Málakor 3 CAPÍTULO 40
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CAPÍTULO 40

De los primeros pasos

C inco días después del regreso de Leyla, después de que ella estuviera a ratos encantadora y a ratos taciturna, nos plantamos delante de la entrada de los túneles. Antes de eso, estuvimos concentrados en preparar el viaje.

No sacamos el tema de Lúdric, ni nos presionamos en ningún aspecto.

Tampoco hubo intento alguno de beso por parte de ninguno de nosotros.

Yo sentí cierto alivio, porque cada vez que la besaba se me removía hasta la sangre.

Solo cabía esperar que la nube negra que enredaba sus pensamientos acabase pasando. Seguir adelante, como siempre.

Para despedirnos, y tapiar la entrada después, estaban con nosotros algunos ciudadanos, la familia de Leyla, Iliana y Boric, así como Melias y sus compañeros.

La maestra nos había dado unos mapas y una buena cantidad de provisiones en forma de comida seca.

Pasta de legumbres, verduras y unas piezas de pan de color verde, que supuestamente bastaban para alimentar a un caballo durante seis días.

Además, nos dio una pasta oscura para filtrar el agua, una espita para extraerla de plantas o rocas, varios remedios para todo tipo de percances…

y sus mejores deseos. Eso último no alimentaba más que el espíritu, pero era de agradecer.

Sobre todo teniendo en cuenta lo que nos habíamos dicho unos días antes.

Las despedidas siempre son aburridas y largas, la gente se abraza quinientas veces y demora todo el rato el momento de la partida, así que esta será resumida en dos eventos reseñables.

Uno, en el que Hach cantó una bonita canción sobre amigos que se reencuentran tras un largo viaje, como señal de buen augurio en nuestra expedición. Incluso me emocionó el maldito bardo. Dos, cuando la madre de Leyla me dijo que cuidase de su hija.

—Nadina, tu hija sabe cuidarse sola; además, ¿ya no te acuerdas de lo que me dijiste la noche del incidente ?

—Le salvaste la vida y has hecho mucho por Knegara. ¿Una madre no tiene derecho a equivocarse?

—No. Todo el mundo sabe que las madres no se equivocan nunca. —Le guiñé el ojo y ella se echó a reír.

Ambos miramos a Leyla. Abrazaba a su hermano mientras él le decía que tuviera cuidado con las arañas de los túneles, que seguro que las había a montones. Con el semblante lleno de preocupación, Nadina dijo:

—En serio, Málakor, mi hija necesita que cuides de ella.

—No te preocupes. Estará bien, te lo prometo. Además, estaremos de vuelta antes de que puedas echarla de menos.

Estas son las cosas que uno dice y de las que luego se arrepiente, porque lo de los túneles iba a llevarnos, con seguridad, mucho más tiempo.

—Me conformo con que estéis de vuelta, sanos y salvos, sea cuando sea.

Asentí, y nos deseamos suerte.

Comprobé, por tercera vez en aquella mañana, que llevaba todas mis armas.

El colgante en su sitio, las botas bien ajustadas.

Las ropas y las piezas de armadura, de un brillante color oscuro, bien colocadas; la capa verde convenientemente abrochada.

Habría podido conseguir otra, pero ya me había acostumbrado a ella.

Además, a Leyla le hacía ilusión que la tuviera.

Afiancé el asa del macuto al hombro. No pesaba mucho, la mayoría de las cosas podíamos cogerlas de la bolsa de Sha; no obstante, había que estar preparados por si algo impedía su funcionamiento, o por si se perdía.

Por eso llevábamos lo que los exploradores nos habían dado, así como alguna muda.

Lo de bañarnos… No estábamos seguros de si en los túneles habría agua suficiente con la que hacerlo.

Nuestras prioridades y necesidades iban a quedar en un segundo plano allí abajo, eso lo teníamos claro.

—Vámonos de una vez. —Eché a andar hacia la entrada, sorteando las rocas que se amontonaban en sus proximidades.

No me hicieron caso, entretenidos en despedirse por decimocuarta vez de todo el mundo, así que seguí avanzando. No lo hice solo. Panceta siguió mis pasos, con andares animados y el rabo bien alto.

—¡Qué emoción, qué emoción! Espero que haya perras bien hermosas allá abajo, las de Knegara no me han gustado nada. Son muy estiradas.

Casi me da la risa.

—Ya te dije que no podías venir, Panceta. Es peligroso.

—¡Gof! Lo que tú digas da igual, porque el bardo ha decidido que sí, que iré, que mis habilidades de oído os vendrán muy bien ahí dentro.

—¿Y qué hacemos con tus habilidades de zampar? Nos dejarás sin comida en dos días. Aunque igual podemos comerte entonces.

—¿Eso es humor ledarita? ¡Muy gracioso! —Fingió una risa—. Me pondré a dieta. No me vendrá mal bajar un poco la panza.

—Un poco, dice. La panza te llega de aquí a Paltia.

—¡Qué bonito! —dijo indignado—. No se opina sobre el cuerpo de los demás, ¿sabes?

Solté un suspiro, negando con la cabeza.

Ante la cavidad que daba paso a los túneles, miré al cielo.

Estaba brillante. Más azul que nunca, con un hermoso sol radiante.

