CAPÍTULO 43
De la cosa roja
E ntre todo ese trajín, los momentos nocturnos eran tranquilos.
Abrigados por los sonidos ya familiares, descansábamos por parejas mientras otros dos hacían guardia.
La maga sacaba mantas de la casa de Hach y nos arrebujábamos en ellas, tapándonos la cabeza para evitar la molesta luz y, sobre todo, para abrigarnos.
En ciertas zonas, la temperatura bajaba considerablemente y recorrían el túnel ráfagas de aire helado.
Panceta dormía a veces conmigo, a veces con alguno de los demás.
Su cálido cuerpo abrigaba también como una manta.
Soportamos aquellas noches como pudimos, relajándonos al runrún de las historias de Háchpirey.
Leyla se movía mucho en sueños. A veces se despertaba por culpa de una de esas pesadillas en las que veía a Lúdric, con el pelo empapado en sudor y el rictus descompuesto.
La rodeaba con los brazos y le recordaba que estaba ahí, que era la luz de su vela.
Y ella sonreía, a duras penas, y dormía ya más tranquila.
Por el camino, el bardo se entretenía soltando cuantos conocimientos poseía de criaturas similares a las que veía.
Leyla a veces lo corregía, porque ella de plantas y de animales sabía más que él, y Hach prestaba atención a sus palabras y las repetía para memorizarlas.
A veces cantaba algo. A veces se quedaba callado.
Y eso me hacía mirarlo para ver si seguía ahí.
Lo encontraba a menudo observando algo con cara de fascinación.
Algún bicho o planta que, aunque hubiera visto ya muchas veces antes, seguía intrigándolo.
—Estas piedras se parecen a unas que vi en Terhacress, solo que algo más oscuras —comentó en una ocasión.
—¿Puedes dejar de pararte a mirarlo todo, Hach? —le dije—. Hemos visto esas piedras doscientas veces. Son todas iguales.
—No, Málakor, no lo son. Las piedras son como las personas, no hay ni una igual aunque lo parezca.
Metí la mano en el bolsillo, para tocar la que Leyla me había regalado. Solo era una baratija rodeada de superstición; pero me sentía bien al rozarla con los dedos. Quizá, él tenía razón: no todas las piedras son iguales.
—Y tú eres del tipo piedra en el zapato —le dije—. Sigue andando, bardo.
—¿Sabéis que viene de ahí la expresión «tener escrúpulos»?
—No, pero nos lo vas a contar. Andando, a ser posible. —Medora le dio un empujoncito, obligándolo a caminar.
—Sí, los antiguos ardacianos llamaban escrúpulos a las piedrecillas del camino —dijo él, contento, reanudando el paso—.
Si una se te mete en el zapato, es muy molesta, y has de detenerte a quitártela o no podrás caminar cómodamente.
Así que, con el tiempo derivó en la metáfora de la duda moral que incomoda, de la conciencia que pesa.
La maga lo siguió, asintiendo a cada tanto. Había adquirido la habilidad de leer su libro de magia mientras caminaba, o quizá ya la tenía, aunque a cada tanto tropezaba y alguno tenía que sujetarla para que no se cayese.
—Cuando se me mete una piedrecita en las almohadillas de las patas, veo las estrellas —se quejó Panceta.
Él exploraba siempre unos pasos más adelante, sin alejarse demasiado, con las orejas bien alzadas. A veces me decía: «Más arriba hay agua», y, efectivamente, la había. «Más arriba hay arañas». No se equivocaba. Así, con todo.
A pesar del hambre, a ratos y gracias a ellos, el camino se hacía entretenido.
Aunque Medora y Leyla estuvieron un poco raras durante unos días.
Las dos a la vez. A cada tanto, nos pedían que detuviéramos el paso y se apartaban hasta que casi las perdíamos de vista.
Entendía que necesitasen privacidad para responder a la llamada de la naturaleza, pero había algo en esos momentos que me parecía extraño.
Cuando dormían juntas, Panceta se tendía entre ellas, a la altura de sus vientres, como si buscase darles más calor.
Y, de vez en cuando, cuchicheaban igual que se contasen un secreto real.
—¿Qué les pasa? —le pregunté a Hach en uno de esos momentos en los que se apartaron, mientras él aprovechaba el rato en afeitarse.
El bardo insistía en acicalarse, yo había renunciado ya al afeitado, y asomaba a mi rostro una incipiente barba.
—Cosas de mujeres, Málakor. Te has criado rodeado de ellas, sabrás de lo que hablo.
—Ah, la cosa roja.
—¿La cosa roja? —preguntó extrañado, mientras limpiaba la navaja con suavidad en una toalla.
—Así la llamaban en el burdel. Cuando la tenían, se apartaban a una habitación todas juntas.
Beldana y mi madre hacían lo posible para que Nela no las llamase para…
—torcí el gesto— ya sabes qué. Pero a veces no podían evitarlo y tenían que meterse unas esponjas y verse a solas con alguno de esos criminales.
Cuando iba con mi madre al río, las veía lavándolas. A veces, las ayudaba.
El bardo me miró espantado.
—No me mires así, seguro que en tus respetables casas de compañía de Ardacia, como tú las llamaste —dije con acusador retintín—, hacen exactamente lo mismo. Y es horrible.
Se rascó el cogote, contrariado.
—Sí…, sí que lo es.
