Málakor 3 CAPÍTULO 41 #2
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CAPÍTULO 41 #2

Hach y Leyla dieron unos pasos atrás; cogí a Medora de la cintura y tiré de ella, tan bruscamente que su magia se cortó de golpe.

Otra sacudida nos hizo caer al suelo, al borde del abismo.

Me golpeé en la cabeza y perdí la noción de mi alrededor por unos segundos.

Cuando enfoqué la vista, perdido en esa negrura, dos ojos grandes, rasgados y rojos, me miraban.

Nos miraban. No veía nada más. Solo esas hendiduras carmesíes en la honda oscuridad.

Eran enormes. Más que cincuenta cabezas juntas.

—Málakor… —susurró Medora—, ¿qué es eso?

Los ojos se abrieron y cerraron. No, en realidad no parpadearon. Algo los veló un instante.

—No lo sé. —Giré la cabeza hacia atrás, estúpido de mí, como si pudiera ver dónde estaban el bardo y la exploradora—. Leyla, Hach —llamé en voz baja.

Escuché un largo y espeluznante siseo. Me llegó ese fuerte olor a huevo podrido que Panceta había percibido. Recordé el olor de la Sombra y casi me echo a temblar. ¿Esa cosa olía así porque sí? ¿O es que estaba hecha de magia oscura?

—Es una serpiente —dijo el perro—. Una serpiente gigante.

—Dice Panceta que es una serpiente gigante.

¿En serio había sido capaz de decir «serpiente gigante» en voz alta, como si nada?

—No es verdad. —Casi oía a Medora temblar.

—Shhh. —La voz de Leyla sonó imperante—. Ha de ser una alicántara. Es ciega, pero puede oírnos. No digáis una palabra más.

Los ojos se movieron, se abrieron y se cerraron. Me miraban como si fueran a atravesarme. Por mucho que Leyla dijera que era ciega, por mucho que supiera que no podía verme, me parecía que me estaba viendo.

Apreté la mano de Medora. Me habría gustado bromear con ella, decirle que seguro que había visto muchas cosas así en sus escalofriantes libros sobre criaturas mágicas, pero callé, mientras pensaba en qué hacer para librarnos de esa cosa.

Llevé la mano a la espada. Si se la clavaba en los ojos, con rapidez…

Sin embargo, si se sacudía herida, provocaría una agitación de la tierra que nos mandaría al fondo del abismo.

—¿Qué es una alicántara, Leyla? —pregunté.

—Un reptil. Es muy venenosa. La llaman alicante también. Pero… no deberíamos seguir hablando.

La alicántara pegó el hocico a mí. Aunque no pude verla, la sentía.

Igual que la punta de su lengua rozándome la nariz.

El olor a podrido fue tan insoportable que sentí arcadas.

Escuché a Medora ahogar una. No íbamos a salir de allí mediante soluciones violentas.

Esa cosa estaba demasiado cerca y era demasiado grande.

Aunque Leyla le clavase una sola flecha, no la mataría.

Y se retorcería mandando al carajo la mitad de las rocas de alrededor.

Moriríamos envenenados por su mordedura o aplastados por las rocas.

Y, por primera vez, en no sé cuánto tiempo, o quizá en toda mi vida, opté por el diálogo.

No solía hacerlo con los humanos, la verdad, pero iba a hacerlo con una serpiente.

Pero ¿qué nombre podría ponerle a esa… cosa?

—Ojitos, no queremos hacerte nada —dije—. Solo pasar al otro lado.

—¿Qué haces, Málakor? —preguntaron Medora y Leyla.

—Hablar con ella. Él. Lo que sea.

—Una gran idea —murmuró Hach—. Está bien, adelante.

Los ojos de la alicántara se abrieron más que nunca, dos oquedades que parecían dos estrellas de sangre en un cielo de ónice. Otra vez rojo sobre negro. Empezaba a odiar esa combinación. Se fijaron en mí con honda determinación. La fina voz de la criatura me inundó los oídos.

—¿Ojitosss? ¿Cómo osssas hablar conmigo?

Alargaba las «eses» hasta la extenuación, todo el tiempo. No quiero que el bardo me dé la murga por abusar de las repeticiones de unidades lingüísticas (así llama a estas cosas de las palabras y eso), porque dice que sobrecargan, así que debéis imaginar que la serpiente siempre hablaba así.

—Porque tengo que pasar al otro lado. Estás en medio y no puedo apartarte. Eres enorme.

—Soy enorme, sí —dijo con orgullo .

