Málakor 3 CAPÍTULO 42
50%

CAPÍTULO 42

De cruzar el abismo

L eyla, tras una larga conversación con Iliana y una cosa que el bardo llamó «referéndum», había conseguido que los knegaritas adoptasen a Cécrope, así que la sierpe estaba muy feliz.

Y Panceta también, porque se había zampado unos cinco bocadillos mientras estaba allí.

El can presumía de su banquete mientras Cécrope mostraba su entusiasmo agitando su gran cuerpo como si bailase.

Había bailado esos días atrás, al son de la flauta de Hach, provocando continuos temblores, así que tuve que pedirle que parase.

Me miró con sus grandes ojos y levantó la cabeza, indignada.

—Eres un aguafiessstasss, Málakor.

—Ni que tú supieras lo que es una fiesta. ¿Hacéis fiestas las alicántaras aquí abajo?

No sé para qué le pregunté eso, porque se lanzó a hablar de las tradiciones de su especie y tuve al bardo interesado en que le tradujera lo que estaba diciendo. Eso nos demoró al menos una hora más. Al final, nervioso, le dije a Cécrope que teníamos que irnos de inmediato.

—Os echaré de menos, amigos —dijo con tristeza.

—Harás más amigos en Knegara, ya lo verás.

—Pero ningún otro humano me entenderá cuando hable.

—Seguramente tú tampoco entiendas a ningún knegarita cuando hable, sobre todo de las cosas que comen, así que estáis en igualdad de condiciones.

La serpiente siseó como si riera. Agachó la cabeza y pegó el hocico al filo del saliente de piedra.

—Sube, te llevaré el primero.

Antes de dar un paso, Medora se subió a mi espalda.

—No pienso ir sola —dijo, y me rodeó la cintura con las piernas .

Solté un suspiro y esperé a que Cécrope diera su consentimiento, aunque con esa cabeza que se gastaba bien podía cargar a ocho a la vez.

La sierpe asintió y me encaramé como pude a su piel, resbaladiza y apestosa.

Además, estaba parcialmente cubierta de una sustancia negra, cosa que ya había notado en días anteriores y cuyo origen conocía.

—¿Qué es esta cosa pegajosa? —preguntó Medora.

—Es del río de ahí abajo. —La maga me agarraba con tanta fuerza, que la voz me salió constreñida—. Hay pozos llenos de esa sustancia que contaminan el agua de los manantiales subterráneos. Al parecer, es inflamable. Hay que tener cuidado si nos acercamos a ella. Y… recuerda que tengo que respirar.

—Sí, perdón. —Aflojó la presión—. Este sitio es…

No terminó la frase, porque soltó un grito. La serpiente había empezado a moverse. La maga volvió a aferrarse a mí con fuerza.

—Medora… —dije a duras penas.

Tuve que esforzarme para mantener el equilibrio mientras la sierpe se movía. Su cabeza era una trampa mortal si no estabas atento a cada movimiento. Abajo, la oscuridad perpetua escondía una larga y letal caída.

—No quiero morir —dijo la maga una y otra vez.

—No te vas a morir, Medora.

—¡No tengas miedo! —gritó Hach desde el saliente—. ¡Es un paseíto!

—La maga esss una miedica. Me gustaría verla montada en un dragón.

—¿Un… dragón? —musité con sorpresa.

La sierpe asintió, lo que provocó que cayéramos de plano sobre su piel.

Resbalé, a punto de deslizarme al vacío, pero me agarré a las protuberancias que había sobre sus ojos, y cogí la mano de Medora al borde de que ella cayese.

La maga quedó colgando, sostenida únicamente por la fuerza de mi brazo.

Se agarraba a mí con ambas manos, clavándome hasta las uñas, rezando una oración, con los párpados apretados.

—¡Cuidado! —gritó Leyla.

Panceta prorrumpió en ladridos frenéticos.

—Por todos los dioses. —El susto de Hach le puso la voz de pito—. ¡Sujetaos bien!

—Eso hago —gruñí.

—Perdón, lo sssiento. Ha sido sin pensar —dijo la sierpe, que movió la cabeza hacia arriba para que nos deslizásemos al punto de inicio.

Me escurrí despacio. Con la otra mano, tiré de Medora para ponerla a mi altura.

—Yo de esta no sobrevivo —dijo aterrada—. No sobrevivo.

Cuando al fin nos dejó al otro lado, ella se tumbó de frente en el suelo y empezó a besarlo. El fulgor blanco de los hongos la iluminaba.

—Ya está, Conjuritos, puedes respirar tranquila.

