Málakor 3 CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

De conversaciones difíciles y piedras de la suerte

L a respuesta de Darcy llegó el mismo día que Leyla.

La carta lo hizo primero, a temprana hora de la mañana, con un texto similar al de Penny, pero con algo más: un dibujo del Loto Negro.

Darcy dijo que Yensen, una noche de borrachera, le habló de su aspecto.

Era más parecido a una margarita que a un loto, lo que no concordaba con lo que Anamkha me había dicho, y confiaba más en la palabra de ella que en la de un asesino borracho.

De igual modo, Hach lo guardó, por si sirviera de algo.

A mediodía, andaba con la cara metida en un barril de agua cuando escuché cierto bullicio amortiguado por el líquido elemento, helado gracias al invento de Medora.

Saqué la cabeza y el agua me cayó por el cuello, los brazos y el torso, colándose bajo la blusa, provocándome un escalofrío.

Llevé la mirada al lugar del que procedían las voces y vi al padre y al hermano de Leyla abrazando a Nadina y a la exploradora, con mucha alegría.

El resto de los knegaritas que andaban allí se acercó también para saludarlas.

Leyla sonreía, y la noté mejorada, así que me sentí feliz.

Sin embargo, cuando me acerqué un poco, me di cuenta de que aquella sonrisa era incómoda, no tan alegre como pretendía aparentar.

Y eso me puso alerta. ¿Y si los sanadores le habían dado malas noticias?

Me quedé plantado, incapaz de dar un paso más, por si hablar con ella significaba conocer una realidad aplastante: sus pulmones se habían dañado para siempre.

Tendría que dejar las misiones. Llevar una vida reposada. Eso acabaría con ella.

Flechas movió la cabeza y nuestras miradas se encontraron. Luego, le dijo algo a su hermano y se aproximó.

—Hace calor hoy, ¿verdad? —dijo cuando estuvo frente a mí.

Posé la mano en el hueco que quedaba entre el tirante de su corpiño y su blusa. Su piel estaba muy caliente. Más de lo debido .

—Demasiado. Vamos a la sombra.

Bajé la mano hasta coger la suya y tiré de ella para cobijarnos al amparo de un tejadillo dispuesto en un pequeño callejón. El lugar estaba más fresco; el aire se colaba entre las casas y aliviaba también la temperatura.

—Antes no hacía tanto calor en Knegara, con todos los árboles protegiéndonos del sol, pero ahora… —Suspiró—. Es igual. Cada vez hará más calor, con árboles o sin ellos, porque tu madre ya no está.

—Pero algún día estará de nuevo.

—Eso es imposible —dijo muy seria.

No quería entrar en debates sobre aquellas cuestiones con ella, solo saber cómo estaba, así que se lo pregunté.

—Muy bien, la verdad —respondió al punto.

A pesar de sus palabras, parecía extremadamente cansada. Su tez estaba pálida y bajo sus ojos dormían oscuras ojeras.

—¿Seguro? Tienes la mirada triste.

—Sí, seguro, he mejorado bastante, la tos casi se ha ido. Solo la acuso un poco si hago un esfuerzo desmedido. Pero en Kneria tienen remedios muy potentes para los problemas pulmonares, así que pronto no quedará ni rastro de humo en los míos.

¿Se lo soltaba directamente o le daba alguna vuelta? Nah, al grano, como de costumbre.

—Me alegro de que estés mejor, nada podría hacerme más feliz, pero odio que me mientan y tú me has mentido. No has ido a Kneria, Leyla, has ido a Astis.

Hubo un gesto de sorpresa tan rotundo en su rostro, que de seguro pudo verse desde la luna.

—¿Quién te ha dicho eso?

Me saqué el pañuelo del bolsillo. No me había separado de él ni un solo día, esperando su regreso para devolvérselo.

—Primero, un explorador. Segundo, tu hermano.

Y un hombre en el puerto, que también tuvo algo que ver.

Pero no la emprendas con ninguno de ellos.

—Coloqué el pañuelo en la palma de su mano para luego cerrarle el puño—.

Fueron más sinceros conmigo de lo que tú has sido, y castigar la sinceridad me parece una mierda .

Apretó los labios y dejó caer los párpados.

A medida que bajaba el puño que encerraba el pañuelo, aspiró una bocanada de aire.

Al soltarla despacio, no hubo tos, y eso fue una buena señal.

Al menos me había contado la verdad sobre eso.

Con toda la delicadeza de la que fui capaz en las circunstancias, dije:

—Necesito una explicación.

—Vale, he ido a Astis. —Abrió los ojos y los clavó en mí—. Para resolver asuntos familiares de los cuales no puedo hablarte. Mi madre tiene allí un primo y… hay problemas de familia. Cosas de herencias. Y allí también podía ver a buenos sanadores. Eso es todo.

—¿Y por qué me dijiste que ibas a Kneria? ¿Por qué no me contaste adónde ibas en realidad?

—Porque son asuntos privados, Málakor —replicó ofendida.

—Pues haberme dicho que lo eran en vez de mentirme.

Leyla resopló.

—Estoy cansada del viaje… —Se llevó la mano a la nuca y la frotó con brío. La palma de la mano se le llenó de sudor—. Y hace mucho calor. Necesito echarme un poco.

Estaba molesto. Más que si me hubieran robado mi panceta, pero ella no estaba por la labor de hablar más y realmente parecía cansada. No iba a arreglar nada poniéndome a las bravas.

