CAPÍTULO 44
De sangre y roca
L a cuesta se ensanchaba hasta llegar a una cueva enorme, dominada también por los hongos.
Del techo pendían esos cucuruchos de piedra que el bardo sabrá cómo narices se llaman.
El suelo también los tenía, apuntando hacia arriba, algunos bastantes puntiagudos.
Entre ellos se movía un ser de unos cuatro metros, que agarraba gente de un amasijo de cuerpos con sus grandes manos y la lanzaba contra una de las paredes. Estaba llena de sangre. De vísceras.
Panceta se apostó a mi lado e hice un gesto a los demás para que no siguieran avanzando, pero Medora ya había llegado. Cuando lo vio, se agarró a mi brazo como una garrapata.
—Por todos los dioses, ¿qué es eso? —dijo temblorosa.
—Por Azani —musitó Leyla, que se situó a mi lado.
—Por Karis —dijo Hach.
—Por Tékim —murmuró Medora, apretándome más.
—¡Gof!
—¿Vais a mencionar a todo el panteón de dioses? —me quejé—. Guardad silencio. No sabemos si esa cosa tiene el oído tan fino como Cécrope.
No nos veía, por el momento. Estaba afanada en estampar gente contra la pared de piedra. Tenía una barba greñuda, el pelo largo en mechones espaciados que le caían hasta la barriga. Aunque no llevaba vestimenta alguna, un vello frondoso le cubría parcialmente la piel.
—¿Qué es? —preguntó el bardo, en voz muy baja.
—No lo sé —contestó Leyla—. Pero está…
Otro golpe. Otro cuerpo aplastado. Volvieron los tres a nombrar a los dioses. Panceta soltó un gemido .
—Tenemos que dar la vuelta —dijo Medora.
—Sí, volvamos, pero a mi casa. A Ardacia. A fingir que no he visto eso —dijo Hach.
Estaba tan asustado que si le hubiera dicho de tirarle a esa cosa su laúd favorito a la cabeza, para luego salir corriendo, habría dicho que sí.
—Hay que cruzar. Llevamos una eternidad recorriendo esto, así que no iremos hacia atrás ni para coger impulso. Mirad —señalé más allá de la cueva—, ahí hay una abertura, posiblemente el camino continúe.
Dimos un respingo, porque esa cosa había arrojado otro cuerpo más contra la pared y el golpe retumbó por todas partes. Empezaré a llamarlos cadáveres. Al menos desde mi posición, parecían ya muertos antes de que los estampase.
—Para llegar allí, tenemos que pasar por delante de esa cosa. —Medora negó con la cabeza varias veces, aún agarrada a mi brazo—. Que no, que no voy. Que me muero antes de llegar. Que tengo el corazón pequeño, como los ratones.
Casi me echo a reír.
—Los ratones me roban la comida. Y yo también me muero antes de llegar al otro lado.
—Estoy contigo, Panceta, no te preocupes.
El perro me dirigió una mirada lastimera.
—Málakor tiene razón —dijo Leyla con aplomo, cosa que agradecí—. Dar la vuelta sería fracasar, porque no hemos encontrado ningún otro camino que seguir, tenemos que avanzar. Si nos movemos con destreza, no nos verá. Trazamos un camino seguro desde aquí, y lo hacemos.
—Conjuritos, ¿y ese hechizo tuyo para ocultarse?
—Estoy tan nerviosa que igual acabo haciéndolo mal.
—Vamos a ver. —La tomé por los hombros y la miré muy serio—. Eres tu peor enemiga, Medora. Eres capaz de grandes cosas, pero siempre andas dudando de ti. O presumiendo de ti. No tienes término medio. Vas a hacerlo bien.
—Voy a hacerlo bien —repitió varias veces mientras asentía.
Teníamos que hacerlo bien. Todos.
—¿No has traído ninguno de tus frasquitos? De esos que usaste cuando Von Salchicha —le dije.
—No, me quedé sin ninguno, y, como comprenderás, no podía pedirle más a Téramo. Y en Knegara no tenía recursos .
—¿Y el hielo? Congela a esa cosa y ya está.
Otro golpe retumbó en la cavidad, sobresaltándonos.
Miré hacia la criatura. Acababa de aplastar a un pobre infeliz.
Cogió dos cuerpos más, uno en cada mano, y los lanzó contra la roca.
El sonido que hicieron en el impacto fue espeluznante.
A uno le estalló la cabeza, salpicaron sus sesos por todas partes; a otro le reventó el vientre.
La fuerza que esa cosa empleó fue descomunal.
Luego soltó un gemido furioso y fue a buscar más víctimas.
—No puedo. —Medora volvió a agarrarme.
—Imagínate que es una vaca. Una vaca gigante —le dijo el bardo.
—¿Una vaca? ¿De verdad, Háchpirey? —replicó—. ¿Una vaca en estos túneles?
—Tremendo banquete me daría… —dije por lo bajo.
Eso agarró a otra persona. El amasijo estaba menguando.
Apenas quedaban ya unos cuatro o cinco cuerpos.
No me había fijado mucho en ellos, porque verlos estampados no era espectáculo grato y estaba más pendiente de la criatura, pero advertí, al mirarlos fijamente, que tenían la piel de un gris claro, casi pálido, el cabello blanco y… orejas puntiagudas.
—Son elfos. Elfos del Odio —dije—. Lo que estampa son elfos oscuros.
Clavaron todos la mirada en el amasijo de cuerpos. Panceta soltó un gruñido incómodo.
