camino.
Poco a poco, abandonamos nuestro escondite.
Fuimos de estalagmita en estalagmita hasta llegar a las cercanías de la entrada.
La criatura nos siguió con la mirada y se acercó hasta nosotros dando grandes zancadas.
Me puse delante de los demás, espada en alto, pero Leyla me echó a un lado y ocupó mi lugar.
—Somos amigos —dijo levantando las manos.
—Tocaré… —comenzó a decir Hach.
—Espera —interrumpió Leyla.
El gigante se inclinó y puso la cara a la altura de la de ella. La olisqueó. El aire que salía de su enorme nariz le movió los cabellos a la exploradora. Estaba caliente, hasta yo podía sentirlo. Dejó de olerla, me miró y soltó un gruñido.
—Málakor, baja la espada —pidió la exploradora .
Le hice caso, aún en contra de mi voluntad y de todas las señales de alerta.
El bardo se colocó al lado de Flechas. La criatura, curiosa, extendió uno de sus grandes dedos para tocar las orejas de Hach.
La yema era más grande que la cabeza del bardo.
Soltó un gruñido de aprobación y fue, uno por uno, tocándonos las orejas.
Me dio un escalofrío cuando esa cosa me rozó, porque las manos las tenía llenas de sangre y le apestaban a carne muerta; sin embargo, me quedé quieto, aguardando a que aquello terminase.
Aunque pensé que Medora y Panceta saldrían corriendo, permanecieron inmóviles, y me pareció que se sentían seguros.
Cuando la criatura se cansó, regresó a la pared a seguir estampando contra ella los cadáveres de elfos oscuros que le quedaban.
Medora soltó un largo suspiro de alivio.
—Por Tékim y su túnica roja, creo que me he orinado encima.
—Yo ya te digo que lo he hecho —dijo Panceta.
A mí me dio por reír. Y luego al bardo y a Leyla, aunque no supieran de qué me había reído. Quizá por los nervios, al final, acabamos riendo todos. Pero la risa se nos atragantó pronto.