CAPÍTULO 40 #2
Le di las gracias, por su bendición y por las dagas, y volví la vista a la entrada.
Aunque esas palabras me habían estremecido, no pensaba tener miedo.
Iría más allá de los túneles. Más allá de las ciudades bajo tierra.
Más allá del pantano. Iría donde fuera necesario para acabar con Lúdric. Y para tratar de llegar hasta Anamkha.
—Pelirroja, abuelita, deseadme suerte —dije apretando el colgante.
Escuché sus voces, ya fueran reales o producto de mi imaginación, deseándome la mayor suerte del mundo.
Me volví para llamar a los demás. Ya no podíamos demorarnos más.
Senris le daba algo a Medora. Una pequeña rama. Ella la recibió dando saltos de alegría.
—Para que te dé suerte —le dijo él—. Espero que colecciones todas las ramas que encuentres en tu viaje.
—¡Gracias!
La maga lo abrazó y él se quedó un poco descolocado, pero terminó por abrazarla también. Cuando se separaron, ella extendió la palma de la mano ante él y surgió de ella una bola ambarina que tomó forma hasta ser una hoja de roble.
—Yo te regalo esta hoja mágica, que ningún fuego podrá quemar.
—¿No? —Senris la miró boquiabierto—. ¿Hace algo especial?
—Ahuyenta a las arañas —le dijo Medora con voz misteriosa.
Él sonrió de oreja a oreja. La maga se alejó diciéndole adiós con la mano y llegó hasta donde yo estaba.
—¿Eso es verdad? ¿La hoja ahuyenta a las arañas? —le pregunté.
—Claro que no —dijo con gesto pillo—. Solo es una hoja hecha con magia, pero dejemos que lo piense, así tendrá menos miedo.
—Ese es el truco, ¿no, Conjuritos? Creer en algo con tanta fuerza que no podamos dudar de que es verdad.
—Exactamente —soltó redicha, y le revolvió el pelo a Panceta, que ladró contento. Luego llamó a voces a los demás—: ¡Hach!, ¡Leyla!, ¡vamos, se nos hace tarde!
Flechas dio un último abrazo a sus allegados y llegó ágilmente hasta donde estábamos. El arco, colgado a su espalda, se balanceó con sus movimientos. Verlo siempre me traía grandes recuerdos.
Al poco llegó el bardo, enjugándose las lágrimas con el dorso de los dedos. Llevaba el laúd a la espalda y la flauta atada al cinto, su mejor levita de color oscuro y capa verde knegarita, regalo de Iliana.
—No me gustan las despedidas, me ponen triste. He conocido a tanta gente maravillosa en estos días… —Se giró hacia ellos y agitó la mano, el brazo bien en alto—. Hasta pronto, amigos, hasta pronto. Os llevaré en mi corazón. Cantaré canciones sobre vosotros.
—¡Hasta pronto, querido Hach! ¡Hasta más ver, maestro! —Se oía de unos y otros.
—Vamos, bardo, tenemos por delante una aventura increíble. ¿No recuerdas lo que me dijiste en Ardacia? —Le eché el brazo sobre los hombros y lo apreté cariñosamente contra mí—. «Rumbo a la aventura, rumbo a lo desconocido».
—Ah, sí que lo recuerdo. Parece que haya pasado una eternidad desde aquello.
—Pues ya estamos aquí. ¿Quieres ser el primero en entrar? Así dirás en las Crónicas de Luara que diste el primer paso.
—Eso sería un honor. Luego te cederé el primer puesto. Es mejor que vayas tú primero, por si salta algo desde la oscuridad…
—¿Para que me coma y librarte de mí? En ese caso, irás siempre el primero. Qué a gusto me voy a quedar.
—No —rio—, para que puedas defendernos, gaznápiro.
Esa palabra extraña, ya sabía yo qué significaba, pero me recordó a otra que tenía pendiente de conocer.
—Oye, ¿qué significa cornicantano?
—Ah, qué palabra tan hermosa y peculiar. Justamente, fue mi maestro Qvedo quien la acuñó para referirse a alguien engañado, traicionado; a aquellos burlados por sus parejas. Ya sabes… —Torció el gesto—. Cuando uno se mete en cama ajena teniendo la propia. ¿Dónde la has escuchado?
—En esa pelea de taberna que, por fortuna, se dio para que pudiéramos salir con Medora del ilustre establecimiento de Bred .
—Por fortuna, sí… —Levantó una ceja—. Tienes una cara de culpable que no puedes con ella.
Riendo, lo solté y señalé la entrada. El bardo, antorcha en mano y una sonrisa emocionada, avanzó el primero hacia la oscuridad. Al punto, lo seguimos los demás. Contuve el aliento y lo solté una vez dentro.
Aquel era el inicio de muchas cosas.
La roca desnuda, irregularmente tallada por la propia naturaleza, reclamó su presencia llenando todos los espacios.
El techo, el suelo, las paredes. Era como estar en el vientre de un gigante hecho de piedra.
Un gigante de estómago estrecho, porque la anchura no era mayor a dos metros y la altura no superaba los dos y medio.
—Qué emocionante —dijo Hach mirando a todas partes.
Panceta repitió aquellas palabras, olismeando a su alrededor. Luego levantó la pata y meó en una de las paredes.
—Oficialmente, este territorio es mío —dijo sacudiéndose las patas.
—Ay, dioses… —suspiré—. Vamos, no tenemos tiempo que perder. ¿Seguro que no quieres ir delante, Flechas? Eres la exploradora.
—Prefiero ir detrás. Tú eres mejor en el cuerpo a cuerpo.
Medora soltó una risa tonta. Y yo sabía por qué. Para algunas cosas, estaba en la edad del pavo. Una expresión a la que nunca le he encontrado sentido. Quizá debería preguntarle al bardo alguna vez.
Ocupé el lugar a la cabeza, colándome a duras penas entre los demás.
—Panceta, a mi lado. Si oyes algo más adelante, me avisas. —Cuando asintió, me dirigí a los demás—: Hach, detrás de mí. Medora, tras él. Leyla, vigila la cola. ¿Lleváis vuestras antorchas?
Asintieron y se ubicaron como les había pedido, sin rechistar.
—Málakor, avanza a paso firme, pero no corras si no es necesario —me dijo Leyla—. Eso nos cansaría pronto. Recorrer entre unos veinte y treinta kilómetros al día estaría bien, aunque teniendo en cuenta el terreno, quizá sea menos.
—Pronto estaremos en el abismo entonces .
—Sí, y como ya tengo una solución helada a nuestro problema, una sima oscura y profunda no nos detendrá —dijo la maga con orgullo—. No estáis hablando con una hechicera de tres al cuarto.
El sonido de nuestras risas se mezcló con el del trajín de afuera. Los exploradores habían comenzado a cegar la salida. La luz del exterior menguaba.
—Si alguien quiere darse la vuelta, este es el momento. Ninguno de nosotros lo juzgará por ello —dijo Hach—. ¿Preparados?
—Preparados —respondimos los tres al unísono.
Panceta ladró con firmeza.
—Muy bien. —El bardo llenó los pulmones, quizá la última bocanada de aire fresco del exterior en mucho tiempo—. Pues la suerte está echada. Emprendamos la marcha… Y que los dioses nos guarden.
—Todos menos Damien. Ese cabrón que no ponga sus ojos en nosotros.
Tras estas palabras, envuelto en aquella oscuridad que empezaba a cercarnos cada vez más, di el primer paso.