—Me siento rara —musitó la maga—. Rara por verlos por primera vez y porque una parte de mí siente compasión por ellos, por acabar así, pero la otra quiere celebrarlo.
—Eso mismo estaba pensando yo. —Leyla dio un paso adelante y tomó el arco de su espalda—. No podemos quedarnos aquí parados todo el día. Preparaos para bajar.
Desenvainé la espada. El bardo cogió el laúd.
—¿Vas a ponerte a tocar? —le dije.
—Igual esa cosa se amansa si le toco algo de música.
—Y si hay elfos vivos aquí les encantará escuchar tu llamada. Guarda el laúd y la flauta —pidió Leyla—. Tenemos que ser todo lo silenciosos que podamos .
—Está bien, exploradora. Además, estoy temblando, no podría tocar mucho.
Medora susurró algo. Magia. Estaba tratando de hacer magia. Pensé que dejaría de verla pronto, al ocultarse bajo su hechizo; sin embargo, siguió ahí, con cara de preocupación.
—No funciona.
—¿Cómo no va a funcionar? —le dijo Hach—. Hiciste magia en el abismo.
—Ya, pero no he vuelto a usarla desde entonces. Algo raro está pasando aquí.
—¿Otra magia más poderosa? —El bardo arrugó la nariz, preocupado—. ¿Como en la cripta de Von Schaulft?
—No es eso. Es como si hubiera un muro de piedra a mi alrededor que la magia no pudiera cruzar. —Una gota de sudor le recorrió la frente. La maga se llevó la mano a la cabeza, como si le doliera—. Se queda contenida en mi cuerpo.
—Pues no nos queda más remedio que hacerlo sin más ayuda que nuestras armas y nuestro valor, ¡vamos! —Leyla empezó a descender a toda prisa.
Tiré de Medora y la pegué a mí.
—Conjuritos, yo te cubro. No tengas miedo.
Asintió, sin más remedio, y corrió pegada a mí, al igual que Panceta, con el bardo a la zaga.
El gigante se detuvo cuando estaba a punto de estampar dos cuerpos más y giró la cabeza hacia nosotros.
—Mierda —mascullé.
Emitió un gemido corto. Como una especie de «mmm» curioso.
—Quietos —ordenó Leyla.
Nos paramos de golpe a medio camino del descenso. Detenerse así, en medio de una carrera cuesta abajo, siempre tiene consecuencias. El bardo tuvo que agarrarme para evitar que diese de bruces contra el suelo.
Eso nos miraba, atento, emitiendo de vez en cuando ese gemido, pero sin soltar los cadáveres. Noté que uno se agitaba. Fue un movimiento lento al principio, pero luego se sacudió .
Gritó. Gritaba como un… No quería ni pensarlo por si Leyla escuchaba mis pensamientos y perturbaban su corazón de comehierbas.
Luego dijo algo en una lengua que sonaba muy parecida a esas palabras que Anamkha y Darcy me habían dicho.
El gigante lo miró, emitió un sonido gutural y lo estampó contra la roca.
El cuerpo crujió grotescamente. La cabeza… Es igual, fue horrible.
Se hizo el silencio. Nos miramos, pálidos.
Cuando volvimos la mirada al gigante, él volvía a prestarnos atención.
Soltó aquella vez un rugido atronador. Dio un paso enorme.
Y luego otro. Venía hacia nosotros. A cada paso que daba, la tierra temblaba.
Se desprendían cascotes del techo, una de esas cosas puntiagudas cayó a un escaso metro de nosotros.
—¡Corred! —gritó Leyla.
Hubo un momento de confusión, porque Medora y Hach se dieron la vuelta; en cambio, ella emprendió la carrera hacia adelante. Panceta y yo nos quedamos en medio, mirando a unos y a otros.
—¡Por ahí no! Seguid a Leyla. —Hice gestos con las manos y me aparté para dejarlos pasar.
Medora y Hach corrieron como una flecha en pos de la exploradora.
Panceta pronto los adelantó en una carrera frenética.
Los seguí, espada en alto, vigilando los pasos de la criatura, que cada vez se acercaba más.
Sus piernas eran mucho más largas que las nuestras; sorteaba los montículos de piedra con mayor facilidad y nos alcanzó.
Levantó los puños, casi nos aplastó con ellos, pero pudimos esquivarlo.
Aunque el impacto sobre el suelo de esas grandes manos levantó esquirlas de tierra y roca que volaron en todas direcciones.
Una me pasó rozando la mejilla y noté un picotazo.
Pronto brotó sangre. Háchpirey cubrió con su cuerpo a Medora.
Una roca le dio en la cabeza, pequeña, por suerte, o lo habría dejado peor de lo que estaba.
Panceta se agazapó en el suelo, gimoteando.
El gigante puso los ojos en él. Soltó tal gruñido que pensé que abriría la boca para zamparse al chucho de un bocado.
—¡Panceta!, ¡ven! —llamé.
El perro corrió hacia mí y se pegó a mis piernas.
—Eso da mucho miedo, Málakor.
—Lo sé, no te separes de mí.
Leyla le lanzó una flecha al ser, que le impactó en el hombro.
La criatura se paró en seco y volvió a rugir.
Se arrancó la flecha como si no fuera más que una espinita y clavó la mirada, furiosa, en la exploradora.
Se convirtió en su único objetivo. Fui tras la criatura, dispuesto a incrustarle la espada aunque fuera en las piernas.
La exploradora corrió cuanto pudo y disparó otra flecha cuando se sintió segura, que no impactó, pero estuvo cerca de hendírsela en la cabeza.
El gigante estaba ya a un solo paso de ella.