Hubo un silencio incómodo. Uno de los pocos que el bardo y yo habíamos vivido entre nosotros. Él se afanó en terminar de afeitarse, sumido en sus pensamientos. Yo miré y remiré al otro lado del túnel, esperando que regresasen. Me inquietaba separarme tanto de ellas.
—No sé a qué viene tanto misterio, es lo más normal del mundo —resoplé.
—Lo es, pero ellas no lo sienten así. En Knegara, los asuntos femeninos son algo sagrado y privado. Y, en Téramo, tengo entendido que cuando las mujeres magas están en sus días —entrecomilló con los dedos—, no las dejan hacer magia. Como si eso fuera a perjudicar los conjuros.
—Nela no dejaba a las muchachas acercarse a la cocina. Decía que estropeaban los alimentos; que cortaban la leche. Aunque esa infame sí las dejaba acercarse a los hombres. Espero que, dónde esté, sea horriblemente infeliz.
El bardo asintió. Tras empotingarse la cara, me preguntó:
—¿Sabes qué pasó con las mujeres del burdel? Estuvieron en Ardacia un tiempo, pero luego les perdí la pista.
—Beldana empezó una nueva vida en Izenia, junto a Yuliana. Se quejaban mucho del frío, pero les iba bien. Las vi cuando visité la ciudad en una de mis misiones con la compañía. De las demás no sé nada, aunque espero que estén bien.
Escuché el repiquetear de los pasos de Leyla y Medora. Eran inconfundibles. Panceta ladró, indicándome que las reconocía, por si me quedaba duda. Cuando llegaron junto a nosotros, después de que Hach le diera a Medora sus afeites para que los guardase en la bolsa de Sha, la maga dijo:
—¿Seguimos?
—Seguimos, sí, pero lo que tenéis no es nada malo —les dije muy serio. Ellas me miraron pasmadas—. Así que no hace falta que lo envolváis de misterio. Me he criado rodeado de mujeres. Si os duele, avisad y pararemos. Y pedid lo que necesitéis.
Leyla carraspeó, ruborizada. La maga estiró poco a poco los labios, hasta sonreír.
—Está bien. —Me dio un beso en la mejilla—. Pues me duele demasiado como para seguir caminando, pero no quiero retrasarnos.
—Súbete a mi espalda, cargaré contigo.
A ella, que le encantaba ser mi mono particular, le pareció una espléndida idea. Aquella noche , cuando paramos a descansar, Medora se doblaba de dolor. El bardo le dio a ella y a Leyla unas sales que llamó «milagrosas». Por primera vez en días, descansaron plácidamente.
A la jornada siguiente, subíamos una larga y escarpada pendiente, ubicada en un túnel estrecho, cuando Panceta se detuvo en seco.
—Algo está golpeando la roca más adelante. S uena como un yunque enorme con un martillo igual de inmenso. A veces me colaba en la casa del herrero para calentarme junto a la forja, y suena como eso.
Les conté a los demás lo que Panceta había dicho.
Aunque hubo un gesto de duda en sus rostros, no teníamos más opción que seguir adelante.
Con cautela, continuamos, hasta que aquel sonido del que el perro había hablado nos llenó a todos los oídos.
Un golpe tremendo. Efectivamente, como martillo gigante sobre yunque.
—Ha de ser otro temblor de tierra —dijo la maga.
El sonido se repitió y la tierra se quejó levemente.
—¿Ves? Otro maldito temblor. Igual es que está aquí cerca alguno de los familiares de Cécrope. —Soltó un resuello y dijo—: A veces tengo la sensación de que estamos sobre la sierra de un cuchillo, de tanto subir y bajar.
Le tendí la mano para ayudarla a subir los últimos pasos de la cuesta. Estaba mosqueado por esos ruidos, pero teníamos que seguir.
—Venga, Conjuritos, que ya casi hemos llegado arriba.
Asintió fatigosamente. La túnica la llevaba llena de polvo blanco, pero es que todos íbamos igual. Dudaba de que me quedase un solo pelo de la cabeza que no pareciese haber metido en harina.
—Ya puedo sola —dijo, y la solté para seguir avanzando.
—Es una sierra de un cuchillo que fuera borracho haciendo eses, porque también hay un montón de curvas —comentó el bardo, que se paró en la cresta de la pendiente para anotar algo en su libreta.
—Al menos hay luz. Más vida y más sonidos. —Leyla rebasó a Hach y le hizo un gesto con la cabeza—. ¡Vamos, señor secretario!
—También hay más temblores de tierra —anotó Medora, a unos pasos de mí. Tras reírse por lo bajo, añadió—: Y champiñones que se tiran pedos…
—Pasas demasiado tiempo con Málakor —se quejó la exploradora.
—¿Algún problema conmigo, Flechas? —le dije en tono de guasa.
Ella abrió la boca para contestarme; sin embargo, otro fuerte golpe resonó en las cavidades.
Y otro más. Entonces, me pareció que no era el ruido de un martillo sobre un yunque, sino el sonido de algo duro golpeando contra la piedra.
Algo que se quebraba. A veces sonaba como un chapoteo.
Como una uva aplastada. ¿Qué narices era?
Me llevé la mano a la espada y me giré, ceñudo.
Di un paso hacia la cumbre de la pendiente, con una sensación de alerta encogiéndome el estómago. Di otro más hasta llegar arriba.
Y entonces lo vi.