Málakor 3 CAPÍTULO 41
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CAPÍTULO 41

De los túneles

Avancé torpemente, inseguro, con los ojos clavados en el espacio de luz que la antorcha proyectaba.

Era imposible ver más allá. Solo había oscuridad…

y silencio. Ni una gota que se filtrase por la pared, ni una criatura.

Ya ni siquiera percibía los sonidos del exterior. El haz de luz había desaparecido.

Sin embargo, conforme me acostumbraba al terreno, más confiados se hacían mis pasos. La antorcha engullía la oscuridad cercana, pero empezó a ser tan densa, tan profunda, que me pareció que la luz menguaba.

Un paso tras otro, no hubo cambio alguno. De no ser por la seguridad que tenía en que íbamos hacia adelante, podría haber creído que dábamos vueltas en el mismo lugar. Roca, oscuridad. Roca, oscuridad. Y una sensación opresiva cada vez más notable. Así, incansablemente.

—Al menos no hace frío. —La voz de Medora rompió el silencio. Sonaba atronadora en aquel espacio—. Me ha dicho Senris que iba poco abrigada.

—La temperatura de las cuevas es agradable mayormente. No te preocupes —le respondió el bardo.

—No habléis. Si alguien se acerca, no solo no lo oiremos, sino que nos oirá a nosotros —regañó Leyla.

—Si pretendes que Conjuritos y el bardo se queden callados todo el viaje, mejor pretende que llueva dinero —le dije.

—Tampoco hablamos tanto —se quejaron ambos.

—Bien, pues probad a estar en silencio un rato. Y luego otro —dijo la exploradora—. Así, todo el tiempo que podáis.

Lo hicieron, hasta que la forma de una parte del techo del túnel llamó la atención de Háchpirey, que se lo contó a Medora en susurros, y se pusieron a jugar a imaginar formas en la roca. Y ya no se callaron más. Tampoco Panceta. Claro, que a ese solo lo escuchaba yo .

Zancada a zancada, fuimos recortando terreno a los túneles.

Los siempre oscuros, lóbregos y repetitivos túneles.

Con sus paredes de un gris rojizo cuando les daba la luz de la antorcha; de un gris oscuro un poco más allá.

Y de un negro profundo allá donde no podíamos ver.

Nos adentramos en la oscuridad, siguiendo la pendiente natural, que parecía un descenso hacia las mismísimas entrañas de Luara.

La tierra temblaba a cada tanto, de forma más leve o agitada.

Por suerte, nunca provocaba desprendimientos que nos pusieran en peligro, solo densas nubes de polvo y pequeños cascotes.

Caminábamos a buen ritmo, hacíamos descansos cuando lo necesitábamos.

Ni la comida ni el agua fueron problema entonces.

Salimos con cantimploras llenas de Knegara, tantas como podíamos cargar, y Leyla pronto encontró agua en algunas grietas.

Usó la espita para extraerla, por lo que pudimos rellenar lo vaciado.

Antes de beberla, la exploradora la filtraba con otro invento knegarita.

En contraparte, los músculos nos ardían, los pies nos dolían a rabiar, más aún a Hach y a Medora que no estaban tan acostumbrados a largas caminatas.

Llegaron las primeras ampollas, que Leyla trató con los remedios de Knegara.

A ella, los pulmones se le resentían por el esfuerzo, incluso los nuestros lo hacían.

Sin embargo, manteníamos el ánimo. En estos casos, eso es algo imprescindible.

Incluso Panceta estaba feliz, a pesar de las restricciones de alimento y de que, de vez en cuando, alguna partícula en suspensión se le metía en la nariz, haciéndolo estornudar. A cada tanto, marcaba el territorio. Decía que su olor espantaría a las amenazas.

—O atraerá a un perro de siete cabezas de los que deben de vivir aquí abajo —le dije.

—Le arrancaré las siete de un bocado.

No quise quitarle la ilusión diciéndole que eso era imposible.

Poco a poco, nos acostumbramos a los ruidos del lugar. El quejido de la roca, el sonido de alguna gota, el caminar de algún insecto o animal amparado en la oscuridad. Se hicieron más presentes que el sonido de nuestros pasos, a los cuales ya me había acostumbrado.

Al pasar por la bifurcación que llevaba a Ardacia, el bardo soltó un suspiro nostálgico al tomar la otra senda. Medora lo consoló contándole un chiste tonto. Él rio largo rato, olvidándose un poco de su pesar.

Cuando llegamos a la abertura que daba al abismo, me coloqué sobre el saliente de roca y miré hacia el otro lado.

Allí estaba esa otra abertura en la que las paredes refulgían, después de un salto en línea recta de unos…

cien metros. Me incliné y asomé la cabeza.

Nos alumbraba la luz de Medora, pues las antorchas se nos habían agotado.

Teñía las paredes grises y abruptas de la abertura de un tono blanquecino, como si hubieran vertido harina sobre ellas.

Me acordé del día en que la conocí, en Átnika, cuando ella me explicó que esa luz mágica avivaba las sombras de tan lóbrego lugar.

Y en el abismo, más allá del halo de luz, todo era también oscuridad.

—¿Qué ves, Málakor? —preguntó Hach.

Panceta se asomó junto a mí; sin embargo, al punto reculó soltando un gemido asustado y se pegó al bardo.

