CAPÍTULO 80 #2
—O no. Quizá están guardando sus sospechas para soltarlas todas delante de la calientatronos. Me dijo Medora que el jefe no andaba muy convencido de lo que le contaste.
—Sí, pero se convencerá. Además, Bruman no recela de nosotros, te lo aseguro.
Me dijo que quería visitarte, pero que esta casa le traía muy malos recuerdos, que era la tumba de su mujer y que prefería verte en otro sitio, cuando estuvieras recuperado.
De hecho, ya no están velando el cuerpo aquí.
Lo velan en casa de una hermana de Arbelina.
—Conjuritos no me lo ha dicho.
—La maga anda despistada, estudiando algo que la tiene entretenida.
Me ha pedido permiso para revisar mis crónicas.
Supongo que busca respuestas a las preguntas que le hiciste.
Sobre tu parte de semidios. Ya le he dicho que solo hay un par de historias sobre eso en mis crónicas, la tuya y la de una muchacha que vivió en los primeros albores del mundo.
Pero con el boca a boca, después de tanto tiempo, se han perdido demasiados datos como para saber si algo de ella es cierto o no.
Si la tuya quedó relegada a leyenda, imagínate esa.
Asentí dándole la razón.
—Bueno, así está ocupada. Quizá encuentre algo que nos sirva.
—Eso es, de los libros siempre se puede sacar algo.
—Y si son los tuyos, se puede sacar una buena arma arrojadiza .
Se rio.
—Entonces ¿crees que podemos estar tranquilos con respecto a los enanos? —retomé.
—Málakor, se te olvida una cosa: somos emisarios de Ardacia.
Soy el representante de Su Majestad Palas Tríanor, Medora es la Segunda Electa de la princesa Élinor y tú eres un caballero honorífico.
Yo tengo poder para hablar en nombre del rey, mi voz es la suya en estos túneles; ella, en nombre de la princesa.
Tú tienes el privilegio y el derecho de erigirte su defensor, ya sea por la palabra o la espada si fuera menester.
No obstante, esto es un viaje diplomático, aunque tú de diplomacia no entiendas mucho —anotó con cariño—.
Los diplomáticos gozamos de inmunidad. Si a alguno de estos enanos se le ocurre, aunque sea brevemente, intentar colgarnos de una soga, más aún con una historia que no se puede demostrar, tendrán serios problemas.
—En Ardacia no se enterarían jamás.
—Eso es lo que tu piensas. —Sonrió con gesto enigmático—. Antes de salir de Knegara, le pedí a Iliana que localizase a Griselda y le escribiese pidiéndole que pasase por Ardacia. Ya sabes que ella tiene llaves de mi casa.
—Sí, aquella gigante con la que me amenazó. Aún me rio si pienso en ello. Anda, deja de hacerte el misterioso, suéltalo ya.
—Las dejó en manos de los guardias y ahora estoy en comunicación con el rey a través de la bolsa de Sha.
—Dio una palmada victoriosa—. Dejo una nota en mi escritorio, los guardias la recogen y se la entregan a Palas.
Él ya sabe de nuestros movimientos. Está al tanto de nuestra localización, de los peligros a los que nos hemos enfrentado y de nuestras posibilidades.
Y, por supuesto, también está informando a Knegara.
—Háchpirey… —me acaricié la barbilla, sopesando una idea—, si algún día dejaras de servir al rey y decidieses ser quien gobernase, tendrías un imperio a tus pies.
—Bueno, bueno. —Se infló como un pavo—. Ya será menos. Solo hago mi trabajo. Uno de ellos.
—Claro que sería un imperio de bardos, con lo cual, tremenda desgracia para la humanidad. Olvida lo que he dicho .
El bardo me fulminó con la mirada. Soltó un gruñido y fue hacia la puerta.
—Me voy, tengo desastres que has causado que arreglar.
Como ese asunto de los desperfectos en el mercado que me va a costar una fortuna.
—Estaba a punto de salir, cuando se giró para decirme—: De camino, te conseguiré un equipo nuevo: piezas de armadura, espada, escudo.
Virna me ha dicho lo de tu brazo izquierdo. Debes llevarlo protegido.
—Con el escudo, el brazo también sufrirá. No es que no tenga que cargar con él, parar con él o atacar con él. Además, no sé si podría cargar con él en estos momentos. Aunque al menos ya no irán las estocadas a esa zona, no sé, puedo intentarlo.
—Vamos, anímate, tengo buen gusto para las armas, seguro que te encantan, y estos enanos son grandes maestros de la forja.
—Como tengas el mismo gusto que para la ropa, me traerás una espada con puntillas y un escudo con encaje.
—Eso sería digno de ver. —Rio con ganas—. Por cierto, me llevaré a Xelirian conmigo. A ver qué sombrero quiere ponerse hoy. Y ya puedes volver a la habitación, así podrás darte un baño, porque, querido amigo, hueles a prejuicios contra mis gustos estéticos. —Se dio la vuelta de un modo teatral.
—No son prejuicios. Son hechos.
—Sí, sí. —Se fue, tan campante—. Adiós, adiós. O, como dicen aquí: hukaris hukaris quarsi!
No supe si eso era adiós o algún insulto, pero al escuchar esas palabras extranjeras para mí, algo me asaltó a la mente.
—Espera, Hach, ¿no sabrás qué significa la palabra naerýeth ? Se giró y miró al techo, rebuscando, supuse, en el archivo de su memoria.
—No, pero parece élfica, deberías preguntarle a Xelirian. —Se dio de nuevo media vuelta, y desapareció tras la puerta—. ¡Marcho de una vez! ¡Tengo mucha prisa!
—Oye, ¿dónde está Leyla? —dije a voces.
No tuve respuesta.
—Muy bien. —Estiré la espalda—. Si ella no viene, ahora que puedo salir de aquí, iré a buscarla. Pero esto vamos a zanjarlo de una maldita vez.