—¿Eres la serpiente más grande que hay aquí?

—¡No soy una serpiente! —replicó—. Soy una alicántara.

—¿Y qué diferencia hay?

Vi sus ojos moverse, igual que si describiera círculos con la cabeza.

—Málakor, creo que se está enfadando —dijo Medora.

—No, no te preocupes.

—Las dos somos reptiles, pero no somos iguales. ¿O es que has visto alguna vez una serpiente así?

—No te veo como para afirmar que seas diferente a las serpientes que he visto hasta ahora. Solo te veo los ojos. Son… bonitos, por cierto.

—Esto es realmente asombroso —dijo Leyla.

—Lo es —murmuró el bardo—. La oigo responder a sus preguntas con un largo siseo, aunque no entienda lo que dice.

Estaría deseando escribir sobre eso, pensé.

—Ah, muchas gracias. —De haber tenido pestañas las habría aleteado—. Si me vieras, te asustarías aún más. Huelo vuestro miedo. Puede olerse en todos los túneles. Esos seres asquerosos estarán oliéndolo también.

—¿Hay gatos aquí abajo? —dijo Panceta.

La serpiente clavó sus ojos en él, curiosa. El perro se le quedaría entre dos colmillos si decidiera comérselo, así que volví a captar su atención.

—¿Seres asquerosos? ¿Te refieres a los elfos oscuros?

—Sí. Así se hacen llamar. ¿Qué es esa cosa peluda que os acompaña?

—Creí que no podías vernos.

—Eso es cosa de las alicántaras más pequeñas, las que tenéis allí arriba. Yo sí puedo. ¡Y oíros! ¡Perfectamente! Ese otro que ha hablado tiene una bonita voz. ¿Quién es?

—La cosa peluda es un perro y se llama Panceta. ¿Hay perros aquí abajo?

—No en esta zona de los túneles. —Negó con la cabeza, moviendo tanto el aire que el cabello se me agitó.

—El otro es Háchpirey. Es bardo —dije—. Sabe cantar y esas cosas.

—Tengo una amiga, que sí es una serpiente común, que vivió con un bardo. Tocaba la flauta y ella bailaba. Quiero conocerlo.

—La alicántara pregunta por ti, Hach.

El bardo se aclaró la garganta y noté que se movía.

—Sir Háchpirey Tredembaun, señora alicántara, un placer conocerla.

Seguro que estaba extendiendo la mano para saludarla.

—No asumas que es una hembra, quizá sea un macho —dijo Medora —. O ambas cosas a la par.

—Soy una hembra. La más grande de estos túneles.

—Dice que es una hembra, la más grande de los túneles.

—Ah, que hay más… —murmuró la maga.

—Sin duda debe usted ser grandiosa. Solo hay que ver la que se ha formado cuando se ha movido. ¿Habitualmente reside en esta zona? —le dijo Hach.

—No. Antes vivía más lejos, pero esas criaturas molestas me roban los huevos y matan a los machos para hacer sus armaduras. Tienen la piel más fina que nosotras las hembras, eso dicen, más fácil de trabajar.

Se lo conté a los demás. El bardo dijo:

—Si usted nos deja el paso libre, le prometo que haremos lo posible para librar este lugar de sus molestos vecinos.

La alicántara siseó.

—He oído otras promesas por parte de humanos y no suelen cumplirlas. No sé si venís a matar a los machos y a robarme los huevos para comer.

—De un huevo de algo tan grande saldría tremenda tortilla —dije sin pensar, con la boca hecha agua.

Panceta tuvo la misma idea que yo.

La alicántara entrecerró esos párpados raros que tenía. Hach, Leyla y Medora casi me asesinan con la mirada.

—Perdón —dijimos el perro y yo, al unísono—. Es cosa del hambre que estamos pasando. —Carraspeé—. Regresando al tema que nos atañe, señora alicántara, el bardo no es de esos que mienten. Se toma lo que dice muy en serio .

—¿Y ellas?

—Mis amigas también son serias. Medora Drummond, hechicera de Téramo, y Leyla Aderwyn, capitana del Primer Círculo de Exploradores de Knegara.

—Hola —saludaron ambas, ya con menos recelo.

—Oh, ¡Knegara! Qué lugar tan hermoso. Daría lo que fuera por vivir en una de sus cuevas. Pero, para llegar a ellas, tendría que cruzar el bosque. Sus hombrecitos verdes se asustarían.

—Leyla, vas a tener que hacerle un salvoconducto.