—Nada. Esto está más oscuro que el sobaco de un grillo, como diría Darcy.

—Nunca me he planteado el nivel de oscuridad en la axila de un grillo —dijo el cantamañanas.

—Eso mismo pensé yo.

—Una vez me comí un grillo sin querer —dijo Panceta—. Están asquerosos.

—Son mucho más sabrosos los saltamontes, la verdad.

A esas alturas, mis amigos ya se habían acostumbrado a escucharme hablar con Panceta. Cuando me oían decir una frase inconexa, sabían que iba dirigida a él.

—Oh, desde luego que sí.

—Técnicamente, ¿podría decirse que tienen axilas? —comentó Hach.

—Yo diría que sí —dijo la maga—. Si consideramos sus apéndices delanteros como brazos, podrían llamarse axilas.

Leyla no comentó nada. Una señal más de que era la única cuerda de todos nosotros.

—¿Puedes llevar la luz más abajo? —le pregunté a Medora.

—Sí, por supuesto. Hazme sitio.

Me hice a un lado y quedé sobre el saliente de roca que pendía sobre el vacío. La maga, en cuanto puso un pie en él, ahogó una exclamación de asombro.

—Por Tékim, ¡esto está altísimo! ¡Voy a morir!

Nerviosa, se tambaleó. Tuve que agarrarla del brazo para que no fuera de cabeza al agujero.

—Medora, cálmate. —La pegué a mí para que se sintiera más segura—. No vas a morir. Te estoy sujetando. Solo concéntrate en mover la luz.

Cogió aire varias veces.

—Respira más tranquila, no te va a salir una cabeza de entre las piernas —le dije—. Suenas igual que una preñada que vi en Paltia, y ella tenía excusa. Supongo que sacar a un ser humano por un sitio tan estrecho le corta a uno la respiración.

—¿Estuviste en el parto?

—No, esas cosas allí se llevan en la intimidad, pero por los dioses cómo gritaba.

—Imagina lo que sufrió mi madre. —El bardo resopló—. Yo era bastante cabezón de pequeño.

—¿De pequeño? —se burló Medora.

—Es que tengo muy grande el intelecto. Ropa grande, armario grande. —El bardo se dio toquecitos en la cabeza.

Rieron con ganas.

—¿Podéis concentraros en lo que nos atañe? —regañó la exploradora—. No podemos quedarnos aquí todo el día.

—Sí, haced caso a Flechas. Medora, lleva la luz más abajo.

Tomó aire, más calmada, y se concentró en mover la luz. Levantó las manos hacia arriba, con las palmas dispuestas como si fuera a marcar dónde quería el corte en una barra de pan. Luego fue moviéndolas de manera suave, igual que si dibujase el vaivén de unas olas tranquilas.

La luz vibró por unos segundos, antes de moverse hacia abajo, poco a poco, al ritmo que marcaban sus manos. El halo se fue tragando la oscuridad, y bajó bastante, pero todo era exactamente igual: más roca gris.

Hach asomó la cabeza entre mi cuerpo y el de Medora .

—Es un corte natural —dijo—. Tal y como comentaron los exploradores.

—¿Me dejas ver? —preguntó Leyla, que ocupó su lugar en cuanto él se hizo a un lado.

—No creo que nadie en su sano juicio se ponga a cavar un agujero de estas proporciones —comenté.

—Voluntariamente no, pero ¿y si tienen esclavos? —comentó el bardo—. Aunque llevaría mucho tiempo, podría hacerse.

—Es natural —aseveró la exploradora.

—Y eternamente profundo. —Medora resopló—. Empiezo a cansarme y necesito reservar mis energías para poder cruzar.

—Solo un minuto más. Si no llegamos al fondo…

Cada vez veía la luz más lejos, tanto que empezaba a pensar que, aunque se iluminase el suelo de la grieta, no podría verla bien. Sin embargo, mi vista cazó un cambio en la roca de los laterales. Se hacía más suave y formaba dos pequeñas laderas a ambos lados.

—Tengo que parar ya —dijo Medora.

—Espera —pedí a toda prisa—. Veo el fondo.

—Yo también —dijo Leyla, que tosió brevemente.

—¿Qué veis? —preguntaron Medora y Hach, impacientes.

—Es un río, pero no es de agua. Es… negro brillante, como brea. Y… —La voz se me cortó de golpe. Dos ojos rojos, enormes, refulgieron en aquel río oscuro—. Hay algo ahí abajo.

—Apartaos de ahí —advirtió Panceta—, noto algo en el aire. Un olor… Como a huevos podridos. ¿Y qué es ese ruido?

Lo miré por encima del hombro. Tenía las orejas muy levantadas y cierta expresión temerosa en los ojos.

—Panceta dice que huele a huevos podridos. Qué buenísima señal, ¿eh, maga?

No sé si recordaréis aquello que Medora me enseñó sobre los olores, pero los huevos podridos significan presencia de magia oscura, así que eso de buenísima era un sarcasmo de proporciones abismales. Nunca mejor dicho.

—No presiento nada parecido, Espadita. Sí, percibo magia, pero es algo más… orgánico. Más conectado a la naturaleza .

Se oyó un fuerte sonido de succión. Luego, sonó como si el viento soplase con fuerza desde abajo. La tierra tembló, apenas perceptiblemente al principio, pero pronto se sacudió con fuerza.