—Está bien. Te acompaño a la cama. —Extendí la mano hacia ella.

Sonrió, aquella vez genuinamente, y tomó mi mano.

—Hemos adecentado ya una habitación en la posada, en la planta baja —le conté mientras salíamos del callejón—. Hay un poco de jaleo por las obras, pero estarás cómoda.

—Me dormiría en medio de un concierto de bardos.

—Yo también, pero después de matarlos a todos.

Soltó una leve risa.

El sol nos dio directamente, haciéndonos guiñar los ojos. Sentí sus inmisericordes rayos en la piel, casi quemaban.

—No digas eso. —Apretó mi mano—. Habéis hecho un trabajo increíble en muy poco tiempo.

—Tenemos mucha gente arrimando el hombro, eso es todo. Cuando estés descansada te pondré al día. Han pasado algunas cosas importantes.

—Él… ¿ha vuelto a aparecer? —preguntó temerosa.

No tuvo que darme más explicaciones para saber que se refería a la rata de dos patas de Azskar. Qué mala comparación. Pobres ratas.

—No.

Casi enterró la mirada en la tierra. Movió la cabeza levemente, como asintiendo, y no dijo más.

La posada estaba tranquila, porque todos habían ido ya a comer. Había tanto silencio que parecía que estuviéramos en otro lugar distinto. Se oía el roce de la tela de los toldos, de las ramas de algunos árboles supervivientes, de esos insectos que hacen tanto ruido cuando mueven las alas…

—¿Cómo se llaman esos bichos, Leyla? —le pregunté de camino a la habitación—. Eso que chirría tanto. Chiii, chiii; me ponen la cabeza peor que el bardo. En Ledaria hacían un ruido infernal en los meses de calor.

—Chicharras —respondió ella, con una sonrisa—. Lo hacen, entre otras cosas, para atraer a las hembras.

—¿Y ellas no salen corriendo? Porque yo lo haría.

—La naturaleza es sabia, Málakor. A ellas les gusta. Y, cuanto más vibra su canto, más hembras atraen.

—Espero que tu hermano no aprenda de ellas, porque con lo que le gusta pavonearse delante de las chicas, lo tendríamos todo el rato dando la tabarra.

Las escaleras crujieron bajo nuestros pies, y Leyla miró abajo, preocupada.

—Son más que seguras —le dije—. He ayudado a Senris a levantarlas. Solo es la madera acomodándose al peso.

—¿Ahora eres un experto constructor?

—Soy un experto en muchas cosas, Flechas —le dije con media sonrisa.

Ella se rio, en tanto que yo empujaba la puerta de la habitación y la invitaba a entrar. El olor a madera fresca y barnizada, a lavanda y a limpio, me dio en la nariz.

—Ha quedado preciosa. —Ya dentro de ella, admiró la estancia con un brillo renovado en los ojos—. Gracias.

Había una silla dispuesta en una esquina y una bonita cama contra la pared norte, vestida con sábanas blancas, igual que las cortinas, que el propio Hach había comprado y elegido.

En el suelo, junto a la cama, había un candil de forja y una vela apagada.

El resto del espacio estaba vacío. No había dado tiempo a más.

—Si me tumbo en esas sábanas ahora, las dejaré llenas de mugre. Debería asearme antes. Luego descansaré y comeré algo. Tengo el estómago revuelto del viaje.

—Muy bien, te dejo sola entonces, si necesitas algo, estaré por aquí.

—Espera, Málakor, te he traído un regalo.

—¿Un regalo?, ¿por qué? No es mi cumpleaños. Bueno, realmente no sé si el día que creo que es mi cumpleaños, es mi cumpleaños en realidad o Debra se lo inventó. Tendría que preguntarle a la abuela. Aunque nunca le he dado importancia, ni siquiera lo celebro.

—¿Nunca has celebrado tu cumpleaños? —me preguntó mientras rebuscaba dentro del macuto.

—No, solo es un día más. —Me encogí de hombros—. ¿Qué me has traído?

Leyla me mostró un saquito de color negro.

Conforme lo abría, me pareció que dudaba de hacerlo.

Se mordió los labios, contrajo el entrecejo.

Hubo varias expresiones en su cara hasta que se quedó en ella una nerviosa.

Extrajo una piedra plana y redonda, del tamaño de una yema de huevo, de un color tan negro y brillante que me resultó asombroso.

Tenía algunas pequeñas vetas de color rojo.

Rojo… sobre negro. Aquello me echó para atrás, más aún al ver en su superficie un símbolo extraño.

—¿Qué es?

—Una baratija que compré en el mercadillo de Astis, nada importante —dijo a toda prisa—. Cógela.

Cuando lo hice, y la observé detenidamente, vi que era como si hubieran partido una «M» en dos, verticalmente, y solo estuviera en esa piedra la mitad.

—Me hizo ilusión comprarla, porque tengo la mitad y juntas forman una «M».

—La sacó de su bolsillo, la puso al lado de la mía, para mostrármelo—.

Allí tienen la costumbre de llevar estas piedras, dicen que les traen buena suerte, que les protegen de malos espíritus.

Así la tendré junto al guijarro que me diste.

—No sabía que esa clase de supersticiones llamaban tu curiosidad.

—Hay muchas cosas que no conoces de mí. —Guardó su piedra en el bolsillo y luego cerró mi puño en torno a la mía—. Prométeme que la llevarás siempre contigo.