Supe que tardaría mucho en volver a verlo.

A sentir su calor. A notar la brisa que los bosques de Knegara traían, con ese olor a verdor, a agua fresca y a flores.

Boric se situó a mi lado y me ofreció algo que me cogió por sorpresa.

Dos bellezas hechas de metal. Dos dagas knegaritas, en brillantes vainas de color verde.

Tenían la hoja curva y una empuñadura que parecía de madera, aunque no lo fuese.

Pero ya sabemos que a los exploradores les encanta que todo parezca un árbol.

Los había visto llevarlas cientos de veces, y sabía de sobra que eran letales, porque estaban bien afiladas y equilibradas.

—No puedo aceptarlas. Ya llevo una. Es poca cosa, pero…

—Al contrario, no puedes rechazarlas. Es un regalo de despedida, muchacho, y esos regalos jamás se rechazan, o nunca volveremos a vernos. Es la tradición de Knegara.

—¿Intentas convencerme con una tradición knegarita? Vamos, Boric, que no soy un comelechugas, vuestras tradiciones me dan igual.

Se rio casi a carcajadas; aunque al punto se puso serio de nuevo .

—Cógelas. Las necesitarás ahí dentro. Quiero que estés de vuelta sano y salvo. Al final, te he cogido cariño. Tu presencia aquí me ha hecho pensar en algo. Algo profundo e importante.

Quise hacerle una broma, pero no me salió.

—¿Qué cosa, Boric? —Tomé las dagas sin rechistar. Las coloqué en mi cinto, mientras lo miraba atento.

—Hace unos años nos habríamos matado sin siquiera preguntarnos el nombre. Ni tú sabrías de mí, ni yo sabría de ti. Solo habríamos sido un número más en la lista de muertes que vamos dejando atrás. Una expresión exánime en un rostro ajeno, que quizá recordaríamos en un mal sueño.

Vi en su mirada que había tenido muchos de esos que te persiguen toda tu existencia, en los que ves los rostros de las vidas que has segado.

—Y todo por qué, ¿Málakor? ¿Porque tú eras de Ledaria y yo de Knegara?

¿Porque a los dos nos han entrenado para matar, aunque sea por causas distintas?

¿Porque Derian no pudo aceptar un no por respuesta, hace décadas?

¿Porque Iliana eligió de un modo distinto al que él esperaba?

—Sacudió la cabeza y chasqueó la lengua—.

Amo Knegara, amo defenderla, pero es un alivio que Ledaria agonice.

Estoy cansado de cargar con tantas muertes a mis espaldas.

Las risas de quienes se despedían se colaron entre nosotros, haciendo menos duro aquel momento.

—Te comprendo, Boric. Yo también estoy cansado. Y me alegro de que nos hayamos encontrado aquí, y no en otro lugar, hace unos años. Porque habría sido un crimen arrebatarle la vida a alguien como tú. Literal y figuradamente.

Esbozó una sonrisa y dijo:

—No vayas tan rápido, chico, igual te habría matado yo.

Reí con ganas, y le palmeé el hombro.

Me ofreció una antorcha, apostada junto a otras a unos pasos. La cogí, aunque las manos me sudaban. Una gota densa cayó desde mi frente y descendió por el lateral del rostro hasta diluirse en el mentón.

Miré hacia la cavidad. La luz del exterior se proyectaba en los primeros metros y barría la penumbra; sin embargo, más allá, estaba oscura como la boca de un lobo al que hubieran metido dentro de un agujero de tela negro en una noche sin luna.

Nunca había visto una oscuridad así. Ni en mis peores pesadillas.

—Todo es así ahí dentro —indicó el explorador—. Salvo en ese trozo más allá del abismo, donde brillan esas cosas extrañas.

—Bueno, llevamos antorchas, y Medora puede crear luz con su magia. Aunque la reservará para cuando las antorchas se agoten.

—Sí, pero hay algo que has de tener en cuenta: la llama os dejará ver, pero también os hará más visibles. ¿Sabes una cosa? El elfo que nos encontramos no llevaba antorcha ni ninguna otra fuente de luz, pero, a juzgar por cómo corría sin tropezarse, juraría que podía ver con claridad.

—¿Ver en la oscuridad? —Arrugué la nariz mientras lo miraba.

—Como yo —dijo Panceta—. No en la oscuridad absoluta, claro, pero veo mucho mejor que los humanos. Y casi que esos malditos gatos presumidos.

—Sí. Estoy casi seguro. —Boric apretó mi hombro—. Como también lo estoy de que en las profundidades de ese abismo mora algo extraño.

—¿Algo extraño tipo lameazufres o cantamañanas?

—No —se aguantó la risa—, algo extraño de verdad.

—Un perro verde. Aunque yo vi uno una vez. Se había metido en un estanque y se le habían pegado todas las plantas.

Ignoré el cuentecito de Panceta y miré a Boric con un reproche.

—¿Y me lo dices ahora?

—No he querido decirlo delante de los muchachos para no asustarlos.

Algunos tienen más miedo de las cosas que puedan morar en esos túneles de lo que se atreven a decir.

—Suspiró—. En fin, mucha suerte. Y tened cuidado con los temblores.

Que los dioses os protejan de esa oscuridad y de todas las que encontréis.