—¿Respirar? Se me han salido los pulmones por la boca.

—Qué exagerada eres. —Reí, sacudiéndome las ropas inútilmente. Esa sustancia pegajosa no se iba—. Gracias, Cécrope, ya puedes ir a por los demás.

La sierpe asintió con vehemencia. Menos mal que no llevaba viajeros o habrían acabado siendo caldo de vísceras allí abajo.

—Habría preferido mi método. Estuve trabajando días en él y al final no lo he empleado —se quejó la maga.

—¿Era menos pegajoso que esto?

—Por supuesto que sí, y más seguro. Pero si puedo ahorrarme el uso de la magia y guardar energías para más adelante…

—Entonces no te quejes más. Mira. —Señalé con la cabeza a Hach.

Estaba montado en la de la sierpe, con Panceta en brazos—.

Una vez vi a un perro subido en una carreta que miraba el paisaje por encima de los maderos laterales con gesto feliz y la lengua fuera.

Pues Hach está igual. Y Panceta, claro; pero es que ese tiene excusa.

La maga se rio a carcajadas.

—¿Lo pasáis bien? —preguntó.

—¡Qué divertido es esto! —dijo Panceta.

—¡Estupendamente! —exclamó Hach—. Hasta el aire me parece más limpio aquí arriba .

—Tírate un pedo y arréglalo.

—¡Málakor! —regañó él—, no seas soez.

La sierpe siseó riéndose, riseó, vamos a llamarlo, y el bardo se quejó, pero el enfado no le duró mucho, porque volvió su cara de perro feliz.

Miré a Leyla. Estaba de brazos cruzados, pendiente del bardo, de pie en el saliente. La oscuridad a su espalda me inquietó. Por un momento tuve la sensación de que unas manos emergerían de ella para arrastrarla.

—Date prisa, Cécrope. No quiero que Leyla esté sola.

—No le va a pasar nada a tu muchacha. Si alguien se acerca lo oiré desde lejos.

Asentí, algo más tranquilo. Y lo estuve mucho más cuando trajo a Leyla con nosotros. Ella se tomó aquel trayecto con calma, sin expresión alguna, ni de temor ni de sorpresa. Pensé que me habría gustado que mostrase alguna emoción, pero estar en los túneles la volvía más seria aún.

—¿Estás bien? —le pregunté—. Es raro estar ahí arriba, ¿no?

Sonrió mientras cabeceaba.

—Sí, es raro. Aunque… ha estado bien. ¿Seguimos? Ya hemos perdido muchos días.

—Sí, seguimos. Adiós, Cécrope. Cuida de Knegara.

—Lo haré, y cuidaos. Si tenéis sed, podéis comer esos hongos brillantes, están hechos casi por completo de agua. Son bien sabrosos, aunque creo que soy alérgica, me pica la nariz siempre que los como.

Miré hacia los hongos. Estaban por todas partes y su brillo era hipnotizante. Me gustó saber que podían sernos útiles. Tras despedirnos de Cécrope, que emprendió su camino, nos adentramos en aquel túnel brillante. Los hongos escupían a ratos nubes de polvo blanco, y su luz era casi cegadora.

—Los champiñones estos me van a dejar sin retinas —se quejó Medora.

Panceta dejó pronto de olisquearlos, porque le hacían estornudar.

—Y a mí. Uno acaba de escupirme en el ojo —dijo Hach, que se frotaba el párpado, cubierto de polvo .

Todas nuestras miradas se clavaron en él con preocupación.

—Háchpirey —Leyla corrió a ver si estaba bien—, ¿te escuece?

—No… —Enfocó la vista en un punto—. Hasta me parece que veo mejor, como si me hubiera limpiado la vista.

—No pasará nada. Si fueran tóxicos, Cécrope nos habría avisado. Ha dicho que nos los comiésemos si teníamos sed.

—Habrá que confiar de nuevo en una serpiente gigante —dijo la exploradora.

—Tus compañeros dijeron que se parecían a unos hongos que comen unas arañas de Knegara —recordó Hach.

—Lo parecen, pero no lo son —anotó ella—. Por eso siempre hay que tener cuidado con los hongos, porque una equivocación podría ser letal.

Medora soltó un exclamación. Uno de los champiñones le escupió, dejándole el pelo más blanco. Otro manchó la capa verde de la exploradora y pringó a Panceta. El perro se lo sacudió, esparciendo las esporas por doquier, y soltó un gruñido.

Al principio los esquivábamos, luego empezaron a darnos igual.

