Málakor 3 CAPÍTULO 39 #2
46%

CAPÍTULO 39 #2

Si le hacía feliz, no me costaba nada hacer una promesa.

—Claro —dije, y metí mi piedra en un bolsillo.

La noté más tranquila, así que volví a despedirme de ella y dejé la estancia.

Apenas había dado unos pasos en el corredor cuando la oí sollozar.

Me di la vuelta sin pensarlo, entré sin llamar.

Lo sé, no está bien, pero me salió así. Estaba sentada al borde de la cama, con la cara enterrada en las manos, llorando desconsolada. El corazón se me hizo añicos.

—Flechas…, ¿qué ocurre? ¿Por qué lloras?

Me senté a su lado. No levantó la cabeza, solo siguió llorando. Moviéndola con delicadeza, conseguí que me mirase. Con los pulgares, arrastré aquellas lágrimas, desterrándolas de sus mejillas.

—Por nada —musitó—. ¿Me abrazas, por favor?

—Por todos los dioses, te abrazaría aunque me acabases de apuñalar.

Rio, que era lo que yo quería. Noté la risa moviendo su pecho mientras estaba ya en mis brazos. Así estuvimos, no sé cuánto tiempo. Abrazándonos, simplemente.

—En Astis, vi un bocadillo de panceta y pimientos verdes, más grande que mi cabeza. Me acordé de ti —soltó de repente.

La separé un poco de mí para poder mirarla a los ojos.

—¿Por qué no me lo has traído?

—Va en contra de mis principios, ya lo sabes. Además, no habría llegado en buen estado. Pero… lo importante es que lo vi.

—Lo dices como si hubieras visto a los dioses y tenido una revelación .

Leyla asintió varias veces. Tras un silencio, en el que noté que se aguantaba las ganas de seguir llorando, dijo:

—Perdóname por no decirte la verdad sobre mi viaje.

No dijo «por no haberte dicho…». Dijo «por no decirte». Y yo ya llevaba bastante tiempo conviviendo con Háchpirey como para saber que los tiempos verbales son importantes.

—Ni lo harás, supongo. Seguirás callándola.

Agachó la mirada.

—La callas, vaya que sí. No sé qué te pasa, ni por qué me has mentido ni por qué no eres capaz de decírmelo, pero por todos los dioses menos por Damien, que lo último que quiero es verte sufrir así.

Miénteme todo lo que te dé la gana, siempre y cuando vengas a mí cuando sientas que debes decir la verdad.

—«Aunque tus mentiras tuvieran dientes y yo sangrase por culpa de ellas, seguiría escuchándolas» —musitó con la voz rota—. Es lo que me dijo Lúdric el primer día que me preguntó si sentía algo por ti.

Venían curvas, como esas tan complicadas de los pasos de montaña de Paltia, cuando ves las ruedas del carruaje demasiado cerca del borde y te entregas a rezar por tu vida. Aferré las sábanas de la cama con las manos. Necesitaba algo a lo que sujetarme.

—¿El primero?

—Sí, lo hizo muchas veces. La última fue aquella noche en la que descubrí sangre en sus ropas.

—Y… ¿qué le dijiste?

—Que no, pero él sabía que mentía, y eso fue lo que me dijo. —Sus ojos volvieron a los míos, las lágrimas los bordeaban de nuevo—. Y sí, mis mentiras tienen dientes, pero no te harán sangrar.

—Leyla… —Solté el aire con las mejillas infladas, abrumado—. No sé por qué dices eso. Pero harías bien en olvidar las cosas que te dijo. En olvidarlo del todo. Solo deberías pensar en él con el propósito de idear en qué punto del cuerpo le clavarás una flecha.

—¿Olvidas tú a las personas que te hicieron daño? ¿Que te manipularon? —Sonó molesta—. ¿Que se aprovecharon de ti? ¿Que te hicieron creer que tendrías una vida como la que siempre habías soñado ?

Una vida de knegaritas felices. Los dos con sus galones y su reconocimiento.

Los dos mandando en el Primer Círculo. Juntos, con su bonita casa de madera, a la sombra de un bonito árbol, con hijos bonitos, muebles bonitos y hasta hojas bonitas con las que limpiarse el culo.

Irían al final de la semana a rezar al templo, a comer a la Posada de Knegara, y Nadina, si Lúdric no hubiera revelado su verdadero ser, jamás le habría dicho que era un mal hombre para su hija.

Apreté los puños de pura frustración. Quería decirle que esa vida quizá no habría sido tan idílica, que los sueños a veces se dan la vuelta y se vuelven amargos.

Que, en ocasiones, aquello que más deseamos se convierte en nuestra mayor tortura.

Que jamás habría sido del todo feliz estando con él…

, porque sentía algo por mí. Sin embargo, rompió a llorar de tal manera, que fui incapaz de tirarle las verdades a la cara.

—Flechas, no las olvido ni jamás las olvidaré.

Pero no llores más, por favor. No llores.

Encontraremos a Lúdric, acabaremos con él, y con su muerte se irán todas sus mierdas, ¿vale?

Algún día solo será un vago recuerdo. Sobre lo otro que te angustia, porque sé que hay más, sea lo que sea, se arreglará.

Y si no se arregla, lo hago trizas y todos contentos.

En medio de su desesperación, rio.

Esa risa bastó por el momento.

Volvió a abrazarme y luego me pidió que la dejase a solas.

Así lo hice, ella necesitaba descansar y yo necesitaba darle puñetazos a algo para canalizar la frustración.

Aunque hubiera actuado con la cabeza fría, sin exigencias ni discusiones, el resto de mi ser ardía.

Así que me fui a entrenar. La noche se me echó encima y ni siquiera paré para comer, pero me sentí mejor después del extenuante ejercicio.

Los problemas seguían ahí; sin embargo, yo estaba demasiado agotado como para pensar en ellos.

Cuando puse la cabeza contra la almohada, el mundo desapareció.

A veces, el único consuelo que nos queda es echarnos a dormir esperando que el mundo y sus complicaciones desaparezcan, aunque sea por unas horas.

Y qué dulces horas.