Esos escupepolvo estaban por todas partes.

Había más vida aparte de ellos, otras pequeñas plantas, en las que nos fijábamos con atención por si nos eran útiles, algunos insectos, arañas y otro montón de bichos.

De los elfos oscuros no había el menor rastro, ni siquiera pisadas marcadas en aquel polvo.

Tampoco de nada parecido al antídoto del Loto Negro.

—Flechas, ¿cómo se llaman esas cosas que parecen arañas pero que no lo son? —le pregunté—. Que son como primos de las arañas.

Aunque el túnel era más ancho, y podríamos haber caminado en la misma posición, por precaución, íbamos de uno en uno. Panceta y yo a la cabeza, seguidos del bardo, la maga y, por último, Leyla.

—Artrópodos —contestó ella.

—¿A quién se le ocurrió ese nombrecito? Déjalo, seguro que era un cerebrín de Ardacia o un comehierbas.

—Era el bisabuelo del colega al que consulté sobre el lagarto —dijo Háchpirey—. Esa familia goza de una gran inteligencia y un fuerte amor por el estudio .

Mi bisabuelo era… ¿Quién? No conocía ni a uno ni a otro por parte de ninguna de mis ramas familiares. Uno sería rey y el otro, un dios. Arrugué la nariz. De verdad que todo lo malo me había tocado a mí.

Mientras que los tres se ponían a hablar de bichos, me centré en no perder la vista de lo que teníamos delante.

Si el tramo anterior al abismo me había parecido repetitivo, al menos este ofrecía cambios que me mantenían entretenido.

Se estrechaba, se ensanchaba… Cuestas que subir y pendientes que bajar.

Una detrás de otra. A ratos, volvieron los temblores de tierra, algunos más virulentos que los del tramo anterior.

Nos obligaban a agazaparnos por miedo a que el techo se nos cayera encima.

Y estuvimos ahí, subiendo y bajando cuestas que nos agotaban, rodeados de luz que apenas nos dejaba descansar, acuciados por temblores y bañados en polvo de champiñones, durante tres semanas enteras.

Eso según los cálculos de Leyla, que era la que se encargaba de contarlo.

—Estoy harto de tanto túnel —resoplé, una de las muchas veces en las que me quejaba del cansancio, del aburrimiento, de la oscuridad. En definitiva, de todo cuanto nos rodeaba—. ¿Cuándo vamos a llegar a alguna parte? No he pasado tanta hambre ni en Ledaria.

Habíamos limitado las raciones de comida, por si teníamos que dar la vuelta, y dado el ejercicio excesivo, mi vientre se quejaba.

—A veces siento como si alguien me estuviera estrujando el estómago con el puño. —Ese dolor tan punzante no me dejaba pensar en otra cosa—. Hasta me comería uno de esos lagartos que hay por aquí. En Ledaria se comen asados y regados con dalig.

—No podemos hacer fuego, ya lo sabes —me recordó Flechas.

Sí, lo sabía. Por miedo a que el humo se quedase suspendido y nos intoxicase; también por la precaución de no llamar la atención con él.

—Pues me los comeré crudos.

Después de que Medora y Hach dijeran que era asqueroso, Leyla me regañó .

—La carne no se debe comer cruda, Málakor, podrías enfermar.

—Tú sabes mucho de carne, ¿no? —Le hablé mal, pero es que me dolía tanto la barriga que no pensaba con claridad.

Chasqueó la lengua, pensé que iba a contestarme de malos modos. Me lo merecía. Sin embargo, terminó por mirarme con gesto comprensivo.

—Que no la coma no significa que la desconozca.

Sé que tienes hambre, pero encontraremos un lugar seguro en el que hacer fuego, tarde o temprano.

Alguna cueva en la que el humo ascienda y no sea un problema.

Ten. —Sacó de su macuto una porción de pan de Knegara.

Ese maldito era incomestible—. Toma un trozo de los míos, yo casi no tengo hambre.

—No puedo cogerlo. —Me paré en seco, negando con la cabeza.

Leyla me lo metió en la boca sin que me diera tiempo a reaccionar.

—Deja los lagartos y sigue andando, vamos.

—Está bien —respondí con la boca llena.

—No hables con la boca llena… —dijo el bardo.

Puse los ojos en blanco y avancé.

Avanzar, eso era lo importante, siempre hacia delante.

No había otras salidas o bifurcaciones, todo conducía hacia un único lugar. Pero ese maldito túnel blanco algún día se acabaría y llegaríamos a cualquier otra parte.

O moriríamos en el intento.